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ORIGEN DE LA FILOSOFÍA (DEL MITO AL LOGOS)

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Situación histórica en la que surge la filosofía en Grecia
Toda reflexión del hombre parte de una pregunta a la que se busca dar respuesta a partir de una situación determinada. Así surgió la reflexión especulativa (filo¬sofía). Antes de asistir al desarrollo de su «concepto» conviene que consideremos las condiciones previas en las que surgió y la primera pregunta que encontramos en sus comienzos.
Con frecuencia se nos dice que Atenas eclipsó con su literatura la periferia del helenismo y con su bri¬llantez la historia de los tiempos primitivos de Grecia. Olvidamos que la Grecia antigua comprendía todas las costas del Mediterráneo desde el Asia Menor hasta Si¬cilia, desde Tracia hasta Cirene.
En este espacio físico habitó un pueblo que se es¬timó autónomo; allí, la llamada posteriormente Me¬trópoli o Grecia del continente europeo desempeñaron, en un principio, un papel secundario. En cambio el liderazgo en su desarrollo cultural lo tuvo la rama étnica que tuvo más relación con el Oriente: los jonios. Fue¬ron estos quienes arrojaron las bases del desarrollo posterior del comercio y del espíritu griego.
Los jonios fueron en un principio seguidores de los fenicios como navegantes y piratas; luego, en los si¬glos IX y VIII adquirieron mayor independencia hasta llegar a ser en el siglo VII dueños del comercio inter¬nacional entre los tres continentes. Desde el Ponto Euxino hasta las columnas de Hércules se extendieron las colonias y emporios griegos. En las ciudades mer¬cantiles de la Jonia del Asia Menor se acumularon ri¬quezas provenientes de todo el mundo, incluyendo la magnificencia del lujo oriental, mientras en el conti¬nente seguían imperando las costumbres tradiciona¬les.
Esta situación facilitó, sin duda alguna, el que allí surgiera, el sentido por la belleza de la vida y la sen¬sibilidad hacia lo espiritual. Mileto fue justamente en el siglo VII la capital de la Liga Jónica, y, por lo mis¬mo, prominente expresión de la cultura griega y cuna de la reflexión filosófica occidental.

