Civilización del Perú bajo los Incas

Civilización del Perú bajo los Incas

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Sistema de gobierno.

Los Incas realizaron el socialismo en la escala más vasta, en toda la pureza posible y con tanta constancia como si durante doce reinados no hubiese gobernado sino un solo soberano. Llamándose hijos del Sol marcharon a la conquista del mundo para imponerle su culto y doblegar la sociedad a sus órdenes. Su voluntad sojuzgaba las almas; todos los bienes y todas las vidas como toda actividad pendían de sus palabras; así hicieron de un vastísimo imperio una sola familia sin ociosos, ni mendigos, y un convento reglamentado en todos los instantes y en todas las prácticas de la vida. Su civilización, muy superior a la de los bárbaros entre quienes se desarrollaba, tenía una fuerza inmensa para difundirse; pero no podía durar, porque contrariando los más poderosos sentimientos de libertad, propiedad y familia debía debilitarse y corromperse a medida que se extendiera, y de continuo estuvo expuesta a una destrucción súbita, porque la jerarquía social dejaba el destino de todos pendiente de una sola cabeza.

 

Jerarquía social.

La sociedad estaba dividida en tres órdenes principales: Inca, nobleza y pueblo. Dios rey, era acatado el Inca como hijo del Sol y como árbitro de todas las existencias. Los pendientes de oro que alargaban sus orejas, la mascaypacha, borla que cubría su frente, el llauto que rodeaba su cabeza, las plumas del coraquenque que la adornaban, los vestidos más preciosos, los millares de personas que le servían, la opulencia de sus palacios, la majestad con que visitaba su imperio, la adoración con que era necesario acercársele y los honores divinos que se hacían a su cadáver, fascinaban al sencillo pueblo; su gobierno paternal ganaba todos los corazones.

 

La nobleza se componía de la familia del Sol, de los Incas de privilegio y de los curacas. La familia imperial incluía a la Coya, reina madre, que por lo común era hermana del Inca, las concubinas, las doncellas de la estirpe real o ñustas, las casadas del mismo origen o pallas y los príncipes solteros o casados que desempeñaban los principales cargos y cuando no por sus luces, eran acatados por su nacimiento y por su lujo. Los Incas de privilegio descendientes de los que con Manco Capac fundaron el Cuzco, eran muy considerados y ocupaban puestos más o menos elevados según sus méritos. Los curacas conservaban alguna autoridad sobre sus antiguos súbditos y entre otras distinciones inapreciables recibían a veces la mano de alguna infanta.

 

El pueblo sumido en la abyección más completa estaba dividido en grupos sucesivos de a diez mil almas, de a mil, de a quinientos, de a cien, de a cincuenta y de a diez; también se dividía por linajes que no podían cruzarse. Los habitantes de las provincias se distinguían en originarios y mitimaes y los de las ciudades en hanaisuyos o de los barrios altos y huraisuyus o de los barrios bajos. Según la posición eran los últimos los yanaconas condenados a las tareas más humildes y los primeros los que estaban dedicados a las artes, al ministerio del templo o al servicio de palacio.

 

Legislación.

No había más ley que la palabra del principal (apupsimi) sirviendo la voluntad del Inca de derecho y de conciencia. Mas por la constitución del imperio y por la misión que se habían arrogado los Incas, su voluntad no debía ser caprichosa; para evitar escándalos y para no comprometer su poder necesitaban sujetarse al socialismo establecido. Los bienes y el trabajo debían servir a las necesidades del Estado y se hallaban organizados conforme a su destino social.

 

La tierra se dividía en cuatro porciones: la del Sol, la del Inca, la de la comunidad y la de los curacas. La tierra del Sol se destinaba al culto, la del Inca a las necesidades del gobierno, las tierras de la comunidad se distribuían anualmente entre las familias dando un topo a cada matrimonio; un topo más por cada hijo y medio por cada hija; sin que pudiesen trasmitirse por herencia, ni por contrato. Los curacas poseían vinculaciones que se perpetuaban en los jefes de las familias. Los grandes rebaños pertenecían al Inca y al Sol; las comunidades sólo poseían un corto número de cabezas; algunos curacas poseyeron millares. Las minas pertenecían de ordinario al Estado. El guano se distribuía entre los costeños por provincias y distritos. Las cacerías se hacían en beneficio del Inca o de los nobles, dejando al pueblo alguna carne que se conservaba bajo la forma de charqui. Sólo quedaban a libre disposición de todos, las hierbas del campo y las riquezas del agua.

