Dictadura de  Bolívar (1824–1826)

Dictadura de  Bolívar (1824–1826)

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La situación.

Habían llegado los tiempos críticos que atraviesa toda revolución regeneradora. La preponderancia momentánea de los realistas tenía encadenada y aun extraviada la opinión de muchos pueblos. Lima, mimada por los virreyes, se resentía de las continuas agitaciones sucediendo al reposo secular de las numerosas familias sumidas en la miseria, de las costumbres alteradas por la licencia, y de las providencias rigurosas agravadas por la dureza del Dictador. La inconsecuencia de los hombres hacía perder la fe en los principios. Con el malestar presente se olvidaban las humillaciones del coloniaje y no se preveían las glorias de la emancipación. Los que no estaban a la prueba de los sacrificios y peligros, vacilaron; los que en el Perú independiente aspiraban a heredar el predominio de los europeos, llevaban a mal la igualdad republicana; los adheridos a un orden inalterable no comprendieron las fecundas variaciones de la libertad; los antiguos privilegiados no podían avenirse con la prosperidad de hombres nuevos. Hacíanse duras a la nobleza siempre moderada y cortés, las demasías de la gente de color antes humillada y cada día más levantada con la presencia de muchos auxiliares ensalzados por su mérito y sus servicios a la América independiente. Esta profunda perturbación de los ánimos produjo la defección de algunos escuadrones y partidas, que siguió de cerca a la pérdida del Callao, tentativas de reacción en Guayaquil que hubieron de sofocarse con numerosas ejecuciones, y los compromisos de algunos patriotas con las autoridades realistas, que volvieron a ocupar la capital.

 

Si el estado de los ánimos oponía graves dificultades a los defensores de la Independencia, los realistas luchaban a su vez con obstáculos que les impidieron utilizar su preponderancia, mientras necesitaba reforzarse el ejército de la patria. Restablecido el gobierno absoluto de España, Olañeta que siempre había sido enemigo de las instituciones liberales y tenía aspiraciones ambiciosas, pudo ser inducido por su hábil sobrino don Casimiro, que trabajaba secretamente por la Independencia, a declararse jefe superior del Alto Perú, sustrayéndose a la obediencia del constitucional La Serna. El virrey apuró los medios de conciliación y confió la sumisión de los disidentes al acreditado Valdés. Las tropas realistas que guarnecían a Lima fueron llamadas al interior, y al atravesar la quebrada de San Mateo fusilaron a los patriotas Prudan y Millan, que conducían entre los prisioneros, por haberse escapado otros dos jefes. Esta bárbara ejecución disminuyó el prestigio que se había adquirido el virrey con su política benévola, la que también era contrariada con los necios rigores desplegados en Lima por el general Ramírez. Sus vejaciones a las mujeres, a los que llevaban el pelo cortado a la moda, y a los que daban noticias favorables a la patria, acrecentaron el odio a la dominación española. La ciudad se vio tan contrariada, que ofrecía la imagen de una población en duelo; la hierba creció en las calles que solían ser las más concurridas; y el pueblo hizo votos unánimes por el triunfo del Libertador.

 

Campaña de Junín.

Las huestes de la patria se organizaban con extraordinaria actividad. La Mar disciplinaba en Trujillo una brillante división peruana. Habiendo llegado nuevos refuerzos de Colombia, se aclimataban en el callejón de Huaylas para que pudieran pasar la cordillera los guerreros nacidos en ardientes llanuras. Excediéndose a sí mismo en inteligencia y energía, secundado en la administración por el hábil Sánchez Carrión y en las operaciones militares por Sucre y Gamarra, preparaba Bolívar el triunfo reuniendo todos los elementos de guerra. La caja militar, que se hallaba sin fondos, fue provista; se aprovecharon bien las entradas de las aduanas; se impuso una contribución directa; se tomó por vía de donativo la plata de los templos; se exigieron suministros a los pueblos; se echó mano de bienes pertenecientes al enemigo; se suprimieron los gastos innecesarios y se pagó sólo una parte de los sueldos. El ejército se puso en excelente pie de armas y disciplina. Rebosaba en entusiasmo por el prestigio incomparable del caudillo y con la reunión a los patriotas peruanos de otros americanos vencedores en Chacabuco, Maypú, Boyacá, Carabobo y Pichincha y de algunos europeos que habían concurrido a las campañas de Rusia y Waterloo.