Desarrollo económico de Grecia y su incidencia en la vida
La riqueza procedente del comercio, creó las con¬diciones materiales para el desarrollo del espíritu griego, pero también le ocasionó alteraciones en su si¬tuación político-social que a la postre incidieron po¬sitivamente en su propio desarrollo cultural. En efec¬to, en un principio dominaban en las ciudades griegas linajes de patricios procedentes quizá de las huestes gue¬rreras que pasaron del continente europeo a las islas, en la época denominada de la invasión jónica; mas, con el desarrollo del comercio se fue formando una clase burguesa que limitó, en un principio, el poder de los aristócratas, para disputárselo luego. Se originó así una autocracia, compuesta por hombres, en parte am¬biciosos y en parte con sentimientos patrios, que lo¬graron conciliar los intereses de todos los estamentos sociales. El Estado tomó la forma de una tiranía con base democrática y se extendió -aunque conflictivamente— del Asia Menor a las islas y a la Grecia euro¬pea.
Trasíbulo en Mileto, Polícrates en Samos, Pitaco en Lesbos, Periandro en Corinto, Pisístrates en Ate¬nas, Gelón y Hierón en Sicarusa, hicieron de sus cor¬tes los centros de la vida cultural de entonces. En es¬tos lugares mencionados se atrajo a los poetas, se fundaron bibliotecas y se protegió y apoyó todo cuanto beneficiara la ciencia y el arte. Los aristócra-tas destronados se retiraron a la vida privada y al cul¬tivo de las musas. Heráclito es un buen ejemplo de este proceso.
El enriquecimiento en la vía del espíritu se mani¬festó bien pronto en el desarrollo de la lírica, la satí¬rica, la poesía gnómica (sintetiza en lacónicas senten¬cias las ideas y principios morales obtenidos por la observación reflexiva de la vida humana) y las fábu¬las de carácter moralizante.
Vistas en conjunto estas manifestaciones y formas de la conciencia social, expresaban a su nivel la exis¬tencia de una ruptura de los límites trazados autorita¬riamente por la conciencia general afectada en las lu¬chas políticas intestinas. A través de éstas el individuo fue cobrando conciencia de sus derechos y de su va¬lor, y fue disponiéndose a imponerlos en todos los sentidos. El tiempo que trascurre del siglo V al siglo VI está básicamente animado por consideraciones éti¬cas. Es, por ejemplo, la época de los Siete Sabios. Per-sonajes que, ante la crisis de los valores tradicionales, sacuden la conciencia revuelta del pueblo, buscando recuperar mediante un juicio prudente la debida re¬flexión y formulando advertencias y máximas frente a los excesos vigentes. Quizá por ello Platón los carac¬teriza como representantes de la antigua moral severa, dórica, frente a las innovaciones del movimiento jóni¬co (Protágoras, 343, a. de C.). No eran científicos, en el sentido que hoy damos a esta expresión sino, más bien, personas conocedoras de la vida práctica. En las consignas que se les atribuyen predomina el es¬píritu de la poesía gnómica. Acerca de sus nombres no hay un acuerdo unánime. Casi siempre aparecen mencionados: Bias, Pitaco, Solón y Tales (fundador de la filosofía milesia) y, según otros autores, Misón, Epiménides y Ferécides.
En este proceso se fue educando la autonomía del juicio individual y la tendencia a formularlo. Se ex¬presaron así los juicios pertinentes (para la época) so¬bre las cosas y la relación entre éstas, con base en pos¬tulados y enunciados tomados de la concepción del mundo dominante, del acervo del conocimiento prác¬tico acumulado y de las ideas religiosas. En efecto, desde Los trabajos y los días de Hesíodo (hacia el año 700 a. de C.), el conocimiento práctico de los griegos había aumentado considerablemente. Los jonios en sus relaciones con los orientales aprendieron mucho de ellos, especialmente de los egipcios, fenicios y asirios. Reconocimiento que no implica restarle ningún valor a sus producciones espirituales por el hecho de haber asumido creadoramente elementos del Oriente, principalmente en los campos de las matemáticas y de la astronomía, de la medicina y de la agrimensura. Ciencias, estas últimas, que florecieron entre los feni¬cios y los egipcios en razón de las necesidades de su economía. Lo importante para recordar es el hecho de que muchos de los conocimientos en que se mue¬ven los primeros «filósofos» correspondían a la épo¬ca, y algunos de ellos habían recibido una elaboración en las civilizaciones anteriores. Hegel nos recordará en el siglo XIX cómo la razón consciente de si misma y que cada época considera como patrimonio propio, no ha surgido de improviso, sino que es sustancialmente el resultado del trabajo de las generaciones an¬teriores del linaje humano.
