Sistema de gobierno.

Sistema de gobierno.

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Antes de la revolución liberal de 1810, la monarquía absoluta rigió sin oposición en el Perú, como en los demás dominios españoles. El Rey era acatado como un vicediós; la rebelión contra él constituía el horrendo crimen de lesa majestad; su advenimiento, su muerte, cuantos sucesos interesaban a la familia real, se solemnizaban con una pompa semejante al culto religioso. El pueblo no tenía ninguna parte en la formación de las leyes, que eran la simple expresión de la soberana voluntad. Mas el gobierno debía consultar siempre los principios de la religión, justicia, orden y utilidad general. Para que nada quedase sujeto al acaso, habían de obedecerse las leyes de Indias, en su defecto las de Castilla, las antiguas del reino y las ordenanzas de los virreyes. Todas las autoridades estaban sujetas al juicio de residencia; se prescribían visitas ordinarias y extraordinarias; los más humildes vasallos podían elevar sus quejas hasta el trono, siendo inviolable el secreto de la correspondencia. El Consejo de Indias, puesto a la cabeza de la administración, deliberaba con lentitud y conservaba las tradiciones, a fin de hacer reinar la unidad de miras en la vasta dominación de las colonias y asegurar el orden secular.

 

La América española debía marchar con la regularidad de una reducción religiosa, con el riguroso bloqueo de una plaza sitiada, con las restricciones impuestas por las preocupaciones económicas y bajo la doble tutela de las autoridades locales y de la metrópoli. Semejante sistema, hijo de los errores dominantes al descubrirse el nuevo mundo; con los vicios inherentes a toda conquista y tan perjudicial a la España como a sus colonias fue establecido por Carlos V, organizado por Felipe II y desarrollado lentamente por los últimos monarcas de la dinastía austriaca; la fuerza de las cosas lo alteró el advenimiento de los Borbones; Fernando VI y Carlos III lo reformaron en parte; bajo Carlos IV se debilitó, y dejó de regir en el reinado de Fernando VII.

 

La buena elección de virreyes neutralizó en parte las perniciosas influencias de instituciones tan absurdas como injustas. Hubo entre ellos hombres eminentes, no sólo por su esclarecido origen, sino también por sus anteriores servicios, y que habrían figurado con honor en los países mejor administrados. Su cargo les autorizaba a gobernar como el Rey pudiera hacerlo en persona, y la situación les daba un poder discrecional para sobreponerse a las limitaciones que estuvieran en oposición con las exigencias locales. Su posición era la de verdaderos soberanos; su llegada al Perú se anunciaba por un embajador, y su aproximación a la capital con salvas; su entrada era bajo de palio, por entre arcos triunfales, colgaduras, tapices y alguna vez por calles empedradas de barras de plata; festejábase su venida con acciones de gracia, y fiestas pomposas; los poetas encomiaban su mérito, los oradores no encontraban elogios bastante elocuentes, las monjas les obsequiaban dulcísimos conciertos, la nobleza les servía con lealtad, y el pueblo les estaba sumiso; los paseos triunfales, el coche de seis caballos, la espléndida corte, la capilla real del palacio; las regalías que les estaban reservadas en el ceremonial del templo, su dotación que llegó a elevarse a sesenta mil pesos y solía doblarse con otras entradas autorizadas por el uso, todo les rodeaba de un prestigio soberano, y su autoridad parecía más desembarazada que en las monarquías absolutas. Para allanar sus labores desde el siglo dieciséis cada virrey debía entregar a su sucesor una relación del estado en que dejaba el gobierno; informes verbales sobre los negocios secretos, una razón de las exigencias de la etiqueta y los archivos en buen estado. Un secretario corría con el despacho. Un asesor general era consultado en los asuntos graves; solía haber asesores particulares para las cosas de guerra y de indios; personas instruidas informaban en los asuntos espinosos; la audiencia llamada a reemplazar y que en diez períodos ejerció las funciones del virrey, formaba su consejo nato.

 

Todo este aparato de administración conservaba cierta regularidad en los procedimientos y sostenía el orden público por sólo el prestigio del gobierno. Mas estaba lejos de ejercer una acción benéfica, múltiple, eficaz y constante, como pedían los progresos del virreinato. Hubo virreyes injustos, arbitrarios o mal aconsejados; su numerosa servidumbre traía todas las plagas del favoritismo; el corto tiempo señalado a su gobierno, que llegó a reducirse a tres años, les condenaba a hacer muy poco, al principio por inexperiencia y al espirar su período por falta de ascendiente; teniendo que dirigirlo todo, no podían hacer grandes cosas; y sus mejores deseos debían estrellarse ante la falta de cooperación y la fuerza de la inercia, inevitables en el letargo colonial y nulidad política a que estaba condenado el pueblo. La resistencia del clero, que debía ser la primera potencia del gobierno, gastó a menudo la energía de los más activos y prudentes virreyes.

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