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LA PROPIEDAD AGRARIA EN EL DERECHO  AGRARIO CLÁSICO

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Se ubica entre los años 1922 y 1962 en el que se discute acerca de la autonomía o especialidad del Derecho Agrario, gira entorno a la existencia de los principios generales propios y exclusivos que tiene como padre al ius agrarista GIANSGSTONE BOLA.

En cuanto al Derecho Agrario se sostiene que su origen es antiquísimo basándose en las primeras normas jurídicas las cuales  han sido de esencia agraria debido a que el hombre transpone el umbral de la Historia en la era neolítica cuando domestica a los vegetales (agricultura) y a los animales (ganadería) y le queda tiempo libre para desarrollar sus innatas aptitudes creativas y organizativas. El derecho como producto cultural surge y evoluciona a través de la Historia con las transformaciones de las estructuras políticas, económicas y sociales de los pueblos.

Uno de los más antiguos textos de derecho positivo llegado a nuestros días es el Código de Hamurabi (1780 a.c. – 686 a.c.) que trataba en particular de las relaciones jurídicas entre el hombre y la tierra. Los romanos dedicaron a la regulación de la agricultura las partes más importantes de la Ley de las Doce Tablas y dictaron entre los Siglos V y I a.c. no menos de siete leyes agrarias. El Derecho romano, después de una larga evolución se cristalizó en el Corpus Iuris Justiniano perfeccionando el Derecho de Propiedad privada individual con marcada tendencia ego centrista.

En un mundo desconocido aún, pero ya existente llamado América, existían culturas (Chibchas, Shiris, Cañaris, Mochicas, Chavin, Waris, Paracas, Aymaras, etc.) que desarrollaron un derecho consuetudinario basado en los principios de reciprocidad y ayuda mutua que culminó con la expansión del Imperio Tahuantinsuyo calificado como el Estado Universal Andino realizador del ideal del «Estado Providencia» sustentado en el riguroso equilibrio hombre-tierra[1]. Actividades Agrarias como el Minka en quechua, pero en lengua nativa conocido como el “wágete” que significa ayuda por ayuda, es decir trabajan la tierra ayudándose unos a otros (reciprocidad). Asimismo la Aparcería o “al partir”, por el cual un aparcero (segunda persona) trabaja la tierra del propietario; pero los frutos son al 50% en proporciones iguales para cada uno, siempre y cuando existieran plantas de producción perennes.

  • TENENCIA DE LA TIERRA Y DESTINO DE LOS PRODUCTOS EN LA ÉPOCA PREHISPÁNICA.

La antiquísima institución que se conoce con el nombre de ayllu se define, por lo general, como el de un grupo de familias que traen consanguinidad real y ficticia también a través de la creencia de descender de un antepasado mítico y que viven en determinado lugar, cultivan tierras donde moran y realizan tareas cooperativistas. Los miembros del ayllu poseían su marca o territorio, que constituía su terruño. En este sentido debe suponerse que la marca era considerada desde tiempos inmemoriales como propiedad del ayllu. Pero los miembros del ayllu, según parece, no se consideraban individualmente como propietarios de las tierras de su jurisdicción: la “poseían” y usufructuaban en común.

El incario se forma con la suma de los ayllus preincaicos y no pretende destruir su estructura. Con todo, y aún cuando acaso no sea una novedad introducida con la expansión Inca, el ayllu aparece subordinado a la superestructura estatal del Incario. De este modo, la tierra o marca, sigue “correspondiendo” a los ayllus, pero sólo en forma nominal, y por cuanto representa la esfera territorial en la que se mueve la actividad agropecuaria que sigue proveyendo de recursos alimenticios a la agrupación.

Los administradores del incario repartían, periódicamente, los campos. Para el sustento, cada jefe de familia (purej) recibía una parcela o topo; que correspondía a la tercera parte de la tierra cultivada por la familia; los productos de los restantes dos topos eran adjudicados al inca (Estado) y a la religión. Su recaudación era controlada por el curaca.

