Vicisitudes de la República

Vicisitudes de la República

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Fundación de la República.

Los sentimientos republicanos se desarrollaron junto con las ideas de emancipación. La patria y la libertad se confundían en las aspiraciones de los peruanos, corrieron iguales azares y triunfaron en los mismos campos. El bello modelo de los Estados Unidos, el espíritu liberal del siglo, las aspiraciones de toda la América española, y las demás causas que despertaban el amor a la Independencia, traían consigo tendencias a la República que se fortificaban además por la lucha contra los reyes, la falta de elementos monárquicos y la importancia creciente de las razas siempre abatidas bajo la monarquía. El maravilloso instinto del pueblo se anticipaba a las previsiones de los hombres de Estado y aun confundía sus hábilmente combinados, pero mal fundados planes. Todo el prestigio de San Martín y todo el talento de Monteagudo se estrellaron ante la opinión liberal, tan unánimemente declarada, que el Congreso Constituyente aclamó la República desde la primera proposición, la adoptó en sus bases constitucionales y la organizó en el código político. Las facultades omnímodas que las necesidades de la guerra hicieron conceder a Bolívar, no debilitaron los sentimientos republicanos; la victoria de Ayacucho se alcanzó vivando a la República y al Libertador.

 

Al completarse el triunfo de la Independencia, la República del Perú principió a ser reconocida, no sólo por los demás Estados de América, sino también por las provincias marítimas de Europa. Inglaterra más avanzada en sus instituciones y mejor apreciadora de los intereses internacionales, no tardó en hacer un reconocimiento explícito; aunque la muerte del Cónsul general inglés, acaecida el 11 de diciembre a consecuencia de los tiros de una avanzada patriota que le creyó del campo de Rodil, hubiera podido dar pretexto a reclamaciones y dilaciones diplomáticas. El gobierno francés, más ligado al Rey de España y con tendencias poco democráticas, había de dar lugar a negociaciones enojosas, acreditando un agente consular con el extraño título de Inspector general del comercio francés; pero por el interés de éste aceptaba desde luego los hechos consumados. Los países bajos trataban con el Perú más abiertamente.

 

Entretanto los patriotas peruanos podían recelar que las armas vencedoras a nombre de la Independencia no se tornasen contra la libertad. El proscrito Monteagudo, cuyas ideas eran muy sospechosas, había vuelto a Lima en diciembre de 1824 en compañía de Bolívar. Su muerte a manos del negro Colmenares el 30 de enero siguiente, si no fue un crimen vulgar inspirado por la pasión del robo, tuvo origen en las intrigas de palacio; pero Bolívar, que comprometió su crédito mandando salir para Colombia al asesino descubierto y confeso, hacía recaer las sospechas y aun las amarguras de la persecución sobre los realistas y patriotas; lo que imponía a las almas asustadizas y las preparaba a creerle el hombre necesario para consolidar la República. La inquietud por los destinos de la patria, el ilimitado reconocimiento a sus libertadores, el ascendiente de Bolívar, todo se reunió para que el Congreso, vuelto a reunir por él el 10 de febrero, le prolongase una peligrosa dictadura. Bolívar afectaba el mayor horror por el nombre, pero sus agentes la solicitaban por toda suerte de medios y los representantes de la nación la autorizaron con los dulces títulos de Libertador y padre del Perú. Junto con esta autoridad absoluta se le acordaron la erección de una estatua ecuestre, medallas y otros honores y un millón de pesos que sólo quiso admitir para Caracas, su suelo natal. A Sucre se recompensó con el grado de Gran Mariscal de Ayacucho, la rica hacienda de la Guaca y doscientos mil pesos. Para el ejército libertador se decretó un millón, suma que más tarde recibieron también los sitiadores del Callao. El Congreso envió a Bogotá una comisión de su seno para dar gracias al gobierno colombiano y pedir la permanencia en el Perú del Presidente Libertador.

 

Gobierno del Libertador.La dictadura de 1824 había sido para Bolívar una campaña en que su genio se inmortalizó; la obtenida en 1825 se pasó entre brillantes ovaciones capaces de trastornar cabezas menos ambiciosas. El Libertador, dejando la administración general a un Consejo de Gobierno, presidido por La Mar y después de haber éste renunciado, por Santa Cruz, se dirigió al Alto Perú, decretando en el tránsito muchas reformas de interés público y recibiendo honores más que humanos en el Cuzco, Arequipa, Potosí y otras grandes poblaciones. El nuevo estado formado con provincias que en el gobierno colonial pertenecieron sucesivamente a los virreinatos del Perú y Buenos Aires, tomó en honor suyo el nombre de Bolivia. Conforme a sus inspiraciones, convocaba el gobierno de Colombia el Congreso de Panamá, en el que los representantes de América debían echar las bases de una vastísima federación. El Perú, que iba a enviar los suyos al istmo, era llamado también por su Consejo de gobierno a elegir diputados para un nuevo Congreso Constituyente, que debía instalarse en febrero de 1826. Previniendo los votos del pueblo, proyectaba el Dictador una Constitución en la que la organización monárquica estaba mal disfrazada con frases democráticas; pues se reconocía un presidente vitalicio e irresponsable, se debilitaba el poder legislativo dividiéndolo en cámaras de senadores, tribunos y censores, se desvirtuaban las elecciones, y todo tendía a robustecer el poder, dejando mal garantida la libertad. Este código fue adoptado sin oposición en Bolivia, cuyo presidente Sucre seguía las inspiraciones del legislador.

 

La pretensión contradictoria de ser al mismo tiempo el Washington y el Napoleón de la América del Sur, iba a gastar lastimosamente el genio heroico del Libertador, rompiendo la unidad de su gloriosa carrera y destruyendo la grandeza de sus concepciones con la pequeñez de los medios. Chile y Buenos Aires, prevenidos contra su política por sus aspiraciones mal encubiertas y por algunas expresiones ofensivas, rehusaron tomar parte en el Congreso de Panamá, en el que a la sombra de la confederación, veían levantarse una vasta monarquía. La asamblea compuesta de los representantes del Perú, Colombia, Centroamérica y México, no correspondió, ni podía corresponder a las esperanzas concebidas, desde que se dudaba de su fin legítimo, y sus únicos elementos de acción se reducían a tratados sin sanción efectiva. Los patriotas del Perú, aunque reducidos al silencio por el ascendiente de Bolívar, murmuraban en secreto, y aun los húsares de Junín hicieron en Ayacucho un movimiento que hubo de sofocarse con la victoria de Julcamarca y la ejecución del teniente Silva que era la mejor lanza de su cuerpo, junto con doce soldados sacados por suerte. También se denunció en Lima una vasta conspiración, que fue juzgada con gran empeño, absolviendo a unos acusados, desterrando a otros y condenando a algunos al último suplicio, del que se libraron por los esfuerzos del liberal presidente de la Corte Suprema.

 

El Congreso Constituyente no llegó a instalarse, porque lo impidieron las intrigas del gobierno. Se había principiado por confiar a la Corte Suprema la calificación de los diputados, contra la que protestaron en las sesiones preparatorias los representantes del partido constitucional, diciendo uno de ellos al Ministro que iba a tomarles juramento: cuando el Señor Ministro se retire, el Congreso resolverá lo que debe hacer. Mas la mayoría insistió desde luego en que la calificación era de la competencia del gobierno, y después pidió que no se instalase la asamblea, fundándose en razones cuya frivolidad contrastaba con el número; por enaltecer el mérito del Libertador no se temía afirmar que sin su dirección corría el Perú riesgo de retroceder al estado salvaje. Abandonadas así las libertades públicas por sus naturales defensores, no vaciló el Consejo de gobierno en traspasar todos los límites de la ley, preguntando a los colegios electorales, cuya misión había cesado, si se adoptaría la Constitución boliviana y se nombraría presidente vitalicio al Libertador. Con excepción del colegio de Tarapacá todos respondieron afirmativamente; y las corporaciones civiles y eclesiásticas, los militares, las notabilidades políticas y simples particulares, cediendo a hábiles y vivas solicitudes, multiplicaron los actos de adhesión para simular la opinión popular. El viaje de Bolívar a Colombia, a donde los disturbios hacían necesaria su presencia, dio origen a otro género de manifestaciones, la mayor parte ficticias, en que la adulación excedió todas las conveniencias y aun las más obvias apariencias de la verdad. Aunque en todas ellas se solicitaba la permanencia del Libertador, verificó su salida el 3 de septiembre entre grandes demostraciones de sentimiento por su separación.

 

Continuando siempre la adhesión oficial, se juró solemnemente la Constitución vitalicia el 9 de diciembre, cuyos recuerdos debían unirse a otros pensamientos de libertad que no tardaron en hacer explosión. La tercera división de Colombia, que guarnecía a Lima, depuso al general Lara y otros jefes el 28 de enero de 1827, y se declaró dispuesta a defender la Constitución liberal de su patria. El Consejo de gobierno pidió nuevos jefes; pero viendo los esfuerzos que se hacían para promover una reacción en aquel cuerpo, y cediendo al voto de sus nuevos caudillos que solicitaban prontos medios de trasporte, facilitó su salida para Guayaquil. Libre el Perú de la opresión que las fuerzas colombianas podían ejercer, se pronunció unánimemente contra la Constitución vitalicia; un Congreso reunido por Santa Cruz dio la Presidencia de la República al liberal La Mar, y la Vicepresidencia a Salazar; se adoptó provisoriamente la Constitución del 23; y se trabajó con actividad en completar las instituciones democráticas y ponerlas a cubierto de toda agresión.

 

Presidencia de La Mar.

