Negociaciones del presidente Gasca.

Negociaciones del presidente Gasca.

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Las aspiraciones de los colonos estaban satisfechas antes de saberse en la corte la victoria de Gonzalo, habiéndose revocado ya la ley que abolía las encomiendas. Cuando allí se supo la insurrección del Perú, se trató de asegurar la posesión de la opulenta colonia desarmando a los rebeldes con la magnitud de las concesiones. No se pensó en enviar de nuevo al bien visto Vaca de Castro, que víctima de malos informes estuvo preso muchos años, no recibiendo la merecida recompensa, sino después de un juicio muy lento. Mas se halló un ministro de gran capacidad y el más apropiado para la pacificación en el inquisidor don Pedro Gasca, conocido por sus distinguidos servicios en Valencia, al que con el título modesto de presidente de la audiencia se le dieron las facultades más amplias. No habiendo querido aceptar la dignidad episcopal, ni recibir ningún sueldo, salió de España con Alonso de Alvarado, Pascual de Andagoya y otros caballeros. En Santa Marta supo la muerte del virrey. En Nombre de Dios fue bien recibido por el gobernador Mejía, aunque los soldados decían viendo su despreciable apariencia: «si éste es el enviado de su Majestad, poco tiene que temer Gonzalo Pizarro». En Panamá logró, con sus cautelosas negociaciones, adormecer el celo de Hinojosa y de allí envió cartas al Perú con Paniagua para Gonzalo y con un emisario para las personas más influyentes.

 

En Lima no se pensaba sino en alejar del Perú al presidente, y con tal objeto fueron enviados a Panamá Lorenzo Aldana y Gómez de Solís. El obispo Loaysa, el de Bogotá y el Provincial de Santo Domingo se embarcaron también a fin de sostener la causa del gobernador. Paniagua, detenido en San Miguel y custodiado hasta Lima, entregó a Pizarro una carta del Emperador y otra de Gasca, concebidas en el lenguaje más propio para atraerlo a la obediencia; mas envanecido Gonzalo con su poder y con sus triunfos, demasiado confiado en los amigos, poco conocedor de los hombres y mal aconsejado, desoyó las prudentes observaciones, creyendo que su poder sería incontrastable.

 

La reacción cundía ya con la fuerza del contagio. El clero ganado por el hábil inquisidor conmovía a los conquistadores siempre sensibles a la voz de la religión y de la fidelidad; el cambio de intereses iba a determinar una contrarrevolución general contra un caudillo, a quien había favorecido la opinión pública, cuando se levantó para defender la causa de los colonos.

 

Caída de Gonzalo Pizarro. Hinojosa puso la armada a las órdenes del presidente; los enviados de Pizarro se comprometieron a combatirle como tirano. En general, los capitanes, el clero y las personas influyentes de Panamá se mostraron realistas exaltados. El entendido Gasca, no descansando en tan sospechoso celo, pidió auxilios a las demás colonias y obtuvo del comercio los fondos necesarios. A principios de 1547 tenía ya prestos veintidós buques y unos mil hombres de desembarco, y para promover la reacción envió por delante a Aldana con instrucciones precisas, muchas cartas, algunos frailes, cuatro buques y trescientos soldados.

 

Apenas se esparcieron en el Perú las noticias y comunicaciones traídas por Aldana, cuando se pronunciaron por la causa del Rey los pueblos y los destacamentos, ya dirigidos por los mismos jefes rebeldes, ya asesinando a los que permanecían fieles al caudillo de su elección. Gonzalo no perdió el ánimo, ni omitió diligencia alguna para combatir la reacción; quemó los buques que había en el Callao, para dificultar la fuga de los desafectos. A fuerza de gastos logró equipar en breves días unos mil soldados, tan bien ataviados como los hubiera podido poner la Italia en sus mejores tiempos; hizo fulminar sentencia de muerte contra Gasca como usurpador y contra sus capitanes por quebrantadores de su palabra. Para cortar el contagio de la defección, creyó necesario ligar con un juramento a los que tan fácilmente se olvidaban de la amistad y de los compromisos; y cuando los buques de Aldana dieron vista al Callao, se situó a una legua de la ciudad y a otra del mar, pensando así impedir la deserción de los suyos y hacer frente a los que intentaran desembarcar.

