Congreso Constituyente: (1822–1824)

Congreso Constituyente: (1822–1824)

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Idea del Congreso.

Los primeros diputados del Perú independiente hubieran hecho honor a una nación adelantada en la carrera de la libertad. Patriotas tan eminentes por sus luces como por sus virtudes representaban dignamente las aspiraciones nacionales; mas la irregularidad de su elección, inevitable en aquellas circunstancias, les privaba del ascendiente necesario para dominar la situación. Ocupada todavía gran parte del país por las tropas realistas, y poco conocedor el pueblo de sus derechos electorales, un gran número de diputados habían sido nombrados en la capital por los pocos habitantes pertenecientes al departamento que debían representar; otros habían sido impuestos por orden superior a electores que, ni les conocían de nombre, ni aun sabían leer las papeletas recibidas para sufragar. Al instalarse el Congreso el 20 de septiembre con toda solemnidad y con general satisfacción, semejantes irregularidades dispensadas por la necesidad y resarcidas por el mérito de los elegidos, no permitían prever los insuperables obstáculos que envolvían para la acertada organización del Perú; los que vinieron a agravarse por la inexperiencia y exaltación de ideas.

 

El Congreso se declaró soberano y reservándose el ejercicio de los poderes legislativo y ejecutivo nombró de su seno una junta con atribuciones limitadas; para mostrar el reconocimiento debido a San Martín, le concedió el título de fundador de la libertad, el uso de la banda bicolor y los honores de jefe supremo, la continuación del sueldo anterior, una pensión vitalicia, la colocación de su retrato en la biblioteca nacional y la erección de una estatua en un lugar público; también mostró su gratitud a Cochrane, ejército libertador, gobiernos amigos, caudillos y pueblos patriotas; permitió regresar a sus hogares a las víctimas de la arbitrariedad; extendió su solicitud a todos los ramos del servicio, aun a aquellos que por su insignificancia o especialidad no debían ocupar su alta atención; decretó las bases de una constitución democrática; y para que pudiese conseguirse la completa emancipación, puso un cuidado especial en la mejora de la hacienda y del ejército.

 

El protectorado había dejado el tesoro tan exhausto, que llegaron a faltar los medios para socorrer a los enfermos del hospital militar. Una contribución forzosa de 400 mil pesos, que debía pagar el comercio, suscitó fuertes reclamaciones de parte de los ingleses, apoyados por un buque de su nación. El patriotismo suministró mayores recursos con donativos espontáneos. Poseídos de un generoso entusiasmo ofrecieron los diputados hasta las hebillas de sus zapatos; todas las clases rivalizaron en desprendimiento; y un desconocido, que quiso ocultar su nombre y que años después se supo haber sido el doctor Armas, entregó 114 onzas de oro como último resto de su fortuna. El ejército engrosaba sus filas con muchos voluntarios, en los que se notaba alguna impaciencia por ocupar puestos superiores. De Colombia enviaba Bolívar dos mil hombres a las órdenes del general Paz Castillo.

 

Junta gubernativa.