Acordes el gobierno y la opinión pública, que en vano se procuró extraviar en algunos pueblos del Sur, principió el Perú a progresar libremente por la senda constitucional. La prensa independiente trataba las grandes cuestiones de interés social con decoro e inteligencia. Los hábiles hijos de Arequipa veían arraigarse en su privilegiado suelo los planteles de instrucción; los antiguos establecimientos de Lima volvían a prosperar, y el de medicina ensanchaba sus estudios con las clases de maternidad dirigidas por una mujer inteligente. La agricultura recobraba sus brazos y extendía sus explotaciones, si bien fracasó por entonces por mala dirección la empresa dirigida a recobrar la fértil región del Chanchamayo, perdida desde el alzamiento de Juan Santos. En la minería se hacía sentir un vivo impulso. Aunque la compañía pasco peruana formada en Londres no correspondió a las esperanzas concebidas, y el haberse declarado propiedad del Estado las minas abandonadas junto con otros obstáculos creados en los últimos años, dificultaron las empresas particulares, se dejaba percibir un porvenir mejor; el sabio Rivero difundía los conocimientos mineralógicos, Valdivia promovía y daba a conocer el descubrimiento del carbón de piedra en la quebrada de Murco, donde se encierran grandes riquezas; el catador Angelino Torres en una de sus exploraciones descubría en el derrumbadero de Huaillura vetas auríferas de opulencia prodigiosa, que pocos meses después se perdieron entre los desórdenes y persecuciones que produjo la destructora fiebre del oro. El comercio luchaba con las tradiciones del monopolio; pero ganaba visiblemente terreno en la extensión, inteligencia y libertad de sus especulaciones.

 

Las mejoras políticas se anticipaban al progreso social; lo que si bien lisonjeaba mucho a los exaltados partidarios de la libertad, aventuraba su éxito, y en vez de acelerar había de exponer la marcha del Estado a terribles pruebas.

 

Los iquichanos, dirigidos por algunos desertores y llamados defensores del Rey, hicieron grandes destrozos en Huanta y amenazaban desolar a Ayacucho, que los escarmentó bien, habiéndose reforzado sus entusiasmados habitantes con algunos de Andahuaylas y con los audaces morochucos. En Lima, que acababa de sufrir un gran terremoto, se suscitó un motín de cuartel por el esforzado Huavique, que fue atravesado de una estocada por el intrépido joven don Felipe Santiago Salaverry, ahogándose así en la sangre del jefe una revuelta cuyas consecuencias eran difíciles de calcular. El terrible resentimiento de Bolívar, al que La Mar no temió provocar en defensa de las libertades públicas, ponía al gobierno peruano en conflictos cada día más graves y arrastraba a la ruina común.

 

Los jefes de la tercera división colombiana, que habían sido desgraciados en sus tentativas para defender la constitución de Colombia, perseguidos en el Ecuador, hallaban buena acogida en Lima. Tampoco eran mal recibidos los promotores de un motín militar, que fracasó en La Paz. Sucre, defensor natural de la constitución boliviana, era una amenaza para los liberales del Perú; y a fin de prevenir sus proyectos fue un ejército a las órdenes de Gamarra a Bolivia, que junto con aquel código rechazó a su presidente colombiano y ajustó con el Perú el tratado de Piquiza. El agente diplomático de Colombia, que conspiraba abiertamente contra la administración peruana, fue preso y expulsado del país. La prensa envenenaba las cuestiones, ya con la destemplanza del lenguaje, ya con recuerdos irritantes, como la marcha forzada de cinco mil peruanos a Colombia, víctimas por la mayor parte del clima y privaciones, las fortalezas del Callao desmanteladas, la marina reducida a la nulidad, la hacienda desorganizada, oscurecida la gloriosa participación de los peruanos en las victorias de Junín y Ayacucho, y otros agravios que en la exaltación del momento hacían olvidar los inapreciables servicios del Libertador. Por su parte Bolívar, viendo destruida su obra predilecta, estaba lejos de moderar su terrible cólera. Un ministro del Perú, enviado a Bogotá para cortar los motivos de discordia con amistosas negociaciones, no fue recibido oficialmente, y se afectó desconocer su gobierno; se le impusieron condiciones inadmisibles, se le dio pasaporte como a un particular y aun se le prescribió la ruta para salir de Colombia. A la rotura de las negociaciones se siguieron las amenazas oficiales y los manifiestos acalorados, que eran verdaderas declaraciones de guerra.

 

La Mar, que para no hallarse desarmado contra los veteranos de Colombia había acrecentado y disciplinado sus fuerzas con extraordinaria actividad, no tardó en abrir la campaña; se apoderó de Guayaquil, que no obstante la muerte del almirante peruano Guisse hubo de entregarse por capitulación; y avanzó hasta la provincia de Cuenca las divisiones, que se internaban por la de Piura. Sucre, que se hallaba al frente de las fuerzas colombianas, presentó proposiciones de paz difíciles de admitir, y el ejército peruano sufrió el 12 de febrero de 1829 un contraste junto a Sagururo, y el 26 del mismo mes una derrota en el Portete de Tarqui; reveses ambos nacidos evidentemente de la mala dirección y que por lo mismo hicieron sospechar de la lealtad de algunos jefes. El vencedor impuso sus condiciones casi en el campo de batalla. La Mar, que se había retirado a Piura y continuaba sus aprestos bélicos, fue víctima de una doble revolución militar, estallada en su campamento el 7 de junio y en Lima el 6. Aquí se le deponía por sus extravíos, debilidad y nulidad. En Piura, acusándole de extranjero por ser nacido en Guayaquil, se le prendía y enviaba desterrado a Costa Rica, donde murió al año siguiente con la resignación del hombre justo.

 

El general don Antonio Gutiérrez de La Fuente, nombrado jefe supremo, entró inmediatamente en comunicaciones con la comisión permanente del Congreso constituyente, y el 31 de agosto se reunió la legislatura constitucional, la que nombró Presidente provisorio de la República a Gamarra y Vicepresidente a La Fuente, convocando al mismo tiempo los colegios electorales para la elección popular. Un tratado de paz firmado en Guayaquil en el mes de septiembre restableció las buenas relaciones con Colombia, cesando así una guerra que era el escándalo de la América. Por desgracia, las discordias interiores iban a detener por largos años en ambos países el fecundo desarrollo de la libertad y del orden. Colombia no tardó en atravesar una destructora crisis, que entre otras grandes calamidades presentó el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho y el del heroico general Córdova, la muerte prematura del Libertador en el desamparo y la ruina de la confederación colombiana. El Congreso del Perú proclamó Presidente de la República a Gamarra por haber obtenido la mayoría de los sufragios populares, y nombró Vicepresidente a La Fuente, porque ningún candidato había triunfado en las urnas electorales. Mas las circunstancias que habían precedido y acompañado a estas elecciones comprometieron el prestigio del gobierno, haciendo muy difícil y poco ventajosa la conservación del orden.

 

Presidencia de Gamarra.

Desde el principio fue profundo el desacuerdo entre el nuevo Presidente y la opinión pública, que no podía perdonarle el fin desgraciado de La Mar y se irritaba más con las arbitrariedades inevitables en una administración nacida de la violencia. En vano promovió Gamarra la conciliación de los partidos; en vano mejoró las relaciones exteriores celebrando tratados con México, Bolivia y la nueva República del Ecuador. Ni la necesidad del orden reconocida por todos, ni el homenaje general a la Constitución, ni la prosperidad del comercio, ni cuantas medidas se dirigieron a promover los progresos del Perú pudieron impedir las frecuentes tentativas de revolución. El mismo gobierno las multiplicaba; más solícito por conservar el poder que por ejercerlo con aplauso, siempre receloso y buscando su apoyo en hechuras impopulares no podía menos de exaltar la oposición; y con el vano propósito de robustecerse inspirando miedo a la anarquía exageraba las conspiraciones y aun las inventó alguna vez; hasta se le hizo cargo de haber conspirado contra sí mismo.

 

El 26 de agosto de 1830 estalló en el Cuzco una revolución federal, que estaba ya sofocada antes de la llegada de Gamarra a aquella ciudad. Mientras el Presidente, cuya presencia se había creído necesaria, se ocupaba en el Sur de consolidar la paz interior y de asegurar las relaciones cada día más difíciles con Bolivia, el vicepresidente La Fuente, que gobernaba en su ausencia, era asaltado en su propia casa y suplantado con Reyes como presidente del Senado. Vuelto a la capital, aunque mostró especial solicitud por la reconciliación y las mejoras públicas, se veía a su vez expuesto Gamarra a ser víctima de una revolución de cuartel, que comprimió ejecutando sin forma de juicio al capitán Rosell. Reunido en el mismo año (1832) el Congreso, tuvo lugar la elocuente acusación del diputado Vigil, quien, después de manifestar la necesidad de castigar las infracciones de la Constitución sin arredrarse por vanos temores, exclamaba: «¡Ah, qué cuadro de horror! ¡Cuántos bienes dejados de adquirir! ¡Cuántos males sufridos! ¡Cuántas pérdidas!, ¡hasta del honor! Nefandos crímenes canonizados, legalizadas dos revoluciones y levantadas en este mismo santuario por las manos de los legisladores sobre las aras de la patria, personas que debieran haber sido inmoladas a la justicia en el vestíbulo».

