El carácter universal de la ética

El carácter universal de la ética

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A partir de la década de los setenta del siglo pasado, la ética se ha enfocado a diversos temas bajo el concepto de «Modernización». Ha sido seguida de nuevas formas de acciones prácticas, reflexión y debate teórico sobre la ética de la paz, el feminismo y la vida cotidiana, impulsados por un contexto que comenzaba a introducir una cultura de democratización de la sociedad, e implicaba nuevos hábitos y valores de conducta.
En la década de los ochenta, se intensifica la «Tecnificación» de la sociedad (era de la Tecnificación), en que comienzan a surgir modalidades como la ética medioambiental, ética de los animales, la bioética y la ética de los profesionales, entre otras.
Posteriormente se desarrolla un nueva oleada de modernización, a lo que se ha llamado «revolución digital» de los años 90, con un impacto cultural todavía superior y que impuso un proceso de individualización masiva, al convertir en obsoletos muchos medios «presenciales» de socialización.
Por último, un nuevo frente se abre paso en este largo ciclo de modernización, denominado «Globalización». Esto ha propiciado propuestas hacia una ética de lo global, planetaria e intercultural.
Resulta conocido que la Ética no puede partir de cero, ni tampoco de una pura especulación intelectual o un mero debate académico, es producto de la necesidad práctica de articular mejor la convivencia de las sociedades de composición pluricultural e intercultural.
Más que una idea o un valor, como la tolerancia, la paz, la diversidad, etc., por ella misma, la ética intercultural tiene, pues su razón de ser en la creciente demanda social de patrones morales de conducta, a través y para la interculturalidad.
Con el surgimiento de un conjunto de procesos acelerados de interdependencia económica, tecnológico, cultural y político-social, se incrementa la conciencia de los problemas globales, entre los que se destacan:
– la pobreza y el desarrollo,
– el deterioro del medio ambiente natural,
– la corrupción financiera,
– el terrorismo,
– el narcotráfico,
– el extremismo religioso,
– la violación de los derechos humanos,
– la falta de compromiso ético de gobernantes y ciudadanos,
– el genocidio,
– la xenofobia y el racismo.
La ética es imprescindible para la consecución de una especie de «mínimo común moral» que coopere con la ciudadanía trasnacional. Desde estos valores sociales es posible fijar una agenda Ética que recuerde y ordene las directrices apropiadas, en la era de la interdependencia, para el desarrollo de un mundo democrático y en las que son necesarias acciones como:
– dar apoyo a una ética ambiental,
– ética feminista,
– ética multiculturalista,
– ética de la ciudadanía democrática.
Todas estas acciones han de tener la mirada puesta en un mundo más justo y equitativo, sin pasar por alto la raíz económica de los problemas actuales de convivencia en el planeta.
La ética no es sólo la que sale al paso de los conflictos de identidad, sino la que se concibe en relación con la sociedad en su conjunto, pensada para la convivencia, en el sentido más amplio y por eso la preocupación por un mundo más justo y equitativo le es algo propio.

Otro aspecto justificativo de su carácter universal está dado por su base empírica1 sin la cual sería imposible la comprensión de este fenómeno tan complejo. Sería innecesario recordar que todos poseemos unas condiciones evolutivas y neurocognitivas que nos hacen aptos para obrar según la ética, que si bien son necesarias no suficientes en la comprensión de la misma.
Hemos de ser conscientes de que los hombres compartimos el mismo planeta, somos una única especie y nuestro cerebro no distingue entre razas y naciones en su funcionamiento básico.
Muchas creencias y valores morales tienen un origen biológico vinculado al cerebro. Los conceptos del bien y el mal responden a la adaptación al medio y la supervivencia. El cerebro necesita principios químicos pero también ideas y emociones que producen sustancias tan importantes como las endorfinas. Si alguna vez una época desprovista de valores hubiera durado bastante, la humanidad ya habría dejado de existir.
La neurofisiología cerebral es la misma para todos los grupos nacionales y étnicos. La especie humana está biológicamente capacitada para compartir procesos de evaluación, entre ellos los éticos. Las diferencias proceden del entorno cultural. Tenemos algo en común que debemos aprovechar como especie necesitada de una ética intercultural, tenemos la base biológica, el cerebro.
En otro orden, la nueva psicología cognitiva se basa en modelos de la informática y la inteligencia artificial. A pesar de este enfoque tecnológico, es una psicología social y humanista. Información, conexión e integración son sus arquetipos.
La neurosicología destaca que nuestro cerebro es una sola e integrada unidad neurológica. Se desprende entonces una conclusión central, en beneficio de la ética, que no puede separar el mundo de los principios del mundo de los hechos. Una ética intercultural es posible por la disposición neurocognitiva del ser humano. Esta ética estará abierta a todos los lenguajes de la inteligencia humana.

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