Protectorado de San  Martín (1821 1822)

Protectorado de San  Martín (1821 1822)

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Establecimiento del Protectorado.

El tratado entre Chile y Buenos Aires, las instrucciones dadas a los libertadores por el Senado chileno, los principios proclamados, el acta de la Independencia, las solemnidades de la jura, todo obligaba a dejar al pueblo peruano la libre elección de su gobierno. Mas en vista de la preparación que exigía el espíritu público, y del poder que todavía ostentaban los realistas, no vaciló San Martín en declararse por su propia voluntad Protector del Perú, aplazando la reunión del Congreso Constituyente, que había de hacer efectivas las declaraciones de libertad e independencia. En la embriaguez de los brillantes triunfos que la opinión había alcanzado, no podía prever el Protector la inmensa responsabilidad que le imponía tan ambicioso título, y lo comprometida que dejaría su reputación política y militar.

 

Establecido el protectorado el 3 de agosto, se organizó la administración central creando los tres ministerios de Estado, Guerra y Hacienda y nombrándose para su respectivo desempeño a don Juan García del Río, don Bernardo Monteagudo y don Hipólito Unanue. La presidencia del departamento de Lima fue confiada al popular y activo Riva Agüero. Decretose el establecimiento de la alta Cámara de justicia. Ofreciose protección a las personas y haciendas de los españoles que aceptaran el nuevo orden de cosas. Declarose que nadie nacería esclavo en el Perú. Los indígenas dejaron de ser siervos en su propia patria, no estando ya sujetos al tributo, ni al trabajo forzado. Trabajose activamente en la creación del ejército y la marina, principiando a formar una legión peruana, considerando entre los oficiales del Perú a los del ejército libertador y ofreciendo, mientras mejoraba el estado de las rentas, el quinto de las aduanas a las tripulaciones, que estaban muy atrasadas en sus pagos y se creyeron burladas en sus más justas esperanzas. Las inquietudes, que el descontento de la escuadra principiaba a dar al gobierno, se agravaron por las complicaciones que produjo la bajada de Canterac a la costa, con el objeto de socorrer la guarnición del Callao todavía en poder de los realistas y de tentar un ataque sobre Lima, si la ocasión se presentaba favorable.

 

El ejército español estaba aprovechando con extraordinaria actividad los inapreciables recursos que le ofrecía el valle de Jauja, ocupado por el virrey sin obstáculo, así como toda la sierra desde Tarma a Potosí mientras los libertadores olvidaban entre las delicias de Lima las necesidades de la disciplina y el objeto de su expedición. La capital, noticiada el 7 de septiembre de que el enemigo se aproximaba, mostró el mismo entusiasmo patriótico con que había jurado la Independencia. Todas las clases rivalizaron en celo para preparar una invencible resistencia. Las comunidades religiosas recorrían las calles con sus guiones para levantar los ánimos; las mujeres se paseaban ostentando las mejores armas que habían podido procurarse; las señoras cubrían los techos de sus casas de piedras, calderas llenas de agua y cuantos proyectiles podrían dañar a los invasores; las murallas estaban henchidas de gente dispuesta a rechazar el asalto.

 

Amenazando con pena de muerte a los españoles que no se presentasen en el término de veinticuatro horas, se les había obligado a encerrarse en el convento de la Merced, donde ellos dejaban de inspirar recelos y estaban libres de los insultos. Mas habiéndose hecho correr la voz de que el enemigo entraba en la ciudad, se precipitó una pequeña parte de la ínfima plebe a la plazuela del convento pidiendo a gritos furiosos la muerte de los asilados, que los religiosos defendieron por el momento barricando las puertas. Un hombre que era terrorista por instinto y por cálculo había querido manchar el santo patriotismo de Lima con escenas sangrientas que repugnan a su benévolo carácter. Al saber el peligro de sus deudos, las esposas e hijas de los españoles volaron a salvarlos; los amotinados depusieron fácilmente un furor facticio que la población reprobaba, y Riva Agüero previno las futuras sugestiones tornando medidas de seguridad.

 

Entre tanto San Martín se había acampado a las inmediaciones de la ciudad en el camino que traían los realistas, con una fuerza casi triple de la que podía oponerle Canterac. Contando con su superioridad numérica, el entusiasta apoyo de la capital y su propia decisión, estaba impaciente el ejército patriota por escarmentar al enemigo que desfilaba a poca distancia con mucha pericia y dispuesto al combate; el intrépido Las Heras que se hallaba de general en jefe, y el osado Cochrane que había venido de la escuadra para tomar parte en la batalla, instaban al Protector para que diera las órdenes de ataque. Con calma singular y que por lo menos probaba cuando no el acierto militar, mucho imperio sobre sí mismo, supo San Martín resistirse a todas las sugestiones, sea que por hallarse indisciplinada la mayor parte de su hueste no tuviese por segura la victoria, sea que entrase en sus cálculos triunfar por otros medios.