 

En vano se quiso comprimir la oposición forjando conspiraciones en las que se trató de complicar al pacífico diputado, igualmente entusiasta por la ley y por la libertad. Los perseguidos entonces hubieron de salir absueltos, y pocos meses después amagó la guerra civil. Exagerada o enteramente imaginaria una conspiración, que había de estallar en Lima por marzo de 1833, produjo el destierro de varios individuos y entre ellos el del audaz Salaverry, que apenas llegado a Chachapoyas se levantó contra el gobierno. Preso allí por su improvisada tropa y conducido a Cajamarca logró pronunciarse con los mismos que le custodiaban, y descendió a la costa, en la que disputó a las fuerzas del gobierno la victoria en la garita de Moche. Preso por segunda vez y vuelto a escapar estuvo presto para combatir de nuevo contra la desprestigiada administración.

 

Las elecciones de 1833, en que debían nombrarse un nuevo presidente y diputados para una Convención, dieron lugar a nuevas quejas y a variados alzamientos. Los presos de la isla de San Lorenzo se escapaban y unidos a algunos montoneros esparcían el desorden cerca de la capital, aclamando a Riva Agüero, uno de los candidatos populares, a quien no se permitía desembarcar y en cuyo favor se hacía un pequeño pronunciamiento en Piura. En Ayacucho se levantaban furiosos los vengadores de la ley, y después de asesinar al prefecto y jefe militar, al primero en los brazos mismos de su esposa, imponían enormes contribuciones y oprimieron aquellos pueblos en nombre de la libertad hasta que fueron derrotados en la batalla de Pultunchara.

 

La Convención, reunida para reformar la Constitución, en tal estado de conflagración no pudo menos de ponerse en lucha abierta con el poder. El acuerdo recíproco era indispensable para el nombramiento del nuevo presidente; porque ningún candidato había reunido la mayoría en elecciones practicadas de una manera imperfecta. Gamarra convino en que los diputados nombrasen un presidente provisorio; mas habiendo sido nombrado contra sus esperanzas el general don Luis Orbegoso, uno de los candidatos populares, le cedió de mala voluntad el puesto el 19 de diciembre de 1833, y se preparó a derribarle a la primera oportunidad.

 

Presidencia de Orbegoso.

 

Gamarra disponía del ejército y hasta del servicio de palacio. El general don Pedro Bermúdez, ministro de la guerra, era su candidato para la presidencia; le pertenecían los jefes de los cuerpos así como los prefectos de los departamentos; él mismo se arrogaba y hacía conferir el cargo de general en jefe; un club formado bajo su dirección e influencia se había reservado todos los destinos de importancia, estando convenidos sus miembros en declararse contra el nuevo gobierno, si alguno de ellos perdía su posición. Apenas se dejaba al Presidente otra prerrogativa que la de vivir en palacio, salvo el arrojarle de allí por una simple intimación. El pueblo se pronunciaba en su favor con tanta mayor fuerza cuanto que en su persona veía representadas la libertad y la ley, combatidas ahora por una facción que se había desacreditado en el poder; pedía armas para apoyarle y medidas contra los conspiradores. Por su parte se aprestaban éstos a un golpe de mano que Orbegoso previno yendo a asilarse a las fortalezas del Callao en la tarde del 3 de enero de 1834. A la mañana siguiente el ejército disolvía a bayonetazos la Convención nacional, y aclamaba presidente a Bermúdez y generalísimo a Gamarra. Como eran suyas las fuerzas veteranas, no hallaron dificultad los sublevados para poner sitio al Callao, ni para dominar militarmente la mayor parte de la República. Mas la opinión, cada día más declarada contra ellos, les opuso donde quiera grandes resistencias y logró destruirlos neutralizando el éxito de sus victorias.

Salaverry se apoderaba de las fuerzas vencedoras en la Garita y fortificaba la adhesión del Norte a la causa de Orbegoso. Los refugiados en el Callao, a los que llegaban incesantemente voluntarios del pueblo y defeccionados del ejército, obligaron a Gamarra a levantar el sitio. El 28 de enero en que, vista la oposición de la capital preparaba su salida a la sierra, se levantó el pueblo con entusiasmo, y con las armas que la casualidad le facilitó, convirtió en fuga desordenada aquella retirada. Arequipa se declaraba también contra los revolucionarios sin temer la aproximación del general don Miguel San Román. Las fuerzas improvisadas por el liberal Nieto le hicieron experimentar un revés en la inmediata posición de Miraflores; y sólo por un accidente obtuvo dos días después una inesperada victoria en Cangallo. Dueño por ella de la ciudad, no pudo impedir que Nieto improvisara una resistencia más decisiva en el puerto de Arica.

 

 

Mientras la ocupación de Arequipa parecía asegurar a los revolucionarios la posesión del Sur, el triunfo conseguido en Huaylacucho en las inmediaciones de Huancavelica el 17 de abril por las fuerzas de Bermúdez contra las de su rival Orbegoso, podía hacer creer en la inmediata sumisión del Norte. Mas siete días después se pasaban los vencedores a los vencidos, dándose el extraordinario abrazo de Maquinhuayo. Arequipa no tardó en pronunciarse por el caudillo de sus afecciones. Gamarra, que desde Tacna había hecho vanos esfuerzos contra Nieto, noticioso de los últimos cambios le propuso reconocerle como jefe del Sur si accedía a la federación, que de años atrás venía concertándose entre los futuros estados Norte y Sur peruanos con el de Bolivia. Rechazadas tan sorprendentes proposiciones y propagándose los pronunciamientos contra Bermúdez, huían Gamarra y San Román a la vecina República; y Orbegoso, contra quien no aparecía oposición armada, entraba en el ejercicio apacible de sus funciones. La Convención, reinstalada en Lima desde el mes de febrero, había dado una nueva Constitución; y por la perfecta armonía entre los pueblos y el gobierno pudieron esperarse días de progresos apacibles a la sombra de instituciones liberales.

 

La situación ocultaba peligros superiores al ascendiente del Presidente provisorio, cuya popularidad reposaba principalmente en el odio al gobierno anterior. Cuatro constituciones juradas en menos de once años, las más de ellas sin vigor alguno y todas holladas con poco escrúpulo, no podían generalizar el respeto a las leyes fundamentales, ni a las autoridades constituidas. Era inevitable el choque entre las ambiciones despertadas por la guerra y no satisfechas por las ventajas de la paz. Aunque la discordia nacional parecía ahogada en abrazos fraternales, eran en gran número los caídos impacientes por recobrar su holgada posición a merced de nuevos trastornos. La hacienda se hallaba en el peor estado, porque ni las rentas habían podido organizarse bien, ni las entradas podían mejorar mucho mientras las fuentes de la prosperidad pública no brotasen abundantemente por algunos años. Otra causa de grandes perturbaciones, que estaba influyendo silenciosamente, iba a obrar con mucho estrépito. Las ideas de federación, anunciadas durante el gobierno del Libertador, tenidas en cuenta por los legisladores del 28, invocadas por los conspiradores en el 29, emblema de revolución en el 30, iban ganando en el Sur partidarios de valer; acogíanlas algunos seducidos por la prosperidad de Norteamérica sin tener en cuenta la diferencia de condiciones; hombres más prácticos veían en ellas el remedio contra la centralización secular, que tan a menudo hacía olvidar o sacrificaba los intereses de las provincias lejanas; los intereses y pasiones particulares apoyaban fuertemente aquellas opiniones hijas de las teorías más elevadas y de las aspiraciones más puras. Santa Cruz, que había gobernado el Perú a nombre de Bolívar y aspiraba a sucederle, veía en las seducciones de la federación el único camino abierto a su ambición, y Gamarra el de su vuelta al poder.

 

Orbegoso dejó el 9 de noviembre de 1834 el mando al vicepresidente Salazar, con el doble objeto de cruzar los proyectos que se tramaban en el Sur y de asegurar su nombramiento para presidente constitucional en las próximas elecciones. Pocos días después de su partida un sargento Becerra acaudillaba una insurrección en favor de La Fuente y se apoderaba de la principal fortaleza del Callao. Salaverry, bajo las órdenes de Nieto, logró tomar por asalto el castillo, sofocándose aquella sedición con la ejecución del sargento y otros sublevados; se levantó el 23 de febrero de 1835 con una fuerza insignificante; entró sin temor en la capital; y apoyándose en la ausencia de las autoridades legales, que en rigor constitucional dejaba vacante el poder, asumió la magistratura suprema sin sujetarse a constitución alguna.

 

Dictadura de Salaverry.Si la fuerza de voluntad, la inteligencia viva y el heroísmo militar fueron bastantes para la transformación súbita de los pueblos, Salaverry, que apenas contaba veintiocho años, hubiera podido salvar al Perú de las calamidades inminentes. Con maravillosa actividad y energía improvisaba ejércitos; decretaba las reformas sin vacilar ante ningún obstáculo; y la opinión parecía allanarle las dificultades, de que su genio hacía poco caso. Los ejércitos destinados a combatirle se declaraban en su favor. Nieto, que no era un rival indigno y amenazaba levantar el Norte, caía en sus manos después de una campaña de cuarenta y siete días. Toda la República estaba cerca de reconocer su gobierno, hallándose ya Orbegoso reducido a las cercanías de Arequipa y con una pequeña fuerza incapaz de sostenerle por mucho tiempo. Llamando en torno suyo el joven dictador a hombres de progreso y experiencia, aspiraba a refundir los partidos en el gran partido de la República, buscaba la alianza de Chile con un tratado ventajoso a ambos países y multiplicaba los decretos para mejorar todos los ramos del servicio público. Un Congreso debía legalizar las reformas de la dictadura y establecer el imperio de una nueva Constitución.

