Sociedad colonial.

Sociedad colonial.

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Los indios seguían disminuyendo con espantosa rapidez. Las viruelas desolaban periódicamente sus pueblos; el abuso del aguardiente causaba estragos continuos; la opresión no permitía que las nuevas generaciones llenasen los vacíos determinados por la muerte natural o prematura. Siervos del terreno en las haciendas, y expuestos a las vejaciones de todo el mundo en los pueblos, no gozaban del reposo, ni de la seguridad, ni de los recursos, que hacen posible la multiplicación de las familias en el seno de la paz y de la abundancia; muchos perecían entre las penalidades de la mita, por el influjo del no acostumbrado clima o entre las privaciones de la vida errante. Si para gozar mejor de la protección de las leyes se establecían en la capital o en otras grandes ciudades, su sangre venía a refundirse en otras razas. La fatalidad parecía condenarlos a desaparecer por falta de multiplicación o por el movimiento de absorción.

 

Aunque era continua la introducción de esclavos, sea por el istmo de Panamá, sea por Buenos Aires, el número de negros pocas veces excedió de 50 mil en el territorio actual del Perú. Reducidos a vivir casi exclusivamente en la costa perecían prematuramente, ya por los estragos de la esclavitud, ya por el abuso de los deleites o confundían su sangre con las razas superiores.

 

La raza blanca estaba lejos de ofrecer el desarrollo prodigioso que prometían su posición privilegiada y los recursos del país. Limitada generalmente la inmigración a sólo los españoles, que obtenían una licencia embarazosa y podían llegar al Perú superando las dificultades de la distancia y la insalubridad del tránsito, pocos llegaban a ser el tronco de una serie de generaciones blancas. La degradación del trabajo, entregado a manos serviles, la dificultad de asegurar la subsistencia de una familia en posiciones honradas, el lujo ruinoso convertido ya en una necesidad social y otras preocupaciones arraigadas, multiplicaban las vocaciones por el claustro, propagaban un libertinaje infecundo o daban lugar a amores con otras razas, no consagrados por la religión, pero que la opinión miraba con cierta indulgencia.

 

Era grande el poder de absorción en la raza dominante, tanto por la fuerza de la sangre que antes de un siglo dejaba generaciones perfectamente blancas, como por la fuerza de la atracción social hacia las mezclas más avanzadas. Habiendo entrado por muy poco el elemento negro en esta fusión, el porvenir de la nueva sociedad quedó pendiente en gran parte de la absorción regular y progresiva de la raza india. La generación hispano peruana pudo echar hondas raíces en un país que los abuelos maternos habían conquistado a la civilización desde siglos remotos; y la mezcla de sangre española formó una nacionalidad, tan nueva como había aparecido la América a los descubridores del Nuevo Mundo. El desarrollo hubo de ser lento, porque la organización política propendía a inmovilizar la sociedad naciente. Los mestizos, primer elemento de fusión, casi proscriptos al principio por un gobierno receloso, despreciados a menudo por la ilegitimidad de su origen, con una educación poco regular, pocas veces con fortuna e influencia, arrastraban comúnmente una existencia incierta, penosa y estéril. Mas un gran número lograba sobreponerse a las dificultades de su posición, se hacían dignos de la consideración social por sus luces y carácter, formaban familias estables y contribuían eficazmente al progreso de su patria.

 

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