Don José La Mar, don Manuel Salazar y Baquíjano, conde de Vista Florida, y don Felipe Alvarado, que componían la junta de gobierno, se esforzaron por llenar los deberes de su difícil posición. En ella tenían que luchar con la enérgica oposición de los realistas, con ambiciones nacientes entre los patriotas y con las trabas del Congreso, demasiado prevenido por las arbitrariedades del protectorado para que quisiera fortificar el poder ejecutivo, según exigían las operaciones de la guerra. Sobreponiéndose a tan poderosos obstáculos, envió la Junta, para que operase en el Sur, una división entusiasta de cuatro mil hombres al mando de don Rudesindo Alvarado. Castillo, unido a Arenales, debía atacar a los realistas en Jauja para impedirles la concentración de sus fuerzas. Este plan de campaña que, dividiendo las de los patriotas aventuraba su éxito, fracasó por falta de dirección y de ejecución completa. Castillo quería obrar por sus propias inspiraciones y ponía tales condiciones para auxiliar al Perú, que la Junta recelosa ya de la ambición de Bolívar, hubo de dar órdenes para el reembarco inmediato de la tropa colombiana. Arenales no pudo marchar a Jauja. Alvarado, fascinado por la cooperación que le prestaban los patriotas de Arica y Tacna, dejándose arrastrar del entusiasmo de sus oficiales, y hábilmente atraído a posiciones desfavorables por el inteligente Valdés que se retiraba a la sierra para recibir refuerzos, se batió en Torata el 19 de enero de 1823 desde las nueve y media de la mañana hasta el anochecer. Había ido ganando terreno hasta las cuatro de la tarde en que Canterac llegó con su estado mayor al campo de Valdés. Sus tropas, especialmente el regimiento del Río de la Plata y la legión peruana, desplegaron un valor heroico y ya ocupaban las penúltimas alturas cuando el refuerzo recibido por los realistas les hizo emprender la retirada. Dos días después (21 de enero) sufrían una derrota completa a las puertas de Moquegua, no habiendo podido alejarse a tiempo y siendo flanqueadas en su posición. Todavía en el desorden de la dispersión hicieron pagar caro su triunfo los bizarros granaderos de a caballo de los Andes a los realistas, que les perseguían en la dirección de la Rinconada. Una columna que operaba por Iquique sucumbió estrechada entre los realistas y las olas del mar, pereciendo en ellas los inseparables e intrépidos La Rosa y Taramona, que no quisieron rendirse. Los restos de la brillante expedición, que regresaban al Callao, recibieron el más doloroso contraste por el naufragio de dos transportes junto a la costa entre Ica y Pisco. Al saltar en tierra los náufragos se encontraron con los horrores del desierto, entre abrasados arenales y sin una gota de agua. Aunque los pisqueños volaron a su encuentro, habían caído ya numerosas víctimas del calor, la sed y la fatiga; algunos murieron por la impaciencia con que se arrojaron a beber el agua encontrada en un puquio.

 

El inesperado revés turbó profundamente el espíritu público. La Junta gubernativa perdió la confianza del pueblo; y aunque ya suficientemente autorizada por el Congreso improvisaba batallones, reunía aprestos y buscaba auxilios, se le acusó de inerte o poco solícita. Los hombres tímidos creían comprometida la causa de la Independencia. En realidad, no obstante el mérito de aquel triunvirato, su organización que no permitía desplegar la energía, presteza y unidad de acción necesarias, dificultaba la pronta emancipación del Perú. El ejército, acaudillado por Santa Cruz y abundando en estas ideas, representó al Congreso que era necesario nombrar Presidente de la República al popular Riva Agüero, investido de facultades amplias. Aunque la representación era moderada en los términos, ocultaba mal la violencia de una resolución arrancada por la fuerza de las armas. Los diputados celosos por la ley y por el prestigio del Congreso la rechazaron en una acalorada discusión, haciendo sentir algunos oradores que ultrajaba la soberanía nacional, coactaba la libertad y hacía ilusoria toda deliberación. Mas acrecentándose el tumulto y agravadas las intimaciones, se aprobó el 28 de febrero de 1823 el nombramiento propuesto por el ejército; y prevalecieron sobre los defensores constantes de las libertades públicas, los partidarios del Presidente apoyados por los que cedieron por temor a la anarquía.

 

Presidencia de Riva Agüero.

Los brillantes principios del nuevo gobierno pudieron deslumbrar al vulgo imprevisor. Riva Agüero desplegó una actividad e inteligencia admirables. Aprovechando los elementos reunidos por la Junta, a principios de mayo antes de cumplidos dos meses y medio de su elevación, hacía embarcar con destino al Alto Perú una expedición compuesta de unos 5 500 hombres bien equipados y provistos, a las órdenes de Santa Cruz y de don Agustín Gamarra. Accediendo a su solicitud venían en auxilio de la emancipación, que era la causa de toda la América independiente, tres mil colombianos mandados por Sucre, más de dos mil chilenos bajo el mando de Pinto, y considerables fuerzas de Salta y Tucumán a las órdenes de Las Heras. Las fortificaciones del Callao se pusieron en el mejor estado de defensa y con abundantes recursos. El empréstito de seis millones de pesos contratado ya en Londres dio suficiente crédito para subvenir a los gastos de la guerra y amortizar seiscientos mil pesos de papel moneda y otras tantas cantidades de moneda de cobre. El espíritu público se reanimaba; el bienestar renacía; y la opinión se uniformaba para apoyar al Presidente, que parecía llamado a ser el libertador del Perú. Con el retiro del liberal Luna Pizarro y de otros diputados inflexibles, la oposición se había acallado en el Congreso, que confirió a Riva Agüero el grado de Gran Mariscal y prestó poco apoyo a ciertas observaciones relativas a los gastos militares. La influencia de los realistas y de los auxiliares derribó fácilmente un poder levantado sobre frágiles bases.