Tanta actividad y tan altas esperanzas debían malograrse, como se malogra todo fruto que el tiempo no ha madurado. El espíritu impaciente e irritable de Salaverry, y su juicio no fortificado por los años, ni por los hábitos de la política, debían estrellarse ante los obstáculos, que sólo ceden lentamente a medidas dictadas con calma y con conocimientos prácticos de los hombres y de los negocios. La injustificable ejecución del general Valle Riestra y algunas otras providencias de extremo rigor, que la situación no disculpaba, le enajenaron muchas voluntades; y el terror que podían inspirar a sus enemigos, dio lugar al deseo de derrocarlo por toda clase de medios. Santa Cruz invitado por Orbegoso y Gamarra a entrar en el Perú con tropas auxiliares, pactó el establecimiento de la Confederación Perú Boliviana, a fin de erigirse en jefe de los estados federados. Un decreto de guerra a muerte fue la inmediata respuesta del Dictador a la intervención armada que, si ofendía todos los sentimientos de patria y libertad, contaba muchos partidarios de buena fe.

 

Sea desengaño inmediato, sea por otra causa, Gamarra, que se había internado en el Cuzco como precursor de los federales, proclamándose jefe supremo del Estado del Sur, no tardó en declararse contra ellos; y apoderándose de la división Larenas, que sostenía a Salaverry, improvisó un ejército, y fue derrotado por Santa Cruz el 13 de agosto de 1835 en Yanacocha.

 

Salaverry salió sin dilación a campaña para cortar las fuerzas invasoras que se adelantaban hacia Jauja. Avanzándose desde Ica a Ayacucho por el despoblado, les preparaba una bien dirigida sorpresa, de la que se libertaron con un movimiento retrógrado y la salida oportuna de la última ciudad. Viendo que sus operaciones sobre el Pampas no tenían resultado decisivo, dejó allí una parte de su ejército, y con el resto se dirigió a Arequipa, parte por tierra, parte por mar. Los que quedaron cerca del río no tardaron en sucumbir; reunidos los demás en las inmediaciones de Arequipa, pelearon con alguna pérdida en el Gramadal, obtuvieron ventajas en el puente de Uchumayo, y fueron derrotados el 7 de febrero de 1835 en el Alto de Luna cerca de Socabaya, después de haber tenido inclinada la victoria a su favor, y de que en la desigual lucha habían deshecho casi del todo el ejército de Santa Cruz.

Apresado Salaverry en su fuga con otros compañeros de desgracia, fue condenado al último suplicio por un consejo de guerra. La multitud, extraviada por recientes rigores, vio fusilar sin indignación al joven héroe, después de otros ocho jefes peruanos que podían prestar grandes servicios a la patria.

 

Lima había caído ya en poder de los federales, no sin haber sufrido antes las tropelías de los montoneros, que a las órdenes del negro León llegaron a darle la ley. Las fortalezas del Callao habían tenido que rendirse, siendo inmolado bárbaramente Goncer, uno de sus esforzados defensores.

 

Confederación.

Las victorias de Yanacocha y Socabaya acallaron toda oposición armada al establecimiento de la Confederación. Los hombres más influyentes en el Sur y muchos amantes del orden en el Norte prevenían los ánimos en su favor; el desprestigio de las anteriores constituciones y las seducciones de la novedad tenían dividida la opinión; la disciplina y paga regular del ejército, impidiendo el desenfreno habitual de la soldadesca que tanto había hecho sufrir a los pueblos, les hacían consentir en un orden mejor; y la regularidad que principiaba a aparecer en la hacienda, junto con miras sistemáticas en otros ramos de la administración, daban a ésta un prestigio del cual no habían gozado los gobiernos transitorios, obligados a cambiar de ideas según las impresiones del momento. No es pues extraño que los representantes del Sur en la asamblea de Sicuani, los del Norte en la de Huaura y ambos reunidos a los de Bolivia en Tacna adoptaran la federación. Cada uno de los estados federados tuvo su presidente particular, y Santa Cruz fue reconocido protector de la Confederación por diez años, con facultades ilimitadas. Era el pensamiento de Bolívar, achicado y sin el prestigio de su autor.

 

El Protector, secundado por hombres hábiles, procuraba acreditar su autoridad absoluta, que en la opinión de muchos era el primer paso a la monarquía; y mejoraba todos los ramos de la administración, especialmente con adelantos materiales, que los pueblos reconocen fácilmente y agradecen de corazón. Para levantar la postrada agricultura estableció una escuela en la capital; el fecundo Colegio de la Independencia, que había fundado en Arequipa, presidiendo el Consejo de gobierno bajo Bolívar, recibió una señalada protección; a la explotación de minas se atendió con especial solicitud; el comercio que directa o indirectamente debía ser el móvil más activo de la cultura social, fue favorecido con franquicias, tratados con Estados Unidos e Inglaterra, buenos reglamentos y lisonjeras consideraciones a que los extranjeros se mostraron muy reconocidos.

 

La publicación de nuevos códigos, civil, penal y de procedimientos, que el gobierno protectoral consideraba como un inapreciable beneficio para la administración de justicia, y el cambio de bandera para que prevaleciera la característica de la Confederación, hirieron vivamente la susceptibilidad nacional. Un poder levantado sobre la sangre de esforzados guerreros, que empezaron a ser considerados como mártires de la patria y de la libertad; formas cada día más absolutas en la administración; el desdén o la persecución a patriotas esclarecidos; el espectáculo siempre odioso de bayonetas extranjeras dando la ley; y las ofensas diarias, multiplicadas, que bajo todas formas recibía el espíritu público, suscitaron una oposición tan violenta como general. El Protector fue detestado como un tirano; su intervención se presentó con el aspecto odioso de la conquista; y el engrandecimiento, que preparaba al país refundiendo en un imperio los estados federados, no apareció sino como la desmembración del Perú, que era en efecto el resultado inmediato, con riesgo inminente de convertirse en pérdida duradera.

 

 

Mientras los patriotas peruanos se irritaban con la pérdida de la libertad y de la integridad territorial; Chile y Buenos Aires abundaban en los recelos, que con proyectos más encubiertos les había hecho concebir el Libertador; y que venían a agravarse con la protección dispensada en la Confederación a los sediciosos de ambos países. Chile temía, además, el menoscabo que pudiera sufrir el comercio de Valparaíso por las concesiones acordadas a los buques, que vinieran directamente al Callao. Por esta causa, los gobiernos argentino y chileno se declararon hostiles al Protector. Las fuerzas enviadas por Rosas, Dictador de Buenos Aires, fueron contenidas por las armas federales en las fronteras del Alto Perú. En una primera invasión habían logrado los chilenos apoderarse de tres buques; y el general Blanco llegó a ocupar a Arequipa con tres mil de sus compatriotas, reforzados por muchos voluntarios del Perú. Mas por hábiles maniobras ocupó el ejército de Santa Cruz las alturas vecinas; y los invasores se vieron obligados a celebrar la convención de Paucarpata, por la que se pactaba la paz reembarcándose ellos, devolviendo los buques capturados, y reconociéndose en favor de Chile la deuda de 1 800 000 pesos gastados en la expedición libertadora de San Martín.

 

Chile rechazó con indignación un tratado que le humillaba y frustraba sus deseos de destruir la Confederación; con sacrificios hechos de buena voluntad alistó otra expedición de seis mil hombres a las órdenes de Bulnes; y esperó grandes resultados de la cooperación de los principales jefes peruanos prontos a sacrificarse por la restauración de la República. Antes de que llegasen los restauradores, había dado Santa Cruz un decreto de convocatoria para que un nuevo Congreso resolviera si debían o no subsistir los lazos federales. Previniendo las deliberaciones y seguro del voto nacional, Orbegoso, que se hallaba de Presidente del Estado Norperuano, se declaraba jefe de toda la República el 30 de julio de 1838, y al acercarse los expedicionarios de Chile pocos días después, les manifestaba, que ya estaba cumplido el objeto de su intervención. Como no era fácil que los súbitos cambios inspirasen plena confianza, y había muchos interesados en que la guerra y no las negociaciones diesen fin a la Confederación, las propuestas del nuevo Presidente no tuvieron resultado; y el 21 de agosto se trabó el combate de la portada de Guía, en el que el número, las armas y la disciplina de los invasores se sobrepusieron al entusiasmo desplegado por los defensores de Lima.

 

Una junta de notables dio al siguiente día la magistratura suprema al general Gamarra. Orbegoso se asiló en la fortaleza del Callao, esperando levantarse con el apoyo que le ofreció el Protector.

 

En tanto que la plaza era atacada sin éxito, las fuerzas federales se rehacían en el valle de Jauja, y las restauradoras se avanzaban hasta Matucana. En este pueblo se frustró una sorpresa intentada por Otero, jefe federal. Mas el grueso del ejército descendió pocos días después y ocupó la capital, que sus enemigos habían abandonado para luchar con menos desventaja en el Norte. Acampados primero en Huaura, tomaron la dirección de Huaraz al aproximarse sus perseguidores; ambos ejércitos maniobraron por algunos días, disputándose posiciones y recursos; y en este intervalo la escuadra chilena obtuvo ventajas sobre los buques contrarios.

 

Las fuerzas de tierra, que ya habían tenido un choque en el puente de Buin merced al cual pudieron sostenerse los restauradores, no obstante las privaciones y dolencias lucharon el 20 de enero de 1839 con denuedo cerca de Áncash. Rechazado en los primeros ataques, había dado el general Bulnes la orden de la retirada, y al ver al general don Ramón Castilla, que mandaba la caballería, exclamó: «Nos han derrotado, vamos a San Miguel a continuar el ataque». «No estamos en ese caso, replicó Castilla, ni hemos venido a correr: el desfiladero es fuerte y la pampa muy ancha para poder llegar sin ser derrotados a San Miguel; no nos queda otro arbitrio que formar un charco de sangre para que se ahogue en él con nosotros el ejército de la Confederación». Una carga bien dirigida y enérgica no tardó en decidir la victoria.

