Guerra entre los conquistadores (1537 1542)

Guerra entre los conquistadores (1537 1542)

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Triunfos de Almagro.

La expedición de Chile, emprendida con tanta imprevisión como injusticias, fue fecunda en desastres, habiéndose visto expuestos los conquistadores a perecer entre las nieves de los Andes a la ida y en los desolados arenales a la vuelta, y habiéndose avanzado la vanguardia hasta el Maule, el grueso del ejército hasta Coquimbo y quedando intacta la conquista para el genio de Valdivia. Arrastrado por las sugestiones de sus amigos que no esperaban encontrar riquezas en Chile, volvió Almagro al Perú para arrebatar a los Pizarros la deseada posesión del Cuzco; y cuando en el camino supo del levantamiento de Manco, creyó que podría atraerlo a la paz con promesas lisonjeras. El Inca entró en negociaciones esperando destruir a los Pizarros con los de Chile; mas viendo que no podía contar con ellos porque estaban en conferencias, se propuso oprimir a los recién llegados con el ataque súbito de quince mil guerreros. Esperolos Almagro bien prevenido contra semejantes cautelas y los hizo huir con poca voluntad de probar otra vez las armas de los conquistadores. Dirigiéndose enseguida a la ciudad imperial con fuerzas superiores, desconfiando de las palabras de los Pizarros y faltando a una tregua pactada, principió una guerra que debía llevarle al cadalso, con un ataque nocturno en el que Hernando y Gonzalo opusieron una heroica pero inútil resistencia.

 

A la toma del Cuzco siguió de cerca la victoria sobre Alonso de Alvarado que, si bien permanecía en Abancay con fuerzas respetables y en situación ventajosa, fue fácilmente derrotado por la defección de los suyos y por el arrojo de los contrarios. Muchos almagristas querían ensangrentar los fáciles triunfos, asesinando a los jefes prisioneros, sobre cuyas cabezas estuvo muchas veces suspendida la sentencia de muerte. Mas otros vencedores hicieron prevalecer consejos más humanos, a los que se prestaba de mejor voluntad Almagro, irritable y arrebatado a la vez que confiado y bondadoso.

 

Para hacer olvidar su conducta violenta se propuso el vencedor de los Pizarros llevar a cabo la pacificación del Perú, y vista la inutilidad de las instancias amistosas, envió un fuerte destacamento contra el Inca que se halló obligado a refugiarse en las escabrosidades de la cordillera oriental. En su precipitada fuga más de una vez se vio Manco casi en las manos de sus perseguidores, abandonado por su comitiva y trepando sin aliento a cimas nevadas. La discordia de los conquistadores le permitió todavía alimentar algunas esperanzas.

 

Negociaciones.

La entrada de Almagro en el Cuzco y la derrota de Abancay fueron sabidas en la costa por el marqués, que al frente de unos cuatrocientos cincuenta hombres marchaba en auxilio del Cuzco. Estas noticias alarmantes le obligaron a retroceder a Lima desde el valle de Nazca; y mientras hacia los aprestos necesarios para la guerra, acordó negociar en el Cuzco el arreglo más favorable. Sus primeros enviados sólo obtuvieron de Almagro respuestas irritantes. Mas otra legación, a cuya cabeza iba el licenciado Espinosa, socio de los dos rivales, tuvo mejor acogida; y no obstante que estaba resuelta la guerra contra el marqués, se continuaron los conciertos de paz. La muerte de Espinosa, acaecida antes de que se firmaran los artículos estipulados, hizo que los almagristas bajaran a la costa sin renunciar por eso a la idea de negociar, seguros de imponer su voluntad por las armas, cuando no por los convenios. La fuga de Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado, que habían quedado presos en el Cuzco, principió a quebrar la jactancia de los vencedores, y se reanudó la negociación abierta en el Cuzco por la influencia de algunos caballeros; pero en la excandecencia de unos espíritus turbulentos, la paz se hacia de día a día más difícil.