En las ideas religiosas de los griegos tenemos, igual¬mente, algunos puntos de referencia importantes para entender el inicio de la reflexión filosófica. El espíritu griego presenta por entonces una vitalidad insospecha¬ble, no sólo en la ciencia, en la vida práctica sino tam-bién en el terreno religioso. Las ideas que en un prin¬cipio fueron comunes a todos fueron sufriendo un proceso de diferenciación. Así es como de la elabora¬ción llena de fantasía de cultos locales, linajes, ciu¬dades y países, y a veces también por razones de la in¬troducción de cultos extranjeros, surge una diversidad religiosa cuyos elementos se iluminan recíprocamen¬te. Frente a esta diversidad la poesía épica había crea¬do su Olimpo, el cual pasó a formar parte del patri¬monio nacional religioso de los helenos, pero sin que desaparecieran los antiguos cultos, los cuales muy len¬tamente fueron transformándose en dos direcciones: a) la explicación mítica de la naturaleza, y b) la ideali¬zación ética.
La primera de estas tendencias se percibe en el desarrollo de la poesía cosmogónica desde la épica, en la cual se resuelve el problema del origen de las cosas, mitologizando las grandes potencias de la vida del mundo en la figura tradicional o inventada al efecto. En los «poemas homéricos» tenemos a Hesíodo (siglo VIII a. de C.) y las teogonias órficas (Epiménides de Creta y Acusilao) quienes colocan como potencias ini¬ciales el caos o la noche, o le agregan a estos el aire, la tierra, el cielo o algo más. Aristóteles en la Metafísi¬ca (1071, b) los caracteriza como teólogos que hacen derivar todo de la noche.
La segunda tendencia, que podemos encontrar igualmente en los «poemas homéricos», se percibe en aquellos que colocan lo perfecto al comienzo del tiempo, considerándolo como el principio configurador (Hermótimo de Clazomene y Ferécides de Siros). De manera especial se manifiesta en la poesía gnómica. Zeus no es celebrado en cuanto configurador de la existencia natural, sino en cuanto rector moral del mundo, cuyo castigo fulmina a los malvados. El siglo V experimentó en el desarrollo de esta tendencia una interpretación ético-alegórica de la mitología homéri¬ca. Se trata, pues, de una etización de las ideas reli-giosas, ocasionada por tres factores: a) la supresión del antropomorfismo ingenuo de las figuras de los dioses; b) la manifestación de gérmenes monoteístas, y c) la acentuación de la idea de la compensación mo¬ral, en la forma de creencia en la inmortalidad y en la trasmigración de las almas.
En esta perspectiva se orientó la célebre «reforma de Pitágoras», con la cual desencadenó un movimien¬to que conmovió, en la región occidental, la vida cul¬tural de Grecia y que tuvo un carácter religioso-moral, dirigida contra los poetas y encaminada a depurar el mundo ideológico religioso. Critica a estos últimos la falta de seriedad moral; se enfrenta a la crisis moral que amenaza a la sociedad griega y pretende, por lo tanto, volver a las convicciones y a las instituciones po¬líticas antiguas. Fundó una hermandad religiosa en Crotona, la cual se extendió poco a poco por la Mag¬na Grecia. En un principio constituyó una clase espe¬cial de misterios muy afines a los órficos (nombre to¬mado del poeta mítico Orfeo), inspiradores de un vas¬to movimiento al que pertenecían quienes buscaban el principio de todas las cosas en la noche o en el tiempo (crónos)’, admitiendo, así mismo, la idea de la cíclica repetición de las cosas y defendiendo la trasmi¬gración del alma de un cuerpo en otro. Se distinguían de aquellos porque de modo expreso sus disposiciones se extendían no sólo a la vida privada sino también a la pública y política de sus miembros. Partiendo del principio religioso-moral buscaban una educación to¬tal y una diversificada configuración de la vida. La ac¬tividad común se orientaba al cultivo de la ciencia y del arte. Valoraban poco los bienes materiales. Todas las reglas que orientaban la vida de la comunidad se consignaron en el «poema áureo» atribuido al pitagó¬rico Lisis.

