Establecimiento de la dominación española (1529 1537)

Establecimiento de la dominación española (1529 1537)

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Preparativos para la conquista.

Los vecinos de Panamá recibieron con entusiasmo al descubridor del Perú; mas no hallando allí la protección necesaria, marchó Pizarro a España, con acuerdo de sus socios, para solicitarla del monarca. La travesía fue feliz; pero en Sevilla fue puesto en la cárcel a instancias de un antiguo acreedor. Sabedor el emperador de tan indigno recibimiento, ordenó su inmediata libertad y su marcha a Toledo, donde se hallaba la Corte. Pizarro obtuvo de Carlos V la acogida más lisonjera; y aunque el despacho encargado al Consejo de Indias se hizo esperar por algunos meses, al fin consiguió cuanto podía desear. Fue autorizado a conquistar y poblar la provincia del Perú o Nueva Castilla en la extensión de doscientas leguas desde el río de Santiago que está a 1° 20’ latitud N. Debía llevar una fuerza de doscientos cincuenta hombres por lo menos, oficiales reales y misioneros. Entre otras mercedes se le concedían los títulos de gobernador, capitán general y adelantado con las extensas atribuciones de un virrey. Para Luque se pedía al Papa el obispado de Tumbes. A Almagro y a los valientes de la Gorgona se acordaron títulos de nobleza y mercedes secundarias.

 

Regresando Pizarro por Trujillo, tomó entre otros compatriotas a cuatro hermanos suyos, Martín de Alcántara que lo era de madre, Juan, Gonzalo y Hernando que reconocían el mismo padre. Con los socorros de Hernán Cortés ya opulento con la conquista de México, pudo alistar

casi todos los soldados pactados, se embarcó en San Lúcar, y habiendo tocado en las Canarias y en Santa Marta, llegó felizmente a Nombre de Dios, a donde vinieron a recibirle sus socios. Almagro estaba sumamente descontento; porque le había arrebatado el cargo de adelantado faltando a sus promesas. Estas quejas, que llegaron a convertirse luego en una rotura completa, se calmaron con la mediación de Luque y la cesión del título disputado. Hechos de común acuerdo los necesarios aprestos, y consagrada la empresa con las más augustas ceremonias de la religión, salió Pizarro para la conquista a principios de enero de 1531, con sólo ciento ochenta y cinco hombres y veintisiete caballos.

 

Aventuras de los invasores en la costa.

Habiendo desembarcado en el puerto de San Mateo a los trece días de su salida, tuvieron que sufrir mucho los expedicionarios por la escasez de víveres, el paso de esteros y torrentes y la actitud hostil de los naturales. Todos los trabajos fueron olvidados con la sorpresa de Coaque en que se apoderaron de unos doscientos mil pesos en oro y esmeraldas. Parte de éstas se malograron por haberlas sometido para prueba al golpe del martillo. Unos veinte mil pesos fueron enviados en los buques para atraer aventureros de Panamá y Nicaragua. Continuando su marcha sufrieron los conquistadores muchas privaciones, las penas del abrasado desierto, una epidemia molestísima de verrugas y algunas asechanzas de parte de los indios. Aliviados ya con las provisiones de refresco, que trajeron en un navío el tesorero Riquelme y otros oficiales reales, llegaron a Puerto Viejo, donde se les reunió una columna de treinta hombres mandada por el esforzado Sebastián de Benalcázar que era compadre de Pizarro y Almagro. De Puerto Viejo se embarcaron para la Puná a solicitud de su curaca Tumbala, que los tumbecinos acusaron de pérfidas intenciones.

 

La enemistad no tardó en hacerse sentir entre los habitantes de la Puná y sus huéspedes, Pizarro noticioso de que diecisiete jefes se concertaban para un ataque súbito, los sorprendió reunidos, y reservando a Tumbala entregó a los demás a los tumbecinos que los mataron en el acto. A esta carnicería siguió un combate desesperado en que los isleños sufrieron una derrota completa. La continuación de sus hostilidades, las noticias cada día más explícitas sobre la guerra entre Huascar y Atahualpa; la llegada del heroico Hernando de Soto con cien hombres, y la buena acogida que se esperaba en Tumbes, animaron a los invasores a desembarcar en el continente.

 

Contra todas las esperanzas sacrificaron los tumbecinos a los tres primeros castellanos, a quienes para saltar a tierra habían dado la mano con rostro afable, y se preparaban a acabar con los demás. La audacia de Hernando Pizarro salvó a los expedicionarios, quienes tuvieron luego el dolor de encontrar a Tumbes arruinado y de saber la muerte de Molina y Gines. Francisco Pizarro logró sosegar a los naturales ya con su conducta benévola, ya aceptando fácilmente las explicaciones del curaca, que atribuía la pérfida acogida a una facción rebelde y la muerte de Gines y Molina a accidentes inevitables.

