Mejoras materiales.

Mejoras materiales.

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La agricultura se enriqueció con aclimataciones inapreciables. Adquirió el Perú los ganados vacuno, lanar y de cerda, asnos, caballos, mulas, cabras, perros, gatos, aves de corral, trigo, cebada, arroz, caña de azúcar, café, uvas, aceitunas, otros muchos frutos europeos, varias legumbres, flores y hortalizas, alfalfa y otras yerbas utilísimas. Extendiose el cultivo de la coca, tabaco y arboleda. Mejoraron la labranza y otras prácticas de cultivo. Mas la riqueza agrícola se vio detenida en su fácil y valioso desarrollo por la excesiva extensión de las grandes haciendas pertenecientes en la mayor parte a manos muertas, por la inseguridad de la pequeña propiedad que se reconoció a los indios, por la irregularidad o carestía del trabajo voluntario y la imperfección del confiado a manos serviles, por la falta de salidas, por injustas prohibiciones que felizmente no se cumplieron de lleno, y por otros obstáculos políticos o sociales.

 

La minería favorecida con brazos, habilitaciones, sabias ordenanzas y decidida protección de las autoridades tuvo un desarrollo admirable. La explotación del oro no continuó con la extensión que ofrecía a los principios del régimen colonial, por hallarse situados los más opulentos lavaderos en Carabaya y montañas de Jaén, donde eran de temerse la insalubridad del clima y los ataques de hordas feroces. La extracción del azogue, que se reservó el gobierno, se hizo en la mina de Santa Bárbara a todo costo y mediante trabajos grandiosos, habiendo ascendido hasta 1813 según los datos oficiales a 1 110 235 quintales con 41 arrobas y 11 libras; suma que posiblemente se duplicó por la extracción clandestina. La de La plata, que fue la industria predominante, no puede sujetarse a cálculo; pero todo hace creer que osciló entre seis y diez millones de pesos por año. Asombran verdaderamente la cantidad de mineral, que fue preciso remover para obtener esos tesoros, y la enorme suma de esfuerzos indispensables, sobre todo habiéndose realizado la mayor parte a fuerza de brazos. Más admirable es todavía la constancia de los mineros en una especulación, que solía ofrecer todos los azares del juego y en la que, a no favorecerles la casualidad con ricas vetas, corrían riesgo inminente de arruinarse por el excesivo costo de la explotación, por locas prodigalidades de que la costumbre hacía una necesidad, y por la exorbitancia de los derechos reales equivalentes a una compañía industrial, en que el Rey se reservaba grandes ganancias y no quería correr ningún riesgo. Es verdad, que a menudo le tocaba su parte en los desfalcos y pérdidas por la ocultación de los metales extraídos y la mala paga de los azogues dados a crédito.

Con la civilización colonial se introdujo y propagó en el Perú la práctica de artes tan importantes como la del herrero y carpintero, trabajos en seda e hilo, y otros de uso diario o de moda. Mejoraron mucho las construcciones de edificios y naves. Se conocieron las variadas aplicaciones de la pólvora. Los instrumentos de hierro, otros útiles traídos del antiguo mundo y el auxilio de los animales aclimatados facilitaron singularmente los progresos industriales. Mas en general, encadenados los principales oficios a las ordenanzas de gremios, entregados casi siempre a las clases abatidas y faltando las grandes enseñanzas y estímulos, los productos manufacturados se redujeron a pequeñas proporciones. En los grandes obrajes, en que se trabajaban varios tejidos, las ganancias se debían principalmente a la defraudación escandalosa que se hacía a los operarios forzados, quienes por lo mismo sólo habían de producir obras muy imperfectas.

 

 

El comercio luchaba con los más poderosos obstáculos. En el interior le dificultaban la falta de aspiraciones o de medios, las malas vías de comunicación y el monopolio que usurpaban los corregidores, curas, hacendados, obrajeros y dueños de minas. Para comerciar con el virreinato de Nueva España y obtener efectos de la China era necesario casi siempre correr los azares del contrabando. El comercio con la Europa estaba reservado a la metrópoli, que por más de dos siglos quiso encadenarlo al embarazoso movimiento de los galeones, feria de Portobelo y concesiones hechas por la Casa de Contratación de Sevilla. Aun cuando se declaró libre [la ruta] entre los puertos de América y España, no desaparecieron ni la interdicción a los extranjeros, ni las dificultades acumuladas por el anterior monopolio. Sin embargo, a fines del siglo último, no contando el extenso contrabando, la suma de importaciones y exportaciones se acercó a dieciséis millones de pesos anuales en el tráfico con España, y aproximadamente a la mitad en el de Buenos Aires, Chile, virreinatos de Santa Fe y Nueva España. El principal puerto fue siempre el Callao, en donde se recibían breas, añil, cera y maderas de Guatemala, efectos de la China, cacao y maderas de Guayaquil, trigo, frutos secos y otros productos de Chile y toda clase de manufacturas europeas. Por el Sur entraban muchas mulas de Tucumán y hierba del Paraguay. Se exportaban para Chile y el Nuevo reino azúcares, menestras, licores o efectos fabricados.

 

La producción del Perú, que variaba sin cesar y no era objeto de apreciaciones bien meditadas, no puede someterse a cálculos precisos.

 

Sin embargo, reflexionando sobre el monto de los diezmos, salarios, movimiento mercantil y otros datos bastante vagos, se conjeturaría con fundamento que llegó a más de veinte millones de pesos por año, correspondiendo unos dos quintos a la minería y el resto a la agricultura y demás industrias. La distribución de la riqueza producida se hacía con injusticia notoria, reservándose el clero, empleados y demás clases privilegiadas más de dos tercios. El consumo anual de Lima se calculaba a fines del siglo diecisiete en más de seis millones de pesos.

 

El comercio había formado en la capital algunos millonarios, varias fortunas de a trescientos y quinientos mil pesos, y un número muy considerable que oscilaba entre sesenta mil y doscientos mil; las debidas al pequeño tráfico eran tan instables que solía decirse: padre pulpero, hijo caballero y nieto pordiosero; la opulencia improvisada en las minas se disipaba como se había adquirido; los enriquecidos en los corregimientos y otras inicuas explotaciones empobrecían por lo común tan pronto que las cosas instables se comparaban a la hacienda debida a indios; ni éstos, ni los esclavos podían mejorar de situación; de los grandes hacendados solía afirmarse que vivían pobres y morían ricos.

 

La formación general de los capitales se dificultaba por el excesivo costo del culto, en que se empeñaban todas las razas, por la embriaguez común en los indios, el libertinaje de la gente de color y el ruinoso juego en las clases más favorecidas. Eran muy raros los hábitos económicos; pero en cambio se padecía poco la extremada miseria, se generalizaba el bienestar, y las clases elevadas y aun los artesanos en Lima conocían los goces del lujo. El pueblo había adquirido el uso más frecuente de la carne y de la coca, el pan, la leche, licores fuertes, flores y perfumes. Mas las comodidades no correspondían a la opulencia del país, ni aun en los palacios de la primera nobleza.

 

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