Progreso moral.

Progreso moral.

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Las grandes diferencias de raza y educación establecían notables contrastes y grados muy diversos de cultura entre los habitantes del virreinato. No lejos de indígenas inmóviles y silenciosos como estatuas residían negros turbulentos y bulliciosos; al entrar en ciertos pueblos del interior se les habría creído desiertos, y las más pequeñas reuniones de esclavos y libertos solían presentar el estruendo de la tempestad con las voces atronadoras, los instrumentos estrepitosos, el torbellino de las danzas importadas del África y otras escenas más borrascosas. Contrastaban singularmente la actitud sumisa de los unos con la osadía de los otros y la dejadez de los que sufrían el rigor de la inclemente puna por no echar un poco de lodo en las paredes de su choza, con las galas y pretensiones que en la capital desplegaba el ínfimo vulgo.

 

Si se exceptúan las reducciones del Paraguay, en las que bajo el régimen paternal de los jesuitas se conservaban el bienestar y la inocencia, los neófitos no eran sino salvajes mansos, adheridos tan débilmente a la civilización cristiana que la más leve causa bastaba para que desamparando o sacrificando al benéfico misionero, tornasen a la primitiva barbarie. Los indios de la ceja de la montaña ocupaban también de ordinario moralmente los confines de la vida salvaje. En otros muchos el aislamiento, la opresión y la miseria sostenían la degradación secular agravada por nuevos vicios; o se conservaban las antiguas supersticiones, o se hacía una idolatría del culto cristiano, permaneciendo refractarios al espíritu evangélico. La esclavitud incesantemente renovada con bozales de Guinea era un poderoso obstáculo para las mejoras morales.

 

Aun las clases más favorecidas podían resentirse del contacto imprudente de los niños con una servidumbre envilecida, y en la edad de las pasiones por las facilidades para el vicio. El clero mismo llamado a formar la moral social corría gravísimos riesgos de contagiarse, viéndose poderoso, entre las más violentas tentaciones y sin responsabilidades humanas. Era preciso que los curas y la mayor parte de los frailes fuesen santos para no caer en todas las fragilidades. De aquí la frecuencia y enormidad de los escándalos, que viniendo de tan alto y descendiendo a las regiones inferiores poco dispuestas para resistir su funesta influencia, causaban incalculable daño a las costumbres. Sin embargo de tamañas contrariedades, el progreso moral era evidente en el Perú, y entre las influencias menos favorables se desplegaron las más bellas dotes del corazón y de la inteligencia.

 

 

Antes de pasar la primera mitad del siglo diecisiete, dejó la exaltación religiosa de mancharse periódicamente con los horrores inquisitoriales, que eran una consecuencia fatal de las guerras religiosas en las que se agravaban los odios de naciones hostiles con los sentimientos del fanatismo. La devoción, permaneciendo más fiel a su espíritu, multiplicó los establecimientos de beneficencia, el ejercicio de la caridad particular, la abnegación heroica de los misioneros, las prácticas del culto que alimentaban los sentimientos de fraternidad entre todas las razas, y las virtudes ascéticas que levantaban la sociedad del fango de la corrupción. Almas purísimas fueron un ideal viviente de la perfección cristiana; predicose siempre una moral regeneradora; el culto hablaba mucho a los sentidos y a menudo participaba más del espectáculo que del recogimiento.

 

Mas en aquellos tiempos de fe sencilla y devoción ferviente era natural que en las pompas de la religión se reuniera en torno de los objetos venerados lo más raro, brillante e interesante, fuegos de artificio, iluminaciones, todas las riquezas del arte, todas las maravillas de la naturaleza, las escenas teatrales y las más simples efusiones de la piedad. La sociedad, que en tales fiestas hallaba sus más deliciosas satisfacciones, estrechaba al mismo tiempo los lazos de fraternidad y depuraba su espíritu.

