Gobierno eclesiástico.

Gobierno eclesiástico.

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Siendo la religión el alma de la colonia, el gobierno eclesiástico ocupaba el primer lugar en la legislación de Indias; y el virrey no era verdaderamente el jefe de la administración, sino por cuanto era vicepatrono de la Iglesia. En las reducciones de los salvajes, el misionero se convertía en ley viviente y personificaba el gobierno entero; en las doctrinas dominaban los curas; los obispos eran verdaderos potentados en sus respectivas diócesis; el arzobispo de Lima se levantaba en todo el reino como rival de los virreyes; las corporaciones religiosas constituían también un gran poder; el formidable tribunal del santo oficio dominaba todas las conciencias y encadenaba todas las fuerzas; el tribunal de la cruzada venía a reforzar el poder eclesiástico; y hasta el juzgado de difuntos le apoyaba, haciendo valer las disposiciones piadosas que dominaban en los testamentos.

 

La instrucción pública, los establecimientos de beneficencia y las cofradías popularizaban la autoridad de la Iglesia; sus posesiones eran tantas que, al decir de un viajero, hubiera podido hacer al Rey su vasallo; los clérigos, frailes y monjas formaron más del séptimo de la población de Lima.

 

Respetando siempre los derechos de la Iglesia, se mostraban celosos los virreyes en el ejercicio del patronato; moderaban el deseo de fundaciones de piedad; nombraban los curas seculares precediendo el concurso y podían removerlos por concordia; intervenían en las permutas de doctrinas y hacían reconocer su autoridad en las confiadas a los frailes; daban curso a las quejas contra eclesiásticos; podían extrañar a los turbulentos; interponían su veto en las elecciones de provinciales y no dejaban pasar bulas, leyes, ni orden alguna emanada de las autoridades eclesiásticas sin el correspondiente permiso del Consejo de Indias. Mas, aunque los obispos prestaban juramento de respetar el patronato, resistieron tenazmente su amplio ejercicio, y el clero apoyado en sus fueros solía sustraerse a toda responsabilidad efectiva. El orden público se vio a veces comprometido por la exaltación de los frailes, cuyos capítulos solían ofrecer toda la agitación de las elecciones políticas.

Las elecciones capitulares traían y dejaban mucha inquietud en el público; porque disputándose en ellas las riquezas, la consideración, el poder y hasta cierto punto la dirección del movimiento nacional, se ponían en juego todas las pasiones. Todo el mundo tomaba interés en la elección; unos por relaciones de familia, otros por celos de nacionalidad; algunos por participar de la opulencia de los futuros prelados y curas, no pocos por gozar de la influencia de los provinciales, que eran verdaderos potentados en ciertas religiones. Las pandillas, las intrigas y todo género de seducciones se cruzaban entre los conventos y la calle; llovían las noticias y los empeños. Siendo serios los intereses debatidos, profunda la escisión y grande la independencia de los frailes, no siempre podía impedirse, que la agitación degenerara en tumulto, ni que ocasionara vejaciones, muertes y cierta especie de sediciones. Los virreyes necesitaban mezclar la prudencia a la energía; porque eran acusados, a la vez, de no proteger a los vasallos del Rey y de oprimir a personas exentas. La tolerancia era aconsejada por la política para no irritar a los principales auxiliares de la autoridad civil. El gobierno colonial perdió una inmensa fuerza con el desprestigio de la inquisición, la expulsión de los jesuitas y la secularización de las doctrinas que había poseído el clero regular.

 

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