Felipe II (1556 – 1598)  

Felipe II (1556 – 1598)  

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Don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete.El sucesor de Carlos V, que aun bajo el gobierno de su padre había tomado mucha parte en la administración de las Indias, gran político, de actividad admirable y de voluntad fuerte, se mostraba celoso por la justicia, la religión y el orden. El marqués de Cañete, elegido Virrey del Perú por el Emperador, había obtenido poderes tan amplios como Gasca, a cuya prudencia unía la entereza de Blasco Núñez. A su paso por el istmo redujo a los negros cimarrones, que amenazaban a las vidas y haciendas. Habiendo desembarcado en Paita, envió a Lima por mensajero, o como se decía entonces, por embajador, a un individuo de su servidumbre, al que hizo regresar inmediatamente a la Península; porque se había detenido en Paita en devaneos juveniles. En todos los pueblos del tránsito se atrajo el respeto general con su reserva y buenas palabras. Recibido en su augusto cargo hizo recoger las armas; prohibió a los encomenderos viajar sin licencia; nombró corregidores de su confianza; aterró a los sediciosos con el suplicio de Vásquez, Piedrahita, Robles y otros antiguos culpables que descansaban en la fe de los indultos; premió con encomiendas y rentas a los beneméritos; y no pudiendo acallar a otros pretendientes, les obligó a que se embarcaran para España donde el Rey les haría justicia según sus servicios. Su hijo don García de Mendoza fue enviado a Chile para reducir a los araucanos, que habían dado muerte a Valdivia y destruido algunas poblaciones castellanas.

 

Para guardia del gobierno se creó un escuadrón de cien lanzas con el sueldo anual de 1 000 ducados cada plaza y una compañía de cincuenta arcabuceros con el de 1 500.

La sumisión de los indios se procuró asegurar sacando de las montañas de Vilcabamba a Sairi Tupac, heredero de Manco. Traído a Lima y muy atendido por toda clase de personas, renunció su soberanía por una renta de veinte mil ducados y otras mercedes. Al entregársele la cédula después de un festín tomó una hebra del fleco de la sobremesa y exclamó:

«todo este paño y su guarnición eran míos, y ahora me dan este pelito para mi sustento y el de toda mi casa». Habiéndose convertido a la religión cristiana, se retiró a Yucay y murió a los tres años devorado por la tristeza.

Para dar ventajosa ocupación a los hombres laboriosos se fundaron la ciudad de Cuenca en la sierra, el pueblo de Cañete en el valle de Huarco y el de Saña entre Trujillo y San Miguel. Para auxilio de los enfermos se construyó el hospital de San Andrés.

Algunas obras que prometían grandes ventajas, no tuvieron buen éxito; tales fueron el desagüe de la laguna de Muina para sacar la cadena de oro con que, según dicen, fue celebrado el nacimiento de Huascar; una expedición naval para explorar el estrecho de Magallanes; y la expedición al Dorado que fue la de fin más desastroso.

 

Por falaces rumores se creía que hacia la parte inferior del Amazonas existía un país muy opulento; y para su conquista fue enviado don Pedro de Ursúa, distinguido conquistador de Nueva Granada, quien llevó en su compañía a la bella doña Inés, origen de su infortunio. La gente turbulenta enrolada en la empresa y los asesinatos cometidos al principio hicieron presagiar que acabaría de un modo sangriento; y en efecto, descontentos por los primeros sufrimientos y aguijoneados por las malas pasiones, dieron algunos amotinados de puñaladas a Ursúa, y pocos días después a doña Inés. Don Fernando de Guzmán, a quien habían proclamado príncipe del Perú, y otros jefes de la conspiración fueron muertos por un desalmado llamado el loco Aguirre, que en su bajada por el Marañón, en su salida al Océano por una de las bocas del Orinoco, en su arribo a la Margarita, y en sus correrías por Venezuela, fue señalando sus huellas con la muerte de sus soldados, de habitantes inofensivos y de su propia hija, y al fin fue muerto a tiros.