 

El éxito inmediato no fue contrario a las previsiones del Protector. Canterac pudo en verdad llegar sin contraste al Callao, donde fue saludado con salvas y repiques; mas no halló medio de socorrer la guarnición; se vio hostigado a su salida por los fuegos de la escuadra; y desde que emprendió el regreso a la sierra experimentó una gran deserción favorecida por las guerrillas y por un destacamento que picaba su retaguardia y que hubo de rechazar para no ver deshecha su tropa. Los castillos, no esperando ya ningún refuerzo, se entregaron el 18 de septiembre por capitulación. La Mar, que había estado al frente de sus defensores, una vez satisfecho las exigencias del honor militar tomó en las filas independientes el rango correspondiente a su distinguido mérito. Algunos amagos de reacción que ocurrieron en el Norte fueron sofocados sin gran dificultad.

 

El Protector, al par de que gozaba de las ventajas alcanzadas con su política prudente, experimentaba graves sinsabores de parte de algunos jefes. Cochrane, sabiendo que por Ancón se habían embarcado ingentes cantidades de plata, no vaciló en tomarlas para pagar a la tripulación próxima a amotinarse; y no obstante las reflexiones e influencias con que se procuró cambiar su resolución, sólo accedió a devolver la que pareció ser de particulares, y repartió entre las fuerzas de mar sobre 200 mil pesos pertenecientes al gobierno, teniendo, sí, la delicadeza de no pagarse a sí mismo. El honrado Las Heras y otros jefes libertadores viendo que en vez de consagrarse al triunfo de la Independencia se pensaba ante todo en dominar al Perú, se retiraron del servicio. Al mismo tiempo el pueblo religioso de Lima llevaba a mal el destierro del octogenario arzobispo por haber defendido los derechos de la Iglesia. El venerable prelado no sólo había permanecido fiel a la jurada Independencia, sino que al alejarse del Perú aseguró que la tenía por un hecho consumado y que así lo haría entender al Rey de España y al Sumo Pontífice.

 

No obstante la oposición, que se levantaba, pensó el Protector prolongar su dictadura haciendo jurar el 8 de octubre un estatuto provisorio. En sus principales artículos era declarada religión del Estado la religión Católica, sin excluir el ejercicio apacible de otros cultos; se reunían en la persona de San Martín los poderes legislativo y ejecutivo; se conservaba la organización del ministerio; se establecían un consejo de Estado, presidentes en los departamentos y municipalidades en los pueblos; y se reconocían la independencia del poder judicial, las garantías individuales, las condiciones de ciudadanía, la subsistencia de las leyes no derogadas y las deudas del virreinato no contraídas para combatir a la América independiente. Esta constitución dictatorial era impuesta al Perú, invocando el imperio de la necesidad, fuerza de la razón y exigencias del bien público y no haciendo el más pequeño aprecio de la opinión.

 

Administración de San Martín.

Conforme al estatuto provisorio jurado con gran aparato se establecieron el consejo de Estado y la alta cámara de justicia. En la administración judicial se hicieron importantes reformas y más tarde se proscribieron la pena de azotes y el suplicio de la horca; levantose la infamia que pesaba sobre la profesión teatral; condenose el tráfico de esclavos, y se procuró contener con severas providencias los desórdenes del juego. El reglamento de aduanas, que adolecía de las trabas consiguientes al monopolio, se reformó en un sentido liberal con sabias modificaciones. Para fomentar la minería, agricultura y otras fuentes de la prosperidad pública, se dictaron varios decretos. No se descuidó la instrucción pública. Se creó la guardia cívica. Se reglamentó la libertad de imprenta. Se acordó levantar el plano topográfico del Perú. Se ordenó la moderación en los lutos; y se autorizó una casa de martillo para los remates públicos. En todos los ramos del gobierno se echaban las bases del progreso.

 

No se culpaba al gabinete de falta de actividad, ni de inteligencia; mas se murmuraba en secreto de que contentándose con decretar las mejoras, descuidaba hacerlas efectivas; de que muchos decretos eran un puro engaño ejecutándose lo contrario de lo que disponían, y de que la arbitrariedad llegaba al extremo de haber convertido en una letra muerta el estatuto jurado con tanta solemnidad. Con más severidad se criticaba la disipación de los caudales públicos que no obstante la introducción de nuevos impuestos, las numerosas confiscaciones y el haber despojado a muchos templos de su opulencia secular, se presentaban cada día en peor estado. Fue necesario enviar comisionados a Londres para negociar un empréstito; y apremiantes atenciones obligaron a hacer uso del papel moneda, cuya introducción se procuró cohonestar con el establecimiento de un banco de emisión y alegando que, ocupadas por el enemigo las principales minas, la casa de moneda sólo había acuñado un millón de pesos en vez de los cinco millones acostumbrados.