 

Por la acción moralizadora de las creencias y la natural bondad del carácter se sostenían las amables virtudes, que brillaron en la sociedad colonial. Con pocos y fácilmente eludidos castigos fueron siempre raros los crímenes. Se viajaba por largas soledades con la mayor seguridad, y las cargas de plata se transportaban a largas distancias sin escolta, quedando a veces sin riesgo casi abandonadas en el desamparo de las punas. Los más valiosos efectos se recibían en cajones cerrados, declarando acerca del contenido en la declaración del vendedor o conductores. Los préstamos se hacían por gruesas sumas sin recibo ni documento alguno, tranquilo el acreedor con la buena fe de sus favorecidos nunca desmentida. Las relaciones eran francas y cordiales, abriéndose las casas con la mayor llaneza y prodigándose las sinceras efusiones de cariño. Mirábase la hospitalidad más bien como una dicha que como el cumplimiento de un deber; algunos caballeros salían a los caminos en busca de huéspedes; en los pueblos, las principales familias se disputaban los forasteros para prodigarles obsequios. La despedida principiada a menudo con alegres banquetes se terminaba con lágrimas, que brotaban del corazón. Aun en las reuniones no santificadas por la religión eran comunes las virtudes de familia.

 

El espíritu público no podía desarrollarse faltando la vida nacional. El patriotismo se desvirtuaba buscándose la madre patria más allá de los mares, trasladando al Rey el amor; que ante todo merece la nación, y estrechándose sus inspiraciones por la prevención con que la interdicción colonial hacía mirar a todo extranjero. Mas no obstante las mezquinas preocupaciones no dejaba de brillar ardiente, desinteresado y puro en los peligros comunes y cuando de palabra o por escrito se fijaba la atención en las glorias del Perú.

 

Las letras ostentaban ya nombres gloriosos. Aunque la ley disponía que hubiese escuelas en todos los pueblos, por falta de ellas yacía la multitud en una ignorancia lamentable. La instrucción de las clases más favorecidas confiada al clero se resentía de la pequeñez de miras e imperfección de los métodos. En las colonias españolas, lo mismo que en la metrópoli, el absolutismo no permitía que figurasen en la enseñanza pública las ciencias económico políticas llamadas a descubrir al pueblo sus intereses y derechos. La filosofía languidecía entre las difíciles puerilidades de las escuelas. El derecho y la teología se resentían necesariamente del mal estado de los estudios filosóficos. Las ciencias naturales y exactas en ninguna parte principiaron a ser bien cultivadas sino por hombres muy especiales hasta el siglo dieciocho. La medicina y los estudios de aplicación no podían mejorar en el Perú sino mucho después. Los de las bellas artes habían de adolecer de la falta de preparación y del mal gusto dominante. Sin embargo, apenas establecida la Universidad de Lima produjo hombres eminentes; desde el siglo diecisiete se hicieron admirar verdaderos prodigios de ingenio. La juventud educada en el Colegio de San Martín, al que reemplazó el Convictorio de San Carlos, se distinguió constantemente por una inteligencia clara y rápida. Algunas obras de peruanos merecieron grandes elogios en Europa. Hay del período colonial muchos trabajos apreciables sobre la historia nacional, lenguas índicas, poesía, religión y otros ramos del saber.

 

Aunque el coloniaje no fuese favorable ni a la formación de grandes caracteres, ni al ejercicio de una superior influencia, el Perú se gloría de muchos hijos que brillaron al frente de los ejércitos españoles, en el mando de poderosas escuadras, en el Consejo de los Reyes, presidiendo las cortes y ocupando con lucimiento en España y América los más elevados puestos de la jerarquía eclesiástica y civil. Con sus esfuerzos y sus recursos se realizaron desde los primeros tiempos grandes exploraciones en Oceanía, Patagonia e interior de América, se llevó la civilización a regiones salvajes, se defendió el Pacífico de peligrosas invasiones, se mantuvo un inmenso territorio en una paz secular y se preparó un porvenir más brillante a las nacionalidades que estaban formándose en el vastísimo virreinato.

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