Felipe IV: (1621–1665)

Felipe IV: (1621–1665)

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La audiencia. Felipe IV, aunque tuvo el deseo de las grandes cosas, sólo por la magnitud de sus pérdidas mereció el nombre de «Grande», que le daban los aduladores, y dejó expuesta la ya decadente monarquía a los mayores riesgos. Desde el principio de su reinado participó de los peligros el virreinato del Perú. En Potosí, la poca respetabilidad de los corregidores, la afluencia de gente perdida y las rivalidades mortales entre los vizcaínos de una parte y estremeños, andaluces y criollos de otra produjeron los choques más violentos y el más espantoso desorden. El mal llegó al último extremo, habiéndose apoderado de la autoridad los vicuñas, soldadesca desenfrenada que amenazaba, maltrataba, saqueaba, imponía multas y decretaba muertes como si hubiera tomado la población por asalto.

 

Don Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar.Felizmente llegó al Perú el nuevo virrey don Diego Fernández de Córdova que con el prestigio de ocho años de buen gobierno en México, y con su política sagaz secundada por los vecinos de Potosí, aseguró el sosiego por algunos años. Los vicuñas fueron escarmentados con algunas ejecuciones expeditas; y los que eran verdaderos hombres de guerra hallaron ocupación provechosa peleando en Arauco y Tucumán o acudiendo a la defensa de Lima.

Los holandeses que creían segura su conquista, armaron a todo costo una flota de 11 buques, 300 cañones y 1 613 hombres de desembarco. El virrey, que había tenido noticias oportunas, preparó una eficaz defensa fortificando los desembarcaderos próximos a la capital, encerrando las naves mercantes del Callao en un círculo formado por vigas entrelazadas con abrazaderas de hierro, construyendo lanchas cañoneras y teniendo tres mil hombres prestos para el ataque. Jacobo Heremit, que era el almirante holandés, viéndose rechazado en todas sus acometidas, mal parados dos destacamentos enviados contra Pisco y Guayaquil y que algunos de los suyos conspiraban contra su vida, murió de pesar y por el influjo del no acostumbrado clima. El vicealmirante, después de tributarle los últimos honores, abandonó las costas del Perú que, si bien se vio libre de nuevas invasiones, continuó recibiendo noticias alarmantes.

El odio a los enemigos del reino, que venían a ser los de la religión, volvió a encender las hogueras inquisitoriales, celebrándose un auto muy solemne con muchos penitenciados, entre ellos por hechicera Inés de Castro llamada «la voladora». Homenajes más apacibles fueron ofrecidos a la divinidad con la dedicación de la catedral, hecha en 1625 con tal pompa que las ceremonias duraron desde la mañana hasta la noche. El celo evangélico se hacía sentir en las conversiones ya bastante adelantadas en el Paraguay y muy contrariadas en el Tucumán y en las montañas de Huánuco. El arzobispo de Lima Ocampo, que había salido a visitar su diócesis, murió de súbitos e intensos dolores en Recuay, con sospechas de haber sido envenenado por un indio. En la orden de San Agustín se introdujo la alternativa entre europeos y americanos o, como entonces se decía, chapetones y criollos, para los cargos de provincial y definidores, consultando así la paz y el mejor gobierno de los religiosos.

Por su parte el virrey gobernaba con actividad e inteligencia, protegiendo a los indios, favoreciendo el tráfico con puentes, correos y tambos y recompensando a los beneméritos según sus servicios. Cada día se hacía más difícil premiar los méritos contraídos en el Perú, porque la corte prodigaba las rentas a sus favoritos en los tributos vacantes y se reservaba el tercio al proveer las encomiendas. Al mismo tiempo se acrecían las cargas pidiendo donativos y obsequios casi forzosos, exigiendo la avería con mayor rigor, imponiendo el subsidio eclesiástico y tratando de establecer nuevos impuestos. Por complacer al Soberano, que hacía celebrar como fiesta nacional la llegada de las flotas sin contraste, dejó el marqués de Guadalcázar enteramente exhaustas las cajas de Lima, cuando en 1629 partió para la Península, donde murió tres años después.