 

Santa Cruz, que todavía esperaba sostenerse, hubo de declarar terminada la Confederación y buscar un asilo en el Ecuador, cuando vio que Bolivia se le había defeccionado y se desbandaban todas las fuerzas del Sur.

 

 

Restauración.

Como jefe de los restauradores y presidente provisorio, no tuvo Gamarra dificultad en ser nombrado Presidente Constitucional por el Congreso de Huancayo reunido en agosto de 1839; el que dio a la República una nueva Constitución, no bien recibida por el partido liberal, pero la menos desobedecida y de más larga duración. Como era de temer, Gamarra encontró en su segundo período mayores resistencias que en el primero; acrecentáronse sus antiguos enemigos con las víctimas de la restauración; no se hallaba él en edad de plegar su política a la nueva situación; y se levantaban contra su poder jóvenes caudillos delante de los que se abría un brillante porvenir. Las conspiraciones amagaron desde los primeros días de su gobierno. Una revolución, que a principios de 1840 se tramaba en el Sur, cedió en virtud de diestros procederes a favor del coronel don Manuel Ignacio Vivanco, quien se proclamó caudillo de la regeneración. En verdad, no eran simples cambios de jefes militares, ni vicisitudes de partido lo que necesitaba el Perú. Desde la exaltación de Salaverry demandaba la opinión pública una revolución regeneradora; la extirpación de abusos seculares, las mejoras positivas, el arreglo de la hacienda, la creación del crédito, una administración inteligente y celosa por el bien común, la ilustración del pueblo, el respeto a la ley, la armonía entre el estado social y las instituciones democráticas, la respetabilidad nacional, en suma una nueva vida en el gobierno y en la sociedad. Las esperanzas que en aquel año pudieran alimentarse por el ascendiente y actividad de Vivanco, no serían de larga duración. Por un golpe de mano pudo derrotar al defensor del gobierno, que era el general Castilla, en las vecinas alturas de Cachamarca; pero no le persiguió para completar su triunfo, por haber creído conveniente bajar a Arequipa y alistar nuevas fuerzas contra Gamarra, ya acampado con las suyas en Tacna. Los vencidos se rehicieron con admirable presteza, sobreponiéndose a las privaciones y a la inclemencia de los nevados; y una semana después derrotaban a sus vencedores en Cuevillas. En aquel desastre concluyó la regeneración.

 

Santa Cruz suscitaba movimientos reaccionarios desde su asilo de Guayaquil. Ya se había internado por el lado de Piura una partida proclamando el gobierno federal, la que fue rechazada sin gran dificultad. Mas sea para extinguir el primitivo foco de la Confederación, donde algunos santacrucistas se habían levantado contra el presidente Velasco, sea queriendo ilustrar su combatido gobierno con la conquista de las antiguas provincias del Perú, hizo Gamarra en Bolivia una peligrosa invasión. Contaba con la influencia del general Ballivián, que llevaba consigo y a quien envió por delante provisto de algunos fondos; y tenía por segura la voluntaria adhesión de La Paz, de donde se habían recibido comunicaciones lisonjeras. A la llegada de Ballivián se multiplicaron los pronunciamientos en su favor, que él procuraba fortificar presentándose como el defensor de la Independencia nacional. El mismo Velasco puso a sus órdenes las fuerzas de que todavía disponía, añadiendo que no quería contribuir a la conquista de su país. La vanguardia de los bolivianos fue derrotada por San Román en Mecapata; pero pocos días después triunfaron ellos en Ingavi, porque las rivalidades e indisciplina traían debilitado al ejército peruano, y el general Gamarra pereció de los primeros combatiendo con valor.

 

Los vencedores invadieron los departamentos de Puno y Moquegua, donde el patriotismo de los habitantes brilló, ya en combates desiguales sostenidos con gran valor, ya en los generosos esfuerzos para preparar una resistencia decisiva. El gobierno, que había recaído en el vicepresidente Menéndez, procuró rehacer con mucha actividad las fuerzas disciplinadas en el Norte y en el Sur; y antes que el ejército pudiera atacar a Ballivián, se retiraron los bolivianos, habiéndose facilitado la celebración de un tratado de paz por la mediación de Chile.

 

Muerto el caudillo de la restauración, estuvo el Perú expuesto a ser destrozado por la anarquía militar. Las ambiciones subordinadas antes al ascendiente de Gamarra, y que en los últimos meses había comprimido con dificultad a fuerza de deferencias, creyeron llegada la deseada oportunidad. Multiplicáronse y cruzáronse las intrigas como en las antiguas elecciones de los conventos. Ni el freno de la disciplina que ninguna mano podía sujetar, ni los estímulos del honor lastimosamente debilitados por las discordias, ni el respeto a la ley o las consideraciones al interés nacional, que solían subordinarse a las aspiraciones privadas, fueron bastantes para que todos los caudillos del ejército apoyasen al gobierno constitucional. Con pocos días de diferencia se proclamaba en el Cuzco, el 28 de julio de 1842, al general Vidal que realmente era el llamado por la ley a falta de Menéndez; y el 16 de agosto se declaraba en Lima jefe supremo el general Torrico manifestando «… que el imperio de las circunstancias y la urgente necesidad de la patria exigían deponer del mando supremo a Menéndez». Después de haber sufrido algunos reveses en Tacna e Ingahuasi, los defensores de Vidal no temieron arrostrar en Agua Santa el 13 de octubre las fuerzas dobles que sostenían a Torrico, y alcanzaron la victoria, debida principalmente a los heroicos esfuerzos del general Nieto y del coronel Castilla que fue ascendido en el campo de batalla.

 

Reconocida en todo el Perú la autoridad de Vidal, fue derrotado y fusilado por orden del gobierno el coronel Hercelles, que poco después se levantó en el departamento de Áncash. Mas una revolución estallada en Arequipa el 3 de enero de 1843, en la que se aclamó director supremo al general Vivanco, se propagó por toda la República, adhiriéndose a ella el ejército y los pueblos. Habiendo dejado el poder el presidente Vidal al vicepresidente Figuerola y entregándole éste sin resistencia al caudillo popular el 3 de abril, fue reconocido el Directorio con general satisfacción.

 

Directorio.

Vivanco, que reunía las dotes necesarias para asegurarse la adhesión de un gran partido, traía al gobierno una inteligencia elevada y el deseo de las grandes reformas. El establecimiento apacible de su autoridad y la gran popularidad de que gozaba le allanaban el camino para hacer el bien. Podían auxiliarle en la grande obra de la regeneración los distinguidos estadistas, que llamó al ministerio, y los ilustrados e influyentes personajes con que reconstituyó el Consejo de Estado. Proyectos multiplicados de mejoras positivas halagaban ya la opinión; mas desgraciadamente, estando sus ideas en desacuerdo con las instituciones vigentes y con el espíritu público, no tardó en levantarse una oposición que hizo aplazar las reformas administrativas y envolvió al Perú en la guerra civil.

 

Un inconsiderado juramento, con que el Director quiso asegurarse la obediencia, lanzó a la revolución a jefes de valer; las formas absolutas que prevalecían en el gabinete con no disimulado desprecio del régimen constitucional, dieron a los sublevados el poderoso apoyo de la mayoría liberal; y no habiendo sido combatidos con energía, mientras se hallaban en los difíciles principios de su organización política y militar, pudieron levantar un ejército en favor de la Constitución, que debía triunfar por el doble prestigio de la fuerza y de la ley. Las primeras tropas acaudilladas por Torrico y San Román, que se habían adelantado hasta Puno, fueron deshechas en Vilque por los defensores del Directorio; mas Nieto y Castilla obtuvieron un primer triunfo en Pachia por un ataque combinado con habilidad, y se hicieron de una fuerza respetable, apoderándose con singular audacia de la que en San Antonio, no lejos de Moquegua, hubiera podido derrotarles, a no haber sido atraída a una desfavorable posición. No fue desde entonces una facción militar la que hacia guerra al Director; hubo en el Sur una junta de gobierno que, invocando la Constitución, obtenía la adhesión voluntaria de la parte más poblada de la República y adelantaba sus fuerzas hasta cuarenta leguas de Lima, alcanzando cerca de Huaypacha un pequeño triunfo, que alentaba la oposición. El Director creyó con razón que debía desplegar al frente de su ejército la atención consagrada antes a las tareas de gabinete, y fue a operar contra las fuerzas constitucionales, que por muerte de Nieto dirigía Castilla, confiando el gobierno de la capital al popular don Domingo Elías.

 

Un revés que los directoriales sufrieron cerca del Apurímac y la preponderancia creciente de los constitucionales hicieron cambiar a Vivanco su plan de campaña. Había esperado y hecho creer a su partido que la victoria sería suya, poniéndose a retaguardia de Castilla; mas después de hallarse en esta posición conoció que no debía aventurar una batalla antes de hallarse con mayores fuerzas y fue a buscarlas a Arequipa. Este movimiento retrógrado, que burlaba esperanzas fomentadas hasta el último momento, le desprestigió en Lima, y Elías se proclamó el 17 de junio jefe supremo, invocando la conciliación. Una división directorial, que a las órdenes del general Echenique ocupaba el valle de Jauja, bajó a sofocar este movimiento; pero noticiosa del entusiasmo con que la capital se disponía a resistirle, creyó más conveniente volver a sus cantones. Por los mismos días se acercaba Castilla a Arequipa, y el 21 de julio obtuvo sobre el Director una victoria completa en el Carmen Alto. Los vencedores, adelantándose sin oposición hacia el Norte, se reforzaron con la adhesión espontánea de Echenique. Elías hubo de resignar la autoridad en Menéndez, que desde la muerte de Gamarra era el llamado por la ley. Castilla, que había triunfado a nombre de la Constitución, tuvo la moderación y acierto de respetar al Presidente legal, y los colegios electorales convocados por éste le eligieron Presidente Constitucional.