 

Entabladas las negociaciones, pensaba Carbajal que debían recibirse las cédulas de indulto ofrecidas por Gasca, no sólo poniéndolas sobre la cabeza sino empedrando con plata y oro el camino por donde viniera el mensajero; mas viendo que Cepeda atribuía este prudente consejo a falta de valor, dijo: «estoy resuelto a cualquiera determinación que se adopte; tan buen palmo de pescuezo tengo yo para la horca como cualquier otro; y para los años de vida que me restan, el negocio es de poca monta».

 

Sólo los pocos amigos fieles a la desgracia y los soldados idólatras de su palabra se conservaban adictos a Gonzalo; los demás partidarios, sabiendo que la reacción estaba triunfante en el Norte y en el Sur, principiaron a desbandarse; y fue necesario emprender la marcha hacia Arequipa, conteniendo a los desertores a fuerza de vigilancia y energía.

 

La hueste rebelde se hallaba reducida a quinientos soldados, y para seguir la retirada a Chile o al río de La Plata era necesario hacer frente a Centeno, que cerraba el camino con más de mil hombres. Mas esta fuerza superior fue destrozada el 26 de octubre de 1547, en Huarina, por la pericia de Carbajal, habiendo sido el choque tan sangriento que a vista de los cadáveres amontonados hubo de exclamar Gonzalo: «Jesús, Jesús, qué victoria». Los vencedores contramarcharon al Cuzco para saborear las dulzuras del triunfo y tentar la suerte de las armas contra Gasca.

 

 

El presidente había salido de Panamá en abril del mismo año, con ochocientos veintiún hombres de guerra. Contrariado al principio por el viento y las corrientes, y cerca de la Gorgona por una gran tempestad en la que mostró suma serenidad, pudo llegar con los más favorables auspicios a Tumbes, donde fue recibido con las bendiciones de los pueblos y con los ofrecimientos exagerados de los anteriores revolucionarios. Reunidos ya los elementos del triunfo, creyó innecesario la venida de nuevos refuerzos; emprendió su marcha por la costa y la sierra hasta Jauja sin querer debilitar su fuerza, aunque los mensajes de Centeno corroborados por la voz pública hacían tener por cierta la ruina de Gonzalo. Sabiendo la derrota de Huarina, levantó los ánimos de su abatida gente con oportunas reflexiones y la llegada incesante de tropas. Rehecha su hueste en el saludable y bien provisto valle, emprendió la marcha al Sur, y después de detenerse tres meses en el de Andahuaylas, se encaminó al Cuzco con más de dos mil hombres, excelentes armas, buenos pertrechos, contando entre sus compañeros los vecinos más opulentos, a Centeno, Benalcázar, Valdivia y otros conquistadores distinguidos, voluntarios de todas las colonias y de España, a tres obispos y muchos misioneros. Sin hallar oposición seria llegó hasta la quebrada de Sacsahuana, donde salieron a su encuentro las fuerzas enemigas.

 

Se anunciaba ya una batalla más sangrienta que la de Huarina; porque las fuerzas eran dobles de una y otra parte, los soldados valientes, buenas las armas y entendidos los jefes. A la vista de los bien arreglados realistas, Carbajal, que ignoraba la venida del conquistador de Chile, exclamó: «Valdivia está en la tierra y rige el campo, o el diablo». Mas roto apenas el fuego de las guerrillas, el 9 de abril de 1548, se pasaron al presidente el capitán Garcilaso, Cepeda que hacía de mariscal de campo, algunos arcabuceros y la caballería enviada contra ellos.

Antes de que la artillería y arcabuceros de Gasca llegasen a disparar, era completa la dispersión en el campo de Gonzalo que no pensó en huir, sino en ponerse en manos de sus perseguidores. Diciéndole su fiel amigo Acosta: «Señor, arremetamos en ellos y muramos como romanos», le replicó con resignación piadosa: «mejor es morir como cristianos». A Centeno, que se mostró sensible a su infortunio, le dijo: «yo he acabado hoy, mañana me llorarán vuestras mercedes». En un altercado con el presidente, defendió bien su causa. Sabiendo que el suplicio se difería para otro día, durmió una hora; se preparó para morir con una larga confesión; salió al patíbulo ataviado como para un festín; en el cadalso pidió a los circunstantes que le hicieran caridad de todas las misas que pudieren decirse por él; exclamó «a Dios hasta la eternidad»; no quiso que le vendaran los ojos; y pidió al verdugo que hiciera bien su oficio.