 

Uno de los comisionados a Londres era el ministro de Estado, cuya cartera se confió a Monteagudo, entregándose la de guerra a don Tomás Guido. El nuevo Ministro de Estado, que llegó a ser el alma de la administración, si podía deslumbrar con sus luces, escandalizaba con su conducta, y suscitaba en muchas familias fuertes antipatías por la persecución declarada a españoles pacíficos que habían jurado la Independencia y tomado carta de ciudadanía.

 

Los patriotas menos dispuestos a compadecer las víctimas de la arbitrariedad principiaban a alarmarse por las tendencias monárquicas de la administración, que en vano se mostraba ofendida por haberse dado el título de Emperador a San Martín en ciertas manifestaciones vulgares.

 

Los encargados de negociar el empréstito llevaban la misión secreta de solicitar para el Perú un Príncipe europeo. Se conservaba la antigua nobleza cambiando los títulos de España en títulos del Perú; y como una de las instituciones fundamentales de su gobierno independiente se había creado la orden del Sol, compuesta de fundadores, beneméritos y asociados, determinando con minucioso cuidado las condecoraciones, grados y prerrogativas. Como si la institución no chocase ya demasiado con el espíritu democrático de la revolución, se la desacreditaba más haciendo recaer los honores en los favoritos del Protector y entre ellos en un hombre condenado antes a muerte por ladrón de caminos. Para mayor desprestigio de la improvisada nobleza se decretaban para las mujeres beneméritas de la patria bandas de honor que se distribuían sin escrúpulo entre señoras tan distinguidas por su cuna como por su educación, mujeres perdidas, y algunas monjas que nadie habría esperado ver confundidas con los dos extremos de la sociedad mundana.

 

El protectorado esperaba ganarse la opinión de los espíritus reflexivos reuniéndolos en una sociedad patriótica, que con el objeto aparente de ilustrar al pueblo debía inclinar la opinión en favor de la monarquía. Para el Congreso, que el 20 de mayo de 1822 había de reunirse con el destino exclusivo de decretar la Constitución del Perú, se nombraba el 27 de diciembre de 1821 una junta encargada de reglamentar la elección de Diputados y asegurar así la deseada votación. Antes de que ninguno de estos medios pudiese producir su efecto, confiaba San Martín las riendas del gobierno al marqués de Torre Tagle con el título de Supremo Delegado. Esta comisión, conferida el 19 de enero, era motivada en el viaje del Protector a Guayaquil para visitar a don Simón Bolívar, aclamado ya Libertador de Colombia; y aunque por no hallarse éste en aquella población, fue corta la ausencia de San Martín; continuó Torre Tagle en el desempeño de sus funciones hasta el 20 de agosto siguiente.

 

Supremo Delegado.

El marqués autorizó entre otras medidas útiles la creación de la biblioteca nacional, la propagación del fluido vacuno por medio de los curas, la Cámara de comercio que debía suceder al Consulado, y los arreglos de cárceles; pero aunque era de un carácter moderado, no pudo reprimir las insolencias y arbitrariedades de Monteagudo, verdadero representante del Protector. Sus excesos, junto con la marcha de los acontecimientos militares, precipitaron la caída de aquella administración. Los buques españoles «Alejandro», «Prueba» y «Venganza», que huyendo de Cochrane habían ido a refugiarse en la bahía de Guayaquil, se entregaron a los comisionados del Perú que pudo echar así las bases de su marina. Mientras la española había caído en el último grado de abatimiento por la cobardía y venalidad de sus jefes, el ejército del virrey procuraba sostener el honor militar de la España; y el 7 de abril sorprendía en la Macacona, a dos leguas de Ica, una división de la patria, haciendo unos mil prisioneros y otras importantes presas en armas, plata y demás elementos de guerra de que estaba muy necesitado.

 

La noticia del inesperado desastre produjo en Lima una penosa excitación. Cediendo a las impresiones del momento, se decretó que los españoles no pudiesen salir a la calle con capa ni capote, bajo pena de destierro; que si se reunían en número de dos, sufrieran el mismo castigo y la confiscación de bienes; se amenazaba con el último suplicio a los que salieran a la calle después de oraciones o tuvieran armas en su poder, agravándose en el último caso la pena de muerte con la pérdida de bienes. Para la ejecución de estas medidas se establecían patrullas, visitas domiciliarias y juicios ejecutivos. Esta severidad era inspirada a la vez por sospecha de los residentes en Lima y por represalias a los bárbaros rigores de los jefes realistas.