 

El político Sucre, que a su carácter de caudillo militar unía la investidura de Ministro plenipotenciario de Colombia, trató de allanar el camino a Bolívar deseoso de hallar desembarazado el Perú para sus grandiosos proyectos. De la legación colombiana salieron varios artículos, que principiaron a minar el crédito del Presidente. Habiéndose acercado Canterac con nueve mil hombres para ocupar la capital, se hizo notar que las dotes desplegadas por Riva Agüero en el gabinete no bastaban para triunfar en el campo de batalla. Después de salir para el Sur el ejército peruano, ofreció Sucre su apoyo para sostener la libertad del Congreso; y una vez encerradas las autoridades y parte de la representación nacional en el Callao, porque los hombres competentes no habían creído acertado disputar a los realistas la momentánea ocupación de Lima, se suscitó una violenta oposición. 38 diputados, aunque no formaban el tercio legal, invistieron a Sucre el 19 de junio del supremo poder militar; el 21 confirmaron su resolución, no obstante las observaciones del Presidente que la aprobó oficialmente contentándose con hacer una protesta secreta; y el 23 le despojaron de su autoridad. Sucre, que no quería aparecer cómplice en la deposición del Presidente, interpuso su ascendiente para suspender tan grave escisión, y logró que el gobierno y los diputados se embarcasen para Trujillo. Riva Agüero se lisonjeaba todavía con la esperanza de conservar el poder. Con tal objeto procuró dominar a los disidentes; trató de suspender las sesiones del Congreso; lo disolvió el 19 de julio, viendo que no podía acallar la oposición; envió presos en un buque despachado al Sur siete de los diputados más influyentes; y nombró un Senado compuesto de sus adictos, procurando levantar actas en que se aprobaran sus golpes de autoridad y aun se solicitaran con anticipación.

 

Al posesionarse de Lima el 18 de junio procuró Canterac ganar la opinión no persiguiendo a los comprometidos en la causa de la patria; mas su pasajera administración se deshonró con el martirio del chorrillano Olaya que, ocupado en llevar comunicaciones a Sucre, sufrió bárbaros tormentos y el último suplicio por no haber querido descubrir a una señora comprometida en aquella correspondencia. Después de haberse ausentado los realistas, Torre Tagle, en quien Sucre partiendo para el Sur había dejado el alto mando, honró la memoria del mártir de la patria; luego procedió a reconstituir el Congreso que, reforzado con las víctimas de Riva Agüero, le confirió la presidencia y proscribió a su antecesor. Los dos gobiernos rivales establecidos en Lima y Trujillo, olvidando la causa sagrada, ante la cual debían desaparecer todas las disensiones, no pensaron sino en hostilizarse por los medios más violentos. La anarquía amenazaba devorar el Perú independiente, cuando se anunció la llegada de don Simón Bolívar llamado con repetición e instado de cerca por los distinguidos diputados Olmedo y Sánchez Carrión.

 

El héroe de Colombia fue recibido en el Perú como el genio de la Independencia; las demostraciones que se le prodigaron el 1 de septiembre de 1823 sólo podían compararse a las del 28 de julio de 1821, cuyas esperanzas venía a realizar. Su fe incontrastable, su voluntad de hierro y sus esclarecidas dotes militares eran la mejor garantía del triunfo, valiendo su prestigio solo por miles de auxiliares. El Congreso le confirió la autoridad dictatorial y el mando supremo del ejército, conservando a Torre Tagle en la presidencia, más bien para que secundara las miras del Libertador, que para estar a la cabeza de un gobierno independiente.