Narración mítica y explicación filosófica.
A pesar del influjo de estas tendencias, poco a po¬co se va dando un desplazamiento de la expresión mí¬tica y de carácter religioso. Como ejemplo citemos a Esquilo y Píndaro. Las indagaciones matemáticas y astronómicas cobran fuerza, y podríamos decir que el terreno estaba preparado para la emergencia de la filo¬sofía, como reflexión racional sobre la naturaleza del universo (siglos VII y VI a. de C.). El esquema mitoló¬gico poco a poco cede su paso al modelo racional. Los problemas se plantearon de manera diferente a la fan¬tasía mitológica con un modo igualmente diferente de resolverlos. La filosofía comienza en la conciencia de la insuficiencia de la explicación mítica, como expli¬cación última. En uno como en otro caso se trata de formas de conocimiento que se alimentan de una mis¬ma necesidad, la de explicar y comprender el cambio de las cosas, su nacimiento, transformación y desapari-ción final.
En una primera aproximación se describe o representa el acontecimiento; así lo hace el mito en forma de narración, para responder a la pregunta: ¿cómo era antes?.. La narración explicaría los orí¬genes de los hechos, de los linajes de dioses, y cómo estos crearon el mundo. Las reflexiones iniciales de carácter filosófico, por el contrario, se elevaron a la categoría de racionales y sistemáticas, en cuanto a la bús¬queda de los principios, de las relaciones causales. La mirada se fijó en lo permanente, en lo esencial del ser percibido. La idea de la búsqueda del origen temporal se cambia por aquella de la búsqueda de la explicación del ser primero, que permanece en todo cambio, la sustancia universal. Así surge el concepto de principio y con él la primera pregunta: ¿qué es la sustancia del mundo y cómo se trasforma en las dis¬tintas cosas?1
«Sería difícil encontrar una definición del mito que fuera aceptada por todos los eruditos y que al mismo tiempo fuera asequible a los no especialistas. Por lo demás, ¿acaso es posible en¬contrar una definición única capaz de abarcar todos los tipos y funciones de los mitos en todas las sociedades, arcaicas y tradicionales? El mito es una realidad cultural extremadamente com¬pleja, que puede abordarse e interpretarse en perspectivas múltiples y complementarias.
Personalmente, la definición que me parece menos imperfecta, por ser la más amplia, es la siguiente: el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los ‘comienzos’. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una ‘creación’: Se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. El mito no habla de lo que ha suce¬dido realmente, de lo que se ha manifestado plenamente. Los personajes de los mitos son Seres Sobrenaturales. Se les conoce sobre todo por lo que han hecho en el tiempo prestigioso de los ‘comienzos’. Los mitos revelan, pues, la actividad creadora y desvelan la sacralidad (o simple¬mente la ‘sobre-naturalidad’) de sus obras. En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo ‘sobrenatural’) en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que la hace tal como es hoy en día. Más aún, el hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural; a consecuencia de las intervenciones de los seres sobrenaturales.
Se tendrá ocasión más adelante de completar y de matizar estas indicaciones prelimina-res, pero de momento importa subrayar un hecho que no parece esencial: el mito se consi-dera como una historia sagrada y, por tanto, una ‘historia verdadera’, puesto que se refiere siempre a realidades. El mito cosmogónico es ‘verdadero’, porque la existencia del Mundo está ahí para probarlo; el mito del origen de la muerte es igualmente ‘verdadero’, puesto que la mortalidad del hombre lo prueba, y así sucesivamente.
(. . .) Mientras que las ‘historias falsas’ puedan contarse en cualquier momento y en cualquier sitio, los mitos no deben recitarse más que durante un lapso sagrado (generalmente durante el otoño o el invierno, y únicamente de noche). Esta costumbre se conserva incluso en pueblos que han sobrepasado el estadio arcaico de cultura. Entre los turco-mongoles y los tibetanos, la recitación de cantos épicos del ciclo y en invierno. La recitación se asimila a un poderoso encanto. Ayuda a obtener ventajas de toda índole, especialmente éxito en la caza y en la guerra (. . .). Antes de recitar se prepara un área espolvoreada con harina de cebada tostada. El auditorio se sienta alrededor. El bardo recita la epopeya durante varios días. En otro tiempo, se dice, se veían entonces las huellas de los cascos de caballo del César sobre esta área. La reci¬tación provocaba, pues, la presencia real del héroe.
(. . .) Estas observaciones preliminares bastan para precisar ciertas notas características del mito. De una manera general se puede decir que el mito, tal como es vivido por las sociedades arcaicas, a) constituye la historia de los actos de los Seres Sobrenaturales; b) que esta Historia se considera absolutamente verdadera (porque se refiere a realidades) y sagrada (porque es obra de los Seres Sobrenaturales; c).que el mito se refiere siempre a una ‘creación’, cuenta cómo algo ha llegado a la existencia o cómo un comportamiento, una institución, una manera de trabajar, se han fundado; es ésta la razón de que los mitos constituyen los paradigmas de todo acto humano significativo; d) que al conocer el mito, se conoce el ‘origen’ de las cosas y, por consiguiente, se llega a dominarlas y manipularlas a voluntad; no se trata de un cono¬cimiento ‘exterior’ ‘abstracto’, sino de un conocimiento que se ‘vive’ ritualmente, ya al narrar ceremonialmente el mito, ya al efectuar el ritual para el que sirve de justificación; e) que, de una manera o de otra, se ‘vive’ el mito, en el sentido de que está dominado por la potencia sagrada, que exalta los acontecimientos que se rememoran y se reactualizan.
‘Vivir’ mis mitos implica, pues, una experiencia verdaderamente ‘religiosa’, puesto que se distingue de la experiencia ordinaria, de la vida cotidiana. La ‘religiosidad’ de esta experiencia se debe al hecho .de que se reactualizan acontecimientos fabulosos, exaltantes, significativos; se asiste de nuevo a las obras creadoras de los Seres Sobrenaturales; se deja de existir en el mundo de todos los días y se penetra en un mundo trasfigurado, auroral, impregnado de la presencia de los Seres Sobrenaturales. No se trata de una conmemoración de los acontecimientos míticos, sino de su reiteración. Las personas del mito se hacen presentes, uno se hace su contemporáneo. Esto implica también que no se vive ya en el tiempo cronológico, sino el Tiempo primordial, el Tiempo en el que el acontecimiento tuvo lugar por primera vez. Por esta razón se puede hablar de ‘tiempo fuerte’ del mito: es el Tiempo prodigioso, ‘sagrado’, en el que algo nuevo, fuerte y significativo se manifestó plenamente. Revivir aquel tiempo, reintegrarlo lo más a menudo posible, asistir de nuevo al espectáculo de las obras divinas, reen¬contrar los seres sobrenaturales y volver a aprender su lección creadora es el deseo que puede leerse como en filigrana en todas las reiteraciones rituales de los mitos. En suma, los mitos revelan que el mundo, el hombre y la vida tienen un origen y una historia sobrenatural, y que esta historia es significativa, preciosa y ejemplar.
No podría concluirse de modo mejor que citando los pasajes clásicos en los que Bronislav y Malinowski trataron de desentrañar la naturaleza y función del mito en las sociedades pri-mitivas: ‘Enfocado en lo que tiene de vivo, el mito no es una explicación destinada a satis-facer una curiosidad científica, sino un relato que hace revivir una realidad y que responde a una profunda necesidad religiosa, a aspiraciones morales, a coacciones e imperativos de orden social, e incluso a exigencias prácticas. En las civilizaciones primitivas el mito desem¬peña una función indispensable: expresa, realza y codifica las creencias; salvaguarda los prin¬cipios morales y los impone; garantiza la eficacia de las ceremonias rituales y ofrece reglas prác¬ticas para el uso del hombre. El mito es, pues, un elemento esencial de la civilización humana.
Lejos de ser una fábula, es por el contrario, una realidad viviente a la que no se deja do recurrir: no es en modo alguno una teoría abstracta o un desfile de imágenes, sino una verdadera codificación de la religión primitiva y de la sabiduría práctica (. . .). Todos estos relatos son para los hombres la expresión de una realidad original, mayor y más llena de sentido que la actual, y que determina la vida inmediata, las actividades y los destinos de la humanidad. El conocimiento que el hombre tiene de esta realidad le revela el sentido de los ritos y de los preceptos de orden moral, al mismo tiempo que el modo de cumplirlos’ «.

