Felipe II: (1700 1746)

Felipe II: (1700 1746)

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Advenimiento de los Borbones. El clero de Lima apegado a la tradición y demasiado favorecido por la casa de Austria se inclinaba poco a Felipe V, nieto de Luis XIV. Mas como Carlos II le había nombrado por su sucesor, el Papa había aprobado este nombramiento y la metrópoli reconocía la nueva dinastía, el Perú se mostró también decidido por los Borbones. Esta decisión fue apoyada por el popular virrey, sobrino del cardenal Portocarrero, que había influido mucho en el testamento del difunto Monarca. Cuando meses después estalló en Europa la larga guerra de sucesión, los peruanos se adhirieron más a un soberano, que veían combatido por las potencias marítimas siempre hostiles a las colonias españolas, y apoyado por la Francia, cuyos buques entraron en el Pacífico como auxiliares y como comerciantes. Su venida fue un golpe mortal para el monopolio de los galeones, que en vano se intentó sostener con toda suerte de arbitrios. Las deferencias que era necesario guardar a la Francia, la necesidad de hallar en el tráfico prohibido los recursos acostumbrados del comercio colonial y el interés que los pueblos reconocieron en la compra de efectos más baratos o más apreciados, arraigaron profundamente el contrabando. Monclova lo toleró hasta su muerte acaecida en 1706. La audiencia no pudo reprimirlo y el nuevo virrey lo estimuló con su propio ejemplo.

Con el comercio extranjero vinieron nuevos goces; nuevas ideas y un aumento de actividad que era también estimulado por la regeneración de la España fueron debilitando las preocupaciones; y principió un progreso visible que condujo irresistiblemente a la emancipación, siendo desde luego gradual y suave la transición que la guerra de independencia había de terminar con súbitas violencias. Los Borbones y sus virreyes contribuían indirectamente a este cambio radical, tanto por sus buenas medidas, como por sus abusos.

 

Don Manuel Oms de Semanal, marqués de Castel dos Rius.Agraciado con el virreinato del Perú desde el advenimiento de Felipe V por haberse hallado de embajador de España en París a la muerte de Carlos II y haber sido el primero que reconoció al nuevo Soberano, no pudo embarcarse sino en la flota de 1705 y llegó a Lima el año siguiente. Su primer cuidado fue enviar en los galeones de 1707 abundantes fondos de que escaseaba la corte de Madrid. Los ingleses, que le hacían la guerra y ya habían tomado una rica presa en Vigo, atacaron la escuadra junto a Cartagena, echaron a pique tres buques y en otro tomaron cinco millones de pesos. Poco después entraba el almirante Rogers en el Pacífico, saqueaba a Paita, imponía un rescate a Guayaquil y sólo se retiraba, sabiendo que navegaban en su persecución los buques franceses y las fuerzas aprestadas en Lima. Aquí se alistaron para la defensa hasta los estudiantes de la universidad, y todos mostraron el mayor entusiasmo.

 

El virrey, libre de estos cuidados, reunía en su casa una academia de poetas para favorecer el movimiento literario, celebraba el nacimiento del príncipe Luis Fernando representando comedias que él mismo componía, y paralelamente se enriquecía ejerciendo el contrabando con poco recato. Algunos descontentos de sus providencias, el almirante francés por el interés del comercio de sus compatriotas y muchas personas escandalizadas de ver el palacio convertido en almacén, teatro y algo peor, elevaron sus quejas a la corte, cuidando de que no llegaran a tiempo las comunicaciones del marqués, a fin de que no pudiese hacer valer su influjo. De ese modo lograron su inmediata deposición, que no se llevó a efecto porque le sirvió de ángel de la guarda su hija doña Catalina Semanat, dama de la Reina, alegando en favor de su padre los grandes servicios hechos a la Corona por él y por toda su familia. La muerte vino a sorprenderle después en el ejercicio de su cargo.

Al principio de este gobierno, el 7 de septiembre de 1707, se sintió en la provincia de Paruro un terremoto, en el que una hacienda pasó el río de Velille con casa, huerta y gente, la que, según cuentan, estaba dormida y no sintió la trasplantación.

 

Don Diego Guevara, Obispo de Quito.En el pliego secreto de provisiones estaban designados sucesivamente los obispos del Cuzco, Arequipa y Quito, el último de los cuales por haber fallecido antes los otros dos, vino a suceder al marqués de Castel dos Rius. Ya de antemano había manifestado su decisión por la casa de Borbón, sosteniendo los derechos de Felipe V en una pastoral. En el virreinato la sirvió con celo y pureza.