 

Rotos los vínculos más sagrados, y no interesándose aquellos ciegos guerreros sino en la satisfacción de sus pasiones, abortaron los proyectos de transacción amistosa y la negociación no fue sino una serie vergonzosa de indignas precauciones, violencias, inconsecuencias y fraudes. Tres enviados de Almagro fueron presos por una avanzada. Una entrevista entre los antiguos amigos, concertada en Mala, principió fríamente y se cortó de súbito por la retirada precipitada de Almagro, que temió con fundamento una alevosía. El padre Bobadilla, que hacia de árbitro, sentenció en favor del marqués, quien viendo la violenta excitación de los almagristas y el riesgo inminente de Hernando todavía en poder de ellos, a trueque de obtener su libertad convino en que Almagro conservaría la posesión del Cuzco hasta nueva orden del Rey, o la declaración de un juez nombrado por su Majestad. Hernando fue en efecto puesto en libertad, obsequiado con un espléndido banquete y acompañado hasta el campo de su hermano por oficiales distinguidos. Por desgracia la paz ajustada, que no estaba apoyada en la opinión, ni en la fuerza, ni en el interés recíproco de las partes contratantes, no podía ser de larga duración.

 

Persecución de Almagro. El marqués, que quería recobrar el Cuzco, lo reclamó como su conquista y su colonia en virtud de una nueva provisión real en que se mandaba que cada uno de los gobernadores retuviese las provincias conquistadas y pacificadas por él hasta el día en que la orden suprema llegase a su conocimiento; luego, sin hacer muchas instancias a las réplicas de su rival, se aprestó a desalojarle a viva fuerza. Encargado Hernando de la guerra, emprendió las operaciones con su acostumbrada actividad, persiguiendo a los almagristas hasta el Cuzco.

Almagro, abatido por una enfermedad que le puso al borde del sepulcro, mal secundado por la discordia de sus capitanes y no contando mucho con su tropa, abandonó la costa, fue rechazado de Huaitará, se detuvo en Vilcas por la gravedad de su dolencia y alistó su ejército en el Cuzco, de donde salió a la inmediata pampa de las Salinas para luchar con sus perseguidores. Sus principales capitanes se sacrificaron heroicamente en su defensa; mas la derrota declarada desde el principio por la inferioridad de sus tropas, armas, táctica y resolución, le hizo exclamar con amargura: «yo creía, caballeros, que habíamos venido a pelear». Obligado a huir estuvo cerca de ser muerto por el capitán Castro, quien viendo su mala catadura, exclamó: «mirad por quien han muerto a tantos caballeros». Encerrado en la misma prisión donde habían estado los Pizarros, se abatió al extremo de que sin la solicitud de Hernando hubiera sucumbido a la pena. Acusado por los miserables, que se cebaban en su desgracia, se le formó en pocos días un proceso de más de dos mil páginas en folio. Sus amigos, que conspiraban para libertarle, precipitaron su muerte, habiéndose resuelto en una junta que la merecía por sus delitos notorios, y que era necesaria para tener en paz la tierra. Al verla venir de manos del verdugo, se humilló como una débil mujer para pedir de rodillas y en el tono más lastimero la conservación de su vida que Hernando le negó con repugnante dureza; mas viendo que su destino era inevitable, se preparó a morir (8 de julio de 1538) con el valor que había vivido, dejando al emperador por heredero de sus bienes y a su hijo Diego por sucesor en el gobierno de la Nueva Toledo.

