Expedición  libertadora (1818 1821)

Expedición  libertadora (1818 1821)

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Expediciones de lord Cochrane.

Después de celebrar un tratado para dar al Perú la libertad e independencia, activaron los gobiernos de Buenos Aires y Chile la formación de una expedición libertadora. Para allanarle el camino salió de Valparaíso a principios de 1819 una respetable escuadra casi improvisada por el patriotismo chileno y dirigida por el hábil e intrépido Cochrane, que había adquirido una gran reputación en las guerras navales de Inglaterra contra Napoleón, y venía a ofrecer sus importantes servicios a la América independiente. Para sorprender a los realistas en las distracciones del carnaval, entraron los expedicionarios en la bahía del Callao sin ser descubiertos a causa de una espesa niebla; y no dejaron de ser sorprendidos a su vez con las repetidas descargas de artillería que se hacían al mismo tiempo. Una extraña casualidad había hecho que su llegada coincidiese con un paseo marítimo del virrey, a quien se dirigían aquellos saludos, y que no sospechaba hallarse tan cerca de sus enemigos. Apareciendo el sol, se halló comprometida la fragata «O’Higgins» comandada por Cochrane, en combate desigual con toda la artillería realista; mas después de dos horas de vivo tiroteo salió sin graves lesiones. En los días siguientes se renovaron los fuegos, quedando siempre airosos los audaces invasores. Zarpando para el Norte tocaron en Huacho, donde se hizo sentir el espíritu de independencia, en la Barranca y Huambacho para apoderarse de una rica remesa de plata, y en Paita que tomaron a viva fuerza. Puesto en agitación el país con las proclamas esparcidas en la costa, sacados considerables recursos y llevando consigo a algunos patriotas peruanos regresaron a Valparaíso, que los recibió con el entusiasmo del triunfo.

 

Cochrane volvió en el mes de septiembre al Callao esperando inutilizar la escuadra enemiga con la explosión de brulotes y de cohetes a la congreve. Mas los cohetes estallaban antes de tiempo o no hacían ningún efecto; y los brulotes, que fue necesario abandonar sin dirección, produjeron mucho ruido, pero ningún estrago.

 

Frustradas sus tentativas contra el Callao, se dirigió Cochrane a Guayaquil para hacer algunas presas, que también lograron escapársele. Para resarcir su desairada expedición al Perú, emprendió con singular arrojo el asalto de Valdivia, en cuya toma se distinguió mucho el joven oficial peruano Vidal, a quien la Independencia reservaba altos puestos. «Donde entra mi gorra, entro yo», dijo con juvenil arrogancia, arrojándola dentro del fuerte; y siguiendo la acción a las palabras, se apresuró a ocuparlo.

 

Entre tanto, los patriotas de Lima estaban sometidos a las más duras pruebas. Gomes, Alcázar y Espejo, que habían querido poner en poder de lord Cochrane las fortalezas del Callao tomándolas por sorpresa, habiendo sido denunciados por cómplices alevosos, morían en el patíbulo. Don José Riva Agüero, que desde 1809 trabajaba por la revolución con tanta constancia como riesgos, era sumido en los calabozos de la inquisición con otros promovedores de la Independencia. El Convictorio de San Carlos se cerraba por temor a la exaltación de la juventud y a la influencia de algunos maestros. La ciudad, unánime en los deseos, vacilaba entre los temores y esperanzas; de una parte la victoria de Boyacá en Nueva Granada y la expedición libertadora aprestándose en Chile anunciaban la próxima Independencia; y de otra se ponderaba el gran ejército reunido en Cádiz para oprimir a la América, se ejercía un penoso espionaje, y era difícil reunirse para los desahogos patrióticos. Semejante situación, que obligaba a exclamar a los hombres pacíficos ¿cuándo se acabará esto?, cambió de lleno en septiembre de 1820.

 

Primeras operaciones de los libertadores.

El 7 de septiembre llegaron los expedicionarios de Chile a las órdenes de San Martín a la bahía de la Independencia en número de 4 500 hombres de desembarco con armamento para 15 mil más y con una escuadra irresistible. El 8 por la tarde se principió el desembarco, y el 9 por la mañana se apoderaron de Pisco, de donde se habían retirado muchos recursos. Algunas fuerzas avanzadas a los valles inmediatos derrotaron a los destacamentos realistas de Chincha y Nazca; los esclavos alagados con promesas de libertad ofrecieron algún refuerzo; la caballería pudo montarse; y la opinión liberal poniéndose a la vanguardia de los auxiliares presagiaba rápidos triunfos.