No menos decidido en favor de la religión protegió la fundación de las monjas capuchinas y la religión de la Buenamuerte. La piedad brilló de un modo singular cuando se supo que una mano sacrílega había robado el copón del Sagrario de la Catedral. Las iglesias se vistieron de luto y la ciudad estuvo llena de consternación, hasta que se descubrieron las formas consagradas que estaban ocultas en la Alameda de los descalzos, junto al lugar donde hoy existe la capilla de Santa Liberata. El obispo corrió a pie, sin cubrirse la cabeza y volvió con su sagrado depósito en triunfo entre los entusiastas aplausos de la cristiana muchedumbre. El negro, que había hallado las hostias, fue agraciado con la libertad; castigose severamente al reo, y para recordar el feliz hallazgo se fundó la indicada capilla con su correspondiente dotación.

Alguna inquietud despertó en las costas del Pacífico la entrada de un corsario inglés, que no tardó en alejarse. Molestias más duraderas y frecuentes causaban a Lima los negros cimarrones, que habían hecho un palenque en los vecinos montes de Huachipa, de donde salían a asaltar a los hacendados y traficantes. Fue necesaria una campaña formal para destruir su fortificación, desalojarlos del bosque y acabar con sus correrías. Mientras se les escarmentaba con severos castigos, se prohibió en beneficio de los indios el aguardiente de caña, cuyo abuso les causaba grandes estragos.

No pudiendo cortar el tráfico ilícito, se procuró regularizarlo ordenando que los buques franceses introdujesen sus mercancías por el Callao, pagando un seis por ciento a la aduana. Los habitantes de la capital estaban agradecidos a esta medida, que redundaba en beneficio del común, así como al pago de sueldos atrasados y a la tolerancia con deudores insolventes. Mas la corte no llevaba a bien condescendencias perjudiciales al fisco, y determinada a proscribir el comercio francés, porque la paz le había devuelto viejas pretensiones, nombró un virrey más acomodado a sus miras. El obispo no quiso ausentarse de Lima hasta haberse justificado en la residencia y murió en México cuando regresaba para España. En su tiempo se descubrió un riquísimo mineral en Carabaya y se malogró por las sangrientas discordias de los mineros.

 

Don Carmine Nicolás Caraciolo, Príncipe de Santo Bono.Para desalojar a los buques extranjeros se enviaron al Pacífico tres navíos de guerra, de los que sólo dos pudieron pasar el Cabo de Hornos, mas fueron bastantes para apoderarse de cinco buques holandeses con considerable carga. Estas presas, que lisonjeaban mucho al fisco, no influyeron eficazmente en la disminución del contrabando, que estaba ya perfectamente arreglado y se hacía por México, el istmo de Panamá, al través de Nueva Granada desde Cartagena a Quito, por Buenos Aires y de tiempo en tiempo por el Cabo de Hornos. Este tráfico ilícito y extenso, que los amigos del monopolio miraban como una ruina, favorecía a casi todo el virreinato, especialmente a las provincias más remotas; vino a aliviar en parte los sufrimientos de una epidemia mortífera que afligió a la sierra durante tres años; y moderó las privaciones de una carestía en que la fanega de trigo llegó a costar 50 pesos.

Durante el gobierno del príncipe se erigió por primera vez el virreinato de Santa Fe, al que estuvo incorporada la presidencia de Quito; y se ordenó su abolición antes de los tres años por competencias con el virreinato del Perú, para restablecerlo en 1740.

Es un indicio memorable del cambio que las ideas iban experimentando en estos tiempos, la extracción violenta de un reo que se había asilado en el convento de los Descalzos, el cual murió en el tormento, mientras la autoridad eclesiástica solicitaba su libertad fulminando excomuniones y entredichos. El alcalde autor de estos rigores, que pocos años antes habría muerto en la inquisición, fue absuelto y todas las censuras se levantaron después de haber consultado a una junta solemne de eclesiásticos. Así en España como en las colonias el poder civil iba venciendo la supremacía del clero que, si al fin de este reinado volvió a ejercer una influencia preponderante, no tardó en ceder al espíritu del siglo.