 

A principios de junio de 1824, mientras Valdés combatía en el Sur a Olañeta con alternativa de pérdidas y ventajas, que eran otros tantos triunfos para las armas independientes, se movieron los patriotas para atacar a Canterac en sus importantes posiciones, atravesando la escabrosa cordillera de Huaraz con un orden y previsión incomparables. El caudillo realista no se movió del valle de Jauja, que era su base de operaciones y le ofrecía los necesarios recursos, hasta que el 1 de agosto tuvo noticias de la aproximación de Bolívar. Los montoneros siempre activos y audaces, favorecidos por el espíritu de los pueblos dirigidos entonces por el intrépido Miller, habían ocultado su apacible llegada a la mesa de Junín, interceptando las comunicaciones.

El ejército realista llegó el 5 de agosto a Carhuamayo y su caudillo se adelantó hacia Pasco para hacer un reconocimiento por el lado oriental de la laguna. Entretanto marchaban los patriotas por el de occidente, procurando ganarle el camino de Jauja, atacarle por retaguardia o al menos aislarle del virrey. Para prevenir sus operaciones retrocedió Canterac con diligencia y logró quedar otra vez a vanguardia al siguiente día. Esperando la próxima batalla había Bolívar entusiasmado a sus huestes el 2 con la elocuente proclama:

 

«¡Soldados! Vais a completar la obra más grande que el Cielo ha encargado a los hombres; la de salvar un mundo entero de la esclavitud.

 

¡Soldados! Los enemigos que debeis destruir, se jactan de 14 años de triunfos; ellos pues serán dignos de medir sus armas con las vuestras, que han brillado en mil combates.

 

¡Soldados! El Perú y la América toda aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria; y aun la Europa libre os contempla con encanto; porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo. ¿La burlareis?

¡No! ¡No! ¡No! Vosotros sois invencibles.»

 

Al descender por la tarde del 6 de agosto a la pampa de Junín adelantó el Libertador la caballería separándola dos leguas de la infantería. Canterac que esperaba una completa victoria, porque contaba con 1 300 caballos contra 900 maltratados y peor equipados, corrió a encontrarlos en la estrecha llanura que dejan los derrames de la laguna y los inmediatos cerros de Junín. La estrechez del sitio sólo permitió que formaran en batalla algunos escuadrones colombianos; los demás se alinearon en columna. Dos escuadrones de los húsares del Perú se situaron junto al terreno inundado; un tercer escuadrón peruano venía marchando por detrás por hallarse muy mal montado.

 

La caballería realista cargó al galope recibiendo una emoción notable al ver la serenidad con que era aguardada a pie firme por jinetes dueños de sus caballos y armados con lanzas de catorce a quince pies. El choque fue terrible; la mayor parte de los escuadrones colombianos fueron arrollados, y los realistas creyéndose triunfantes se desordenaron en la persecución. Los escuadrones peruanos, que por hallarse detenidos por el pantano o por venir marchando no habían tomado parte en el ataque, cargaron con decisión; los demás patriotas se rehicieron; el valeroso Necochea que había caído prisionero y cubierto de heridas, fue recobrado; y el enemigo huyó por la ancha llanura a refugiarse en las filas de su infantería que no había interrumpido la retirada. Los realistas dejaron en el campo de Junín 340 muertos, 80 prisioneros y el prestigio de su arma favorita, siendo la pérdida de sus vencedores de 99 heridos y 45 muertos.

 

Canterac desconcertado con el inesperado revés, que no acertaba a explicarse y que comprometía su bien sentada reputación militar, se alejó con tal presteza, que a las 48 horas se hallaba en Huancayo a 32 leguas largas de distancia. Continuando su precipitada retirada perdía provincias, repuestos, armas y la mitad de su tropa, que sin disparar un tiro se desmoralizaba por el desaliento y la continua deserción. Volado el puente de Izcuchaca y roto el del Pampas, hizo un alto de quince días en Chincheros protegido por el cerro de Bombón; y al aproximarse sus perseguidores fue a abrigarse del otro lado del Apurímac, cuyos puentes inutilizó. Bolívar no había podido perseguirle de cerca porque su infantería, que se hallaba a alguna distancia de los realistas el día de la victoria, no estaba acostumbrada a las largas marchas de la sierra. Habiendo dejado su ejército a este lado del Apurímac a las órdenes de Sucre, y creyendo que por la proximidad de la estación lluviosa y la situación comprometida de los realistas tardaría en ser atacado, bajó a la costa para preparar mayores fuerzas que aseguraran en todo evento el triunfo de la emancipación.