 

El poder depositado en las manos de Bolívar fue necesario no solamente para acabar con las intempestivas aspiraciones de Riva Agüero, sino también para neutralizar las funestas consecuencias de los reveses sufridos en el Sur. Santa Cruz había principiado su campaña bajo los más favorables auspicios. En las inmediaciones de Pisco un destacamento patriota obtuvo el 11 de agosto un triunfo brillante, que si bien era en pequeña escala y a 400 leguas del teatro principal de la guerra, reanimó a los pueblos y podía levantar la moral del ejército por el bello ejemplo que le ofrecían sus compañeros de armas. En los departamentos del Sur presagiaba grandes triunfos la opinión pública. Apenas desembarcados los patriotas habían logrado sorprender en Azapa a un escuadrón realista apoderándose de todos sus caballos y mulas; lo que les ofreció una ventaja inapreciable para el paso de los Andes. Atravesada la cordillera, fueron reforzados por los guerrilleros del Alto Perú. El grueso de los expedicionarios fue recibido con entusiasmo en La Paz, donde proclamó la Independencia con júbilo universal. Gamarra extendía sus operaciones por el lado de Oruro y la hacía proclamar en Cochabamba. Sabedor Santa Cruz de que se acercaba Valdés, corrió a encontrarle en Zepita el 25 de agosto. Allí, aunque la infantería patriota se vio desordenada en el primer choque, se rehizo con el apoyo de la caballería e hizo ceder el campo al enemigo.

 

Cuando debía animarse a nuevos combates por las ventajas alcanzadas en Zepita y por tener su hueste en el pie de siete mil hombres, y hallándose a la vista del virrey que sólo contaba con cuatro mil, emprendió Santa Cruz el 12 de septiembre desde Sepulturas una desastrosa retirada, sea para buscar el apoyo de Sucre desembarcado ya por Quilca, sea obedeciendo a las órdenes de Riva Agüero, que le llamaba con instancias. Los realistas haciendo una marcha de 20 leguas le alcanzaron en Sicasica y le ahuyentaron en el mayor desorden; un traidor puso en su poder el puente del Desaguadero que debía detenerlos; y las fuerzas patriotas se desbandaron, como si hubieran sufrido una gran derrota. Sucre se apresuró a salvar su infantería reembarcándola por Quilca y protegiendo su retirada con la caballería, que se batió denodadamente en las calles de Arequipa. En este día (8 de octubre) se hicieron admirar las arequipeñas lanzándose con precipitación a la calle durante el combate para recoger y asistir a los heridos. Las fuerzas de Chile, que se hallaban en Arica, se reembarcaron para su país, faltas de cooperación y recelosas de asechanzas.

 

 

Presidencia de Torre Tagle.

Riva Agüero, que para sostenerse confiaba en el regreso de Santa Cruz, buscó apoyo en los realistas, mientras levantaba un ejército en el Norte con su acostumbrada actividad. No pensaba traicionar la causa de la Independencia, que los liberales de España, consecuentes con sus principios, se inclinaban a reconocer gradualmente y que el limeño Pando, ministro de relaciones exteriores, había puesto por condición para formar parte del gabinete español. Mas los exaltados enemigos del ex presidente, que antes le acusaban de tirano, le hicieron aparecer como traidor. Bolívar, que marchaba a su encuentro y había hecho inútiles tentativas por atraerle a la conciliación, logró persuadir de la traición de Riva Agüero a los jefes en que éste había depositado su confianza; y su misma escolta le prendió. De Lima se enviaron órdenes para una ejecución secreta en el término de seis horas sin forma alguna de juicio. Mas los que ya habían comprometido su reputación por bien de la patria, no quisieron mancharla con un asesinato; y el ex presidente con sus ministros y otros jefes salió desterrado a Guayaquil.