 

Don Luis Fernández de Cabrera, conde de Chinchón. Las exigencias de la corte continuaron aumentándose bajo el gobierno del sucesor del marqués de Guadalcázar. Se doblaron la avería y alcabalas para sostener la llamada unión de armas; se sistematizó el pago de la media anata y de la mesada eclesiástica; hubo composición de pulperías; mayor negociación de oficios vendibles, oferta de prórrogas a los encomenderos y solicitud de donativos; se impusieron derechos a la lana de vicuña; se tomó la plata de comunidades; se redujeron los sueldos; y se escatimaron los gastos. Con las nuevas cargas coincidían las ruinosas restricciones, prohibiéndose el comercio con México para que no se extraviara la plata en el tráfico de Filipinas. Las operaciones mercantiles, ya bastante difíciles por las hostilidades de los holandeses que habían conquistado parte del Brasil y por las guerras de España con las principales potencias de Europa, sufrieron en extremo con la persecución de los judíos portugueses, que eran de los principales comerciantes de Lima y de los más activos mineros.

Hubo tres autos inquisitoriales y en el de 1639 ochenta reos, diecisiete de ellos quemados vivos, uno de éstos llamado Maldonado, que era un cirujano muy hábil, viendo que un huracán, tan raro en Lima, rompía la lona del tablado, exclamó: «esto lo ha dispuesto así el Dios de Israel para verme cara a cara».

La persecución y las exacciones tuvieron por resultado inevitable la ruina del crédito tan desarrollado en Lima, que ya funcionaba con gran ventaja el banco de Juan de la Cueva, el cual suspendió sus pagos; ello fue seguido de numerosas quiebras.

Las minas, de cuya opulencia se esperaba todo, no podían reparar inmediatamente  el  mal,  porque  Potosí decaía visiblemente  y Huancavelica sufrió una gran ruina al acelerarse con imprudentes explosiones de pólvora la conclusión de su gran socavón. Mas ya se anunciaban grandes riquezas en el nuevo asiento de Cailloma, cuyos quintos subían a 200 mil pesos, y en el mineral de Pasco descubierto hacia 1630 por el pastor Huaipacha, quien haciendo fuego en los pajonales de Bombón vio entre las piedras y las cenizas la plata derretida.

Un descubrimiento más precioso que los tesoros de Potosí y de Pasco fue el de la corteza de la quina, que el corregidor de Loja instruido por los indios envió a la Condesa de Chinchón para cortarle unas tercianas rebeldes.

La civilización pudo también prometerse mucho de la exploración del Amazonas, que Orellana y los compañeros de Orsúa apenas habían entrevisto y que fue recorrido de 1635 a 1639, desde el río de la Coca al Pará por fray Domingo de Brieda y fray Andrés de Toledo, legos de San Francisco inflamados de celo apostólico; del Pará a Payamino por el capitán Pedro Tejeira con algunas canoas y los mismos religiosos; y otra vez río abajo por Tejeira acompañado de los jesuitas, Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda.

La religión, que era el alma de aquella sociedad, se felicitó pronto de las numerosas conversiones hechas por los jesuitas en Maynas y de las que entre los panataguas y otras tribus inmediatas a Huánuco conseguían los misioneros de San Francisco. Todo contribuía en aquella época a hacer predominar el pensamiento religioso. Amenazada Lima el 27 de noviembre de 1630 de un terremoto violentísimo atribuyó su salvación a la imagen de la virgen, que todavía se venera en la capilla del Milagro, donde el culto se hizo con gran esplendor, sólo igualado por el de los jesuitas en el magnífico templo de San Pablo que se concluyó en 1638. El ejemplo de Santa Rosa había propagado la vida de penitencia y oraciones entre las beatas del siglo, y en los conventos florecían varones de raro ascetismo. El piadoso virrey contribuía por su parte con edictos severos a la reforma de las costumbres, con sus subvenciones a la mayor pompa del culto y con su vigilancia a que la tropa frecuentase los sacramentos.