El marqués de Cañete, que había hecho importantes servicios, tanto en la administración general, como en el manejo de rentas, pedía a Felipe II junto con la licencia la recompensa merecida. Mas recibiendo sólo desaires murió de pesar a los pocos días, después que su sucesor, el conde de Nieva, al participarle su llegada, le trató de simple Señoría y no de Excelencia.

 

Don Diego de Acevedo y Zúñiga, conde de Nieva.Encontrando el gobierno firmemente establecido, pudo el conde de Nieva dedicarse sin oposición alguna a empresas de utilidad general; fundó el pueblo de Arnedo en el valle de Chancay, adonde se proponía trasladar la universidad, y el de Ica en el valle de este nombre; estableció un colegio de educandas; fomentó otras erecciones piadosas; introdujo la etiqueta de los asientos y tratamientos; y se ocupaba de otras mejoras, cuando pereció a manos de unos negros por orden de un esposo ofendido.

 

La audiencia y el licenciado don Lope García de Castro.Para evitar peligrosos escándalos se contentó la audiencia con hacer las primeras diligencias judiciales acerca de la muerte del virrey. El licenciado don Lope García de Castro, a quien se confió el gobierno del virreinato con el título de Presidente, creyó también prudente sobreseer en el proceso. Para la mejor organización de la colonia se dividió el Perú en cierto número de provincias gobernadas por corregidores; las ciudades pobladas por españoles tuvieron cabildos con alcaldes y regidores; al gobierno de los indios se atendió reconociendo la autoridad de los caciques; y la capital recibió algunas ordenanzas. En el interés del fisco se establecieron los derechos de aduana, que entonces se llamaban «almojarifazgo». La minería, que principiaba a decaer, recibió un fuerte impulso por el descubrimiento de la mina de azogue de Huancavelica hecho por Navincopa, indio de Izcuchaca, y comunicado a su amo Amador de Cabrera. En el reino de Chile se trató de colonizar las islas de Chiloé, donde se fundó el pueblo de Castro en honor del presidente. Su sobrino el joven don Álvaro de Mendaña partió del Callao el 19 de noviembre de 1567 con dos navíos para hacer descubrimientos en la Oceanía y tuvo la gloria de explorar las islas de Salomón.

La religión, por cuyas inspiraciones se realizaban en gran parte semejantes empresas, consolidaba al mismo tiempo la civilización colonial mediante los esfuerzos apostólicos de los misioneros; y para distinguirse entre los operarios del evangelio llegaron en 1567 los jesuitas que iban a ejercer una influencia predominante en las misiones, en la educación y en las demás instituciones, así civiles como religiosas. En dicho año celebró el arzobispo Loaysa el segundo Concilio de Lima. En el siguiente fijó Felipe II  las bases de la administración del Perú; y para plantificarla nombró virrey a su mayordomo don Francisco de Toledo, hijo segundo del conde de Oropesa.

 

Don Francisco de Toledo.El nuevo virrey, digno representante de Felipe II, se propuso llevar a cabo la reforma, aunque hubiera de sacrificar su gusto y su crédito. Observándolo todo para conocer bien el país, gastó en su visita cinco años. Auxiliado con las luces del licenciado Ondegardo, el jesuita Acosta, el oidor Matienzo y otros hombres eminentes; secundado por visitadores celosos e incansable en arreglarlo todo con providencias y ordenanzas, donde quiera dejó huellas duraderas de su administración vigorosa e inteligente conforme al espíritu de la época. Mas la razón de estado le hizo incurrir en un atentado político que fue el crimen definitivo de la conquista.

El inca Tupac Amaru conservaba en Vilcabamba una corte que inquietaba a los colonos y podía convertirse en núcleo de una insurrección formidable. No habiendo podido reducirle por la vía de las negociaciones, se le sacó a viva fuerza al Cuzco y se le condenó a muerte por tirano y traidor a su Majestad, con inmenso dolor de los naturales y contra la opinión del obispo, el ayuntamiento y otras personas notables. Según se cuenta, el mismo Felipe II reprobó también esta ejecución, diciendo secamente a Toledo, la primera vez que volvió muchos años después a presentarse en la corte: «Idos a vuestra casa, que yo no os envié al Perú para matar reyes, sino para servir a reyes».

