Educación inclusiva: Frente a la política

Educación inclusiva: Frente a la política

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En este aspecto es importante mencionar la publicación de Educational subnormality: A study in decision making, de Sally TOMLINSON (1981), seguida rápidamente de A Sociology of special education, en 1982, puede considerarse como un momento político importante tanto para la educación especial como para la regular. Con la influencia de las críticas del CI de Steven ROSE y formada en la sociología de WEBER, MARX, BOURDIEU y C. Wright MILLS, Sally formaba parte de un pequeño grupo de investigadores del Reino Unido que aplicaba el análisis sociológico a la educación especial. La educación especial segregada había quedado en gran medida fuera de los análisis críticos de lo que diera en llamarse «nueva sociología de la educación». Se encuentra un paralelo interesante en la frustración manifestada por los activistas discapacitados, incluida Jenny MORRIS, por la omisión de la discapacidad de las primeras investigadoras feministas.

Slee (2012) menciona que este reduccionismo se manifiesta, por lo menos, de dos maneras:

  • La «discapacidad» se presenta, y se acepta de un modo demasiado generalizado, como una característica humana individual. En consecuencia, son reducidas las personas a cojeras, tics o elementos encuadrados en las plantillas psiquiátricas de trastornos conductuales. La discapacidad puede entenderse de un modo más preciso como el daño colateral de unas relaciones sociales desiguales en las que la minusvalía reduce el valor humano y marca a las personas para su sometimiento.
  • Las personas con discapacidad se convierten en objetos de trabajo para los servicios humanos profesionales y, por supuesto, para los investigadores. Mientras los profesionales acumulan y se especializan en recoger subdivisiones de los discapacitados, se nos insiste en que «apartemos la mirada» mientras continúan haciendo el «bien» para los anormales (o, invocando la expresión de BAUMAN: la población excedente).

TOMLINSON también cuestiono el humanitarismo benevolente que seguía protegiendo la educación segregada del escrutinio crítico.

Slee (2012) menciona que todo esto conciencio de que había grupos con intereses creados en la educación especial… que tienen sus propios intereses y se dedican a «hacer el bien», aunque sus acciones no hagan necesariamente el bien a grupos o a individuos. Cuando se señala esto, se suscita una gran hostilidad.

Por otro lado, Slee (2012), menciona que estas críticas pioneras de la educación especial segregada y, por tanto, de la estructura de la escolarización en general, ordinaria y especial, son políticamente importantes y subrayan el proyecto político al que debe vincularse inseparablemente la educación inclusiva. Desde este punto en adelante, se puso sobre la mesa un nuevo argumento que se ha ido haciendo cada vez más difícil de ignorar. La educación especial no era simplemente una empresa técnica y benevolente para enseñar y atender a los llamados niños discapacitados, imperfectos, trastornados o perturbados. La educación especial, como un subconjunto de la escolarización en general, es una parte vital de un proyecto político para ordenar y regular la población infantil. El mantenimiento de la educación ordinaria y de la especial supone decisiones acerca de la distribución de los fondos públicos. Las decisiones se toman basándose en gran parte en los juicios normativos sobre la capacidad y la discapacidad, sobre el tipo y el emplazamiento de la escuela. Las determinaciones las toma el Estado, que hace caso omiso de los deseos de los individuos. Estas decisiones establecen trayectorias vitales que potencialmente limitan oportunidades; pueden separar a los niños de sus hermanos, compañeros del barrio y comunidades; influyen en la naturaleza y la calidad de la educación en la que participan; refuerzan las jerarquías que fracturan las comunidades y limitan el potencial humano; tienen profundas implicaciones económicas; pueden poner los intereses de las instituciones por encima de los intereses de las personas; comprometen nuestro ideal democrático.

También Slee (2012) menciona que, con el tiempo, la escolarización especial segregada y, más recientemente, la coubicada, se han establecido o resurgido en sistemas educativos de todo el mundo, merced a la autoridad de los discursos médicos y burocráticos, como reflejo de un orden natural de diferencia humana: una precondición para la educación de los niños discapacitados especiales. Esto es un borrón en los orígenes políticos de la segregación. Es un acto de omisión histórica que proscribe los términos de referencia para la discusión de la educación de los niños y niñas con discapacidad. La provisión original de una educación segregada para los «débiles mentales», «retrasados», «tullidos», «ciegos», «sordos» y «mudos» puede considerarse al mismo tiempo como la arquitectura de la eugenesia y la audacia de los padres y los defensores que afirman el derecho a la educación de todos los niños.

Por otro lado, Rizvi (1993) menciona que, con demasiada frecuencia, la educación especial se considera como una cuestión de elección de los padres, prescindiendo del hecho de que la educación segregada todavía simboliza una elección más fundamental: la elección de establecer la escuela ordinaria o de barrio como un lugar para la educación de los niños no discapacitados. Cuando se anima a las escuelas a que operen de acuerdo con la lógica del mercado y cuando se ha limitado el curriculum para medirlo mediante pruebas decisivas y la publicación de «tablas de clasificación» del rendimiento de los centros, hemos podido contemplar unos efectos perversos. Las escuelas se han vuelto particularmente exigentes con respecto a los estudiantes que probablemente mejoren sus resultados ante inspecciones y exámenes. En este contexto, los alumnos con discapacidad se convierten en una amenaza y se aconseja a los padres que busquen entornos u opciones educativos más adecuados. Irónicamente, ahora asistimos a la constante redefinición del niño no discapacitado y a las paradojas que esto plantea para la segregación y la exclusión.

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