Hacienda.

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Como sucede tarde o temprano a todos los gobiernos mal constituidos, el mal estado de las rentas era a un mismo tiempo indicio de la viciosa administración, obstáculo para su reforma y principio de su ruina. No se desconocieron en verdad las necesidades de exactitud, economía, responsabilidad y vigilancia, que son el alma de todo sistema financiero. Los virreyes solicitaban la cobranza, conservación, incremento y buen empleo de las entradas fiscales, y en caso necesario consultaban a juntas u hombres competentes; los oficiales reales destinados a la administración inmediata ofrecían las garantías necesarias; la contaduría mayor encargada especialmente de hacerles cumplir sus deberes, desplegó muchas veces notable actividad y conservó la reputación de íntegra. Mas no obstante todas las previsiones legales y los severos castigos que llegaron hasta el último suplicio, la tentación fue siempre más fuerte que el miedo, y las defraudaciones se hicieron constantemente en gran escala.

 

Las entradas generales, que llegaban a reunirse en las cajas reales de Lima, se elevaron a poco más de dos millones anuales de pesos bajo la dinastía austriaca y a cuatro millones y medio en la época más próspera de los Borbones. Prescindiendo de los ramos secundarios o eventuales, las principales rentas se debieron al tributo de los indios, producto fiscal de las minas, impuestos sobre el comercio y ganancias en los efectos estancados. El tributo, que por mucho tiempo no dio ningún producto neto al fisco, le proporcionaba al fin cerca de un millón de pesos; los derechos pagados por el comercio, que eran principalmente los de alcabala y almojarifazgo o aduanas, sufrieron constantemente enormes desfalcos por causa del contrabando, crecieron en gran progresión, desde que se autorizó el tráfico por el Cabo de Hornos, y llegaron a ser la entrada más importante; el único estanco valioso fue el de tabaco; los derechos sobre los metales extraídos, que al principio formaban el ramo principal, figuraron al fin en tercera o cuarta línea.

 

Los gastos del virreinato nunca pudieron ofrecer un orden riguroso y estable. La lista militar aun en tiempos pacíficos absorbía más de la mitad de las entradas; porque era necesario enviar situados a Chile, Buenos Aires, Panamá y Cartagena. La lista civil figuró durante un largo período por un décimo de los gastos. Muy poco era lo que se destinaba a las obras públicas, instrucción y beneficencia. En el sostenimiento del clero se empleaba una parte considerable de los tributos. El quinto de los metales beneficiados, reducido después al décimo, se consideró siempre propio del Rey, como legítimo propietario de las minas, cuya explotación acordaba a los descubridores. Mas para remitir al Rey sus quintos era necesario desatender las atenciones más urgentes, perpetuar la deuda pública, valerse de arbitrios efímeros o recurrir a malos expedientes. Aun así apenas pasaría de cien millones de pesos la remesa regia en todo el período colonial correspondiendo a menos de 400 mil pesos anuales; cantidad total que hoy percibe el gobierno del Perú en pocos años con sólo el producto del guano; que el de España hubiera podido obtener fácilmente con un poco de libertad en el comercio colonial, y que sólo pudo realizarse perpetuando la iniquidad de la mita, reduciendo a veces el gobierno del Perú al cuidado de Huancavelica y Potosí, causando los más graves daños a la misma metrópoli en su bienestar y en sus costumbres, suscitando costosas rivalidades en Europa y atrayéndose la animadversión del mundo civilizado. Con tan mezquinos cálculos y perjuicios tan generales suelen dominar los errores económicos, acreditados por la irreflexiva codicia y sostenidos por un orgullo mal entendido.

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