 

Campaña de Ayacucho.

El virrey trayendo las fuerzas del Cuzco al campo de Canterac y haciendo venir del Sur a Valdés, que en un mes se trasladó de una distancia de 270 leguas y en el tránsito se reforzó con guarniciones y reclutas forzados, había logrado a fines de octubre poner su ejército en el pie de más de 10 mil hombres con 14 piezas de artillería y 1 600 caballos. Así no vaciló en tomar la ofensiva y pasando el Apurímac por Acha, emprendió su marcha por las alturas intermedias entre la cordillera occidental y el camino real que los patriotas ocupaban. Sucre para no perder su base de operaciones comenzó la retirada el 7 de noviembre. Se hallaba el 22 en Chincheros, protegido por el cerro de Bombón, cuando el enemigo que ya se había adelantado en la dirección de Lima, destacó algunas guerrillas. Rechazadas éstas, y recelando que para flanquearle pasaran los realistas el Pampas, hizo la penosa travesía de Bombón a Ocros con orden admirable, y el 3 de diciembre aguardó en Matará que ellos atacasen. Continuando la retirada en el mismo día, su retaguardia fue alcanzada en la profundísima quebrada de Corpahuaico y sufrió un gran revés, que envalentonando demasiado a los vencedores preparó la próxima libertad del Perú. Los patriotas superiores a todo contraste no vacilaron en ofrecerles batalla al siguiente día, la que no habiendo sido aceptada, verificaron por la noche el peligroso paso del Pangora, y el 6 acamparon cuatro leguas al Este de Huamanga entre el pueblo de la Quinoa y el rincón de Ayacucho. Ya les tenía cortadas el virrey las comunicaciones con Lima, habiéndose adelantado hasta Pacaicasa entre Huamanga y Huanta; para dificultarles la retirada había hecho inutilizar los puentes y puesto sus partidarios en alarma; y retrocedió el 7 a ocupar la formidable posición de Condorcunca.

 

El 8 de diciembre se hallaban ambos ejércitos a tiro de cañón, el patriota en las lomas que dominan la Quinoa, y el realista en las escabrosas faldas del Condorcunca. Mediaba entre ellos el campo de Ayacucho, que se extiende unas 600 toesas de Norte a Sur y 400 de Este a Oeste, terminando al mediodía por una quebrada impracticable, y en las demás direcciones por barrancos menos profundos. La posición del virrey era inmejorable para defenderse y poco a propósito para atacar, porque en el descenso del Condorcunca la caballería había de marchar a la desfilada y la infantería en desorden. Sucre se hallaba en situación mucho más difícil; podía oponer menos de seis mil hombres a más de 9 300, un cañón a once y una caballería inferior en número; si bien entusiasmada con el recuerdo de Junín; para permanecer en su puesto escaseaban los recursos; y se hacía muy arriesgada la retirada, porque faltaban los medios de movilidad, estaba desprovista la región que media hasta las cabeceras de Ica, y se habían declarado hostiles algunos pueblos intermedios entre Huamanga y Jauja. La Mar hizo presente estos obstáculos, y prevaleciendo su dictamen sobre el del jefe del ejército con general satisfacción, se resolvió aguardar el ataque para el memorable 9 de diciembre. Después de hechas algunas descargas a las once de la noche para causar una falsa alarma, descansaron los patriotas, elevándose su espíritu con la inminencia del peligro.

 

Al amanecer se saludaron ambos ejércitos con algunos cañonazos. Entrado el día, principiaron a bajar los realistas con la arrogancia del esperado triunfo. Valdés debía atacar por el Norte la izquierda patriota, que sostenía la división peruana y que ocupaba la parte más vulnerable del campo; por el lado opuesto descendían otras fuerzas con el grueso de la artillería y el centro se ponía en movimiento con la mayor parte del ejército, dirigido por el virrey y Canterac. La izquierda patriota estaba a las órdenes de La Mar, la derecha a las de Córdova, el centro ocupado por la caballería a las de Miller, y la reserva a las de Lara. El entendido Sucre que espiaba la oportunidad, antes que los enemigos pudiesen ordenarse en el llano, recorrió las filas avivando los sentimientos de gloria, honor y patria. Las entusiastas aclamaciones, ¡viva la República!, ¡viva el Libertador!, respondieron a esta breve pero enérgica arenga que pronunció en tono inspirado: «De los esfuerzos de hoy pende la suerte de la América del Sur. Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia».