 

Don Diego Morcillo y Auñón, arzobispo de Lima.Este prelado, que había gobernado al Perú durante cincuenta días en el intervalo del obispo al príncipe y había regresado enseguida a su arzobispado de La Plata, obtuvo el de Lima y el gobierno civil por sus servicios y por sus magníficos donativos al Monarca. Ocupose como su antecesor en la persecución del contrabando y, como él, logró poco fruto. Es verdad que con una demostración enérgica alejó del Callao a cinco buques franceses que bajo pretexto de arribada querían expender su carga. También ahuyentó al corsario inglés Chiperton, para lo que hizo grandes gastos. Mas la corte, que no tardó en concluir la paz con Inglaterra, autorizó a los ingleses para que vendieran en Panamá la carga de un buque de 650 toneladas y también les concedió el privilegio de introducir esclavos. Validos de este asiento de negros y del navío del permiso, que cargándose y descargándose repetidas veces venía a ser el tonel de las danaides, introducían más de lo que podía consumirse y monopolizaban el comercio colonial. Los nuevos reglamentos con que la España trató de asegurar el cobro de derechos de aduana favorecían otra especie de contrabando.

Viendo la hacienda expuesta a tantos quebrantos se acordó, para mejorarla, que las encomiendas se fuesen incorporando a la Corona; lo que si bien fue acrecentando las rentas con el tributo de los indios, quitó a los virreyes la importante cooperación de la nobleza privada en adelante del más apetecido premio. El gobierno colonial se privaba imprudentemente de poderosos auxiliares, cuando ya principiaba a encontrar oposiciones formidables. Irritados los araucanos con las demasías de ciertos capitanes, hacían una guerra de exterminio. En el Paraguay, los excesos de Reyes, gobernador favorecido por los jesuitas, movían a la audiencia de Charcas a enviar de visitador al entendido cuanto audaz Antequera, con la facultad de reasumir el gobierno. El visitador suplantaba al gobernador a quien ponía preso y retenía en la cárcel no obstante la reposición acordada por el virrey arzobispo. Fiado siempre en la protección de los oidores de Charcas, que al fin le faltaron, desafiaba la autoridad suprema, expulsaba de la Asunción a sus rivales los jesuitas y promoviendo el levantamiento de los vecinos con el título azaroso de comuneros no temía sostenerse en su puesto a viva fuerza.

En tanto que los alborotos del Paraguay tomaban cada día mayor incremento, las monjas de la Encarnación causaban en Lima profundos disgustos al arzobispo, llevando al último extremo sus reyertas por la elección de abadesa, en la que dividieron los votos por dos madres igualmente recomendables. El único consuelo capaz de mitigar sinsabores que habían de causarle la muerte, fueron para el Arzobispo los misioneros de Ocopa que con sus esfuerzos apostólicos lograban desde 1709 mucho fruto en las orillas del Chanchamayo, en el Gran Pajonal y en el Pangoa. Estas conversiones que debían perderse pronto, florecieron aún más bajo su enérgico sucesor. En su tiempo fue muy notable una inundación que asoló a Saña ya bastante decaída por el saqueo de los filibusteros.

 

Don José Armendáriz, marqués de Castelfuerte.Apenas instalado el nuevo virrey, tuvo que solemnizar con cortos intervalos el advenimiento de Luis I por renuncia de su padre, la muerte del joven soberano sin que en el Perú se hiciese sentir su gobierno, y la continuación de Felipe V. Estas pomposas ceremonias no le impidieron desplegar la mayor actividad en todos los ramos del gobierno.

Los nobles que habían hecho de sus casas un sagrado para delincuentes, fueron obligados a reconocer los derechos de la justicia con la prisión de uno de los principales vecinos de Lima, que por el asilo dado a un reo murió en el destierro. Los corregidores intimidados con la vigilancia no se atrevieron a enriquecerse tanto a expensas de los pueblos. A su vez fueron apoyados contra las pretensiones del clero y fueron autorizados a informar de las granjerías y desórdenes de los curas. Varios obispos, especialmente el de Huamanga que quería sostener la impunidad de dos párrocos y se permitió algunos ataques contra el patronato, recibieron lecciones severas. Las regalías de la Corona fueron sostenidas con constancia, y los recursos de fuerza apoyados. Las órdenes religiosas lo mismo que el santo oficio hubieron de reconocer la supremacía de los virreyes.

El marqués se hacía perdonar su severidad por la proyección que dispensaba a la religión. Los misioneros de Ocopa, socorridos con seis mil pesos y contando con el apoyo del fuerte del Cerro de la Sal y de las haciendas que prosperaban en Chanchamayo, formaron muchos pueblos de neófitos; y al mismo tiempo se confundían insensiblemente con los indios civilizados las reducciones inmediatas a Pataz, Huánuco, Jauja y otras cabeceras. Con los trabajos del padre Alonso Masías, sucesor del padre Castillo, se estableció sólidamente la devoción de las tres horas. Otros misioneros hacían de la disipada Lima la ciudad más reformada del mundo; por la frecuencia de confesiones y comuniones parecía que todas las iglesias eran de recolección y que todos los días de la semana fueran de fiesta. Por desgracia estas prácticas piadosas que habían tenido días de esplendor por la canonización de San Francisco Solano, se mancharon con un auto inquisitorial en que volvieron a encenderse las hogueras.

