Estrés laboral: Marco historico

Estrés laboral: Marco historico

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La genealogía perfilada por Selye (1975), de quien se dice ayudó a iniciar una floreciente industria: la producción de estudios sobre el estrés (Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo, 1987), señala que la palabra inglesa stress (tensión) llegó al habla corriente de este idioma como distress (angustia), a través del francés antiguo y del inglés medieval, si bien la primera sílaba se perdió por el uso.  El término ha estado presente en el idioma inglés al menos desde el siglo XV, puntualizan Guillén, Guil y Mestre (2000), aunque procede del latín (Kahn y Byosiere, 1992), evolución ilustrada en la Figura III (Levi: 1996). Selye (1975: 29) apunta que el significado de ambas palabras se tornó diferente a pesar de su origen común: «la actividad asociada con la tensión puede ser agradable o desagradable; la angustia es siempre desagradable».

 

Siguiendo este recorrido, Prieto (1995) estima que el verbo latino stringere sustentó la evolución de ambas variantes inglesas, compartiendo los términos castellanos estrés, estricto y estrechez, un origen latino común, strictus, participio pasado del citado verbo.  En la actualidad, la definición del término se vincula al síndrome general de adaptación, tras su inclusión en el Diccionario de la Real Academia Española (1984).  Para este autor a la palabra agobio podrían corresponder las connotaciones propias del término strain, asociado con agotamiento, angustia, extenuación, fatiga, hastío, etc.

Por último, el refranero también da cuenta del conocimiento tradicional en la materia y atesora contenidos cercanos a la fábula griega que introduce el capítulo. Así, la sabiduría popular enseña a no forzar a las personas hasta la extenuación y destaca la importancia del descanso para lograr buenos resultados (Campos y Barella, 1993).

 

Por otro lado en el decurso histórico, la actividad laboral ha supuesto para el ser humano un método de creación de riqueza y construcción de su propia realidad. Aspecto básico de la vida social, a partir del trabajo se han organizado comunidades y el género humano ha dialogado con la naturaleza, empleando con frecuencia una suerte de monólogo utilitarista, transformándola y poniéndola a su servicio.  A lo largo del tiempo esta actividad ha adoptado diferentes formas específicas, en un camino constante hacia una mayor complejidad y tecnificación, y, en cada época, ha variado su consideración social y moral. Esta evolución de la realidad y el significado del trabajo permiten identificar diversas conceptualizaciones y una representación social diferente, entre el desdén y la alabanza de sus virtudes, según la cultura, la religión y la situación socio-política.

 

Sin embargo, no será hasta el siglo XVIII cuando, junto a un nuevo modo de entender la relación del individuo con el Estado y la concepción de éste, tenga lugar el afianzamiento del trabajo como factor clave, aunque no exclusivo, de la organización y estratificación social. Este fenómeno ha sido desde entonces objeto singular de atención por parte de las diversas ciencias sociales.  El interés multidisciplinar responde al hecho de que el trabajo trasciende el nivel meramente económico y está condicionado por la cultura en la que se enmarca, al tiempo que influye en ella.

 

Si bien la naturaleza de estas reflexiones introductorias hará primar el devenir histórico y social de la actividad laboral, entretejidas las aportaciones desde el ámbito de la psicología en la inexorable progresión cronológica, las implicaciones que conlleva el estudio del trabajo desde una óptica psicosocial, justifican al tiempo el análisis histórico y cultural sobre el significado y evolución del trabajo que ocupa las páginas siguientes y la orientación básica que guiará nuestro trabajo empírico. De este modo, un abordaje psicosocial (Peiró, Prieto y Roe, 1996: 15):

 

“permite considerar el trabajo como un fenómeno cuyo estudio no se agota en el análisis de la actividad de una persona en un determinado ambiente. Se trata, también, de una realidad social fruto de la interacción y de la vida humana en sociedad. Su significado se amplía y hace más completo en el marco de la cultura y de la sociedad en la que se produce”.