La situación respecto a la tenencia de la tierra parece ser en síntesis la siguiente: el Inca dispone de las tierras con toda la libertad, y no sólo reparte los topos y verifica cambios en la repartición, periódicamente, puede “enajenar” tierras reemplazándolas por otras, mediante el sistema de la misma. Sin embargo, en la perspectiva del campesino la situación no cambia, al parecer sustancialmente con el Incario, contra el considera M. Godelier (1976). No solo se dan ya formas de dominación mucho antes de los Incas, basadas en el tributo. Tampoco antes de la incorporación de su ayllu al Incario, conforme quedó apuntado, el campesino era “dueño” de la tierra, en el sentido occidental de la palabra. El arraigo al terruño (marca) debió engendrar un sentimiento de posesión que hacía sentirse, al campesino, “dueño” de sus tierras, sin que lo fuera en realidad, ni siquiera acaso en forma colectiva. Eso sí, le uniría con la comarca un sentimiento de propietario a nivel de terruño. Por lo mismo, los cambios acaso se reduzcan; al pasar el ayllu a integrar el incario a la observación de normas más precisas y controladas de tributación; también es posible que para aquellos ayllus que habían gozado de una mayor independencia en tiempos preincaicos, la anexión al Tahuantinsuyo significará mayores exigencias tributarias (dos tercios). Allí donde se requería de tierras cultivables, los Incas mandaban habilitar campos de cultivo con obras de regadío; en otros casos el tributo podía estar constituido por productos manufacturados o de otra índole. Eso sí, nadie, del Pueblo, debía dejar de tributar productos o trabajo personal, salvo los impedidos físicamente. El trabajo era entre el pueblo obligatorio y la ociosidad castigada. Para mantener ocupadas a las tropas hasta se llegó a ordenarles trasladar montículos (“cerros”) de un lugar a otro, y ciertos ayllu, debían tributar de requerirlo las circunstancias y los requerimientos el tipo de sistema de la Minka.

El hecho de que la gran mayoría del pueblo tenía derechos y obligaciones similares y que el control estatal velaba por su bienestar, ha conducido que el Incario haya sido calificado como un Estado “socialista” o “providencia”.

El Derecho Agrario peruano nació así del mestizaje producido por la vertiente del Derecho Romano Español y de la vertiente que nace de la realidad ecológica de los Andes como el Derecho Indiano cuyas raíces persisten como respuesta al enigma de las frustraciones de  de transplantes serviles de otras instituciones a nuestra realidad.

  • LA AGRICULTURA COMO SUSTENTO DE LA ALTA    CULTURA.

No hay “alta cultura” de la antigüedad sin forma evolucionada de la agricultura, sin que la alimentación esté supeditada al cultivo de la tierra. Lo dicho es aplicable de modo general al insurgir de la “alta cultura” de la antigüedad. Naturalmente que toma en cuenta circunstancias excepcionales, tales como la posibilidad de que también la pesca desarrollada haya podido motivar un primer empuje hacia la “alta cultura”. Pero solo la actividad agrícola desarrollada llevará a los grupos humanos a trasponer definitivamente los linderos del “primitivismo” constituyéndose en la auténtica fuente generadora de la “alta cultura” del mundo antiguo.

El cuadro de la agricultura como generadora de la cultura, muestra que no hubo civilización antigua con la presencia del cultivo desarrollado de la tierra. Ciertamente ella condujo a la presión demográfica a la belicosidad permanente, a la formación de clases sociales y otras formas engendradas en la especialización del trabajo. Pero, sin aquello, no tendríamos en el Perú el rico pasado que nos enorgullece: no habría Machu Picchu ni Sacsahuamán.

Así el Derecho Agrario tradicional y Clásico está dado por las actividades agrarias consistentes en el trabajo del hombre aplicado a la tierra para la obtención de ciertos productos que se caracterizan por su condición de seres vivos. Por consiguiente, para que una actividad se considere como agraria esencial o «per se», o propia, deben concurrir los caracteres siguientes:

  1. Tener por objeto la producción de organismos vivos vegetales o animales, bajo control humano;
  2. Estar en relación con cierta extensión de suelo aprovechando la fuerza productiva natural de la tierra; y
  3. Perseguir el aprovechamiento económico de los organismos vivos producidos.

[1] Valcarcel Daniel y Docafé Enrique “Historia de los Peruanos” Pág. 141