Para borrar el apego a las antiguas instituciones se destruyó el ídolo de Huanacaure y se llevaron a Lima los cadáveres de los Incas. El virrey desplegó también sumo rigor contra los españoles que causaban alguna inquietud en Santa Cruz de la sierra y en el Tucumán. Para reprimir a los araucanos se enviaron algunos refuerzos a Chile. Las invasiones de los Chirihuanas, que infestaban los confines del Perú y el río de La Plata, fueron contenidas con la fundación de Tarija, Cochabamba y otras poblaciones fronterizas. Para la mejor administración de justicia se estableció en la audiencia de Lima una sala del crimen con cuatro alcaldes; y en todas las provincias se organizó el gobierno de corregidores. En las ciudades, además de los alcaldes y cabildos, se establecieron amigables componedores y un juez de naturales. También se crearon alcaldes y alguaciles en las poblaciones de indios; se dieron ordenanzas severas a los caciques; y en los lugares visitados se les restituyó un millón y medio de pesos que se debía a los indios por sus jornales; de lo que, agradecidos, decían que desde el buen Tupac Yupanqui no había estado la tierra tan bien gobernada.

En ordenanzas rigorosas y muy detalladas se fijaron los deberes de los corregidores y de los empleados municipales, la policía local, la administración y guarda de la hacienda en las cajas reales, el tributo moderado, que debían pagar los indios desde la edad de dieciocho años a la de cincuenta, los trabajos a que habían de acudir conforme a la mita o rotación, señalándose al mineral de Potosí doce mil ciento veinte mitayos y al de Huancavelica tres mil seiscientos, el precio de los diferentes servicios, el cultivo de la coca, la condición de los yanaconas establecidos en muchas haciendas, y los demás objetos que según las ideas dominantes debían sistematizarse en beneficio del común y para engrandecer el Perú con la paz y la justicia.

 

La obra más larga, y el principal objeto de la visita general, fue la reducción de los indios a pueblos grandes donde pudieran ser doctrinados y recibir los beneficios de la civilización evangélica. Fundáronse muchos centenares de reducciones, bien situadas, con calles regulares, iglesias, casas de cabildo, cárceles, lugar para hospitales, tierras de comunidad y asistencia forzosa del doctrinero. También se acordó la erección de dos colegios, uno en Lima y otro en el Cuzco, donde debían educarse los hijos de los caciques.

Las poblaciones españolas recibían al mismo tiempo buenas casas de cabildo, cárceles, hospitales, otros establecimientos públicos y grandes mejoras en los edificios particulares. En Lima se hacía efectiva la enseñanza de la universidad, creando y dotando cátedras de Gramática

castellana, Quechua, Latinidad, Filosofía, Teología, ambos Derechos y Medicina. Aunque los estudios médicos no llegaron a instalarse, estaba un médico a la cabeza de los estudios generales y se creó el protomedicato. Al pie del mineral de azogue se levantó Huancavelica, a la que el virrey llamó Villarrica de Oropesa en recuerdo de su casa. La prosperidad de la minería, favorecida con el beneficio del azogue recién introducido por Velasco fue tal que el asiento de Potosí valió al Rey más de quinientos mil pesos anuales.

El clero, que había sido señor absoluto del país, reconoció la autoridad del gobierno, habiéndose establecido sólidamente los derechos del patronato, por el que se reservaba la Corona la provisión de todos los beneficios eclesiásticos, se prohibía edificar iglesias, monasterios y lugares píos sin real licencia, y se exigía el pase del Consejo de Indias para los breves del Papa y para toda decisión religiosa.

Para la defensa de la fe se decretó en 1569 el establecimiento en Lima del tribunal de la inquisición. Ya se habían celebrado tres autos de fe por el arzobispo. En el primer auto inquisitorial celebrado en 1573 fue condenado a la hoguera Mateo Salado, luterano francés. El 13 de abril de 1578 se verificó otro auto con la mayor solemnidad y con una concurrencia inmensa, saliendo penitenciados dieciséis reos, entre ellos un escribano, un jurista, dos clérigos, dos religiosos mercedarios y dos dominicos, y siendo quemado vivo fray Francisco de la Cruz, que se daba por nuevo Mesías y propagaba doctrinas tan inmorales, como extravagantes.