 

Una atenta lectura del texto de Voltaire (1759), sátira de los postulados optimistas de Leibniz (1646-1716) y defensa de la filosofía práctica que rechaza el idealismo excesivo y la metafísica complicada, puede ayudarnos a identificar los diversos matices de opinión que sobre la actividad laboral despliegan los personajes del pensador francés. Opiniones que ofrecen un común denominador de alejamiento respecto a las perspectivas que, a partir de la Revolución industrial y posteriormente, dominarán en ese ámbito.  Este diálogo queda pues emplazado como pórtico que abre paso hacia el análisis del desarrollo de las concepciones sobre el trabajo, dada la coincidencia temporal de su publicación con los inicios de la era industrial, proceso que alteró radicalmente la naturaleza y condiciones materiales de la existencia de los individuos, la organización social y la distribución de riqueza y poder.

 

La primera de las imágenes de este cuento pre-revolucionario ilustra una definición de cariz meramente instrumental.  Así, el trabajo es concebido por el anciano turco como una actividad que si bien permite una vida agradable, y quizás feliz, lo hace a través de la evitación de diversos males: aburrimiento, vicio y necesidad, y no tanto por méritos propios.  Por otra parte, el ideal de Cándido lo perfila como actividad física, más concretamente agrícola: el cultivo de la huerta, propia. Este ideal bucólico nos acercaría, desde el laicismo, a ese estado de gracia monacal, subyacente a la máxima ora et labora de algunas órdenes religiosas, para cuyo logro resulta esencial el ejercicio de la actividad laboral junto a la práctica de la oración. Fiel a su teoría del mejor de los mundos posibles, Pangloss retoma esta defensa de la actividad agraria como apoyo para afirmar que el ser humano no ha nacido para el descanso, sino para el trabajo.  Por último, Martín indica que el único modo de hacer la vida soportable es el desarrollo de una actividad laboral exenta de razonamiento. Así, trabajar sin razonar se convierte en el mejor modo de vivir, postura no tan distante -en su lectura más rudimentaria- de la articulada por él, con frecuencia denostado, ingeniero Frederick Taylor (1911).

 

De modo anecdótico, en la conclusión del diálogo podría encontrar su semilla la reacción de ciertos yuppies postmodernos que, izando la bandera pre-revolucionaria, abandonan una exitosa carrera profesional, hastiados al fin del estrés y la competitividad, convirtiendo el ámbito rural y el desarrollo de actividades agrícolas o artesanales en su ideal de vida. Sin embargo, durante muchas décadas la evolución histórica y tecnológica ha alejado al ser humano de este ideal ilustrado.

 

Desde el Renacimiento, el concepto de trabajo, especialmente; y siguiendo la tradición más clásica- el trabajo intelectual, había adquirido un nuevo valor. A ello contribuyeron las aportaciones realizadas desde la filosofía en un intento por describir la sociedad ideal, la utopía. Libre ya de la rigidez propia de épocas anteriores el ser humano se convirtió en dueño de su destino y el trabajo, al tiempo que adquirió valor en sí mismo, se reveló como un poderoso impulsor de ese cambio. A pesar de su liberación de connotaciones religiosas, no obstante, éstas resultarían fundamentales en el futuro desarrollo de las concepciones sobre el fenómeno laboral.

 

En efecto, la Reforma desempeñó un papel básico en la representación social del trabajo propia de la civilización industrial.  Desde la óptica protestante, esta actividad constituye un medio para la construcción del Reino de Dios.  Si Lutero (1485-1546), quien mantuvo en parte las ideas medievales, había considerado la actividad laboral como sendero hacia la salvación y un servicio a Dios, los calvinistas estructuraron en torno a la idea de predestinación un modelo de vida basado en la disciplina, el trabajo y las buenas obras. Así, la doctrina de Calvino (1509-1564) favoreció la acumulación e inversión de capitales al dotar de cierta vis de legitimidad a la búsqueda de beneficios económicos, extendiéndose también la consideración positiva del trabajo como fuente de riqueza. Esta ética protestante propició, según Weber (1947), la aparición de una fuerza de trabajo dispuesta al sacrificio y de una vida económica racional basada en el ahorro y acumulación de capital. La nueva ética influyó igualmente en la conceptualización de la actividad laboral como un deber, a todos correspondía contribuir a la sociedad mediante el trabajo y valorarlo sea cual fuere su naturaleza (Aizpuru y Rivera, 1994; Salanova, Gracia y Peiró, 1996).