 

Para adelantar sus operaciones emprendió el Conquistador la marcha al Sur el 12 de mayo de 1532, destacando una partida a las órdenes de Soto por las cabeceras de Loja y siguiendo él mismo por la costa con el grueso de los expedicionarios. Terrible en los combates, clemente con los rendidos y buen amigo con los que le daban acogida, sosegó pronto a los naturales que querían oponerse a la invasión. A las orillas del Turicara (Lachira) en el valle de Tangarara fundó con el nombre de San Miguel la primera población española, que después se trasladó al río de Piura, cuyo nombre lleva. Sabiendo allí el triunfo de Atahualpa resolvió marchar a su encuentro, dejando en la colonia los oficiales reales, el oro recogido, los enfermos y una corta guarnición con prudentes instrucciones.

 

Marcha de los invasores a Cajamarca.

Los expedicionarios salieron para la sierra el 24 de septiembre de 1532 con unos ciento setenta hombres, entre ellos poco más de setenta de a caballo, tres arcabuceros, unos veinte ballesteros y dos piececitas de artillería. Los cinco primeros días se hizo la marcha por valles deliciosos y entre habitantes hospitalarios. Mas la alta idea del poderosísimo imperio, en que la expedición se internaba, desalentó a algunos; y notándolo Pizarro dio licencia para que se retiraran los no bien dispuestos; sólo nueve regresaron a San Miguel. Al tocar en las cabeceras hizo alto en el pueblo de Zaran y envió de explorador a Soto, quien regresó al octavo día después de haber reconocido las poblaciones de Cajas y Huancabamba, admirando la civilización del imperio y trayendo en su compañía un enviado de Atahualpa que según algunos se llamaba Urco Inca Roca. Esta misión tenía por objeto atraer a los españoles a Cajamarca, donde el Inca esperaba hacer de ellos, como mejor le estuviese. Pizarro no se dio por entendido de estas miras, sino que se ofreció a secundarlas, acogiendo bien al emisario y correspondiendo a los pequeños obsequios recibidos. Abandonando luego la ruta de Huancabamba, se dirigió por el desierto de Sechura al valle de Motupe, donde descansó cuatro días. De allí atravesando ya lugares áridos, ya ricos campos fue a un río que pasó por medio de pontones. Las noticias contradictorias que recibía acerca de las intenciones de Atahualpa le hicieron mandar de espía a un indio de San Miguel con título de embajador; continuó avanzando con toda precaución; y al pie de la sierra tomó resueltamente la subida abandonando el camino llano de la costa. Para animar a sus compañeros, les dijo que todos debían portarse como solían hacerlo los buenos españoles, no temiendo la innumerable multitud de enemigos y confiando en la ayuda de Dios que nunca abandona a los suyos en la necesidad. Ellos contestaron con firme resolución: «id por el camino que quisiereis y ved lo que más conviene; os seguiremos con buena voluntad, y el tiempo os dirá lo que cada uno de nosotros hace en servicio de Dios y del Rey».

 

La hermosísima región por donde empezaron a trepar ofrece las escenas más variadas y pintorescas; mas antes que en la belleza del espectáculo tenían que fijarse en las dificultades de la subida y en los peligros del desfiladero; a cada paso había allí posiciones formidables, al fin de una garganta un fuerte de piedra y más arriba otro de una construcción admirable. La constancia triunfó sobre las dificultades del camino. Para precaver los ataques súbitos marchaba Pizarro por delante y su hermano Hernando a retaguardia. Ambos se reunieron en la fría Puná para recibir un nuevo enviado de Atahualpa, el que encomió sus triunfos sobre Huascar y a quien se le habló con arrogancia de la victoria de Carlos V sobre el Rey de Francia. Dos días después llegó con otro regalo de diez llamas y con gran boato el primer embajador de Atahualpa. Se le trataba con suma deferencia; mas al regresar el espía de Pizarro le maltrató de palabra y de obra diciendo que a él no le habían permitido ver al Inca, y que pensaban exterminar a los españoles a la llegada a Cajamarca. Pizarro reprendió a su agente, fingió aceptar las explicaciones que sobre sus cargos daba el enviado del Inca, y continuó la marcha. Cambiados otros mensajes y divisando al fin el bellísimo valle de Cajamarca, donde las tiendas de Atahualpa ocupaban cerca de una legua, descendió a la ciudad que estaba abandonada por los hombres y con sólo algunas mujeres en la plaza, compadecidas, según dicen, de los extranjeros atraídos a una perdición inevitable.

 

 

Captura de Atahualpa.