 

El trabajo recaía exclusivamente sobre el pueblo que debía emplear su tiempo en las tareas domésticas, en el cultivo de las tierras y en las obras públicas, sin que nadie pudiese estar ocioso, ni las mujeres, ni los niños, ni los viejos, ni aun los privados de algún sentido. Para aliviar la fatiga se estableció la mita o rotación en el servicio, se procuró convertir los trabajos comunes en fiestas, y al que estaba empleado en un servicio le mantenían a costa del Estado.

 

A la edad de dieciocho a veinte años las doncellas y a la de veinticuatro a veinticinco los mancebos debían casarse por orden y conforme a la elección del gobierno. Tocaba a la familia preparar el ajuar y a la comunidad levantar la casa de los desposados. Ninguno podía casarse fuera de su linaje (aillo). Los bienes quedaban para la familia, si el padre no los dejaba a alguno de sus hijos. El mayor se encargaba de la casa, si estaba en edad para ello; a falta de él algún hermano del difunto y a falta de todos el Estado que cuidaba también de los expósitos.

 

El espíritu de comunidad se conservaba reuniéndose las familias periódicamente en los mercados, fiestas, faenas y convites, en los que tomaban parte indistintamente los pobres y los ricos. En caso de necesidad debían unos vecinos ayudar a los otros en los trabajos; y todos cultivaban las tierras de los inválidos. Nadie podía cambiar el vestido de sus mayores, ni de domicilio sin superior mandato.

 

El código penal era muy severo. Se castigaban con la muerte la blasfemia, el sacrilegio, la rebelión, la desobediencia contumaz, el envenenamiento, el asesinato, el adulterio en la mujer noble, el incendio de un puente, el robo de cosas del Inca y del Sol y otros delitos menores agravados por las circunstancias. Otras faltas eran castigadas con el tormento, azotes en los brazos y piernas, golpes con piedra en la espalda, prisión, confinamiento, afrenta, reparación del daño, pérdida del destino u otras penas arbitrarias.

 

Administración.

El Inca era ayudado en la administración del imperio por un consejo de Estado; las provincias eran gobernadas por los Tucuiricuc; los distritos por los Michos; los linajes por los Curacas; los grupos por los Camayoc respectivos. Cada una de estas autoridades administraba justicia reservándose los casos más graves a los Tucuiricuc y al Inca; el juicio era sumario y sin apelación; mas se precavía la iniquidad de los jueces mediante el informe mensual que debían dar los tribunales, y con las visitas que personas de confianza y a veces el Inca hacían por las provincias.

 

Empleados permanentes o temporales presidían a la distribución de las tierras, a las faenas y fiestas, a los socorros del Estado y aun a las tareas domésticas. El cultivo de las tierras era iniciado por el Inca, a quien seguía la nobleza, y se concluía por las comunidades y particulares. Los trabajos de sembrar, recoger las cosechas y depositarlas en los almacenes del Estado eran fiestas populares, en que las tareas alternaban con la música, el baile y los banquetes. También se convertían en fiesta las grandes cacerías y la trasquila del ganado. Se hacían igualmente bajo la inspección del gobierno los trabajos domésticos destinados a fabricar los objetos del consumo público y privado.

 

Para la mejor administración se formaba anualmente la estadística de la población, tierras y otros elementos sociales; los correos (chasquis) prevenidos de legua en legua trasmitían los mandatos oficiales con una rapidez asombrosa a razón de cincuenta leguas por día y en casos urgentes se comunicaban las noticias encendiendo hogueras. Los buenos caminos, las colonias, ya agrícolas, ya militares y la generalización de la lengua quechua facilitaban mucho la acción del gobierno.

 

Conquistas.

La superioridad de civilización y la constancia en las empresas abrieron a los Incas una carrera ilimitada de conquistas. Como hijos del Sol debían consagrarse a una cruzada civilizadora. El heredero del imperio se educaba para la guerra junto con los nobles de su raza. Hacia la edad de dieciséis años recibía al mismo tiempo que ellos, la investidura del huaraco después de un penoso noviciado, con las más imponentes ceremonias, en medio de las que se colocaban en sus orejas un alfiler de oro, en sus pies finas ojotas, en su cintura el huara (pañete), en sus sienes flores emblemáticas, en su frente una borla amarilla y en sus manos un hacha de guerra. Concluidas estas fiestas salía a campaña para hacer el aprendizaje de las conquistas. La nobleza suministraba excelentes jefes, el pueblo soldados sobrios, sufridos, subordinados y serenos. En ejercicios periódicos se aprendía el manejo de las flechas, dardos, hachas, picas, macanas, mazas, hondas y otras armas; para la defensa se usaban cascos, celadas, rodelas y jubones embutidos de algodón. El ejército estaba dividido en grupos análogos a los de sociedad; cada cuerpo tenía una bandera particular, reconociéndose por estandarte general la divisa del Arco Iris. Los movimientos se regularizaban con el toque de trompetas y tambores; pero se peleaba en tropel y sin hábiles combinaciones.