No por eso se descuidaba el enviar a Chile 1 044 soldados y 3073 pesos para la guerra con los araucanos, el contribuir con hombres, armas y fondos a la pacificación de los chalcaquis de Tucumán y de los Uros de Potosí, el tener en Lima los aprestos necesarios contra una invasión holandesa y el atender a las demás necesidades de la guerra, que amagaba por todas partes, habiendo sido necesario derrotar en el Atlántico la escuadra del corsario «Pie de palo» para salvar los galeones.

 

Siendo muy amante del orden, de muy buen juicio y de un carácter muy afable, ordenó el virrey los libros, allanó las competencias de los tribunales, dio muchos autos de buen gobierno, dispensó una protección constante a los indios, deseó establecer un protector de esclavos, puso tajamares en el río, cuidó de la instrucción de los pilotos y situó la dotación de dos cátedras de Medicina en el estanco del Solimán. Mas la deshecha borrasca que iba a correr la monarquía pedía un genio más enérgico, de que felizmente estaba dotado su sucesor.

 

Don Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera.Hacia 1640, gastada la España por guerras ruinosas y por la corrupción del gobierno, perdía a Portugal al que siguieron el Brasil y las colonias orientales, y estuvo cerca de perder a Cataluña, sublevada durante algunos años. El nuevo virrey del Perú, heredero de los talentos militares de las ilustres casas, cuyos apellidos llevaba, y con el celo del Solón peruano, cuya sangre corría por sus venas, puso el Perú a cubierto de las invasiones que le amenazaban. Buenos Aires quedó protegido de los ataques inminentes por parte del Brasil. En las reducciones del Paraguay se dieron armas a los indios para proteger la frontera y rechazar a los mamelucos de San Pablo, que los reducían a la esclavitud. Los holandeses, que habían enviado una escuadra a Valdivia para establecer allí la base de sus conquistas y correrías en el Pacífico, tuvieron que retirarse porque los araucanos, entonces en buenas relaciones con los colonos españoles, se les declararon hostiles, y sufrieron otras muchas contrariedades. Ya había ido en su persecución una escuadra construida por el marqués de Mancera, que era la más fuerte de las equipadas en el Pacífico. A falta de enemigos con quienes combatir, echó las bases de las imponentes fortalezas de Valdivia. También se fortificó a Valparaíso. El Callao fue circunvalado de piedra con trece fortines y cañones de bronce, y en todo el virreinato se tomaron buenas disposiciones militares.

Lo más notable en estos armamentos fue la economía con que se realizaron, sin que se dejase de socorrer al Rey en las flotas, y sin aumentar los impuestos de una manera sensible. La contribución del papel sellado y otros nuevos arbitrios produjeron muy poco; y sólo se obtuvo una entrada notable de la composición de tierras que fue en verdad muy perjudicial a los indios, pero que se reparó en parte aliviándolos en algunas provincias del excesivo tributo y después con la devolución de posesiones injustamente arrebatadas.

El verdadero manantial de las rentas se halló en el impulso dado a las minas con la prosperidad de Huancavelica, en la que se concluyó un magnífico socavón y se mejoró el asiento con los mineros. Mas la verdadera fuerza del gobierno eran las creencias que, si todavía se desvirtuaban con autos inquisitoriales, hicieron pocas víctimas, vinieron en auxilio de las clases oprimidas, con una caridad sincera y reformaron la sociedad entera con las virtudes de varones piadosos.