 

Presidencia de Castilla.

Por primera vez iba a gozar el Perú independiente de un período constitucional durante el cual la armonía dichosa entre la libertad y el orden, la fuerza puesta al servicio de la ley, y la acción concertada del pueblo y la administración debían revelar el brillante porvenir que puede esperar la República progresando en paz. Bien aconsejado y magnánimo con sus enemigos, abandonó Castilla la trillada senda de perseguir a los caídos. Considerándose no como jefe de un partido, sino como el primer magistrado de la Nación, eligió sus ministros entre los vencidos y llamó a otros destinos de importancia a hombres de mérito sin hacer mezquinas distinciones de bandería. Esta política conciliadora y sabia le permitió utilizar todas las capacidades y afianzó la paz que, no obstante algunos conatos de conspiración, se conservó sin gran dificultad con el prestigio y vigilancia del gobierno. La prensa, cuya libertad fue respetada, más de una vez se entregó a licencias de lenguaje que hubieran podido tomarse por anuncios de una revolución inminente; pero que, cuando más, eran los impotentes desahogos de ambiciones no satisfechas, y casi siempre expresaban los deseos más o menos ardientes de una oposición bien intencionada, que en vez de turbar, favorecía la marcha apacible de la administración exigiendo oportunos cambios de gabinete o medidas secundarias. Las tres legislaturas de 1845, 1847 y 1849, en las que brillaron antiguos oradores y se revelaron talentos superiores, contribuyeron al adelanto nacional con sabias leyes, con la discusión de los presupuestos que principiaron a fijarse, con el nombramiento de una comisión codificadora y con el mantenimiento del poder en la senda constitucional. La Providencia, que nunca falta a las sociedades bien encaminadas, dispensó al Perú inapreciables tesoros con la venta del guano en los mercados extranjeros, la que no había podido tener lugar durante la interdicción colonial y la turbulenta infancia de la República; aunque las ventajas del precioso abono fuesen conocidas y continuasen aprovechándose en la costa desde tiempo inmemorial.

 

La administración del general Castilla es hasta ahora la época más feliz del Perú independiente. En la capital se hicieron admirar los adelantos de los colegios de San Carlos, Independencia y Guadalupe; así como los de la enseñanza privada, especialmente la antes descuidada del bello sexo; prosperó en Arequipa el colegio de la Independencia; y en las principales poblaciones se hicieron provechosos esfuerzos por la instrucción pública. Las mejoras materiales fueron más generales y se dejaron sentir más, desarrollándose una noble emulación en la mayor parte de los prefectos para dotar al Cuzco, Arequipa, Tacna, Ayacucho y otras capitales de obras importantes. El ilustrado Rivero, que por donde quiera dejó honrosos recuerdos en el departamento de Junín, contribuyó a la recuperación de Chanchamayo poblado hoy de valiosas haciendas. Entre las grandes construcciones promovidas por el impulso inmediato del gobierno supremo, bástenos señalar el ferrocarril del Callao. La marina nacional, que había perdido sus poco importantes buques a consecuencia de un conflicto con los ingleses, principió a adquirir los de vapor junto con las bases de su actual prosperidad, merced al tenaz empeño del presidente, cuyo celo no era bien apreciado. Mucho se hizo por la organización del ejército, cuya oficialidad recibió buena dirección en el colegio militar. La administración de aduanas mejor organizada, otros impuestos mejor recaudados, el orden general en las rentas y los recursos extraordinarios del guano, no sólo levantaron la postrada hacienda, sino que favorecidos por el fiel desempeño de los compromisos dieron al Perú un envidiable crédito.

 

Al par que prosperaba la República, ganaba en respetabilidad. Ballivián, que engreído con el triunfo de Ingavi había querido dar la ley especialmente en lo relativo al comercio de tránsito para Bolivia, hubo de contentarse con estipular ventajas recíprocas, y su sucesor tuvo siempre pretensiones más modestas. El ascendiente del Perú se marcó más con motivo de la expedición que, favorecido por la ex regenta de España, proyectaba Flores en Europa para levantar en el Ecuador un trono a un hijo de la reina Cristina. Aquella cruzada se destruyó en su origen por las influencias del gobierno peruano favorecidas por el comercio inglés. En Lima se reunió un Congreso americano para discutir las bases de la alianza general. Por su política firme, previsora y generosa, lejos de oscilar según los impulsos de los Estados vecinos, aparecía la República llamada a ocupar en el Pacífico el más alto lugar.

 

Los hombres previsores principiaron a temer que tan brillante posición no quedase comprometida, en consecuencias de las elecciones y de la ley de consolidación. Destinada ésta al reconocimiento y pago de la deuda interior exponía a enormes abusos por el abono de los perjuicios, que se probase haber sufrido durante la guerra de la Independencia. En las elecciones, atentos principalmente los partidos al triunfo de su candidato, no se abstenían de ninguna arma vedada sin prever que, puesta en duda la verdad de los sufragios, extraviada más bien que ganada la opinión, y desprestigiado el futuro presidente mucho antes de su exaltación, se haría precaria, o cuando menos penosa para sí y poco provechosa a la República su conservación en el poder. El mismo gobierno, que tan alto y tan merecidamente se había elevado en la estimación pública, fue objeto de graves inculpaciones, acusándole unos de que las autoridades subalternas no habían protegido bastante la libertad de los sufragios, y quejándose otros de que se hubiese inclinado de un lado la balanza del poder.

 

Presidencia de Echenique.

El Congreso de 1851 anticipó sus sesiones para hacer la proclamación del nuevo Presidente en el mes de abril, que era el término legal del anterior, y proclamó a don José Rufino Echenique, candidato elegido por la mayoría. Este nombramiento, que indudablemente le investía de la autoridad constitucional, no podía disipar las prevenciones suscitadas en el calor de las elecciones y le exponía a una oposición muy peligrosa, si como su antecesor no lograba sobreponerse a las exigencias de un partido y gobernar como jefe de la Nación. Desgraciadamente pesaron mucho los compromisos electorales, y viose con sumo disgusto que eran objeto de favores especiales personas poco merecedoras, o que comprometían la popularidad de la administración, sea por sus ideas políticas, sea por su conducta pública. Esta fatalidad, al par que alentaba a los amigos de trastornos, afligía profundamente a los que deseaban la continuación de los progresos apacibles bajo el gobierno constitucional, y reconocían en el nuevo jefe los mejores deseos.

 

Nunca acogió mal Echenique a los que le proponían mejoras, y aun estuvo siempre dispuesto a favorecer a cuantos le pedían servicios particulares. Durante su gobierno continuaron los adelantos materiales, señalándose entre ellos, el ferrocarril de Tacna; el ejército y la armada se pusieron en mejor pie; conservase el crédito; promoviéndose la navegación y colonización del Amazonas; se trajeron las estatuas de Colón y Bolívar; al par que se protegía la instrucción más elevada, se atendía a la reforma de las escuelas primarias con la venida de profesores para la normal; publicáronse el código civil y el de procedimientos; y se procuró dar extensión a las relaciones exteriores en América y Europa mediante la celebración de tratados.

 

Desgraciadamente, tanto en la política exterior, como en el gobierno interior, ocurrieron hechos que la opinión pública no pudo sobrellevar con resignación. En general reprobábanse mucho las deferencias y sacrificios, que habían sido inspirados en su mayor parte por el deseo de conservar las relaciones pacíficas. Había serias alarmas por el Concordato de la Santa Sede y el tratado con España; aunque éste fue desaprobado por el ministerio, y aquél no llegó a tener una existencia oficial. Las gestiones relativas a una nueva expedición de Flores al Ecuador chocaban por su inconsecuencia y despertaban antiguos recelos. Sobre todo la guerra con Bolivia, en la que se sobreexcitó el sentimiento nacional y se indicó de súbito el pensamiento de conservar la paz a todo evento, produjo la indignación más peligrosa, tornándose, como sucede de ordinario, contra el gobierno, la explosión que no hallaba salida al exterior. Los escándalos de la consolidación, en la que con fraudes mal disfrazados se imponía al tesoro el pago de muchos millones, sublevaron la conciencia popular. Fortunas improvisadas, de que se hacía una imprudente ostentación, excitaban la envidia de muchos y la murmuración de todos.

 

Era difícil que la República se resignara a la opulencia de unos pocos con perjuicio general; llevábase a mal que se prodigase la riqueza nacional, mientras insoportables tributos perpetuaban la servidumbre, y la falta de caminos obstruía el movimiento de la civilización; cuando tantos males exigían urgente remedio y el deseo de grandes mejoras se hacía sentir más vivamente a la vista de los abundantes recursos, cuyo valor era exagerado por la imaginación. Por otra parte, las ideas políticas avanzaban, mientras las instituciones vigentes parecían retroceder. Los Congresos de 1851 y 1853, que hubieran podido salvar al gobierno con una moderada oposición, ofrecieron una mayoría pronta a dar una ley de represión para encadenar el espíritu público, y una ley de indemnidad que absolvía las faltas pasadas y alentaba a mayores abusos. Perdida así la esperanza de los remedios legales, no sólo los espíritus turbulentos, sino muchos hombres amantes del orden desearon la caída del poder constituido, aunque hubiesen de correrse los azares de una revolución. La opinión demandaba con impaciencia una constitución más liberal, más moralidad en la administración, más respetabilidad en el Estado y mayor impulso en la regeneración social.