 

El 19 del mismo septiembre, a consecuencia de la revolución hechaen la Península por el ejército que debía expedicionar contra América, se restablecía en Lima la constitución del año 12; y el virrey, creyendo posible una transacción, hizo propuestas de paz a San Martín, que en el interés de sus operaciones militares las acogió con buena voluntad. Reunidos en Miraflores el 24 los enviados de una y otra parte, negociaron un corto armisticio; pero, como era fácil prever, no convinieron en la paz; porque el virrey proponía la sumisión al gobierno liberal, y los patriotas exigían el reconocimiento de la Independencia.

 

Rotas las hostilidades, se determinó la bandera nacional el 21 de octubre. A principios del mes había partido el general Arenales al frente de mil hombres en dirección a Huamanga. Los demás expedicionarios se reembarcaron para operar sobre el Norte; la escuadra ancló en el Callao; y los transportes desembarcaron el ejército en la bahía de Ancón. Cochrane, secundado por su intrépido segundo Guisse, se apoderó el 5 de noviembre de la fragata Esmeralda metida entre los fuegos del Callao, abordándola a media noche, con una audacia y habilidad incomparables. Súpose el pronunciamiento de Guayaquil, que había tenido lugar, apenas fue conocida la venida de los libertadores; pero queriendo prevalecer por el ascendiente de la fuerza moral más bien que con la de las bayonetas, según le prescribían sus instrucciones, trasladó San Martín su ejército a Huaura el 9 de noviembre, haciendo la travesía marítima de Ancón a Huacho.

 

Las esperanzas del caudillo libertador no salieron frustradas. El marqués de Torre Tagle se pronunció el 29 de diciembre en Trujillo, donde se hallaba de intendente, y su pronunciamiento ganó a la causa de la patria todas las provincias del Norte. Arenales, en vez de los riesgos y contrastes que podían temerse en su aventurada expedición a la sierra, marchaba de ovación en ovación; proclamose la Independencia con entusiasmo en Huamanga; fueron ahuyentadas las fuerzas que el intendente de Tarma pensó oponer en Jauja; y el 6 de diciembre sufrieron una completa derrota no lejos de Pasco las mandadas por el general O’Reilly. Esta victoria fue seguida del inmediato pronunciamiento de la patriótica Huánuco. Ricafort, que en el puente de Izcuchaca había esperado detener a Arenales, al ver que este se había avanzado por el de Mayoc, retrocedió al valle de Jauja, cuyos patriotas contando sólo con su número y entusiasmo, le opusieron una esforzada pero inútil resistencia en Huancayo. Después pagó cara esta victoria en un encuentro con los guerrilleros de Canta, en el que salió mal herido y con el juicio afectado por el humillante revés. En todas las cabeceras se levantaban montoneras poco capaces de operaciones concertadas y demasiado propensas a los excesos propios de toda fuerza indisciplinada, pero de rápidos movimientos, a prueba de todo sufrimiento, renaciendo con mayores fuerzas cuando se las creía aniquiladas, dificultando a los realistas las comunicaciones, operaciones y recursos, y manteniendo donde quiera las esperanzas patrióticas. De la remota Chachapoyas llegaba al campamento de Huaura el hijo único de una viuda, al que su anciana madre enviaba para pelear por su patria.

 

En Lima, la opinión liberal se mostraba triunfante y no retrocedía ante ningún género de sacrificios, ni riesgos. Al campamento patriota, donde las fiebres producían muchas bajas, se enviaba toda suerte de auxilios; la juventud entusiasta dejaba los talleres y los libros por las armas; agentes intrépidos y que tenían en nada la pérdida de su vida, con tal de ganar defensores a su causa, recorrían los cuarteles realistas para promover las defecciones; el batallón Numancia, que contaba con unas 690 plazas y gozaba de una gran reputación, se había pasado a los libertadores el 3 de diciembre; en la secretaría misma del virrey se tenían activos cooperadores; y todo anunciaba que la emancipación podría conseguirse sin correr los azares de la guerra. Ya iba a organizar provisoriamente San Martín la administración del Perú independiente creando cuatro departamentos de Trujillo, Huaylas, Tarma y la Costa.