Son de este tiempo el venerable Martín de Porras, mulato que extendía su celo caritativo a los animales y para aliviar a sus semejantes quería ser vendido como esclavo; el venerable Juan Masías, otro dominico de igual caridad y costumbres austeras; fray Elías de la Eternidad; el penitente mercedario Urraca; el estático jesuita Allosa y el venerable padre Castillo, que principiaba a ser el apóstol de Lima.

Los jesuitas, que ejercían el mayor ascendiente en la capital por su ciencia y por sus virtudes, mostraron en el Paraguay una exaltación poco religiosa. Habían reconocido como obispo al franciscano fray Bernardino de Cárdenas, que se había hecho un nombre ilustre en otras misiones; mas habiendo tratado de visitar las de la compañía, pusieron en duda la validez de su consagración, promovieron un cisma y le arrojaron violentamente de su sede. Sostenido el obispo por su gran prestigio y por los enemigos de los jesuitas, que abundaban en la Asunción, recobró su autoridad; y llegando a gobernar el Paraguay persiguió a su vez a sus enemigos.

Tan graves escándalos dejaban intacta la fe de los colonos, que estaba a prueba de mayores contradicciones y que vinieron a fortificar en el Norte las formidables erupciones de los volcanes de Quito, y en el Sur el terremoto de 1647, que en Santiago de Chile hizo perecer dos mil personas. Los disturbios del Paraguay cesaron con la venida del conde de Salvatierra, que se declaró por los jesuitas.

 

Don García Sarmiento, conde de Salvatierra. El sucesor del marqués de Mancera había sido en el virreinato de México instrumento de la compañía para perseguir al venerable Palafox, obispo de la Puebla de los Ángeles, y contando con su decidida cooperación expulsaron a viva fuerza y trataron con suma dureza a fray Bernardino de Cárdenas. Las misiones del Paraguay libres de toda inspección pudieron recibir de lleno su organización especial, que venía a ser el comunismo de los Incas mejorado por el evangelio y algunos han considerado como un ideal de repúblicas cristianas; pero que en realidad sólo era una iniciación a la vida civil, buena para sacar a los salvajes de las miserias de la barbarie, e incapaz de prolongarse sin menoscabo de la dignidad humana y sin cerrar el camino al progreso.

También hicieron sentir los misioneros de la compañía las primeras dulzuras de la civilización a los salvajes del Amazonas, aunque su obra no fue tan acabada, ni tan estable como en el Paraguay. En Lima producían conversiones admirables, pero por lo común efímeras, los sermones del padre Castillo en la plazuela del Baratillo y en la capilla de los Desamparados, uniéndose a una voz penetrante un lenguaje de terror y el espectáculo de calavera, crucifijo e imágenes horribles; elocuencia teatral conforme al gusto dominante, a la que daban un singular peso las austeras virtudes y el celo apostólico del jesuita.

En el Cuzco se exhibieron las penitencias públicas más extraordinarias a consecuencia del terremoto que en 1650 devastó las provincias interiores. Las principales ciudades hicieron demostraciones singulares de devoción por desagraviar al Santísimo Sacramento del hurto sacrílego de las formas cometido en Quito, y en reconocimiento de la aparición milagrosa del niño Jesús en la hostia consagrada, que atestiguaban los religiosos de San Francisco y muchos indios del pueblo de Etén.

Era fácil entregarse a los dulces arrebatos de la devoción por la profunda paz de que gozaba el virreinato, habiéndose suspendido por las circunstancias de la Europa el temor a las agresiones marítimas. La prosperidad general permitió levantar en Lima la hermosa fuente de bronce, que todavía adorna su plaza.