 

No obstante, el laicismo que impregna el cuento de Voltaire pervivirá en el futuro.  Durante la Revolución industrial, iniciada en Gran Bretaña y exportada al continente, especialmente a Francia y a Alemania, respetando una ruta de expansión más coincidente con áreas regionales que propiamente estatales, el trabajo se convirtió en medio de adquisición de bienes y servicios. Con el posterior desarrollo del capitalismo, el crecimiento económico o la acumulación de capital son ensalzados como objetivos primordiales.

 

Pese a que quizás esa sea la imagen más extendida, no se trató de un avance lineal hacia la exclusividad de la producción en serie; de hecho, la Revolución industrial constituyó un proceso complejo y diverso. En este sentido, Berg (1987) destaca la coexistencia de una economía dual: junto a la industrialización basada en los grandes avances tecnológicos y la aplicación al trabajo de procesos automatizados, se desarrolló, y fue competitiva, una Revolución basada en la industria doméstica y en los talleres artesanales, vinculada a las pequeñas máquinas y a la destreza en el trabajo, y en la que desempeñó un papel fundamental la actividad de mujeres y niños.

 

En sus primeros años esta Revolución (1760-1800) se caracterizó por la combinación de innovaciones técnicas en cierto número de industrias y sectores económicos clave, junto con modificaciones en su organización y el incremento de la producción. La competitividad y las presiones capitalistas se conjugaron también para impulsar nuevas formas de organización del trabajo.  Sin embargo, los cambios en el ámbito económico no son los únicos a destacar durante este período. Desde un punto de vista político e ideológico, los valores dimanantes del liberalismo y la Revolución francesa coadyuvaron al desarrollo de la era industrial, sentando las bases ideológicas del sistema capitalista. Como afirman Aizpuru y Rivera (1994: 57):

 

“Sobre esta ideología, el capitalismo edificó una economía (laissez faire), un derecho (rabiosamente individualista), un Estado (no intervencionista), una ética (la del trabajo), una democracia (la representativa, no participativa), una cultura (sostenedora del sistema) y un pretendido orden internacional. El agente portador de ese nuevo modo de producción fue la burguesía, que […] generó un nuevo tipo de relaciones sociales y una nueva moral social”.

 

Si la Revolución industrial, sus transformaciones económicas, demográficas, sociales, científicas, tecnológicas, políticas y culturales han influido, y casi determinado, la actividad laboral desde entonces, junto a éstas, no es posible dejar de considerar otros cambios como la división del trabajo, alienación y racionalización que dificultaron su aprecio como una fuente de satisfacción por parte de los trabajadores. La adaptación al nuevo concepto del tiempo y de la disciplina laboral no resultó una fácil transición. Los trabajadores de las primeras comunidades industriales no acababan de asimilar el nuevo racionamiento temporal y la disciplina consiguiente. Asimismo, su progresivo sometimiento a las condiciones de proletarización naciente, conllevó la pérdida efectiva de control sobre los medios de producción y la cualificación necesaria.

 

Durante la segunda fase de la Revolución, el capitalismo financiero, que sustituye al meramente productor, tuvo como principal efecto la separación entre la propiedad y la administración de las empresas, y la concentración de firmas y capitales. Los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX, testigos de acontecimientos de gran relevancia en los órdenes social, económico y tecnológico (sustitución del hierro por acero, del vapor por electricidad, mejora de los transportes, etc.), propiciaron el desarrollo de la estructura socioindustrial dominante hasta la Segunda Guerra Mundial y que ha pervivido, con modificaciones, más o menos importantes, hasta nuestros días (Aizpuru y Rivera, 1994). En estos años el crecimiento de la producción en serie, impulsó la fabricación de bienes estandarizados a precios sin competencia.

