Estado militar.

Estado militar.

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La carrera militar no ofrecía entonces muchos atractivos. Cuando cesó el desorden de la conquista, la defensa del territorio quedó confiada principalmente a los vecinos agraciados con encomiendas de indios; los virreyes tuvieron una reducida guardia de lanzas y arcabuces, que mal pagados o cesando enteramente el sueldo, hubieron de servir exclusivamente por los honores del puesto o por las ventajas del fuero; las depredaciones de los corsarios hicieron necesaria la pequeña armada del Sur y la guarnición de quinientos hombres en el puerto del Callao; la sublevación de los araucanos obligó a sostener una fuerza doble en sus fronteras; después se establecieron las guarniciones de Buenos Aires y Tierra Firme; mas el ejército destinado a defender el vasto virreinato pocas veces pasó de tres mil plazas bajo la dinastía austriaca.

 

Reducido el Perú a la audiencia de Lima, la fuerza veterana no llegaba a 1 500 hombres; las milicias que solían contar nominalmente más de 40 mil y 60 mil soldados y en la capital sólo se elevaban a unos ocho mil, distaban mucho de ofrecer la misma fuerza efectiva. Sólo después que se hizo inminente la invasión inglesa o se concibieron serios temores por la tranquilidad interior, se trabajó eficaz y asiduamente en la organización militar. La carrera fue recibiendo todas las mejoras y obteniendo la consideración de que gozaba en España; a los imperfectos buques construidos en Guayaquil reemplazaron buenos navíos de guerra venidos de Europa; estuvieron bien provistas las salas de armas; se construyó un buen parque de artillería; se acabaron las grandes fortificaciones del Callao; vinieron tropas aguerridas de Europa; y los excelentes soldados que suministraba el Perú pudieron realizar grandes hechos, utilizándose la plenitud de sus esfuerzos con la buena disciplina.

 

En tiempos anteriores sólo habían podido desplegarse pasajeramente el valor y el entusiasmo, cuando la colonia se veía acometida por fieros enemigos de la religión y de la patria. Para sostener el orden interior bastó casi siempre la fuerza de las creencias; rarísima vez se vieron obligados los virreyes a presentarse en el lugar de los disturbios; y unos pocos soldados mandados por un cabo imponían tanto como un gran ejército. El estado de las rentas no permitía aumentar mucho el presupuesto militar.

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