Profundamente inquieto, Pizarro participó inmediatamente con un indio su llegada al Inca; enseguida del primer mensaje envió a Hernando de Soto con quince caballos, y tras Soto a su hermano Hernando con veinte caballos más para que le invitaran a venir a comer a Cajamarca. El monarca, rodeado de más de treinta mil soldados y de una corte magnífica, recibió a los españoles con aterradora majestad, mostró mucha circunspección en sus palabras, y no dio muestras de sobresalto, aun cuando el caballo de Soto en sus movimientos impetuosos llegó a salpicarle con la espuma. Aunque él ofreció ir a la ciudad a la mañana siguiente, los más esforzados aventureros conocieron el miedo, considerando la inmensa superioridad de los indios y viendo que por la noche los fuegos de su campamento parecían tan numerosos como las estrellas del cielo.

 

Pizarro, en vez de vacilar en su empresa, resolvió la captura del Inca cuando viniera a visitarle; ello se aprobó en una junta de guerra, olvidando la perfidia y la iniquidad del ataque con los riesgos extremos de la situación.

 

Puestas en el mejor estado las armas, invocado el auxilio divino y combinada hábilmente la manera de atacar, esperaron los españoles ocultos y cada uno en su puesto la venida del Inca. Atahualpa, que se avanzaba con tanta majestad como opulencia, hizo alto cerca de la ciudad, e instado a seguir adelante entró en la solitaria plaza al ponerse el Sol, precedido de algunos millares de indios. Dirigía inquietas miradas a los salones del tambo, cuando el dominico fray Vicente Valverde salió con la cruz en la mano derecha y el breviario en la izquierda, y en un largo discurso religioso político le exhortó a hacerse cristiano y tributario del Emperador. Indignado con la intempestiva, oscura e insolente exhortación replicó el Inca que era demasiado poderoso para ser tributario de ningún rey y que no cambiaba el Sol, que vive en los cielos y vela por sus hijos, por el Dios de los cristianos que sus mismas criaturas habían condenado a muerte; prorrumpió luego en formidables amenazas, y arrojó al suelo el libro sagrado que le había dado Valverde y con cuya autoridad le había hecho intimaciones tan extrañas. «¡Los evangelios en tierra!, exclamó el dominico. Venganza cristianos. ¿No veis lo que pasa? ¿Para qué estáis en requerimientos con este perro lleno de soberbia? Que vienen los campos llenos de indios; salid a él, que yo os absuelvo».

 

Según las señales convenidas, alzó Pizarro un pañuelo blanco, sonó un tiro y emprendieron los conquistadores la más cruel carnicería, sin que los indios, aterrados por el ruido de la pólvora, el movimiento de la caballería y el brillo de las espadas, osaran defenderse. La nobleza se sacrificó por su soberano, que no tardó en caer en manos de Pizarro. Obsequiado por su vencedor con el prometido banquete, se mostró superior al infortunio diciendo que eran usos de la guerra vencer y ser vencido. Su gente huyó despavorida; y parte de ella permanecía como clavada en el campamento, hasta que a la mañana siguiente fue llevada presa a Cajamarca. Viendo los millares de prisioneros, propusieron algunos hombres feroces matar o al menos cortar las manos a los guerreros; mas Pizarro reprobó tan bárbara crueldad, contentándose con inutilizar las armas de los indios y exhortarlos a la paz.

 

El rescate de Atahualpa.

Continuando siempre las precauciones militares, fortificó Pizarro a Cajamarca con murallas; y queriendo convertirla en una ciudad de cristianos transformó el templo del Sol en iglesia de San Francisco. Atahualpa, que al través del celo religioso conoció la avidez de los conquistadores, ofreció por su libertad llenar de piezas de oro y plata el cuarto donde estaba preso, a la altura de nueve pies; la pieza tenía veintidós pies de largo y diecisiete de ancho. Aceptada la oferta, se convino en que también se cubriría de plata dos veces otro cuarto menor y él mandó ahogar en el río de Antamarca a su hermano Huascar que podía ofrecer al caudillo español riquezas muchos mayores.

 

Principió a llegar la preciosa corriente de las capitales inmediatas; mas estando al expirar los dos meses fijados para el rescate y faltando mucho a la cantidad ofrecida, se acordó activar las remesas, enviando tres españoles al Cuzco y a Hernando Pizarro a Pachacamac con veinte caballos y una docena de escopeteros, porque se hablaba de haberse reunido en Huamachuco un cuerpo de indios.

