Viracocha.

Viracocha.

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Habiendo ocupado el trono de una manera irregular, tuvo el octavo Inca que sofocar a viva fuerza las semillas del descontento. Libre de enemigos domésticos, extendió la dominación imperial tanto por el Norte como por el Sur.

Los soldados de Anco Huallo emigraron hasta Moyobamba por no someterse a un poder que había estado cerca de abatir en Yahuarpampa. Más otros pocras, poco resignados al yugo sorprendieron una noche a los guerreros imperiales y colgaron los cadáveres de los principales en la quebrada que en el camino de Ayacucho a Huanta se conoce hoy con el nombre de Ayahuarcuna (sitio donde se cuelgan cadáveres).

El Inca los aterró haciendo ahorcar un gran número de ellos en el rincón de Ayacucho (rincón de muertos). Por el Sur los Chichas, Amparaes y otras tribus de Charcas se rindieron después de algunos encuentros parciales; los de Tucma (Tucumán) se sometieron antes de haber sido amenazados, cediendo al prestigio de los hijos del Sol.

Viracocha acrecentaba el brillo de sus victorias con obras magníficas: embelleció la antigua ciudad de Vilcas; abrió una acequia desde Angaraes a Lucanas; restauró el antiguo templo de Cacha en honor del dios Viracocha; y construyó palacios dorados en el ameno valle de Yucay.

Mas abandonándose a aquellas delicias y ya en una vejez avanzada entregó las riendas del gobierno al príncipe heredero Inca Urco que estúpido y corrompido no pudo defender el imperio del valeroso Asto Huaraca quien desde Huaitará se había avanzado sobre el Cuzco.

Felizmente el joven Yupanqui, que había sido elevado al trono por la nobleza disgustada de su padre y de su hermano, venció a los invasores, apoderándose de Asto Huaraca en una sorpresa nocturna.

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