Política de educación inclusiva: ¿Un nuevo conservadurismo?

Política de educación inclusiva: ¿Un nuevo conservadurismo?

Spread the love

Parsons (2009) menciona que la discusión se acerca al momento de pasar de la consideración de los fundamentos educativos a una discusión de los futuros educativos y un plan para el cambio. Antes de dar este paso y mantener nuestro deseo de identificar las racionalidades subyacentes que apoyan la exclusión, consideremos algunas limitaciones de política general que obstruyen las oportunidades educativas para un número creciente de niños y jóvenes.

Estas limitaciones se examinan bajo los tres encabezamientos siguientes:

  • Reduccionismo político.
  • Desconexión política.
  • Recursos políticos.

Slee (2012) menciona que, en primer lugar, está el asunto del reiteradamente enunciado problema del desmoronamiento de la educación inclusiva por la preocupación por las necesidades educativas especiales. Esta idea se basa en las reconocidas ideas y pericia profesionales relativas a los trastornos, defectos y síndromes infantiles.

Por otro lado, Slee (2012) manifiesta que se dice, en consecuencia, que la dificultad de los niños discapacitados para acceder a las aulas y después participar y tener éxito en el aprendizaje es reflejo de la naturaleza y la gravedad de sus defectos individuales. La discapacidad y la minusvalía no se teorizan adecuadamente como una cuestión social cuyo problema radical este en la estructura de la provisión educativa. Por supuesto, globalmente, en las administraciones educativas hay muchas personas que adoptan una visión más amplia. Luchan por facilitar unos enfoques diferentes para reformar las estructuras, las culturas y las políticas educativas.

Slee (2012) menciona que el discurso burocrático que se centra en el diagnóstico de la discapacidad como palanca para distribuir recursos a los estudiantes concretos necesitados oculta el pensamiento reduccionista en una serie de frentes. Primero, establece unas ideas de identidad muy limitadas. Se «anatomiza» a las personas, reduciéndoles a las características anatómicas de lo que se presenta como su síndrome o trastorno. La identidad es siempre una amalgama compleja, una matriz, a menudo desordenada, de patologías humana y social.

Las explicaciones dominantes de la discapacidad, burocráticas y médicas, ocultan la disfunción y el trastorno sociales. Los supuestos fundacionales del saber quedan profundamente sepultados bajo explicaciones de los defectos individuales del estudiante que son atractivas y, al mismo tiempo, distraen. El lenguaje de la educación inclusiva se utiliza para desviar la atención del despliegue de modelo médico y tradicional de la discapacidad.

Gilborn (2008), menciona que, para el educador, la crítica puede ser una actividad inmensamente práctica. El pensamiento reductor es, a la vez, destructivo y caro. Desaparecen las oportunidades y se descarta a las personas. Sin embargo, yo no culpo a los docentes pues han sido animados a que adquieran unos conocimientos limitados y concretos sobre la discapacidad y la minusvalía y son persuadidos para que deriven y remitan a los expertos.

Si vivimos y nos escolarizan en enclaves artificiales, es previsible que nuestro conocimiento de la diferencia sea limitado. Nuestras ansiedades y dificultades con la diferencia son, en justa correspondencia, abundantes. En este caldo de cultivo, la «mixofobia» es muy contagiosa.

Asimismo, se ha producido un profundo cambio en nuestra forma de pensar sobre el significado de la conducta de los niños y se observe una inclinación creciente a equipararlo con síntomas de trastornos evolutivos:

Se puede mencionar que el niño discapacitado y las relaciones complejas y en evolución entre él y lo que la gente insiste en llamar educación especial y educación ordinaria nos encaminan hacia graves fracturas en un corpus siempre cambiante de autoridad científica.

Sobre el autor

admin administrator