 

La expedición de Hernando, ejecutada con singular audacia, tuvo el éxito más feliz. Obsequiado en el tránsito con provisiones y fiestas derribó en Pachacamac los ídolos con terror profundo de los indios; reunió sólo ochenta y cinco mil castellanos en oro y tres mil marcos en plata, porque antes de su llegada habían ocultado el tesoro del templo; para subir a la sierra herró los caballos con oro y plata, apresó en el valle de Jauja a Calcuchima, volvió a Cajamarca por el camino del Inca de una manera triunfal, siendo acatado como un dios y yendo en andas el general quiteño. Calcuchima, acercándose al Inca, descalzo, con una carga a las espaldas y ojos llorosos besó sus pies y manos y exclamó desconsolado: «si yo hubiera estado aquí, no habría sucedido esto».

 

Hernando, recibido como merecía su brillante expedición, se mostró muy disgustado de encontrar a Almagro condecorado ya con el título de Mariscal. Pocos días antes había entrado éste en Cajamarca con algunos soldados, no dando oídos a los que le aconsejaban que continuase la conquista por su cuenta, y haciendo ahorcar a su secretario, que escribía pérfidas cartas a Pizarro.

 

 

No tardaron en regresar a Cajamarca los enviados al Cuzco, a los que se había tratado en su viaje como a seres divinos y que, infatuados con tales homenajes, habían abusado tanto, que a no mediar el respeto al Inca, hubieran sido exterminados como fieras.

El tesoro ya reunido, aunque no igualaba al rescate, era bastante grande para que la impaciente codicia de los aventureros pudiera contenerse por más tiempo. Se acordó por lo tanto dividirlo y, para hacerlo con mayor facilidad, se dispuso que la infinita variedad de piezas fuese reducida a barras de igual valor, reservando sólo algunas obras maestras del arte peruano. Hecha la fundición, se calculó la cantidad de plata en 51 610 marcos y el valor del oro en 1 326 539 castellanos, lo que según la moneda actual pasaba de 4 000 000 de pesos fuertes, y apreciado en su valor comercial equivaldría de 16 a 20 millones. En la distribución, que se hizo con toda solemnidad, recibió Pizarro 82  pesos de oro y 2 340 marcos de plata; los soldados de a caballo obtuvieron con cortas excepciones 8 880 pesos de oro y 362 marcos de plata, los de infantería cerca de la mitad, los capitanes sumas mucho más considerables. A Hernando Pizarro se le dieron 31 180 pesos de oro y 1 227 marcos de plata, antes de hacerse la distribución con el objeto de que llevara al rey noticias y tesoros y se alejara del Perú, donde era de temer su rivalidad con Almagro.

 

El proceso de Atahualpa.

La partida de Hernando fue muy sentida por Atahualpa, cuyo protector se había declarado. El Inca exclamó en el momento de la despedida: «te vas capitán y me pesa de ello, porque en yéndote tú, me han de matar ese gordo y ese tuerto». Decíalo por el tesorero Riquelme y por Almagro, que solicitaban su muerte. El augusto prisionero era obedecido y servido siempre como hijo del Sol, se mostraba grande y digno en la desgracia, y descubría un genio no vulgar; todo lo que le hacía más temible a los ojos de sus perseguidores y les disponía a sacrificarle. También los indios le perjudicaban, unos por vengar a Huascar, otros por propalar de ligero noticias de conspiraciones en todo el imperio, de una insurrección ya declarada y de ataques inminentes. El intérprete Felipillo, que había osado poner sus ojos en una de las esposas del Inca, no pensaba sino en perder al monarca por libertarse de su terrible indignación. Pizarro, que quería salvarle, no tenía en las cosas de gobierno la suficiente energía para resistir a los pérfidos consejos de una política interesada; sólo Hernando de Soto, queriendo proteger a la víctima con toda decisión, pidió enérgicamente la libertad ofrecida; y cuando se habló de una invasión próxima, fue voluntariamente a los lugares donde se suponía que estaban reunidos los invasores.

 

Reconvenido Atahualpa por la conspiración que sus mismos parientes daban por cierta, contestó a Pizarro con las sonrisa en los labios: «¿burlaste conmigo?, siempre me hablas cosas de chanza ¿qué parte somos yo y toda mi gente para enojar tan valientes hombres como sois vosotros? No me digas esas burlas». Cargado de prisiones procuró demostrar su inocencia con razones convincentes. Mas no obstante sus protestas y el haber ofrecido rehenes, creciendo siempre la alarma y ausente Soto que procuraba calmar los ánimos, pidiose a gritos la cabeza del Inca; un tribunal inicuo acusándole de crímenes imaginarios o de que los aventureros no podían ser jueces como adulterio, usurpación, fratricidio, etc., le condenó a ser quemado vivo (sic). Contra una sentencia que deshonraba la conquista, reclamaron en vano algunos miembros del tribunal y cincuenta guerreros apelando al emperador y ofreciéndose a responder del cautivo, mientras no se le remita a la península: Se les impuso silencio acusándoles de traidores, y para tranquilizar la conciencia de los jueces dijo Valverde: «que si lo creían necesario, él firmaría la sentencia». En vano el infeliz Monarca hizo llorosas súplicas a Pizarro diciéndole: «¿Qué he hecho yo para merecer tal sentencia? ¿Qué han hecho mis hijos? ¿Debía esperarla de ti, con quien he repartido mis tesoros, que no has encontrarlo en mi pueblo sino amistad y veneración y no has recibido de mí sino beneficios? Si me dejáis con vida, yo os respondo por la de todos los españoles y reuniré doble rescate del que os he pagado». Tan sentidas palabras arrancaron lágrimas a Pizarro, pero no le hicieron volver al camino de la justicia y del honor.