 

Gobierno de Pizarro.Aunque los oficiales reales y Diego Alvarado a nombre del joven Almagro reclamaron el gobierno de la Nueva Toledo, resistiéronse los Pizarros a la separación de países tan unidos por sus relaciones naturales, como por los vínculos políticos y quedó el marqués como único gobernador del Perú. Desembarazado de sus enemigos encargó a sus hermanos la pacificación del Collao que consiguieron en breve, ya con grandes hazañas, ya con una política benévola. La fundación de La Plata, llamada también Chuquisaca y Charcas, no muy lejos de las ricas minas de Porco, aseguró esta pacificación. El inca Manco, que había destruido un destacamento español, y cuya gente dio cruel muerte a los mensajeros de paz, fue obligado a refugiarse al otro lado de la cordillera oriental; y una de sus esposas favoritas expiró a flechazos en el mismo sitio donde habían sido muertos los enviados del gobernador, por una represalia tan indigna de un hombre de honor, como de un buen cristiano.

El país expuesto hasta entonces a sus terribles incursiones quedó en adelante protegido con la fundación de Huamanga; la de Arequipa protegió las provincias de Condesuyos y la de Huánuco a los pueblos de Junín. Al mismo tiempo que se pacificaba el Perú, Valdivia marchó a la conquista de Chile, Aldana a Popayán, y muchas expediciones se lanzaron en el seno de nunca penetradas selvas, donde casi siempre se encontraba una muerte oscura, y los que sobrevivían, salían exánimes habiéndose convertido los soñados tesoros en privaciones y fatigas. La más célebre de estas entradas fue la de Gonzalo Pizarro al país de los Canelos.

El menor de los Pizarros, que recordaba los paladines de la caballería por su audacia y entusiasmo, pudo reunir en breve 150 españoles de a caballo, 200 infantes todos bien equipados, cuatro mil indios de servicio y abundantes provisiones. De Quito marchó por la cordillera oriental

a la provincia de Quijos, superando los grandes obstáculos naturales y la débil resistencia de los indios. De Quijos se internó en los bosques, siguiendo la orilla izquierda del Coca con inmensa fatiga, y casi exhaustos los recursos. En la parte inferior del Coca, después de haber construido un buque con suma dificultad, destacó por provisiones a Francisco de Orellana. Favorecido éste por la corriente, descendió el Napo y el Amazonas admirando el majestuoso espectáculo del rey de los ríos, teniendo grandes noticias de las Coniapuras o falsas amazonas que habitaban en la región inferior, y soñando las conquistas más gloriosas, sin cuidarse de sus compañeros a quienes abandonaba en la inmensidad de los bosques. Estos expedicionarios, no pudiendo permanecer en aquella espantosa soledad, emprendieron el regreso a la sierra sin dirección fija; y sólo unos ochenta castellanos y menos de la mitad de los indios pudieron llegar a Quito convertidos en espectros con dos años y medio de desventuras continuas.

Entre tanto el gobierno español, que había sabido las demasías de los Pizarros, encerró a Hernando que había ido a la corte, en el alcázar de Madrid, y después le tuvo preso por veinte años en la fortaleza de Medina del Campo. Para reparar los agravios de los almagristas envió al Perú a Vaca de Castro, magistrado íntegro, hábil, valeroso y prudente, con el carácter de simple juez, si hallaba vivo al marqués, y para gobernador, si éste ya había muerto. Para la administración de justicia se establecía en Panamá una audiencia con jurisdicción desde Nicaragua al estrecho de Magallanes. Para el mejor gobierno de la iglesia se erigían los obispados de Quito y Lima, nombrando para esta silla a fray Jerónimo de Loaysa, que era obispo de Cartagena. En favor de los colonos y de los indios se dictaban buenas providencias.

 

Por su parte, el marqués gobernaba con fidelidad escrupulosa y promovía los progresos de la colonia sin resentirse del peso de los años. Mas, extraviado por sus consejeros y contrariado por la corte que le arrebataba la libertad de acción y el prestigio de la autoridad, no podía ya hacer grandes bienes, ni aun sabía defenderse de sus enemigos que le odiaban de muerte.