 

A principios del año había sido quemado por ellos el pueblo de Cangallo en odio a los patriotas morochucos, dando a la provincia el nombre de Vilcas Huaman; después fueron entregados a las llamas el pueblo de Reyes (Junín) y muchos de las cabeceras próximas a Lima. En Huamanga fue ejecutada la anciana doña María Bellido, porque no quiso descubrir con ninguna especie de amenazas al autor de una carta, en que se avisaba a un montonero de su familia a cerca de los movimientos del enemigo.

 

El Perú podía ya desechar todo temor de que se perpetuase el yugo colonial. México estaba independiente, y Colombia acababa de anonadar el poder realista con las victorias de Bomboná y Pichincha, en que cupo una gloriosa parte a la división peruana mandada por don Andrés Santa Cruz.

No quedaban en la vasta extensión de la América española más defensores serios a la causa del Rey, que el ejército de La Serna, evidentemente incapaz de resistir a los esfuerzos reunidos de los Estados independientes. El 4 de mayo se recibía en Lima un ministro plenipotenciario de Colombia encargado de estrechar la alianza con el Perú y de sentar las bases de una vasta confederación entre los Estados de América. La confianza en el porvenir y la solemne celebración por primera vez de actos que sólo corresponden a las naciones soberanas, llenaron a los limeños de la más pura satisfacción.

 

Mientras en la misma noche se daba en palacio un alegre baile con tan plausible objeto, se hacían salir al Callao, a pie, con los vestidos con que les había sorprendido la inesperada persecución, unos 460 españoles, entre ellos ancianos achacosos, sacerdotes venerables, otras muchas personas inofensivas y las más con familia y dulces afecciones en el país. Un religioso iba rezando el rosario, mientras él y sus demás compañeros de infortunio sufrían la befa de sus perseguidores. Hacinados a bordo de la goleta «Milagro» que recibió el nombre de «Monteagudo», estuvieron dos días incomunicados, sin recibir socorro y afligidos con los clamores de sus allegados que en numerosos botes rodeaban la embarcación. Algunos compraron pasaportes para trasladarse a buques extranjeros y los demás fueron conducidos a Chile.

 

La exaltación política no dejaba percibir toda la reprobación que la posteridad imparcial y la opinión del mundo civilizado reservan siempre para las inútiles crueldades; las terribles inspiraciones de la guerra y la natural exaltación de las pasiones hacían olvidar a algunos no sólo los deberes de humanidad, sino también los intereses mismos de la causa que defendían; pero centenares de familias sumidas en la miseria y en el abandono, y a las que la protección injuriosa acordada algunos días después no podía consolar de una pérdida irreparable; el estrago profundo hecho en la moral pública, la alarma de las almas piadosas, todo acrecentaba y propagaba los resentimientos contra el autor de la persecución. En vez de calmarlos, irritaba contra su tiranía la erección de un monumento a la Libertad que iba a levantarse en el camino del Callao. Las discusiones de la sociedad patriótica, en que principió a prevalecer el espíritu republicano sobre las tendencias monárquicas de la administración, desacreditaron más y más a su mal visto consejero, y las elecciones de diputados consumaron su ruina.

 

Mientras San Martín se dirigía por segunda vez a Guayaquil, donde estaba seguro de encontrar a Bolívar, Monteagudo procuraba violentar las elecciones en favor de sus candidatos y, añadiendo el insulto a la violencia, perseguía a los patriotas de Lima y denostaba con injuriosos apodos a sus pacíficos habitantes. Tantas demasías hicieron estallar el 25 de julio un movimiento popular en el que tomaron parte las personas más notables. Una representación, elevada por ellas al Supremo Delegado por conducto de la municipalidad, produjo la renuncia del Ministro, que por evitar mayores desgracias hubo de salir de Lima el 30 de julio, al año cabal de su llegada.

 

Fin del Protectorado.

San Martín, que esperaba grandes resultados de su visita a Bolívar, sufrió la más amarga decepción. Desde la primera entrevista conoció que el héroe de Colombia, en vez de apoyarle, sería su formidable rival, y tuvo que alejarse precipitadamente de Guayaquil porque, trasluciéndose sus miras monárquicas, se veía mal mirado de los jefes republicanos. Al regresar a Lima con tan graves inquietudes, supo la caída de Monteagudo, que envolvía la reprobación de su política. No le faltaron consejos ni tentaciones para arrostrar la opinión y perpetuar con la fuerza de las armas su desprestigiada administración. Mas dando una señalada prueba del buen sentido y moderación que formaban el fondo de su carácter, apresuró la reunión del Congreso Constituyente para poner en sus manos los destinos del Perú. Como últimos recuerdos de su administración quiso dejar decretada la dirección de ingenieros y establecida la biblioteca, que el 18 de septiembre se abrió con gran solemnidad. Renunciando la autoridad de Protector y no queriendo aceptar el cargo de Generalísimo con que le invistió el Congreso, se retiró a Chile, de donde marchó a Mendoza y de allí a Europa para pasar sus últimos años en la tranquilidad de la vida privada.

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