Los rigores de la inquisición no libertaron al Perú de las invasiones de los herejes. El célebre Francisco Drake que había salido de Inglaterra a fines de 1577, hizo algunas presas en las costas de Chile, se apoderó de una barquilla en Arica, saqueó el Callao, tomó a la altura de Panamá naves henchidas de riquezas, y a fines de 1580 arribó a Inglaterra, habiendo dado la vuelta al globo en poco menos de tres años, y habiendo alcanzado tanta gloria como opulencia. Para poner remedio a nuevas correrías, alistó Toledo una expedición a las órdenes de don Pedro Sarmiento, quien exploró las costas de Patagonia y presentó a Felipe II un diario exacto, asegurando que el estrecho podía fortificarse en sus entradas y sostener una colonia.

Mientras se hacían en España costosos preparativos para la expedición colonizadora, regresó el virrey Toledo después de haber gobernado al Perú durante trece años. Viéndose desairado por Felipe II, y siendo ya viejo y achacoso, murió en breve víctima de la ingratitud del Monarca. Mas sus mejores sucesores se preciaron de ser discípulos de tan gran maestro, al que algunos llamaban por sus ordenanzas el Solón peruano.

 

Don Martín Enríquez.Las instituciones de Toledo, que exponían a enormes abusos, no tardaron en viciarse por las faltas de administración. El nuevo virrey don Martín Enríquez, que a la experiencia adquirida en el virreinato de México unía las mejores intenciones, murió aún no trascurridos dos años de su llegada al Perú. La obra más notable de su breve gobierno fue el colegio de San Martín, en el que bajo la hábil dirección de los jesuitas se educó por mucho tiempo la juventud más distinguida de Sudamérica. Recuerdos menos gratos son un auto inquisitorial celebrado en 1581 y la ruina de Arequipa en el terremoto de 1582.

 

La audiencia.Durante el gobierno de la audiencia, que duró tres años, se establecieron las cajas de comunidad y las imposiciones de censos en alivio de los indios; se reunió el tercer Concilio de Lima que fijó la disciplina eclesiástica; la expedición enviada de España a colonizar el es trecho de Magallanes fue víctima de las tempestades, del hambre y del clima; y en 1586 un terremoto causó grandes estragos en los edificios de Lima.

 

Don Fernando de Torres y Portugal, conde del Villar Don Pardo.Las calamidades públicas afligieron también al Perú en el gobierno del conde de Villar Don Pardo. Tomás Cavendish, habiendo penetrado por el estrecho de Magallanes a principios de 1587, se detuvo en el puerto del Hambre entre las ruinas de la colonia española; perdió en puerto Quintero veintiún hombres entre muertos y prisioneros; e irritado con esta pérdida corrió las costas del Perú y de la Nueva España haciendo los estragos del fuego. Mas en Arica, donde las barras de plata estaban en la plaza y el pueblo sin defensa, fue ahuyentado por las valerosas mujeres, que ostentaron una gran fuerza, convirtiendo las tocas en banderas y las cañas en lanzas. Para defensa del Callao se estableció por primera vez una guarnición numerosa.

Al alejarse los corsarios, principiaron a sentirse los estragos horribles de una epidemia de viruelas, que se propagó desde Cartagena. Los indios morían por familias y por pueblos; y la violencia del mal parecía redoblar con el número de las víctimas. Los campos quedaban sin cultivo, los ganados sin guardas, los talleres y las minas sin operarios, y en muchos pueblos se sintió el extraordinario azote del hambre.

Al mismo tiempo, la destrucción en el canal de La Mancha de la formidable armada española, a la que prematuramente se había dado el título de invencible, animaba a los ingleses a emprender nuevas correrías contra el Perú; el virrey viejo y a achacoso no podía desplegar la energía necesaria; había serios desacuerdos entre las autoridades superiores; la hacienda se hallaba en mal estado; la campiña estaba infestada de cimarrones, los arrabales de indios vagamundos, y las provincias de aventureros desenfrenados; las reducciones se deshacían; y los resortes del gobierno se gastaban. Para mejorar la situación fue nombrado virrey don García Hurtado de Mendoza que, gobernando su padre, se había distinguido en Chile, y llegado a Europa había prestado a Felipe II servicios eminentes.