 

A pesar de haber sido considerado como el siglo del trabajador (Dunlop y Galeson, 1985), al tener lugar en el siglo XX los más importantes cambios en cuanto a niveles de vida, estatus y reconocimiento social, seguridad social y económica, poder político e influencia de los trabajadores industriales en la historia de la humanidad, esta segunda etapa industrial tampoco ayudó a estructurar el entorno laboral de modo que favoreciese el bienestar de los empleados.  En este sentido, la Organización Científica del Trabajo y las concepciones tayloristas no tomaron en cuenta los efectos del cansancio, la tensión o las motivaciones del individuo y del grupo dentro de la estructura de cada organización.  Asimismo, las innovaciones desarrolladas por Henry Ford (1863-1947) en la producción en serie de automóviles y el consiguiente aumento de la productividad, aunque permitieron ofrecer diversas ventajas al trabajador: reducción de la jornada, empleo estable, asistencia por enfermedad e incremento salarial -five dollars day-  se corresponden con una alta rotación (Aizpuru y  Rivera, 1994).

 

En definitiva, la Revolución industrial en sus diversas fases configuró un panorama muy diferente al ofrecido por Voltaire, y no será hasta la década de los treinta cuando se empiece a considerar la importancia de los aspectos humanos y sociales en las organizaciones laborales. Algunos años antes, tras la Primera Guerra Mundial, diversos factores participan de este tránsito conceptual, ya que cada vez resultaba más acuciante “la ubicación de ciertos aspectos definitivos del comportamiento organizacional relegados hasta entonces, tanto en el plano individual, actitudes, motivación, personalidad, como en el grupal, dinámica interna, participación, estructura informal”(Montalbán, 1997: 99).  De este modo, la influencia de una legislación social, junto al aumento del reconocimiento e influjo del movimiento obrero, la concentración progresiva en unidades de producción mayores y la tendencia a homogeneizar las condiciones laborales, favorecieron la aparición de planteamientos alternativos. Por último, no puede desestimarse la relevancia de la aplicación en la esfera empresarial de los avances logrados por los científicos sociales durante el conflicto (Quijano, 1987).   Si antes el trabajador había sido condenado a servir a la máquina industrial, a partir de este momento las investigaciones se estructuran desde la necesidad de tomar en consideración las condiciones en las que el ser humano trabaja y cómo éstas afectan a su desempeño. Los estudios desarrollados en Hawthorne suponen un cambio sustancial en el acercamiento a la naturaleza de la relación ser humano-actividad laboral (Montalbán, 1997). El significado que el trabajador da a los diferentes elementos y situaciones implicados, el papel de las relaciones de poder y autoridad y la influencia de los grupos sobre el comportamiento individual conquistan su lugar como objetos de estudio.

 

Con posterioridad, las conceptualizaciones teóricas de cariz innovador, surgidas en la segunda mitad del siglo, elaboraron propuestas que contrastan abiertamente con las opiniones ofrecidas por algunos de nuestros cándidos personajes. En este marco, el valor intrínseco del trabajo impregnará los modelos y las teorías emergentes. Ya no se trata, como indicaba el anciano turco, de evitar el aburrimiento o la necesidad, sino que se destaca en ellos el rol jugado por la propia tarea, su potencial intrínsecamente motivante destinado a satisfacer las necesidades de crecimiento y realización personal del ser humano. Igualmente, nuestros contemporáneos en el estudio del trabajo parecen discrepar de la afirmación de Pangloss.  En la actualidad se tiende a valorar en alto grado otros ámbitos de la vida, familia y ocio, ajenos al área laboral aunque conjugados en muchas ocasiones.  El difícil equilibrio entre los vértices de este triángulo vital se convierte así en objetivo perseguido por buena parte de los ciudadanos en los países occidentales.

 

Esta nueva ética, caracterizada por una mayor valoración del tiempo libre, la vida en familia y la dominancia de los derechos sobre el trabajo más que de las obligaciones, emerge en los últimos años de la década de los sesenta en el marco de un cambio de valores.  La sustitución paulatina de los valores materialistas por otros de carácter postmaterialista (Inglehart, 1977; 1990) como la orientación hacia el ocio y el tiempo libre, mayor preocupación por la calidad de vida y la auto-realización o el crecimiento personal, parece generalizarse en las sociedades occidentales y diversos autores apuntan la tendencia, en este contexto, hacia una mayor valoración de los aspectos expresivos e intrínsecos del trabajo.  Bien que, con esa vocación de crisol imperfecto que despliega la sociedad occidental, diversas opciones prevalecen entre sus miembros. Así, tiene lugar también una cierta revalorización del sentido instrumental del trabajo que afecta principalmente a los grupos expulsados del mercado laboral.  Esto es, vuelve a ser considerado como un factor de autoestima y reconocimiento social (Aizpuru y Rivera, 1994; Salanova y cols., 1996). La crisis económica y las dificultades para acceder a un puesto que permita cierta autonomía e independencia personal; en una sociedad orientada al hedonismo, el ocio y el consumo; favorecen esta valoración del trabajo como un bien escaso.