 

Conociendo que su destino era inevitable, salió Atahualpa al patíbulo a pie y con grillos en la noche del 29 de agosto de 1533 con su habitual tranquilidad; estando cerca de ser quemado pidió el bautismo, porque se le ofreció conmutar el suplicio de la hoguera en el más llevadero del garrote; y fue ahogado por el verdugo. Los indios hicieron extremos de dolor que no pueden describirse; sus mujeres y otras muchas personas se ahorcaron para servirle en las mansiones del Sol; su cuerpo, al que se había dado entierro en la iglesia de San Francisco, fue llevado secretamente a Quito. Soto, que volvía satisfecho de que la alarma había sido infundada, reprendió la precipitación en el proceso; y Pizarro, Valverde y Riquelme procuraron echarse unos a otros toda la responsabilidad del atentado.

 

Anarquía.

La muerte de Atahualpa precipitó la disolución del imperio, que hacían inminente las instituciones ya degeneradas, las guerras civiles y la presencia de los españoles en el Perú, a quienes el pueblo llamaba Viracochas creyéndolos enviados del cielo para vengar a Huascar, legítimo descendiente del Sol. Faltando la autoridad acatada que dirigía y daba impulso al socialismo imperial, sufrió el Estado las convulsiones de la anarquía. Los yanaconas luchaban con sus amos, los barrios bajos con los altos, los mitimaes con los originarios, el partido del Cuzco con los quiteños; Manco legítimo sucesor de Huascar era el caudillo más popular en el Sur; Rumiñahui pretendía restablecer el reino de Quito exterminando los representantes de la dinastía celestial; muchos curacas se declaraban por los españoles. Era un caos de aspiraciones encontradas, la más espantosa confusión de ideas, el choque más violento de pasiones e intereses. En tan desecha revolución ocurrieron saqueos, incendios de pueblos, asesinatos, excesos brutales, atentados sacrílegos; perdió la justicia su fuerza; y se suspendieron los trabajos que generalizaban el bienestar.

 

Alianzas y combates de los conquistadores con los indios.

Para llevar adelante la conquista, buscó Pizarro la alianza de los jefes quiteños, haciendo elegir por sucesor de Atahualpa al joven Tupac Inca, su hermano de padre y madre y declarándole tributario del rey de España. Llevando al nuevo Inca y a Calcuchima en literas emprendió su marcha al Cuzco por el camino imperial. El ejército de Quito, que había hecho algunos amagos de resistencia, atacó la retaguardia y entre otros prisioneros tomó a Cuellar, escribano del proceso de Atahualpa, y le hizo ejecutar en Cajamarca con el mismo aparato que lo había sido el Inca; también quiso detener a los conquistadores en el valle de Jauja; mas se aterró a las primeras acometidas de la caballería.

 

Los abundantes recursos, la salubridad y las ventajas militares decidieron al gobernador a fundar allí la villa de Jauja; y mientras echaba las bases de la nueva población envió un destacamento a la costa y a Hernando de Soto por el camino del Cuzco. Quisquiz se proponía envolver a los invasores, adelantando su ejército por la sierra y destacando cinco mil hombres por el lado de Ica. Los Chinchas, declarados por los cristianos y reforzados con cinco caballos, redujeron a la paz al destacamento de la costa con sólo el aspecto de aquellos formidables monstruos. En la sierra había avanzado Soto superando obstáculo tras obstáculo, perdiendo dos o tres españoles cerca de Vilcas y sosteniendo en la cuesta de Vilcacunca, cerca del Cuzco, un combate azaroso con Quisquiz, que hicieron suspender las sombras de la noche. Su situación parecía desesperada cuando oyó el sonido de las trompetas con que se anunciaba Almagro, enviado en su auxilio. A la mañana siguiente, renovado el combate, procuraron escapar pronto los quiteños favorecidos por la niebla.