 

Don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete.El nuevo virrey, que traía en su compañía a su esclarecida esposa doña Teresa de Castro y otras quinientas personas, fue recibido en Lima no sólo bajo palio, según era de costumbre, sino con extraordinarias demostraciones de júbilo, arrojándose a la calle mucha moneda. Principió por establecer en palacio mucho recato en las mujeres y toda la etiqueta cortesana; aumentando el número de oidores estableció dos salas en la audiencia; para la represión más eficaz de los crímenes creó los alcaldes de hermandad, y sobreponiéndose a toda influencia hizo ejecutar a un español que había asesinado a un pobre indio; dotó al colegio de San Martín con renta segura; fundó el mayor de San Felipe; promovió la fundación de Mizque, Vilcabamba, Salinas, Huaylas, Nuevo Potosí y Castrovirreina, llamado así en honor de su esposa; erigió en palacio una capilla real con capellanes bien dotados; emprendió otras muchas obras públicas y dispensó una protección especial a los indios, prohibiendo severamente las exacciones de los corregidores que traficaban ya inicuamente con sus destinos. Sus principales cuidados habían tenido por objeto la defensa y paz del país, los arreglos de la hacienda y el sostenimiento del patronato.

Ricardo Hawkins, uno de los capitanes que más se habían distinguido contra la invencible, habiendo entrado en el Pacífico con dos naves y un buquecito, buenos cañones y una buena marinería, hizo una rica presa en Valparaíso y fue tocando en otros puntos basta fondear en Pisco. Atacado allí por la escuadra del Perú que mandaba don Beltrán de Castro, cuñado del virrey, sólo debió su salvación a las paracas y a la oscuridad de la noche. Alcanzado de nuevo al otro lado de la línea, se vio obligado a rendirse después de una honrosa defensa.

Para mejorar su exhausta hacienda había ordenado Felipe II que se introdujese en el virreinato el derecho de dos por ciento por alcabala de ventas; que se hiciese composición de tierras vendiendo títulos de propiedad a los que las poseyeran sin derecho; que se vendieran algunos oficios y se pidiera un donativo. Éste produjo 1 564 950 ducados, y las composiciones 767 277 ducados y un real. La introducción de la alcabala dio lugar en Quito a un motín; los sediciosos depusieron al ayuntamiento; quisieron hacer morir de hambre a la audiencia; y dejaron medio muerto a palos a Cabrera, caballero amado de todos, porque no quiso aceptar el título de Rey. Mas los jesuitas habían logrado sosegar los ánimos, cuando llegó a la ciudad la fuerza aprestada por el virrey para la pacificación, y los culpables fueron castigados rigurosamente. Sin otra oposición se estableció la alcabala por medios suaves, encabezándose las principales ciudades por una cierta cantidad, como Lima en 35 mil pesos anuales por el término de seis años.

En ejercicio del patronato se fijaron límites a las doctrinas; se trató de libertar a los indios de las exacciones del clero; se ordenó, que las armas del arzobispo se colocasen debajo de las del Rey en la fachada del seminario, habiendo mediado antes graves desacuerdos; y Santo Toribio recibió humildemente una reprensión severa por haber escrito a Roma, entre otras cosas, que no tenía de dónde sustentar aquel establecimiento. Mas el poder civil, que tan riguroso se mostraba para defender sus derechos, se hacía cómplice de la tiranía de la inquisición, que volvió a encender sus hogueras en 1592 y en 1595. La sociedad, que tenía por deber la intolerancia, aplaudía la persecución de los herejes y no pensaba sino en enriquecerse en el reposo de la paz con el descubrimiento de nuevas minas, entre las que se hicieron admirar las de Castrovirreina y Nuevo Potosí en Huarochirí.