 

Aunque la imagen de la actividad laboral en la actualidad sea muy diferente a las tareas descritas en el Cándido, debido a los efectos de la industrialización, la terciarización de la economía, el desarrollo de un mercado global, etc., y el ámbito del trabajo, ante la mitificación exacerbada de la novedad, parezca huir de todo aquello que pueda ser considerado tradicional, Turcotte (1986: 24) con cierto aire nostálgico manifiesta que “el ambiente propicio para una mayor calidad de vida laboral puede ser semejante a la atmósfera que reina en un taller artesanal o en un comercio familiar”. Asimismo, el autor añade (1986: 25):

 

“[…] el hecho de aumentar la calidad de vida laboral quizá signifique que debemos dar marcha atrás y que, en algunos casos, sería aconsejable ‘desorganizar’ y en otros ‘eliminar la especialización’ para devolverles a los individuos la porción de autonomía que les corresponde”.

 

En esta reivindicación del pasado, Bergquist (1993) entiende la organización postmoderna como una combinación de la etapa premoderna, anterior a la Revolución industrial, y moderna. Se trataría de una síntesis con ciertas características diferenciales que enfatiza un tamaño organizacional de pequeño a moderado, la complejidad y la adopción de estructuras flexibles y modos de cooperación interinstitucional para afrontar condiciones organizacionales y ambientales turbulentas, propias de la dialéctica continua orden-caos en la que se halla inmersa.

 

Junto a estas afirmaciones, otros investigadores han establecido condiciones a esta vuelta atrás y han señalado la tarea como factor esencial para la motivación intrínseca y la satisfacción general de los empleados (p.e., Hackman y Oldham, 1975; 1976; Herzberg, Mausner y Snyderman, 1959; Herzberg, 1966). Probablemente, para el artesano ha resultado más fácil que para el operario de fábrica la realización de su tarea de forma autónoma y responsable o percibir la significación e identidad de su trabajo, sintiéndose con ello satisfecho de su actividad cotidiana en mayor medida. Las propuestas teóricas y prácticas que, desde las ciencias sociales, se han articulado en torno al ámbito organizacional han incluido la consideración del desarrollo y realización personal, inseparables de la autonomía y la responsabilidad, y de una mayor participación e implicación del empleado en las decisiones que afectan a su trabajo. En cierto modo, es como si estas nuevas concepciones sobre el trabajo ascendieran de modo vertiginoso hacia la cima de una pirámide imaginaria (Maslow, 1954). Una vez se superan los niveles básicos de necesidad, cada vez en un mayor grado, se exige al trabajo mismo la capacidad potencial de satisfacer las necesidades de orden superior.

 

Sin embargo, no es posible obviar que en este ámbito, como en otros, el interés por las condiciones laborales no ha sido gratuito, ni fruto exclusivamente de la buena voluntad de los poderes políticos y económicos, del buen hacer aislado de las fuerzas sindicales o de las investigaciones entusiastas de los psicólogos del trabajo. De hecho, los estudios sobre satisfacción laboral o las prácticas de implicación de los trabajadores en el proceso de toma de decisiones han estado tradicionalmente ligados al interés por la producción y el rendimiento, por la cantidad y la calidad. Pero, no cabe duda tampoco, esta conjunción de intereses y voluntades ha contribuido a modificar las concepciones actuales sobre el trabajo y, especialmente, la calidad de vida laboral de los empleados.