 

La revolución, que estalló a fines de 1853, duró con varias alternativas todo el año de 1854 y vino a triunfar en la Palma a las inmediaciones de Lima el 5 de enero de 1855. Saraja, Huancayo, Iscuchaca, el Alto del Conde, Arequipa y otros campos de batalla ofrecieron triunfos alternados, que traían siempre desgracias inmediatas al Perú. Los enemigos del gobierno habían creído triunfar fácilmente por el movimiento irresistible de la opinión; y los defensores del orden legal confiaban en que los revolucionarios acabarían como sediciosos sin crédito. Ambos partidos se equivocaban mucho. El respeto a la ley había echado ya hondas raíces en el Perú, y el sentimiento del honor militar era bastante vivo en el ejército; lo que unido a los superiores recursos de la administración estaba lejos de permitir el triunfo pacífico de la revolución. Por su parte los revolucionarios eran hombres de convicciones profundas, que la resistencia había de fortificar. Fue por lo tanto inevitable la guerra civil. Fuera de los desastres militares, hubo que lamentar el naufragio de la «Mercedes», en el que perecieron cerca de mil reclutas y brilló la abnegación heroica del comandante Noel. Se hicieron igualmente dignos de la consideración los soldados, que en vez de ceder a halagos y amenazas prefirieron ser víctimas del deber, y los jefes populares, que en los peligros extremos conservaban viva la fe en la justicia de su causa. Se vence y se cae con honor, siempre que se pelea con lealtad en el campo a donde nos lleva la conciencia. Olvidadas las preocupaciones de vencedores y vencidos, deben estimarse por todos los ciudadanos los sentimientos, que forman a la larga la gloria nacional.

 

Nuevo período de Castilla.

Aclamado Libertador por los pueblos en 1854, continuó Castilla ejerciendo un poder dictatorial después del triunfo de la Palma; la Convención nacional, reunida en julio de 1855, le nombró Presidente provisorio; y en 1858 fue elegido Presidente constitucional. La intolerancia a que durante la dictadura le arrastró el impulso revolucionario, los intereses heridos, las esperanzas sobreexcitadas, la impaciencia por las reformas en unos y el espíritu reaccionario en otros turbaron o hicieron más segura la paz en este segundo período. El Presidente caído aspiró por mucho tiempo a recobrar el poder. Reunida apenas la Convención, inoportunas discusiones sobre la tolerancia de cultos suscitaron grandes alarmas. En 1856 fue sofocada en Lima una revolución el mismo día en que estalló; pero pocos meses después principió en Arequipa otra encabezada por Vivanco, al que apoyaban sus constantes partidarios junto con muchos descontentos. Este movimiento llegó a extenderse por una gran parte de la República; dio lugar a un sangriento combate dentro del Callao; se sostuvo enérgicamente todo el año de 1857 en Arequipa; y sólo terminó en 1858 con el asalto de aquella ciudad. Meses antes la Convención, que había prolongado sus sesiones después de haber dado la Constitución liberal del 56, y estaba desprestigiada por la larga duración, había sido disuelta por la fuerza armada. La elección constitucional, hecha bajo la dirección del vencedor, produjo sumo disgusto. El Congreso reunido en el mismo año puso mucho empeño en que se castigara el ataque de la Convención, y después de haber agitado la cuestión de vacancia concluyó de una manera poco regular. El de 1860 dio una nueva Constitución, para lo que la opinión liberal le negaba la competencia. Tales dudas y antipatías contra los poderes constituidos sostenían la más peligrosa exaltación, que dio lugar a conspiraciones y ataques contra la persona del Presidente. Las cuestiones exteriores, que habían contribuido en parte a extraviar la oposición, vinieron al fin de este período a dar otra dirección al espíritu público.

 

Desde 1855 fue necesario ocuparse de las invasiones de los nuevos filibusteros en la América central; porque no eran tentativas aisladas de aventureros poco escrupulosos, sino que un gran partido, invocando el destino manifiesto y la superioridad de raza, aspiraba en los Estados Unidos a dominar la América entera. Una triple alianza concertada entre los gobiernos del Perú, Chile y el Ecuador, a la que fueron invitados los gobiernos centroamericanos, neogranadino y venezolano por una legación peruana, debía reunir todas las Repúblicas hispanoamericanas para salvar su independencia y nacionalidad. El Perú favoreció directamente la de Nicaragua y Costa Rica con un empréstito de cien mil pesos. Mas otra legación, que en Quito debía estrechar la alianza, fue tratada de un modo poco conveniente, al mismo tiempo que el gobierno ecuatoriano disponía de terrenos peruanos. Estas dificultades, que hubieran podido cortarse con explicaciones francas y discusiones leales, se agravaron con la destemplanza del lenguaje y dieron lugar a costosas hostilidades, sin más resultado que la conclusión del tratado de Mapasingue, cuya ineficacia era fácil prever. Con Bolivia existían serios desacuerdos. El Ministro de Estados Unidos cortaba las relaciones oficiales, que estuvieron suspendidas hasta que la administración justificada de Lincoln conoció lo infundado de aquel proceder. La muerte del ministro inglés y el suicidio de otro agente demandaron también mucha atención para que de entre imputaciones calumniosas saliese ilesa la inculpabilidad del Perú. Algunas reclamaciones diplomáticas, que al fin impusieron dolorosos sacrificios; embarazaban al mismo tiempo al gabinete y despertaban la indignación nacional. Ataques directos o de mayor trascendencia iban a dominar la política, haciendo olvidar los negocios interiores del más alto interés. Tales fueron la anexión de Santo Domingo a España, la intervención europea en México, donde las armas francesas venían a levantar un imperio, y la llegada de una escuadra española al Pacífico. Los hombres previsores la miraban con recelo, considerando las dificultades encontradas para las negociaciones diplomáticas en Madrid, y el tenaz empeño de algunos periodistas españoles en calumniar al Perú y en invocar el apoyo de la fuerza en favor de infundadas exigencias.

 

No obstante las perturbaciones interiores y las dificultades internacionales, ilustró Castilla su segundo período con toda suerte de mejoras.

 

Se dio un reglamento general de instrucción pública; el profesorado recibió garantías y estimación; se decretó la reforma de la universidad; se protegieron las publicaciones relativas a la estadística, historia, geografía y legislación del Perú; se crearon muchos establecimientos; y se favoreció un gran movimiento literario. La administración de justicia fue mejorada con la reforma del tribunal de siete jueces, juzgados de paz, reglamento de tribunales, simplificación de instancias y otros arreglos hechos desde 1855, y posteriormente con los trabajos de la estadística judicial, la construcción de la monumental Penitenciaria y la publicación de algunas leyes. La administración de beneficencia, mucho mejor organizada y con aumento de fondos, recibió un impulso que la ha ido llevando al estado brillante actual. Las mejoras materiales, si bien no correspondieron a los crecientes recursos del país y a los decretos destinados a fomentarlas, se hicieron muy notables, especialmente en Chorrillos, Lima y Callao. La hacienda, que el hábito de gastos inconsiderados y las prodigalidades autorizadas por la ley impidieron organizar de una manera satisfactoria, pudo por lo menos costear la libertad de los esclavos y la abolición del tributo, los más bellos títulos del Libertador, sostener el crédito y cubrir presupuestos cada día más onerosos. Los gastos militares habían adquirido una espantosa desproporción. En la escuadra, que por su naturaleza es sumamente dispendiosa, había deseado Castilla hacer con tiempo grandes aprestos en la previsión de inminentes riesgos.

 

Período de San Román.

Aunque las elecciones habían producido mucha excitación y gastado anticipadamente el prestigio de los futuros gobernantes, la política conciliadora, liberal y pacífica de San Román prometía días prósperos y serenos. Su exaltación al poder allanaba la solución amistosa de cuestiones pendientes con la Francia, que en los últimos meses de su antecesor habían tomado un carácter alarmante. Sus deseos de mejorar las vías de comunicación y la instrucción popular, que son la primera necesidad del Perú, contribuían al mismo tiempo a la consolidación del orden y a la satisfacción de las ideas liberales. Las instituciones de crédito, el espíritu de asociación y toda suerte de empresas, tornando a las ventajas positivas la excitación febril de la opinión, permitían esperar que el trabajo fecundo sucedería a estériles convulsiones y que el desarrollo de grandes intereses nacionales y extranjeros sería la mejor garantía de la paz interior y exterior. Desgraciadamente una muerte prematura arrebató al Presidente, cumplidos apenas cinco meses de gobierno. El Perú le hizo espléndidas exequias y dio una bella prueba de buen sentido político conservándose en plena tranquilidad, por sólo el ascendiente del orden, en ausencia de todo jefe legal. Don Juan Antonio Pezet, que como primer vicepresidente debía suceder a San Román, y don Pedro Canseco, que en calidad de segundo iba a gobernar interinamente, se hallaban fuera de Lima, el primero en Europa y el segundo en Arequipa.