(M.Eliade, Mito y Realidad)

Toda reflexión del hombre surge en una situación concreta que plantea interrogantes. Estos últimos varían con el tiempo al igual que sus respuestas respectivas. No obstante esta variación se mantiene una relación entre los interrogantes y respuestas entre sí y de éstos con el momento histórico en el que surgen. La filosofía surge en Grecia, entre los jonios. Se desarrolla en el interior de la cultura helénica. Por razones precisas en el devenir de esta última los antiguos cultos se fueron articulando en dos tendencias básicas: la explicación mítica y la idealización ética, y sobre estas se impusieron, posteriormente, las indagaciones matemáticas y astronómicas. Se fue así preparando el surgimiento de la filosofía en la búsqueda de explicaciones racionales, en la búsqueda del principio de todo, ante las limitaciones de la explicación mítica.

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Mitos

HESÍODO: COSMOGONÍA
Antes que nada nació Caos, después Gea (Tierra) de ancho seno, asiento firme de todas las cosas para siempre, Tártaro nebuloso en un rincón de la tierra de anchos caminos y Eros, que es el más hermoso entre los dioses inmortales, relajador de los miembros y que domeña, dentro de su pecho, la mente y el prudente consejo de todos los dioses y todos los hombres. De Caos nacieron Erebo y la negra Noche; de la Noche, a su vez, nacieron Éter y Día, a los que concibió y dio a luz, tras unirse en amor con Erebo. Gea (la Tierra) primeramente engendró, igual a sí misma, a Urano brillante para que la cubriera en derredor por todas partes y fuera un asiento seguro para los dioses felices por siempre. Alumbró a las grandes Montañas, moradas graciosas de las divinas ninfas, que habitan en los sinuosos montes. Ella también, sin el deseado amor, dio a luz al mar estéril, al Ponto, hirviente con su oleaje; y después, tras haber yacido con Urano, alumbró a Océano de profundo vórtice, a Ceo, Crío, Hiperión y Japeto…

Teogonía 116 (en Kirk, G.S. y Raven, J.E., Los filósofos presocráticos, Gredos, Madrid 1969, p. 43-44).