 

 

Reunido todo el Norte de la República bajo la presidencia de Torre Tagle, se encontraba todavía Bolívar con fuerzas inferiores a las del virrey; y mientras las ponía en el pie conveniente, se propuso ganar tiempo con negociaciones de paz. La ocasión era propicia. Comisionados españoles enviados por el gobierno constitucional habían ajustado con Buenos Aires un tratado preliminar, conviniendo en un armisticio de dieciocho meses con entera libertad de relaciones comerciales y con la extensión de iguales condiciones a los demás estados independientes que accedieran al convenio. A fin de que rigiera en el Perú, habían sido enviados por el gobierno argentino Las Heras a tratar con el virrey y Alzaga con las autoridades peruanas. La invasión de la Península por las tropas francesas, que iban a restablecer al Rey absoluto, podía mover a los constitucionales españoles al inmediato reconocimiento de las repúblicas hispanoamericanas que ofrecerían el socorro de veinte millones de pesos, cantidad votada por las Cámaras francesas para costear la intervención. El Congreso del Perú no se oponía a la pacífica transacción; el Libertador que sólo consideraba las negociaciones como un expediente dilatorio y no quería aparecer solicitándolas por debilidad, aconsejó a Torre Tagle que las comenzara sin comprometerle; y el ministro de la guerra Berindoaga salió para Jauja autorizado para entenderse con el virrey. Canterac, que ocupaba el valle, no le consintió pasar adelante, ni aun le acordó una entrevista vivamente solicitada por él. Tampoco se había concedido a Las Heras avistarse con el virrey. Los jefes realistas envanecidos con los recientes triunfos y creyendo todavía, que en la prolongada contienda podían salvar la dominación colonial, no prestaban oídos sino a los que hablaban de la inmediata sumisión del Perú. Fue por lo tanto necesario abandonar toda esperanza de negociaciones desde principios de 1824.

 

Como si todas las dificultades debieran aumentarse y arreciar los peligros para probar más la constancia de los patriotas y enaltecer su triunfo, la situación se agravó extraordinariamente en el mes de febrero con la pérdida del Callao, que la traición puso en poder de los realistas. El negro Moyano, que por su acreditado valor gozaba de mucho ascendiente sobre la tropa descontenta por el atraso de sus haberes, pudo sublevarla contra el general Alvarado y demás jefes, se puso de acuerdo con Oliva, otro sargento traidor, y con el realista Casariego, jefe prisionero en el Callao, y entregaron la plaza a Rodil, que operaba por el lado de Ica. El gobierno de Lima había empleado en vano toda clase de medios para que los sublevados volviesen al deber; mas esto no le libertó de las sospechas de complicidad apoyadas en ciertas apariencias. Con menos fundamento quisieron algunos atribuir aquella defección, obra exclusiva de la soldadesca, al libertador Bolívar que pensaba ante todo en impedir sus graves consecuencias. En vista de lo que exigía la salud pública, el Congreso que el 10 de noviembre anterior había dado al Perú su primera constitución democrática, confirió al Libertador el 10 de febrero la plena dictadura, poniéndose en receso y anulando de todo punto la autoridad del Presidente.

 

El Dictador, que se hallaba en Pativilca, dio órdenes rigurosas para retirar de Lima armas, plata, vestuario y demás útiles de guerra, temiendo con razón, que por la ocupación de la capital cayeran en poder del enemigo. Como Torre Tagle se resistiera a la ejecución de las terribles providencias, fue enviado el general Necochea para encargarse del mando y remitir presos al ex presidente junto con su ex ministro Berindoaga, que debían ser fusilados por traidores. Ellos lograron salvar del inminente riesgo, el nuevo jefe fue reconocido en Lima, y el 17 de febrero un corto número de diputados dejaron el país a discreción de Bolívar. Desde la publicación de la Constitución se habían suspendido los artículos que el estado de guerra hiciera incompatibles con las facultades del Libertador.

 

En realidad, aquel código nació muerto, no habiéndose dado a conocer su existencia sino por las solemnidades de la promulgación. El Congreso había perdido el sentimiento de la supremacía y sus hombres prominentes desde el 28 de febrero al imponérsele la elección de Riva Agüero. Desorganizado con la bajada de Canterac y con la disolución de Trujillo no pudo reinstalarse sino con procederes que lastimaban su prestigio; y en adelante la sabiduría e influencia con que brillara en los principios, cedieron a menudo a las inspiraciones de la pasión. Sin embargo, conservó siempre en su seno inteligencias distinguidas y patriotas intachables, que se mostraron superiores a todas las pruebas de la más complicada situación.

 

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