 

Pizarro comprendió la necesidad de unirse a la vanguardia y, dejando una corta guarnición en Jauja, marchó directamente hacia la capital del imperio, sin detenerse más que en la populosa ciudad de Vilcas para descanso de la tropa, y en el valle de Sacsahuana para procesar a Calcuchima. A éste le acusaban de haber dirigido la resistencia de sus antiguos soldados y de haber envenenado a Tupac Inca, que había muerto en Jauja. El anciano guerrero, condenado a la hoguera, no deshonró sus canas con inútiles súplicas; excitado a abrazar el cristianismo, replicó resueltamente: «yo no entiendo la religión de los blancos», y con semblante sereno se arrojó al fuego, clamando «Pachacamac, Pachacamac». Esta cruel ejecución decidió a Manco Inca a ponerse bajo la protección de los españoles.

 

Acordes cuzqueños y conquistadores inutilizaron la resistencia preparada por los quiteños, y el 15 de noviembre, aniversario de la entrada en Cajamarca, fueron recibidos los Viracochas con singular entusiasmo por una corte que los creía sus libertadores. Pocos días después recibió Manco la borla imperial y reconoció la supremacía del rey de España con gran solemnidad, entregándose el pueblo imprevisor por algunas semanas a cánticos y danzas. Al mismo tiempo, Coricancha se trasformaba en el convento de Santo Domingo, y para gobernar la población cristiana juraba su cargo el ayuntamiento español el 24 de marzo de 1534.

 

No por eso dejaba la codicia sin escrúpulos de despojar templos, palacios, tumbas y fortalezas para reunir un botín probablemente superior al rescate de Cajamarca, pero que sólo fue calculado en 580 200 castellanos de oro y  000 marcos de plata.

 

Las violentas exacciones vinieron a reforzar el partido de Quisquiz, quien no dudó amenazar al Cuzco. Mas alcanzado en el puente del Apurímac sufrió un gran descalabro y también fue derrotado por la guarnición de Jauja, lo que le obligó a retirarse hacia Quito. En esa dirección se concentraban las fuerzas beligerantes. Benalcázar, destacado antes a San Miguel, acudía al llamamiento de los Cañaris para combatir a Rumiñahui y lograba avanzar después de muy reñidos encuentros y de burlar hábiles estratagemas. De la remota Guatemala venía Pedro de Alvarado para apoderarse de la antigua corte de los Sciris, donde estaban acumulados los tesoros de Huaina Capac y Atahualpa. Noticiado Pizarro de esta expedición, bajaba a la costa para defender su conquista, y enviaba al Norte a Almagro para que unido con Benalcázar cruzaran los planes de un rival peligroso.

 

Expedición de Pedro de Alvarado.

Favorecido por la naturaleza y la fortuna con los dones más brillantes, distinguido por Cortés entre su falange de héroes y bien acogido por la corte en todas sus pretensiones, estaba Alvarado preparándose en Guatemala para una expedición a las Molucas, cuando llegó a saber el rescate de Atahualpa; y sin consideración de ninguna especie vino a disputar a Pizarro la conquista del Perú. Habiendo desembarcado en la bahía de Caraques en marzo de 1534, sufrió, tras de anuncios halagüeños, incomparables contrastes. Los expedicionarios hubieran muerto de sed a no hallar agua entre los nudos de gruesas cañas. El hambre llegó al extremo de que los españoles se alimentaran de reptiles y los indios se comieran ocultamente a los prisioneros. A las privaciones y fatigas sucedieron fiebres gravísimas. Para mayor abatimiento, una erupción del Cotopaxi cubrió el suelo y el aire de cenizas humeantes, formó torrentes asoladores con la nieve derretida, y sin embargo no fue sino el preludio de los tormentos de la cordillera. La nieve y un viento glacial pusieron al ejército entero en agonía e hicieron perecer a una gran parte. Cuando sembrado el puerto de cadáveres, se bajó a las llanuras de la sierra, las huellas evidentes de caballos herrados hicieron comprender que otros conquistadores se habían adelantado a tomar posesión de Quito.

 

Almagro y Alvarado se hallaban ya a poca distancia y el combate entre ellos parecía inminente; mas no tardó en establecerse la conciliación, conviniendo en que los gastos de la expedición serían indemnizados por Pizarro. Muchos de los recién venidos se quedaron con Benalcázar, que no tardó en hacer la conquista de Quito, exterminando a sus contrarios y siendo eficazmente auxiliado por la conversión de los indios. El indomable Quisquiz, que sostenía todavía la independencia del imperio, vino a estrellarse sucesivamente ante las huestes de Alvarado y Almagro y no queriendo pedir la paz propuesta por sus capitanes, fue asesinado por un hermano de Atahualpa. Pizarro, que se hallaba en Pachacamac, recibió espléndidamente a Alvarado y Almagro, y pagó el rescate convenido.