En los primeros tiempos, todo estaba vacío y oscuro. El hacedor Kon Tiki Viracocha, entonces, creó el cielo, la tierra y los primeros seres que la habitaron. La tierra se pobló de inmensos animales y primitivos hombres que vivían vagando sin armonía ni orden en la oscuridad. Por esto, dicen, de la laguna Collasuyo surge otra vez Con Tiki Viracocha acompañado de otros personajes semidivinos. Y como la gente que él creara al principio había hechos ciertos desvaríos, con gran enojo, la convirtió en piedras. Entonces, de repente, hizo el sol y el día y mandó que aquél anduviese por el curso que anda. Luego formó las estrellas y la luna. De las mismas piedras como modelos forjó cierto número de gente: un principal que gobernara y señoreara y muchas mujeres encinta y también otras ya con sus hijos. Y, luego, les dijo a sus acompañantes:»Estos se llamarán los tales y saldrán de tal fuente, en tal provincia, allí poblarán y allí serán aumentados, esos otros saldrán de tal cueva, se nombrarán así y poblarán tales provincias y así, de acuerdo a estos modelos, han de salir de las fuentes, ríos y cuevas que os dicho», señalando hacía donde el Sol sale, dirigiéndose a sus acompañantes, añadió: «Iréis todos vosotros por aquellas partes, dividiéndoles y señalándoles el derecho que deben llevar para mejor convivir». Obedecieron sus enviados y se partieron los hombres modelo dejando sólo dos en compañía de dios. Luego, más tarde, después de cumplir con el mandato, se volvieron a reunir con el dios Con Tiki Viracocha y se fueron caminando sobre las espumas del lago.

Tradición oral del centro de los Andes.
(Recogido por Cristóbal de Molina el cusqueño en: Fábulas y ritos de los Incas (siglo XVI).

«Sólo los creadores Tepeu y Gucumatz estaban en el agua envueltos de claridad… Mientras meditaban, se les ocurrió que al alba debía nacer el hombre. No habrá ni gloria ni grandeza en nuestra creación mientras no exista la criatura humana, el hombre acabado. Hablaron de esta forma…
Pero se dieron cuenta que los hombres no podían hablar.
Entonces intentaron crear otro hombre capaz de invocar a sus creadores y que les guardara en su memoria…
Entonces de tierra, de arcilla, hicieron la carne del hombre. Pero no estaba bien… no tenía ni fuerza ni movimiento. . . al principio hablaba pero no comprendía. . . entonces lo destruyeron….
A continuación hicieron muñecos de madera que se parecían a los hombres, hablaban como ellos y poblaron la tierra…, pero no tenían ni alma ni inteligencia. Fue simplemente una prueba, una tentativa, para hacer a los hombres.
Entonces de maíz amarillo y de maíz blanco, hicieron la carne de los hombres, con pasta de maíz hicieron los brazos y las piernas…

Mito maya. (Según un manuscrito maya elaborado en el siglo XVI a partir de tradiciones orales).

En el tiempo en que Yavé hizo el cielo y la tierra, no existía todavía ningún arbusto en los campos sobre la tierra… Entonces Yavé Dios modeló al hombre con la arcilla del suelo, insufló en la nariz un aliento de vida y el hombre se convirtió n un ser vivo. Yavé Dios plantó un jardín en el Edén, al Oriente, y en él puso al hombre que Él había modelado…
Yavé Dios dijo: «No es bueno que el hombre esté solo… Yavé Dios modeló otra vez del suelo todas las bestias salvajes y todos los pájaros del cielo y se los llevó al hombre para saber como los iba a llamar; cada uno debía llevar el nombre que el hombre le hubiese dado. El hombre dio nombre a todos los animales, a los pájaros del cielo y a todas las bestias salvajes pero, para un hombre, no encontró la ayuda que le convenía.
Entonces Yavé Dios hizo caer en un profundo sueño al hombre, que se durmió. El tomó una de sus costillas y volvió a cerrar la carne en su lugar. Luego de la costilla que había sacado al hombre, Yavé Dios creó a la mujer y la llevó al hombre…


La Biblia. Tradición yavista (hacia el siglo VIII a.C.)