Carbajal, que de todo se burlaba, al ver la dispersión, principió a cantar:

«Estos mis cabellicos madre

Uno a uno se los llevó el aire».

Preso por otros fugitivos por haberse caído el caballo en que intentó escapar a carrera fue tratado como una fiera aprisionada, sin dejar de mostrarse impasible. En la prisión recibió con imperturbable calma y admiró con sus agudezas a cuantos por curiosidad o por interés fueron a visitarle. Condenado a ser arrastrado, ahorcado, descuartizado y expuestos sus cuartos en diferentes lugares, exclamó al leérsele la sentencia: «basta con matarme»; y cuando le metieron en el serón, dijo: «niño en cuna, viejo en cuna».

También fueron ejecutados otros capitanes, condenados a la infamia y confiscación los que antes habían muerto, desterrados a galeras, azotados, mutilados y castigados varios con rigor inquisitorial, por todo el país y por mucho tiempo. Los que faltando al honor y a la amistad habían dado la victoria a Gasca, no gozaron muchos años del mal obtenido premio. Cepeda murió en España en la cárcel, Benalcázar en Cartagena de Indias por el pesar de verse encausado; Alonso de Alvarado en el Perú, por el de una derrota; Hinojosa asesinado por sus amigos; Centeno con sospechas de haber sido envenenado; Valdivia a manos de los Araucanos; Girón y otros, en las del verdugo.

 

Administración de Gasca. Los defensores de la causa real, gente ávida, importuna y familiarizada con el presidente aspiraban a ser dueños de todo; los pretendientes pasaban de dos mil quinientos; y cada uno exageraba sus servicios. Gasca pudo desembarazarse de algunos, enviándolos a varios gobiernos o a hacer descubrimientos, a otros aspirantes los recompensó dándoles con la mano de alguna viuda, el repartimiento del difunto marido. Para repartir las ciento cincuenta encomiendas vacantes, cuyo valor pasaba de millón y medio de escudos por año. Meditó la distribución en el asiento de Huainarima cerca de tres meses, y encargó a Loaysa, ya elevado a Arzobispo de Lima, que la participase a los pretendientes. Así se hizo en la iglesia mayor del Cuzco, después de una exhortación de un santo Prior y de haber leído una carta del presidente. Ni el sermón, ni la santidad del lugar, ni el respeto al gobierno, ni la carta pudieron reprimir los murmullos de desaprobación, y pocos días después estalló un motín que fue sofocado con el castigo de algunos sediciosos.

Entre tanto, Gasca era acogido en Lima como padre de los pueblos, pacificador y salvador del Perú, entrando entre danzas de indios, cuyas cuadrillas representaban las principales poblaciones de la colonia y llevaban escritas en los sombreros malas coplas, expresando una lealtad de peor ley. Se apresuró a restablecer la audiencia para asegurar la administración de justicia; confió la fundación de La Paz a Antonio de Mendoza y la de Jaén a Mercadillo; arregló el tributo de los indios; dio eficaces providencias para desterrar su esclavitud; cuidó de su instrucción religiosa e hizo reinar con la seguridad general una prosperidad creciente con el descubrimiento de ricas minas. Promoviendo los intereses de la hacienda con acuerdos semanales y con estrictas cuentas, logró pagar 900 mil ducados que había pedido para la guerra, y pudo economizar para el Rey 264 422 marcos de plata. Para asegurar este tesoro y librarse de pretensiones enojosas que rayaban en desacato, apresuró su regreso a la Península, no aceptando regalos y no sacando del Perú sino la capa vieja con que había entrado. Al atravesar el istmo corrió riesgos tan graves como imprevistos; porque los Contreras, que habían asesinado al obispo de León en Nicaragua y aspiraban al imperio del Perú como nietos de Pedrarías, tomaron a Panamá por sorpresa dos días después de haber salido él de allí; mas habiendo cometido la imprudencia de dividir sus fuerzas, fueron derrotados por los panameños, pereciendo en los combates, en el patíbulo o de una manera misteriosa. Gasca, que había regresado a la ciudad, recobró las riquezas extraviadas y, reunida una respetable escuadra, llegó a España con tiempos bonancibles. Recibido en la corte, como correspondía a sus servicios, fue recompensado por Carlos V con el obispado de Palencia. Trasladado después a la silla de Siguenza, se le consultó muchas veces sobre de los asuntos de Indias; y es considerado comúnmente como un modelo de sabiduría e integridad.