La prosperidad de que gozaba el país permitió costear una nueva expedición de don Álvaro de Mendaña, que en 1595 descubrió las islas Marquesas y murió poco después en la de Santa Cruz, dejando el mando de la expedición a su animosa viuda doña Isabel Barreto. El hábil piloto don Fernando Quirós regresó de esta expedición con el deseo de descubrir el continente austral, cuya existencia le pareció indudable; pero a su arribo al Perú no encontró al marqués de Cañete, que sólo había esperado la venida de don Luis de Velasco, su sucesor, para buscar en Europa el restablecimiento de su quebrantada salud.

El nuevo virrey, que acababa de serlo de México, principiaba a tomar algunas medidas en favor de las clases oprimidas y del bien común, cuando en 1598 murió Felipe II dejando ya casi completa la organización del virreinato, aunque según las miras estrechas de la época y su política opresora, que fueron tan fatales a la metrópoli como a sus colonias.

 

Organización del virreinato. El Rey, fuente de toda autoridad y de todo derecho, era acatado por los españoles como un vicario de Dios y por los indios como el hijo del Sol. El consejo de indias estaba a la cabeza de la administración, entendiendo en las leyes coloniales, en el nombramiento de los principales mandatarios, en la apelación de los pleitos cuantiosos y en todos los asuntos de primera importancia. Los virreyes reflejaban en todo su esplendor la autoridad soberana con un poder discrecional, una renta de cuarenta mil ducados y una corte superior a la de muchos príncipes europeos. Para la buena administración de justicia se habían erigido las audiencias de Lima, La Plata, Quito, Santiago y Panamá; la de Lima servía también de consejo en el acuerdo de los virreyes y gobernaba en su lugar, mientras no se llenaba la vacante. Los corregidores estaban a la cabeza de las provincias. El régimen de los pueblos descansaba en los cabildos; el particular de los indios, en el poder inmemorial de los caciques. En el ejercicio del patronato era considerado el jefe del Estado como cabeza inmediata de la Iglesia, sin dejar de respetarse las inmunidades del clero. Mas los asuntos puramente eclesiásticos tocaban al arzobispo de Lima, obispos sufragáneos, cabildos eclesiásticos, curas, órdenes religiosas y tribunal de la inquisición.

El comercio, del que estaban excluidos los extranjeros, las personas sospechosas en la fe y los españoles que no hubieran obtenido licencia, se monopolizó en Sevilla bajo la inspección inmediata de la Casa de la contratación y se sometió a reglas determinadas en la salida de los galeones, condición de los buques, viaje de ida y vuelta y ferias en Portobelo, donde se cambiaban los efectos europeos con los metales preciosos del virreinato. La minería, que era la primera industria y cuyos principales establecimientos fueron Huancavelica y Potosí, se veía auxiliada con el trabajo forzoso de los mitayos y con la habilitación de azogues. Los principales talleres coloniales eran los obrajes de paños y otras telas generalmente fabricadas por indios de mita. A los trabajos agrícolas se destinaban los yanaconas y los negros esclavos.

Los principales y permanentes recursos del gobierno eran los quintos que tocaban al Rey en el producto de las minas, los derechos de alcabala y aduana, la avería o impuesto del uno por ciento en la plata embarcada con el objeto de costear las flotas; el tributo de los indios que se consumía por su mayor parte entre encomenderos, curas, caciques y corregidores, el producto de las bulas y oficios vendibles y otros menos importantes; la administración de las rentas estaba al cuidado inmediato de los oficiales reales quienes las recogían en las cajas reales de las provincias y la central de Lima.

La paz y defensa del virreinato descansaban más bien en los intereses e ideas dominantes, que en la fuerza de las armas, reduciéndose ésta a la pequeña armada del Sur, guardia del virrey, débil cooperación de los encomenderos, ejército de Chile y enganche eventual de soldados.

Los excesos de todos los empleados debían precaverse con el juicio de residencia al que eran sometidos al salir de sus destinos, y con la pesquisa de visitadores extraordinarios que debían examinar el estado de la administración pública y remediar los abusos. Para que no sufriesen los asuntos pendientes con el cambio de virreyes, se había ordenado que al dejar su destino entregasen a su sucesor una relación del estado en que quedaba el virreinato.

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