Una gran falsificación hizo concebir serios temores por la riqueza pública. Confiados, en que los cajones de plata se remitían cerrados de Potosí a Portobelo y eran recibidos en aquella feria sin ningún registro, adulteraron algunos especuladores de Potosí la moneda con un quinto de cobre. Descubierto el fraude en Europa, fue pagado el quebranto por los honrados comerciantes de Sevilla. Nestares, presidente de La Plata, condenó a muerte entre otros culpables al alcalde de la hermandad Roche, quien no pudo rescatar su vida ofreciendo grandes tesoros. Al declararse el valor de la moneda de baja ley conocieron muchos tenedores que su fortuna había sufrido una reducción enorme. La alarma, aunque bastante viva, no fue de larga duración, y los mineros de Potosí fueron dispensados del pago de algunos derechos.

Peligros más graves y más duraderos obligaron al virrey a permanecer en Lima después de la llegada de su sucesor, el conde de Alba de Aliste, y fueron en aumento casi hasta el fin del siglo.

 

Don Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Aliste.La conquista de la Jamaica por los ingleses ofreció un asilo y un mercado a los filibusteros, audaces aventureros, que iban a formar una república flotante organizada para el botín y que apoyados en su valor, digno de las mejores causas, en el espantoso abatimiento de la España, en el desamparo de sus colonias y en el celo de las potencias marítimas principiaron a ejercer terribles piraterías.

Como si no bastaran sus depredaciones, se perdían armada tras armada; cerca de Cádiz la mandada por el marqués de Baides, que combatido por el inglés Blake prefirió irse a pique a enriquecer a sus contrarios; la del mar del Sur, en un naufragio involuntario; y la flota salida de España destruida en gran parte por las tempestades.

Las minas de Potosí, que debían de reparar todas las pérdidas, estaban en un empobrecimiento rápido. Los mineros temieron la ruina completa al saber que el obispo de Santa Marta, enviado de visitador al mineral, quería abolir la mita; proyecto que fracasó con su muerte súbita, no sin sospechas de veneno. Mas cerca de Puno descubrían José y Gaspar Salcedo la mina de Laicacota, que prometía riquezas prodigiosas.

Mayor opulencia se esperaba del descubrimiento del gran Paititi, dorado fabuloso, superior a la esplendente corte de los Incas, que por mucho tiempo se había supuesto vagamente en la hoya del Amazonas, y que Pedro Bohorques, inquieto andaluz, pretendía hallar hacia el gran Chaco. El atrevido impostor, logrando pasar por heredero de los Incas, se hacia llevar en andas por los calchaquis, engañaba al gobernador del Tucumán, y aun era protegido por los jesuitas en el interés de sus reducciones; pero siendo más intrigante que capaz, disgustó a todos; entró en lucha con el gobierno, y habiéndose presentado con la esperanza de un indulto vino preso a Lima.

Los terrores, las pompas del culto, el desacuerdo de las autoridades y la discusión de una gran reforma traían distraída a la capital de las empresas lejanas. En 1657 se sintió un terremoto que amenazó un estrago universal y causó grandes ruinas. La ciudad conmovida por el padre Castillo hizo penitencias públicas, en que la ceniza, las pesadas cruces, las coronas de espinas, los sacos, cadenas y azotes infundían sumo pavor. La aflicción fue tanta como la alegre pompa que había de desplegar la universidad dos años después para celebrar el breve de la Inmaculada Concepción. La fama renovó la memoria de estos terrores al anunciar en 1660 la formidable erupción del Pichincha, que consternó a Quito.

La piedad exaltada no se dirigía felizmente a las persecuciones, sino a las obras de beneficencia. El agustino Badillo acababa el hospital de San Bartolomé destinado a los negros. Fundábase un colegio para niñas expósitas que se puso bajo el patronato del santo oficio.

El formidable tribunal gozaba de tal ascendiente que quiso someter al mismo virrey a su autoridad, haciéndole entregar un papel inserto en el índice de los libros prohibidos. No obstante su prestigio por ser el primer grande de España que venía a gobernar el Perú, y por haber gobernado con crédito a México, se vio también expuesto el conde a las reprensiones de los predicadores en las funciones más solemnes. Toleró con suma bondad la del padre Allosa, en atención a sus virtudes, mas hizo entrar en el deber a otros menos recomendables; y el fiscal publicó un bien meditado escrito para que no se renovara semejante desorden.