 

La audiencia y don Antonio de Mendoza. La llegada de una cédula real para abolir el servicio personal de los indios y una segunda distribución de encomiendas excitaron algún descontento. Muchos aventureros, reunidos en el Cuzco para hacer con Girón una entrada a los Chunchos, traían alborotada la ciudad. La perturbación general de los ánimos y el poco prestigio de la audiencia hacían temer una insurrección, que la voz pública dio algunas veces por ya realizada. Mas se concibieron esperanzas de que la paz fuese duradera con la llegada del virrey don Antonio de Mendoza, que había adquirido la mejor reputación en el virreinato de México y que se hizo bien visto en el Perú por su modestia, su desprecio a las denuncias y sus buenas intenciones.

 

Por su parte el Emperador dotaba a Lima de una Universidad con los privilegios de la de Salamanca; aprobaba ordenanzas municipales dictadas por el sentimiento del bien común y daba otras órdenes interesantes. La municipalidad procuraba completar los reglamentos de policía. El arzobispo reunió en 1552 un concilio provincial, en el que se acordaron las primeras constituciones eclesiásticas de la América meridional. Pero volvieron luego las alarmas, y el virrey, que hubiera podido reprimir los trastornos, cayó en una debilidad mortal, y hubo de prolongar su lenta agonía absteniéndose del despacho, y saliendo a cazar todos los días.

Habiendo muerto antes de cumplidos diez meses de su llegada al Perú, una conspiración tramada por algunos soldados para deshacerse de la audiencia el día del entierro fue reprimida con la muerte de uno de los jefes; y se comprometió en la conservación del orden a Hinojosa, uno de los presuntos conspiradores, con nombrarle corregidor de Charcas, donde eran más de temer los motines.

 

Movimientos en los Charcas. El furor de los desafíos se había propagado en Charcas como un contagio; retábanse a muerte los soldados, los traficantes y hasta los pulperos; una pendencia era origen de otras muchas; reñíase por la más frívola causa; y combatían algunos, ya en calzas y camiseta, ya desnudos de la cintura hacia arriba, o bien vestidos con una túnica carmesí. Los más oscuros aventureros mostraban una resolución a toda prueba. Aguirre, soldado de ruin porte, persiguió durante tres años y cuatro meses, por arenales y cordilleras, de Potosí a Lima, de Lima a Quito y de Quito al Cuzco, al licenciado Esquivel, que le había condenado a la pena de azotes; y un lunes al mediodía le mató de una puñalada dentro de su misma recámara.

Los conspiradores se reunían en Charcas atraídos por la riqueza de las minas, por la licencia allí reinante y por las promesas de algunos caudillos, especialmente de Hinojosa. Viendo que éste burlaba sus esperanzas, le asesinaron al rayar el día del 6 de marzo de 1553, en un patio interior de su casa. Don Sebastián de Castilla, hijo del conde de la Gomera que era el caudillo de los asesinos, fue muerto cinco días después por Vasco Godines, su principal instigador que quería enriquecerse, echándola de leal. Unos conspiradores se apresuraban a deshacerse de otros para ocultar su participación en las revueltas. Mas el mariscal Alvarado, nombrado corregidor de Charcas, desplegó un rigor extremo contra todos los culpables. Vasco Godines fue condenado a ser arrastrado y hecho cuartos, como traidor a Dios, al rey y a sus amigos. Durante cinco meses pocos fueron los días en que no salieran al patíbulo, o a ser azotados públicamente algunos de los presos que henchían las cárceles. Un nuevo y más formidable alzamiento obligó a desistir del castigo del de Charcas.