 

Dejando a sus principales oficiales en el Perú, regresó a su gobierno el conquistador de Guatemala después de haber contribuido con su venida, pero con escasa gloria suya a la disolución del imperio. La ruina comenzada por la anarquía y continuada por los combates y alianzas vino a consumarse por los establecimientos españoles.

 

Colonización del Perú.

Para levantar un imperio colonial sobre las ruinas del imperio de los Incas se propuso Pizarro fundar una gran capital; y hallando reunidas en el delicioso valle del Rímac las condiciones de dilatada y fértil campiña, aguas abundantes, puerto excelente, posición central y una salubridad rara en las costas intertropicales, fundó con sesenta vecinos el 18 de enero de 1535 la ciudad de los Reyes, en honor de Carlos V y de la reina Juana. Poco después echó en el valle de Chimú los cimientos de Trujillo, en memoria de su tierra natal. Al mismo tiempo Alonso de Alvarado, que había conquistado a los Chachapoyas con su política suave y clemente, fundaba San Juan de la Frontera. Otros conquistadores sojuzgaban las provincias distantes y las poblaban de cristianos. Muchos misioneros, llenando fielmente las funciones del apostolado, aceleraban la reducción de los indios con sus virtudes y doctrinas.

 

Las mujeres se hacían eficaces auxiliares de la conquista atraídas por el amor y por los sentimientos religiosos, envaneciéndose las princesas con el cariño de los caudillos españoles, y siendo en las familias más distinguidas un poderoso elemento de unión el nacimiento de los mestizos. Los yanaconas, mitimaes y las demás clases oprimidas trabajaban por la caída de sus orgullosos señores. Los vasallos menos descontentos no se apercibían bastante de la opresión extranjera, comparándola con el socialismo imperial, donde todo era sujeción en la vida y en la muerte. Los indios cedían además al prestigio de una civilización superior, viendo por el interior los trabajos sorprendentes de los mineros, la agricultura enriquecida con nuevos procederes, la cría de caballos y otros animales domésticos; en las ciudades, los edificios públicos y particulares, las maravillosas aplicaciones del hierro y de la madera; en los puertos, las naves cargadas de efectos extranjeros; y en todas partes los beneficios de un activo comercio. Los triunfos pacíficos de la cultura cristiana eran cada día más rápidos a la sombra de la paz, de la justicia y de la industria. Mas la nueva civilización estuvo cerca de ser ahogada en su cuna con el levantamiento de los naturales favorecido por la discordia de los colonos.

 

Primeras alteraciones.

Habiendo llevado a España Hernando Pizarro 155 300 pesos de oro y 5 400 marcos de plata pertenecientes al Rey, la corte agradecida le dispensó grandes consideraciones; y entre otras mercedes a los conquistadores concedió a Valverde el obispado del Cuzco, a Francisco Pizarro el título de marqués de los Atabillos y setenta leguas más en su gobierno, y a Almagro el de Nueva Toledo que debía principiar en el límite meridional de la jurisdicción de Pizarro.

 

Ambos gobernadores creyeron que el Cuzco entraba en su respectivo dominio; Almagro excitado por sus amigos quiso tomar posesión de la opulenta ciudad que se dividió en bandos; hubo quejas violentas; de las amenazas se pasó a las armas; y hubiera corrido la sangre si el marqués no volara a apagar la discordia. Abrazándose con efusión los antiguos socios, hicieron protestas de amistad y unión, partiendo la hostia consagrada; Almagro se alistó para una expedición a Chile; y Pizarro regresó a Lima a impulsar eficazmente los progresos de la nueva capital del Perú.

 

El Inca comprendió que la colonia no podía adelantar sin que cayese el imperio; y las violencias de los conquistadores precipitaron una colisión inevitable, que todo favorecía. Los indios se habían dividido en bandos al cuestionarse la posesión del Cuzco y habían salido de su apatía; los españoles estaban descuidados y dispersos. Manco, habiendo reunido en secreto a los grandes para representarles los males de la conquista, les oyó con satisfacción decir: «hijo sois de Huaina Capac; que el Sol y todos los dioses sean en vuestro favor para que nos saquéis de la dura servidumbre en que vivimos; todos estamos dispuestos a morir en vuestro servicio». Con esta decisión se preparó en silencio la insurrección.

 

El Inca salió ocultamente de la ciudad; y aunque le prendieron en el camino, fue puesto en libertad por haber dado excusas satisfactorias de su salida. Vuelto a prender por haber intentado de nuevo la fuga y porque el asesinato de algunos españoles y la inquietud general eran ya señales evidentes de la insurrección, logró también verse libre combatiendo decididamente a sus mismos partidarios; con grandes ofertas obtuvo de Hernando Pizarro, que había regresado al Cuzco, licencia para celebrar en Yucay el aniversario de la muerte de su padre, y sin pérdida de tiempo se puso a la cabeza del movimiento. Los que salieron en su persecución, hubieron de retirarse dando muchas veces cara al enemigo, que celebraba su triunfo con atronadora gritería y venía a atacar al Cuzco con innumerables huestes.