 

Si el final del siglo XIX y las estribaciones del XX fueron testigos de las reivindicaciones exigidas por los movimientos sociales, la propia psicología y sus estudios en diferentes áreas han contribuido también a generar un clima favorable a la toma en consideración del bienestar de los empleados, siendo a su vez blanco de influencia del contexto social en el que estaba inmersa: los estudios llevados a cabo en los años treinta (Mayo, 1933; 1975; Hoppock, 1935) y la constitución a partir de los años sesenta del movimiento de Calidad de Vida Laboral propiciaron una nueva visión sobre el trabajo que ha impregnado el discurso de la psicología del trabajo y las relaciones laborales entre organizaciones y sindicatos o empleados en las décadas posteriores.

 

A esta influencia no ha resultado ajena la legislación que en materia laboral se ha aprobado en los países desarrollados, y de forma especial en Europa. De este modo, y como ejemplo, las normativas europeas han articulado un sistema de representación en las organizaciones y pretenden crear un acervo jurídico para la protección de la salud de los trabajadores. En España, uno de los últimos logros en este ámbito ha sido la promulgación de la Ley 31/1995, de ocho de noviembre, de Prevención de Riesgos Laborales. Esta ley, a pesar de las carencias o deficiencias que puedan achacársele, emerge como un indicador positivo de la sensibilidad estatal ante los riesgos que para la salud física y mental del trabajador pueden suponer unas condiciones de trabajo inadecuadas.

 

Los modelos emergentes de Calidad de Vida Laboral han propugnado la mejora de las condiciones del entorno de trabajo y han propiciado una mayor participación de los empleados, tendencia ésta que redunda tanto en el bienestar de los individuos como en la funcionalidad organizacional. Atrás parece quedar la consideración natural del trabajo como escenario de inevitables penurias, enfermedad o accidentes; secuelas omnipresentes tanto en la tradición bíblica (Génesis, 3-17/23), como en las inquietantes descripciones literarias o cinematográficas de futuras y ficticias sociedades; sin olvidar, las versiones tradicionales vinculadas al desarrollo de la sociedad industrial y los movimientos obreros (Metrópolis; Tiempos Modernos; Germinal, etc.).

 

Durante siglos, el trabajo había sido considerado en el mejor de los casos una amarga bendición, sino una maldición absoluta, cuya ausencia fue la principal atracción del jardín del Edén, y rara vez recompensante o gratificante en sí mismo (Holt, 1993).  Pero, frente a la puesta en cuestión de esta valencia negativa ampliamente atribuida al trabajo, las últimas décadas han sido escenario de un desmedido incremento del estudio del estrés, fenómeno que se adueña del vocabulario y la vida urbana, de modo que parece casi inevitable asociar progreso-estilo de vida-trabajo-estrés. Esta transición es ilustrada por Ivancevich y Matteson (1989) a través de los resultados obtenidos en la comunidad de Roseto (Pennsylvania, U.S.A.), ejemplo paradigmático de la acelerada expansión del estrés en la vida moderna y sus graves consecuencias en la mayoría de las ocasiones relacionadas también con la salud general de las personas que lo padecen. Si al inicio de los años sesenta esta población gozaba de cierta inmunidad frente a las afecciones coronarias (Bruhn y Wolf, 1979), en el transcurso de una década, el progreso quebró algunos pilares del tradicional estilo de vida y la modernidad, nuevos valores y ritmo acelerado, ofreció a cambio unos índices de trastornos coronarios equiparables a los registrados en comunidades vecinas.

 

Así pues, al trabajo, actividad central en la vida de los integrantes de las sociedades industriales, se le reconoce cada vez en mayor medida su carácter potencialmente estresante (Cooper y Baglioni, 1988). Las razones para el progresivo aumento del estrés laboral identificadas por O’Brien (1998) apuntan hacia los cambios tecnológicos y su secuela de puestos que exigen escasa capacitación, debido al uso de sistemas de trabajo automatizados o dirigidos por ordenador, junto al incremento del nivel educativo de los trabajadores. Además, la política social no ha favorecido el diseño de empleos estructurados de modo que se posibilite al empleado el uso de habilidades aprendidas o la adquisición de otras nuevas. Por último, este autor destaca el relativamente escaso número de intervenciones destinadas a reducir los niveles de estrés laboral.

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