 

Insurrección de Francisco Girón. La debilidad del gobierno, las circunstancias del territorio, el estado de la sociedad y de la opinión, el poco respeto a la ley, el desenfreno de la soldadesca y la inquietud general a consecuencia de los repetidos trastornos hicieron fácil la insurrección de Girón que, valiente, vano y comprometido en las últimas alteraciones, se levantó para libertarse del castigo y para ser el jefe de la colonia. Ciertas bodas solemnes a que fueron convidados los principales vecinos del Cuzco le permitieron prender al corregidor el 13 de noviembre de 1553. Con Tomas Vásquez, Piedrahita, Velásquez, otros pocos sujetos oscuros y los presos de la cárcel, reunió al principio una fuerza de cuarenta hombres; se hizo nombrar justicia mayor y procurador general; con cartas, dádivas, promesas y castigos formó en breve el ejército de la libertad; e infundiéndole esperanzas de victoria mediante las supersticiones acreditadas en aquel tiempo, se puso en marcha para Lima, donde los realistas habían reunido fuerzas superiores, mas tan faltas de disciplina como de concierto, y no bien dirigidas por el arzobispo Loaysa y por el oidor Santillán que no eran muy propios para las operaciones de la guerra.

Al entrar en la costa, la pérdida de una avanzada escogida, una estratagema frustrada, los pronósticos fallidos y la superioridad del enemigo desalentaron tanto a los libertadores que principiaron a desbandarse de dos en dos, de diez en diez y después por escuadras. Para no sucumbir como Gonzalo, hubo de emprender Girón la retirada hacia Ica, que su arrojo y habilidad junto con el desconcierto de los realistas le permitieron hacer sin gran pérdida. De Ica revolvió sobre sus perseguidores; y aunque los derrotó en Villacuri, hubo de continuar su marcha al Sur no fiándose en los suyos. En Nazca formó un batallón de negros que acudían a su campo atraídos por el buen tratamiento. Sabiendo que el mariscal Alvarado venía del Collao a atacarle con dobles fuerzas, no temió subir a encontrarle y se fortificó en Chuquinga hacia los orígenes del Pachachaca. Atacado allí imprudentemente, logró una espléndida victoria, y después de enviar diferentes destacamentos a sacar armas, hombres y recursos de las ciudades del Sur, tomó la dirección de Andahuaylas, a fin de rehacerse en el ameno y abundante valle. De Andahuaylas partió para el Cuzco, y no queriendo entrar en él por temor a los agüeros, fue a tomar posición después de algunas marchas en la antigua fortaleza de Pucará.

El ejército de Lima, al que habían desconcertado los desastres de Villacuri y Chuquinga, repuesto de la mal concebida alarma y reforzado de día en día, llegó también a Pucará, habiéndose avanzado sin oposición y con prudente lentitud. Las dos huestes permanecieron algunos días a la vista sin empeñar ningún choque general, y ocurriendo sólo lides particulares y amistosas pláticas en que la astucia solía emplearse tanto como las armas. Girón se decidió al fin en diciembre de 1554 a un ataque nocturno en el que fue rechazado con gran pérdida. Desalentada su gente, principió a desertarle; la defección de Vásquez y Piedrahita, que eran el principal sostén de su causa; le obligó a emprender una desordenada fuga en la que, deshecha su gente sin combatir y cada día más desamparado en su penosa marcha de la sierra a Nazca y de la costa a la sierra, fue tomado cerca del tambo de Jauja por unos capitanes de Huánuco. Llevado a Lima y condenado al último suplicio, murió cristianamente. Su viuda, la amable y virtuosa doña Mencia Almaras, acabó sus días en un beaterio, que fue elevado a monasterio de La Concepción.

La paz no volvió a alterarse, porque el nuevo virrey don Andrés Hurtado de Mendoza supo hacerse respetar de los descontentos y sediciosos. A solicitud del cabildo de Lima dio la audiencia algunas ordenanzas; y al fin de la insurrección había dado la corte otras de aplicación general.

 

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