 

Sitio del Cuzco.

Cerca de doscientos mil hombres sitiaron la capital del imperio para exterminar a doscientos españoles auxiliados por unos mil indios. Habiendo tomado posesión de la fortaleza, estrecharon el sitio por todas partes, atronando de día con espantosos gritos y con la continuada granizada de las flechas, dardos y piedras, y redoblando de noche el espanto de los sitiados con los fuegos del campamento. Habiendo puesto fuego a las casas de la ladera y arrojado en la población materias incendiadas, en un punto toda la ciudad fue una sola llama; quedaron reducidos los cristianos al recinto de la plaza, donde no tenían descanso ni de noche, ni de día; al anochecer salían a desembarazar el terreno derribando las paredes, deshaciendo barricadas, llenando zanjas y rompiendo las acequias con que se veían estrechados; y desde el amanecer hasta que anochecía, se esforzaban por librarse de los lazos, flechas y otras armas arrojadizas de los asaltantes.

 

Después de seis días de peligros y fatigas proponían algunos el abrirse paso con las armas hasta las llanuras de la costa; mas por consejo de Hernando se resolvieron todos a morir en el puesto del honor, que era también el de la salvación. La fortaleza fue recobrada en un heroico asalto en el que Juan Pizarro recibió una herida mortal, y Cahuide, indio de formas atléticas y aún más fuerte de alma que de cuerpo, por no sobrevivir a la derrota se precipitó de una altura de cien estados (sic), envuelta la cabeza en su yacolla.

 

Durante un año, con interrupciones de las lunas nuevas y el alejamiento del Inca a Yucay al cabo de los cinco meses, se continuaron los combates y hubo esfuerzos admirables y venganzas bárbaras de una y otra parte. Los españoles lograron hacerse de provisiones buscándolas a todo riesgo en las cercanías; mas queriendo combatir al Inca en Ollantaytambo, se vieron obligados a emprender la retirada, perseguidos de cerca. Renovándose las escaramuzas cerca de la ciudad, en una de ellas dejaron los indios seis cabezas y muchas cartas rasgadas; por estos indicios y por las declaraciones que dieron algunos prisioneros en el tormento, se creyó que los demás españoles habían muerto o habían desamparado el Perú con el marqués. La idea de hallarse desamparados hubiera producido un desaliento peligroso, si Hernando no levantara los ánimos con sus animosas reflexiones y con su resolución de defender la ciudad durante seis años, si era cierta la partida de su hermano.

 

Lucha con el marqués.

Al principio de la insurrección se había visto el marqués atacado en Lima por Titu Yupanqui, tío del Inca, que encargado de dirigir las operaciones en el Norte se acercó con más de cuarenta mil hombres. En poco tiempo fueron desbaratadas cuatro partidas, que iban a reforzar al Cuzco. Un quinto destacamento supo a tiempo la ruina de los que habían marchado por delante, junto con la proximidad del ejército de Titu Yupanqui, y pudo dar en la ciudad de los reyes la señal de alarma.

 

Pasáronse cinco días en combates indecisos y, no pudiendo sostenerse por mucho tiempo el ejército indio en las cercanías, determinó Yupanqui empezar un ataque decisivo. «Vamos, dijo a sus capitanes, a matar a esos extranjeros; les tomaremos sus mujeres que nos darán una descendencia fuerte para la guerra. Seguidme con la condición de huir, si yo huyo, de morir donde yo muera». Más de cuarenta jefes que habían prometido morir con su general en la demanda, cayeron al primer choque junto con él; la tropa sin caudillos se refugió hacia el cerro de San Cristóbal y no tardó en retirarse a las cabeceras y en dispersarse falta de dirección.

 

El marqués, a fin de defender su conquista, pidió auxilio a las demás colonias y mandó reunir en Lima las fuerzas diseminadas en el Perú. Alonso de Alvarado vino de Chachapoyas reforzando al paso a Trujillo, y fue enviado a Jauja para auxiliar a los del Cuzco. En el ameno valle hizo una detención muy prolongada hasta que pudo elevar su fuerza a quinientos hombres y completar los preparativos de marcha. Emprendida al fin resueltamente la expedición al Cuzco, llegó al río de Abancay, donde al mismo tiempo supo, que el Inca no inspiraba ya temores serios, y que Almagro había entrado en el Cuzco a viva fuerza y tenía presos a Gonzalo y Hernando Pizarro.

 

 

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