 

La moderación y cordura del vicepresidente Canseco conservaron inalterable y próspero el Perú desde el 10 de abril de 1863 hasta la llegada de Pezet en agosto del mismo año. Las observaciones hechas en países muy avanzados y la oportunidad de dejar allanadas allí las cuestiones más espinosas permitían creer que el nuevo gobierno fuese de progresos apacibles. Mas la oposición que de muy atrás venía exaltándose, le recibió muy prevenida; aunque hizo magnificas ofertas, y sea en la protección de los ferrocarriles, conversión de la moneda boliviana y otras mejoras, sea en las benévolas relaciones con personas públicas y privadas mostró loables deseos, no tardó en comprometer su respetabilidad, así en las cosas grandes como en las pequeñas. Las reclamaciones interpuestas por la Francia por causa de la inmigración inconsiderada de los polinesios afectaron la dignidad e intereses nacionales. El gabinete no miró las pequeñeces con el conveniente desdén, ni los asuntos de Estado desde lejos y a bastante altura. Habría necesitado dominar la situación con el prestigio de su política, para evitar o salir airoso de un conflicto, que venían preparando especuladores sin conciencia, alentados con el éxito de otras reclamaciones violentas.

 

Abusando de la ignorancia del gobierno español, que después de haber dominado tres siglos no conoce la América española sino por informes parciales o calumniosos; los aspirantes a una nueva consolidación le arrancaron el nombramiento de un comisario especial, cuyo título y carácter eran más propios para hostilizar al Perú que para abrir relaciones de paz y de amistad. Cuestiones que entre hombres de Estado bien intencionados habrían sido arregladas en dos horas de conferencia, produjeron el conflicto que los especuladores habían previsto; y rotas las negociaciones antes de que la razón tuviese tiempo de hacerse oír, la escuadra española se apoderó de las islas de Chincha el 14 de abril de 1864 contra todo principio y forma de derecho. Como si aquel acto de vandalismo no fuese bastante para sublevar todos los sentimientos patrióticos, sus autores invocaron el derecho de reivindicación y arrojaron a la América una tea ardiente, declarando que entre España y el Perú sólo había existido una tregua de cuarenta años. El cuerpo diplomático reprobó el atentado en términos enérgicos; la comisión permanente del Congreso se unió a la indignación popular para exigir la competente reparación; la opinión del mundo civilizado estaba contra los agresores; la representación nacional y el Congreso americano, que pocos meses después se reunieron en Lima, ofrecían un poderoso apoyo, sea para negociar con éxito y salvar la dignidad del Perú, sea para prepararse a la guerra. Ni el gabinete de Madrid, ni el de Lima estuvieron a la altura de su misión. El gobierno español, obrando a medias o siguiendo una política tan contraria a los derechos del Perú como a los intereses de la España, perdió el tiempo de una reconciliación ventajosa para todos, sacrificó el fondo a la forma, y con irritantes exigencias renovó los resentimientos creados por la opresión colonial, como en una segunda guerra de independencia. El gobierno de Pezet, falto de energía y previsión, no logró negociar con honor, y por terror a la guerra aceptó el humillante tratado de 27 de enero de 1865, por el que se recobraban las islas pagando los gastos de ocupación y reconociendo responsabilidades muy graves.

 

El pueblo, que había esperado una defensa más enérgica del honor e intereses nacionales, no tardó en mostrar su descontento. El 28 de febrero se levantó Arequipa una revolución tan general como rápida que fue encabezada en sus arriesgados principios por el coronel don Mariano Ignacio Prado, y a la que meses después prestó el vicepresidente Canseco el apoyo de la semiconstitucionalidad, pudo llegar sin serios contrastes hasta las puertas de la capital. Los restauradores del honor nacional se apoderaron de Lima el 6 de noviembre por un golpe de singular audacia.

El gobierno, cuya caída había sido inevitable en opinión de su propio jefe, sucumbió casi sin combatir, cediendo a los revolucionarios, como había cedido a la presión española. Temiendo caer por los reveses, cayó por la deshonra.

 

El gobierno constitucional difícilmente hubiera podido sobreponerse a la marcha fatal de la revolución, que llevaba consigo el establecimiento de un poder dictatorial para restaurar el honor del Perú y hacer reformas radicales. Canseco no quiso aceptar la dictadura, que era inconciliable con su poder legal y que sólo se le ofrecía por pura ceremonia, como un homenaje a los servicios prestados por él a la revolución. Mas el sentimiento era más poderoso que las previsiones de la política; la lógica de los hechos consumados anulaba las prescripciones de la ley. Prado, a quien la situación y las aclamaciones señalaban para el difícil puesto de Dictador, no vaciló en asumir el 28 de noviembre una inmensa responsabilidad, contando con la adhesión unánime de los pueblos, que no tardó en alcanzar.

 

Dictadura de Prado.

El joven dictador, ante el que se abría un porvenir ilimitado en el campo de la legalidad, hizo un verdadero acto de abnegación personal, aceptando una posición erizada de escollos y en la que no habría podido satisfacer las esperanzas populares, aun cuando hubiese contado con el genio de un semidiós. La multitud exigía cosas contradictorias; que se obtuviesen los honores de la guerra junto con las ventajas de la paz; que los abusos seculares desapareciesen en un día; que la sociedad, cuya regeneración nunca podrá conseguirse sino por los esfuerzos de la libertad, se trasformase súbitamente por golpes de autoridad; que el gobierno lo hiciese todo, y entre otros el milagro de acabar grandes cosas sin imponer sacrificios. Esta aspiración a lo imposible arrastraba a la dictadura a inconsecuencias, medidas aventuradas y luchas con el sentimiento liberal y con la estricta justicia. Mas la opinión no puede culparla por faltas, que son su propia obra y que tienen su origen en las temerarias exigencias de la inexperiencia común. La dictadura ha permanecido fiel a sus principios, restaurando el honor nacional y decretando reformas radicales.

 

Declarada la guerra a España, la heroica defensa del Dos de Mayo, en que con fortificaciones improvisadas se rechazó el ataque tenaz y vigoroso de una escuadra superior, ha hecho brillar las virtudes militares y cívicas de los peruanos. Al brío de enemigos dignos de la nombradía española y que hubiera debido brillar en mejor ocasión, se opusieron con ventaja el entusiasmo, serenidad y abnegación patriótica de soldados inexpertos y de paisanos que corrían a participar de peligros, gravísimos en sí mismos y abultados por el estruendo incesante y la novedad del ataque. El gobierno estuvo en el puesto del honor. El Ministro de la Guerra, encarnación heroica de la República, pereció con gloria al lado de otros valientes patriotas en la batería de La Merced. La asistencia oportuna de los médicos y de los ministros de la religión; la prontitud de los bomberos; los donativos de nacionales y extranjeros; la fusión de todos los sentimientos, así de los caídos con Pezet, como de los vencedores, en el celo por la defensa nacional; el espíritu marcial de niños, mujeres y ancianos, todo fue en aquel día memorable digno de un grande pueblo. Y sin embargo sobre esos sentimientos heroicos se hizo admirar la moderación antes y después del peligro, tan grande y tan general, que durante el combate no se dejó oír en las calles de Lima un solo «muera» y que ocho días después en la entrada triunfal de los vencedores del Callao pudieron presentarse en la carrera los españoles sin temor de ser insultados.

 

Las reformas han sido tan numerosas como de gran trascendencia.

Se creó una corte central para castigar con procederes expeditos los delitos políticos y malversaciones de la hacienda pública; pero ese tribunal de circunstancias, poco justificable en principios, era una simple deferencia a la revolución; y ha sido de más aparato que efecto. Hay que añadir, para ser justos, que sujetaba sus procedimientos y penas a lo que de antemano regía. De mucha mayor consecuencia son la creación del ministerio fiscal, el arreglo de tribunales, los juicios ejecutivo y judicial, y las modificaciones del código de procedimientos; la subordinación de todas las hermandades a las sociedades de beneficencia; los decretos relativos a la instrucción pública, que tienden a hacer más extensa y profunda la superior, más completa la secundaria y una verdad de la primaria; el fomento de las obras públicas especialmente de telégrafos, vías de comunicación, muelles, canales de irrigación y alumbrado; los arreglos postales, los reglamentos de municipalidades y policía; la exploración de los ríos navegables; la formación del censo, la mejor demarcación territorial, las elecciones de Presidente y diputados que deben instalarse en el presente mes; la reorganización de algunos ministerios; los tratados de alianza con Chile, el Ecuador y Bolivia; una contabilidad mejor organizada; la supresión de gastos en las clases pasivas; la creación de nuevos impuestos; la organización del banco hipotecario y otras medidas de carácter duradero o general.

 

De entre esa falange de decretos algunos como los dirigidos a mejorar la instrucción no pueden ofrecer ventajas, si no se desarrollan con tanta constancia como verdad; los que establecen mejoras materiales corren riesgo de ser enteramente ineficaces si el pueblo y las sociedades no

toman la participación conveniente; en los de hacienda mucho se habría conseguido si se reconoce la necesidad de gastar con economía y no vivir sobre entradas eventuales, al mismo tiempo que son abolidos o modificados ciertos impuestos poco equitativos y antieconómicos. Mas, como era fácil prever, el escollo de las reformas financieras han sido los gastos militares en los que podrían y deberían economizarse millones con reducciones, que en otros ramos sólo producen insignificantes economías. Es lo que cada día reclamará la opinión con más vivas instancias y lo que no podrá diferirse por mucho tiempo sin comprometer el porvenir del Perú. Por ahora las pasiones sobreexcitadas podrán calmarse, y la sociedad entrará en el cauce de los progresos apacibles si una política sabia, benéfica, justa y liberal se pone de acuerdo con los poderes constitucionales; si las leyes regularizan la nueva vida desarrollada por las providencias vigorosas de la dictadura; y si se reparan las faltas en que no ha podido menos de incurrir, no obstante el patriotismo, la actividad, el valor y las luces desplegadas por sus miembros, en uno de los más peligrosos períodos, que desde su emancipación ha atravesado el Perú. El tiempo y la razón tienen siempre mucho que corregir en las obras hijas de las más sublimes aspiraciones.

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