 

El joven general Córdova a pie, quince pasos al frente de su división y con el sombrero en la mano, exclama: «División, arma al brazo, paso de vencedor», y todo plega a su irresistible ataque. Canterac, que ve comprometida la izquierda, precipita los movimientos del centro. Sucre da las órdenes oportunas para aprovechar los instantes de desorden. Miller destroza la caballería realista. El virrey que ve arrollada su fuerza, se arroja entre los combatientes, cae herido y prisionero. Lara, adelantándose con la reserva persigue a los fugitivos. Valdés, que peleaba con menos desventaja, es también derrotado por el empuje simultáneo de los húsares de Junín, la legión peruana y otros batallones.

 

A la una del día el triunfo de la patria era completo; la hueste que se había creído invencible, estaba desecha, dejando en el campo más de dos mil entre muertos y heridos, unos tres mil prisioneros, el resto en dispersión o dispuesto a resistir a los que pretendieran prolongar la lucha. Los vencedores habían tenido cerca de mil hombres fuera de combate. Una capitulación ajustada en el mismo campo ponía todo el territorio y los elementos de guerra en manos de los independientes. Los rendidos eran tratados con consideraciones que hacían realzar por la generosidad en el triunfo, el mérito de los vencedores en la retirada y el heroísmo en la batalla.

 

Allí mismo y sobre todo a la distancia se quisieron oscurecer las glorias de Ayacucho, atribuyéndolas a traición de jefes realistas; pero si los vencidos no fueron acertados en todas sus disposiciones, pelearon como buenos, y sus constantes esfuerzos hicieron resaltar las virtudes de sus vencedores. La audacia se sobrepuso a la arrogante confianza, el entusiasmo al número, y la oportunidad de un ataque entendido y heroico a la superioridad de las armas.

 

Consumación de la Independencia.

La espléndida victoria de Ayacucho había asegurado el triunfo de la América independiente. En vano algunos fugitivos y las autoridades del Cuzco quisieron prolongar la lucha nombrando virrey al general Tristán, que se hallaba en Arequipa. Disipado el prestigio del poder secular, la opinión se levantaba en todas partes con fuerza irresistible; los destacamentos realistas se pronunciaban o dispersaban; y el nuevo virrey no tardó en reconocer el gobierno de su patria. Sólo quedaban a los españoles las fuerzas de Olañeta, que se sostenía en el Alto Perú, Chiloé defendido por el esforzado Quintanilla, algunos buques enviados de la Península para dominar el Pacífico, y las fortalezas del Callao, que Rodil no se creyó en el deber de entregar, como exigía la capitulación de Ayacucho.

 

Continuando los patriotas su marcha triunfal al Sur, se vio Olañeta abandonado o combatido por los suyos y pereció el 1 de abril en un combate contra ellos en la quebrada de Tumusla. La escuadra realista, que se había dirigido a Filipinas, revolucionándose en las Marianas, se entregó parte a Chile, parte a México. Chiloé no pudo resistir a una gran expedición enviada de Chile. Rodil, que había sostenido el memorable sitio del Callao, hubo de capitular el 22 de enero de 1826, habiendo desplegado en trece meses de ataques y sufrimientos mayor constancia de la necesaria para dejar su nombre en buen lugar.

 

La escuadra por mar y más de tres mil hombres a las órdenes del colombiano Salón, por tierra estrecharon de día en día el sitio, sucediéndose los choques diarios casi por meses enteros. Para contener las conspiraciones tuvo Rodil que emplear crueles rigores, ejecutando en una vez cuarenta personas. El hambre, el escorbuto y las fiebres arrebataron más de seis mil. Por temor a la severidad de Bolívar se habían refugiado allí gran parte de la nobleza y casi todos los comprometidos con los realistas durante la última ocupación de Lima. Esta ocupación se había prolongado casi hasta la víspera de Ayacucho, causando un cruel destrozo a los patriotas en el ataque del 3 de diciembre, el día mismo en que sufrían un revés en Corpahuaico. En el Callao desaparecieron familias enteras y entre otras víctimas señaladas el ex presidente Torre Tagle. Su antiguo ministro Berindoaga, que había querido escaparse, cayó en las manos de Bolívar y murió en el cadalso como traidor a la patria, junto con su cómplice Teron. Los hombres honrados y aun los españoles vencidos en Ayacucho, continuaron libremente en el Perú gozando de las ventajas de la Independencia.

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