El virrey, que quiso asistir a este triunfo indigno de la fe, no se hizo nunca recomendar por su benignidad. Antequera, que después de haber derrotado a las fuerzas de un nuevo gobernador en Tibicuari y ejercido otros actos de audaz oposición, se había entregado a los oidores de Charcas y estaba preso en Lima, no logró ni con su influjo, ni con la más hábil

defensa libertarse del último suplicio. La corte a instancia de los jesuitas dio órdenes apremiantes para la terminación de su proceso. En vano se empeñaron en su favor personas de primera categoría y muy particularmente el comisario de San Francisco; decidida su ejecución salió al patíbulo; y como el pueblo y los franciscanos tratasen de libertarlo gritando tumultuosamente perdón, perdón, fue muerto a balazos por la escolta que le guardaba. Para intimidar a la amotinada muchedumbre, que perseguía a los soldados a pedradas y a palos, salió el virrey a caballo e hizo ejecutar a un compañero de Antequera. En el fuego había muerto un religioso, cuyo cadáver llevaron sus hermanos con demostraciones alarmantes, las que fueron contenidas a tiempo. También se levantaron largos expedientes por las autoridades civil y eclesiástica, que fueron cortados por la corte. Mas los alborotos del Paraguay duraron mucho tiempo y exigieron una atención muy sostenida.

 

Los mestizos de Cochabamba acaudillados por un platero llamado Alejo Calatayud, mataron una partida que debía perseguirlos y tuvieron alarmada la ciudad hasta que fueron escarmentados con el suplicio del cabecilla y otros cómplices. A causa de sus exacciones fueron muertos por los indios los corregidores de Castrovirreina, Cotabamba y otras provincias; pero el castigo de los amotinados dejó el virreinato perfectamente tranquilo. La guerra de los araucanos y la inquietud de las monjas habían cedido a medidas oportunas. Para defenderse de riesgos exteriores se repararon las murallas del Callao y Lima y se mejoró la armada.

Aunque la baja ley de los metales hacía irreparable la ruina de Potosí, el fomento de Huancavelica, la prosperidad de las minas de Huamachuco y Lucanas y la protección de los mineros aumentaron mucho la producción mineral. En las casas de moneda se acuñaron, desde 1724 a 1736, 42 195 804 pesos y tres reales, correspondiendo a cerca de cuatro millones por año. Con esta riqueza y con la mejor organización de la hacienda pudieron cubrirse los sueldos de los empleados, remitirse crecidos situados a Buenos Aires, Chile, Panamá, Cartagena y Santa Marta y hacerle al Rey envíos de importancia. Mas nada bastó para restablecer el comercio de los galeones en que el virrey puso el mayor empeño.

La escuadra enviada a Panamá con plata en 1624 después de diecisiete años de intervalo no hizo  grandes negocios; otra expedición en 1731 sólo tuvo pérdidas. En vano se había perseguido el  contrabando de los ingleses con buques guardacostas y providencias irritantes. En vano el marqués de Torre Tagle y don Ángel Calderón armaron a todo costo buques en corso contra los holandeses que traficaban en el Pacífico a los que hicieron ricas presas; y en vano el virrey procedió enérgicamente contra un buque francés entregado al comercio ilícito. El contrabando entraba por todas partes y tenía su más poderoso auxiliar en los encargados de perseguirle.

Sin otros hechos memorables dejó el marqués de Castelfuerte el gobierno al marqués de Villagarcía. Durante su período hubo frecuentes terremotos que causaron estragos en Chile y en algunas provincias del Perú. En 6 de enero de 1725 se desplomó un cerro de Áncash y sepultó a 1 500 personas.