 

Para la mejor protección de los neófitos se incorporaban las misiones del Amazonas al gobierno de Maynas, y en el interés de la ciencia se creaba la plaza del cosmógrafo, que honró por primera vez Lozano observando el cometa de 1660.

La gran reforma que se proyectaba era en favor de los indios, cuyas intolerables vejaciones había representado al Monarca en una carta el digno alcalde del crimen, Padilla. Por orden de Felipe IV se formó una junta compuesta del virrey, arzobispo, oidores y otras personas eminentes para remediar las injusticias; y desde luego, además de algunas medidas paliativas, publicó el protector de los indios la citada carta con comentarios que ponían al descubierto la extensión del mal. La discusión de remedios más eficaces quedó reservada al benévolo sucesor del conde de Alba de Aliste.

 

Don Diego de Benavides, conde de Santisteban.Felipe IV reprodujo las órdenes encaminadas al buen tratamiento de los indios. Una junta, en la que entraba Padilla, debía reunirse dos veces por semana para oír sus quejas y arrancarlos a la servidumbre. Los obrajes, instrumento general de la opresión, quedaron sujetos a una extensa ordenanza, con la que se trataba de impedir los abusos de la fuerza y asegurar la moderación en las tareas y su retribución equitativa.

Cuidados más apremiantes desviaron la atención de las reformas, en que se trabajaba con sincero celo. Padilla fue enviado a Ica, arruinada en 1664 por un terremoto en que perecieron 300 personas y que hizo renovar las penitencias públicas de Lima. La invasión inminente de los piratas obligaba al gobierno a atender a la defensa de Chile y Panamá con armas y posiciones. Para mejorar la educación militar se unía la cátedra de Matemáticas al empleo de cosmógrafo; y para sostener las armadas que demandaban mayores gastos, aunque su marcha principió a retardarse, se encargaba al Consulado la administración de la avería, alcabalas y almojarifazgo.

La situación interior causaba serias inquietudes. Las misiones de Maynas sufrían mucho por una epidemia de viruela en la que murieron 28 mil neófitos, por las invasiones, ya de los salvajes vecinos, ya de los brasileros y por la inconstancia natural de los recién convertidos.

En las minas de Laicacota, adonde acudían todos los hombres emprendedores atraídos por la generosidad de los Salcedos, se renovaron los desórdenes ocurridos en Potosí a principios de este reinado. Habiéndose expulsado a la gente perdida y sin temor a la justicia, los desterra

dos unidos a los díscolos de la Paz, mataron al corregidor que les había acogido y a otras varias personas; saquearon algunas casas; y levantando una fuerza militar se dirigieron a Laicacota. Felizmente en un encuentro con las fuerzas del gobierno perecieron muchos y el resto fue ahuyentado por temor al castigo. El mineral volvió a alterarse por la discordia entre los andaluces y criollos de una parte y los vizcaínos y montañeses de la contraria. Hubo incendios, reyertas mortales y desacatos a la autoridad. El campo quedó al principio para los vizcaínos. Mas protegidos sus rivales por los Salcedos y por el corregidor de Cabana levantaron en Juliaca 900 hombres para recobrar el asiento. El virrey, cuyas providencias no eran obedecidas, encargó la obra de la pacificación al obispo de Arequipa fray Juan de Almoguera. Mas antes de que hubiera lugar a los buenos oficios, ocuparon los fugitivos Laicacota, matando a varias personas e hiriendo gravemente al corregidor.

El virrey murió de pesar a los nueve días de haber recibido tan alarmante noticia. Meses antes había muerto Felipe IV, afligido por el abatimiento de la monarquía y diciendo a Carlos II, niño de cuatro años: «quiera Dios, hijo mío, que seas más venturoso que yo».

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