 

Revolución de los realistas.

Los jefes del ejército español, que querían salvar el honor de sus armas, dirigieron desde el campamento de Asnapuquio al virrey una exposición motivada, intimándole que antes de 24 horas pusiera en manos de La Serna las riendas del gobierno que en las suyas estaba perdido. Pezuela, no hallando apoyo y viendo repetida la intimación antes de las cuatro horas, entregó el poder el 29 de enero de 1821 al caudillo designado, y se retiró al pueblo de la Magdalena. Meses después se embarcó para Europa saliendo pobre del opulento país en que había ocupado los cargos más lucrativos durante quince años.

 

El virrey La Serna correspondió a las esperanzas de los que le habían elegido. Carratalá, enviado por él a Jauja, batía en Ataura a los patriotas del valle y preparaba una excelente base de operaciones. San Martín, para frustrar los esfuerzos de los realistas, enviaba por segunda vez a Arenales a la sierra y con destino al Sur al intrépido Miller quien, hecha una rápida excursión por Pisco, se reembarcó para operar en la intendencia de Arequipa. Obtenido un triunfo en Mirabé, al que siguieron otras pequeñas ventajas, se lisonjeaba ya con prontos y grandes resultados. Por su parte Arenales, estrechando a Carratalá, se acercaba a Huancavelica. Las fuerzas acantonadas en Huaura impacientes por combatir murmuraban de San Martín y brindaban por los que estaban cubriéndose de gloria. Difícilmente hubiera podido contenérseles en la estricta raya de la disciplina si la llegada de un enviado español autorizado por las cortes no permitiera dar tregua a las operaciones militares con las negociaciones de paz.

 

Los plenipotenciarios de San Martín y La Serna reunidos primero en Punchauca siguieron después negociando a bordo del buque francés la Cleopatra, a donde también tuvieron una entrevista ambos caudillos.

 

No escasearon las pruebas de cortesía y franqueza; pero fue imposible todo avenimiento, instando siempre los realistas por la conservación del virreinato con instituciones liberales, y exigiendo San Martín que se pidiera para el Perú un soberano a la casa de Borbón y que en el interregno se encargara del gobierno independiente una regencia.

 

Jura de la Independencia.

Más de cincuenta días de armisticio no habían mejorado en nada la situación de los realistas, habiendo sido fácilmente sofocadas algunas pequeñas reacciones en el Norte. Cada hora se les hacía más difícil la conservación de la capital, a la que Cochrane por mar y los montoneros por tierra privaban de recursos. Apenas podían conseguirse el pan y la carne a muy subidos precios; las demás subsistencias eran sumamente escasas; el pueblo se exasperaba con las privaciones y medidas de represión; el ayuntamiento, excitado por vecinos notables, entre ellos algunos españoles, exponía al virrey la necesidad de remediar aquella situación con alguna salida pacífica; y conociendo los riesgos de una explosión popular fáciles de agravarse por un ataque de los libertadores, abandonó La Serna a Lima el 6 de junio. Dejaba encargada la conservación del orden al marqués de Montemira y pedía a San Martín para los realistas la protección que prescriben las leyes de la guerra.

 

Libre súbitamente la ciudad del yugo que había detestado, no se entregó a los desórdenes de que pocos pueblos se preservan en igualdad de circunstancias. Los libertadores fueron entrando gradualmente. Su caudillo, que excusó para sí las demostraciones ruidosas, se apresuró a consultar sobre de la emancipación a la opinión pública, por intermedio del ayuntamiento. Reunidos en el cabildo el arzobispo, los prelados regulares, algunos títulos y otros muchos vecinos notables declararon unánimemente que la voluntad general estaba decidida por la Independencia del Perú de la dominación española y de cualquiera otra extranjera. Sin necesidad de firmar esa solemne declaración, mostraba el pueblo sus patrióticos votos por un regocijo general, que se expresó de la manera más solemne el 28 de julio de 1821.

 

En ese día memorable del que data la existencia del Perú independiente, la alegre Lima rebosaba en un entusiasmo puro e indescriptible.

 

Con todo el aparato de las fiestas nacionales, más animado aún por el júbilo de los espíritus que por las demostraciones materiales, se juró solemnemente la Independencia, y fueron acogidas con aclamaciones entusiastas las oportunas palabras de San Martín: «El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. ¡Viva la patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la Independencia!»

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