 

Don Juan Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía.La irritación que producían en Inglaterra las duras medidas del gobierno español contra el contrabando, y el deseo de arrebatarle la posesión de las colonias, dieron lugar a una peligrosa guerra que tuvo constantemente ocupado al sucesor de Castelfuerte. El almirante Anson, que entró por el Pacífico, saqueó a Paita y no pudo conseguir grandes resultados contra Panamá por haberle faltado la cooperación que por la parte del Atlántico debía prestarle otra escuadra inglesa. Todavía más desgraciado el almirante Wernon fue rechazado, con gran pérdida, de Cartagena, cuya conquista había celebrado prematuramente acuñando medallas. Don Sebastián Eslaba a cuyos esfuerzos bien entendidos se debió principalmente la heroica defensa de aquella plaza y que fue nombrado virrey de Santa Fe, pidió con instancias al marqués de Villagarcía 300 mil pesos para costear la armada. No habiendo fondos disponibles, aunque con ocasión de la guerra se había suspendido el pago de sueldos y demás deudas, se levantó un empréstito forzoso de dos millones de pesos, y para satisfacer a los prestamistas un nuevo impuesto sobre los frutos del país. Esta guerra se hallaba en toda su fuerza y exigía crecidos gastos en el sostenimiento de buques venidos de España y otras atenciones militares, cuando disturbios interiores impusieron nuevas cargas al erario.

En Oruro se tramaba una conspiración para un alzamiento que se pensó generalizar con un manifiesto de agravios. Delatados sus cabecillas por un falso conjurado, fueron juzgados por el corregidor y condenados a muerte en breves horas. Esta ejecución expedita y las acusaciones que se dirigían recíprocamente los vecinos, trajeron agitada la villa durante algunos años.

En las montañas de Tarma el indiscreto castigo de un cacique sublevó a los neófitos que mataron a algunos misioneros y ahuyentaron a otros; aprovechándose de esta conmoción de los chunchos entró un indio del Cuzco llamado Juan Santos y fue obedecido en las selvas con los títulos de Atahualpa y Apu Inga. El gran poder que se le atribuía, y el temor de que la revolución se extendiese entre los indios de la sierra, causaron una general alarma; una entrada a las órdenes del general Lamas y otras costosas expediciones se emprendieron sin éxito por los obstáculos insuperables que ofrecían la influencia del clima y el espesor de las selvas; un destacamento dejado en el fuerte de Quimiri fue víctima de las privaciones, enfermedades y flechas de los salvajes. Estos contrastes, que hacían temer males extremos, sólo produjeron la pérdida de las conversiones y algunas depredaciones en las haciendas vecinas. También fueron limitados los daños causados por la sublevación de los neófitos de Calca y Lares.

Aunque con estos territorios se perdieron lavaderos de oro de muchas esperanzas, y aunque por la baja ley de sus metales principió a despoblarse Potosí, el derecho del quinto reducido al diezmo y otras reformas sostuvieron la producción mineral. También se sostuvo y prosperó el comercio colonial con los navíos de registro venidos por el Cabo, cuando en 1737 cesó el movimiento de los galeones, habiendo tenido que hacerse la última remesa al través de Quito y Nueva Granada. Mientras los interesados en el monopolio lamentaban esta interrupción como ruina universal, la baratura de los efectos europeos llenaba a Lima de coches y a sus casas de mejores muebles y hacía más cómoda la existencia en otras poblaciones.

Con el bienestar crecían las luces. Si bien la universidad por la poca concurrencia a las cátedras tenía más doctores que estudiantes, la mejor enseñanza de los colegios y los estudios particulares daban una dirección más sabia y más provechosa a la inteligencia y mejoraban el gusto de una manera admirable. Era sin embargo todavía bastante el atraso para que en el Cuzco se hiciesen rogativas y procesiones por el terror que causó una aurora boreal, para que se atribuyese al castigo de la idolatría el terremoto que desoló a Toro, pueblo de Chumbivilcas; y para que en Lima persiguiese el santo oficio a los hechiceros. Bajo otras inspiraciones encargaba el virrey al escultor Baltazar la bella estatua ecuestre de Felipe V que se colocó en el puente. El artista, tan notable por sus obras como por el desorden de su conducta, murió de susto viendo una noche en su cuarto y no reconociendo a causa de los vapores del vino la viva efigie de la muerte que él mismo había trabajado.

Fue de grandes consecuencias para el Perú la venida de una comisión astronómica para medir en Quito un grado de meridiano. Los académicos franceses que la componían dieron a Europa noticias importantes. Don Jorge Juan y don Antonio Ulloa, ilustres marinos españoles, que también formaban parte de la sabia comisión, contribuyeron eficazmente con sus escritos públicos y con sus noticias secretas a que el Perú fuese mejor conocido y se procurase con más interés la reforma de enormes abusos. También tuvo lugar un reconocimiento de las costas de Patagonia.

El marqués de Villagarcía, que concluyó su período en 1746 y murió cerca del Cabo a su regreso a España, debía dejar esta gloria a su entendido, activo y benéfico sucesor, que trasladado de la presidencia de Chile a fines del reinado de Felipe V, siguió gobernando en los de sus dos hijos.

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