 

Asesinato de Pizarro.Los amigos de Almagro hacían responsable al marqués de la muerte de su socio y estaban reducidos a la desesperación por la extrema pobreza; mendigaban muchos el vestido y el sustento; subsistían otros de las ganancias del juego o de donativos precarios, y no tenían entre doce de los principales sino una capa que para salir a la calle se ponían por turno. No había medio de calmar su descontento, porque no querían aceptar favores y se irritaban por hallarse desatendidos. Más de doscientos de ellos reunidos en Lima concertaban sus proyectos de venganza, queriendo los más moderados obtener justicia de Vaca de Castro y considerando el mayor número sus espadas como única justicia. Juan de Rada, ayo del joven Almagro, se puso a la cabeza de este partido y llamado por el marqués que deseaba cortar con una franca explicación los motivos de desconfianza recíproca, le habló en términos que le inspiraron plena confianza.

En vano se dieron a Pizarro los avisos más alarmantes. Por no haber tomado las prevenciones oportunas pudieron salir a las doce del día 26 de junio de 1841, veinte conjurados y marchar a palacio por la plaza gritando «¡viva el Rey, muera el tirano!». Pasaron sin obstáculo la primera puerta que estaba abierta, y ahuyentados con sus furiosos gritos y estocadas los caballeros que hacían la corte, penetraron en las piezas interiores para dar muerte a un anciano defendido sólo por dos hombres y dos muchachos. Pizarro se parapetó en la puerta de su cámara, terciada la capa al brazo, la espada en mano y sin haber tenido tiempo de ajustarse la coraza; ya había hecho caer a dos asesinos bajo los filos de su espada; mas habiendo caído también sus defensores, acosado por todas partes y pudiendo apenas sostener el arma en su fatigada mano, recibió entre otras una herida mortal en la garganta; cayó clamando «Jesús», con voz moribunda; hizo con el dedo una cruz en el ensangrentado suelo; e, inclinándose para besarla, le dieron en la cabeza el golpe de gracia, con una jarra llena de agua. Algunos criados fieles le hicieron un humilde entierro como a escondidas. Su hija, doña Francisca, llevada a España, casó con su tío Hernando y su descendencia se conserva en los marqueses de la conquista. Fue un hombre extraordinario que oscureció sus grandes hechos con la perfidia, crueldad y otros vicios propios de los conquistadores y que en él se hallaban sostenidos por la falta de educación y por el espíritu del siglo.

Guerra entre Vaca de Castro y los almagristas.Con las espadas teñidas en la sangre del gobernador, llena la ciudad de espanto y confusión por el saqueo de las casas y persecución de los principales vecinos, fue proclamado nuevo gobernador del Perú el joven Almagro. Para que su autoridad fuese reconocida por las demás ciudades, se procuró levantar un ejército que diera la ley a la colonia y se trató de ganar la opinión desfigurando los hechos.

Poco tardó en levantarse una oposición formidable. Los amigos del marqués tomaron las armas para vengarle; y aunque algunos fueron víctimas de su adhesión, Alonso de Alvarado en el Norte y Peralvarez Olguín en el Cuzco armaron fuerzas impacientes de abrir la campaña. Vaca de Castro que ya se hallaba en Quito, apoyado desde Popayán por Benalcázar, hizo reconocer su autoridad y se aprestó a la guerra con tanta actividad como inteligencia.

Entre tanto, debilitaba la discordia a los almagristas ya no sabían qué partido tomar, si la fuga a Chile, la lucha con Vaca de Castro o la persecución de los vengadores de Pizarro. No teniendo esperanza de salvación si no en los triunfos rápidos, decidieron salir al encuentro de Olguín que se dirigía al Norte, después de su fácil derrota caer sobre Alvarado y, vencido éste, arrancar por la fuerza a Vaca de Castro una amnistía completa. Al ir a Jauja murió Rada, que era el hombre necesario en el consejo y en la acción, y se disputaron la dirección de la campaña García de Alvarado y Cristóbal de Sotelo, esforzados ambos y experimentados en la guerra, pero celosos el uno del otro hasta el último extremo. Merced a su discordia pudo Olguín pasar por las alturas de Jauja a reunirse con Alvarado; y Almagro se vio forzado a dirigirse al Cuzco para reforzar su hueste. En el Cuzco tuvo que dar muerte a Alvarado que había asesinado a Sotelo; y poniéndose resueltamente al frente de los negocios, desplegó una capacidad que nadie habría esperado de sus veintitrés años. Reunidos en breve quinientos buenos soldados perfectamente equipados, partió al encuentro de Vaca de Castro que había despedido a Benalcázar algo inclinado a su ahijado, y para apagar hábilmente la discordia ya pronunciada entre Olguín y Alvarado, había tomado el mando superior de su ejército y se avanzó hasta Huamanga.

Frustradas algunas gestiones pacíficas, se trabó el combate en las inmediatas llanuras de Chupas, el 16 de septiembre de 1542, y de ambas partes se desplegaron esfuerzos gigantescos; mas la victoria quedó en el gobernador, que mostró un arrojo extraordinario y fue favorecido por el genio admirable de Francisco de Carbajal, guerrero terrible no obstante su edad octogenaria. Los vencidos fueron cruelmente castigados, y el joven Almagro condenado a muerte por un consejo de guerra entregó su cabeza al verdugo con fortaleza cristiana y conforme a sus deseos fue enterrado bajo el cadáver de su padre.

 

Consumación de la Conquista. La caída de los almagristas hizo perder a los indios las esperanzas que les había hecho concebir el fin trágico de Pizarro. Creyendo que la conquista se acabaría con el conquistador, se habían reanimado y procurado saciar su sed de venganza, asesinaron a los españoles que viajaban, a los que estaban dispersos y a Valverde que se ocupaba en convertir a los habitantes de la Puná. Mas pronto se vio que la conquista era un hecho consumado. La España, que ejercía sobre el mundo civilizado una preponderancia visible, no podía ser resistida con éxito. Los defensores del imperio se rendían, morían como criminales vulgares o se salvaban en la oscuridad. El mismo Inca perecía en una reyerta inesperada con unos cuatro almagristas refugiados en su campo. El buen gobierno de Vaca de Castro parecía legitimar la obra de la violencia haciendo suceder la justicia a la fuerza y el atractivo de los beneficios legales al terror que habían inspirado los conquistadores. La conversión adelantaba, rápidamente favorecida por algunos indios dotados de celo apostólico, por la enseñanza en varias escuelas, por los esfuerzos de prelados y misioneros y por el esplendor del culto. Las dulces relaciones de familia principiaban a hacer un solo pueblo, casándose con españoles las hijas de Huaina Capac y Atahualpa y con españolas algunos descendientes de Manco Capac.

Las dulzuras y porvenir de la nueva civilización no pueden hacernos desconocer los terribles estragos de la conquista. Derrúmbanse los caminos del imperio; obstrúyense los grandes acueductos; son destrozados los palacios, fortalezas y templos; Vilcas, Pachacamac, Huánuco el viejo y otras capitales quedan reducidas a escombros; las provincias, especialmente del litoral, se despueblan; las arenas del desierto invaden las campiñas; los tesoros acumulados durante siglos desaparecen con espantosa rapidez; los ganados se aniquilan por millares matándose en pocos años más del número que antes se consumía en un siglo; el pueblo agoniza falto de alimentos y vestidos; innumerables víctimas caen en los campos de batalla, en los caminos sirviendo de bestias de carga, en las minas con insoportables tareas, donde quiera por el influjo del no acostumbrado clima y de la opresión intolerable; los vicios hacen mayores estragos porque faltando el orden secular y no propagadas todavía las ideas morales que han de reemplazarle, cesa el trabajo regular, se corrompen las costumbres y la justicia no protege ni a los nobles, ni al ínfimo vulgo que había creído libertarse al cambiar de yugo. Hasta los mismos opresores perecen en el espantoso desenfreno de la codicia, la ambición y otras malas pasiones, siguiendo de cerca a las víctimas los despiadados verdugos.

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