 

La política imperial valía más que el ejército de los Incas: avanzaban a favor de las alianzas, de la mediación y de los halagos; hacían sentir el ascendiente de su civilización; sorprendían con la grandeza de sus obras; se mostraban benéficos en medio de la guerra, clementes con los rendidos y terribles con los obstinados; aseguraban sus conquistas con la tolerancia bien entendida de los usos y creencias, con la prudente introducción de sus leyes; con tomar a los curacas o a sus hijos de rehenes, y con la introducción de mitimaes; en casos imprescindibles no retrocedían ante ninguna necesidad de dominación.

 

Religión.

El Sol era el alma del imperio y su culto se hacía dominante con la severidad de las leyes, con la magnificencia de los templos, con el prestigio de los sacerdotes y escogidas, con la pompa de las fiestas y con el aparato de los sacrificios. Entre los templos deslumbraba el Coricancha por su imagen del Sol, su jardín, sus útiles y sus ornamentos radiantes de oro, plata y piedras preciosas. El templo de Titicaca fue tan venerado que hasta las mazorcas cosechadas en las vecinas rocas adquirían un valor inestimable. Los ministros del culto eran tantos, que en solo Coricancha había cuatro mil, en el templo de Vilcas se alternaban cuarenta mil y en el de Huánuco treinta mil. El sumo sacerdote (Villac Umu) era pariente del Inca, los demás sacerdotes salían de la nobleza, recomendándose además del nacimiento por su vida religiosa y por sus funciones sagradas. Las escogidas (aclla) por su nobleza o por su hermosura vivían en monasterios dirigidas por madres (Mama Cunas) cuidando del fuego sagrado, haciendo labores finísimas y sujetas a la castidad bajo horribles penas. Las Ocllos eran una especie de beatas que vivían fuera de los monasterios siendo respetadas por sus virtudes. Las fiestas del Sol tenían lugar en todo el año y se celebraban con la mayor solemnidad al principio de las estaciones; la del Capac Raimi en el solsticio de diciembre; la del Inti Raimi en el de junio; la del Nosoc Nina en el equinoccio de marzo y la del Citua en el de septiembre. Había en julio una solemne rogativa para que no faltase agua a los campos y en agosto otra para ahuyentar las enfermedades. Al Sol se sacrificaban toda clase de objetos, especialmente llamas y en las ocasiones más solemnes una o muchas víctimas humanas.

 

El culto del Sol traía consigo el de la Luna (quilla), su esposa y hermana, el de las estrellas, el de Venus bajo el nombre de Chasqui Coillur, el del terrible Yllapa (rayo) y el del Arco Iris (Ccuichi). Además, todos los dioses nacionales tenían su templo en el Cuzco y en las provincias; cada tribu seguía venerando sus ídolos, y cada individuo tenía fe en sus conopas.

Entre otras prácticas supersticiosas había algunas muy análogas al culto cristiano especialmente al sacramento de la penitencia; pues se practicaba la confesión y se imponían algunas expiaciones. Es también digna de admiración por las elevadas ideas que expresa, la siguiente oración a Pachacamac: «Oh Hacedor, que estás desde los cimientos y principio del mundo hasta en los fines de él, poderoso, rico, misericordioso, que distes ser y valor a los hombres y con decir, sea este hombre y esta sea mujer, hiciste, formaste y pintaste a los hombres y a las mujeres; a todos estos que hiciste y diste ser, guárdalos y vivan sanos y salvos sin peligro y en paz. ¿En dónde estás? Por ventura en lo alto del cielo y en las nubes y nublados o en los abismos? Óyeme y respóndeme y concédeme lo que pido. Danos perpetua vida para siempre, tennos de tu mano, y esta ofrenda recíbela a donde quiera que estuvieres, oh Hacedor».

 

 

Instrucción.

Sabios llamados Amautas enseñaban a la nobleza en escuelas públicas las máximas de la guerra, las prácticas del gobierno, las ceremonias de la religión, la lengua general, los quipos, la historia de los Incas, algo de Bellas Artes, Medicina y Astronomía, en suma las nociones precisas para los cargos políticos, militares, religiosos y para dominar al pueblo por su superior cultura.

Los quipos confiados a los Quipocamayos llegaron a adquirir una perfección extraordinaria satisfaciendo las necesidades de la estadística y formando los anales del imperio.

La lengua quechua, admirable por la fuerza de expresión, la regularidad de las formas y la dulzura de los sonidos se prestó a todos los usos del lenguaje.

La ciencia del gobierno estuvo reducida al sistema de socialismo en que la jerarquía social y la conquista, la administración y el culto, la familia y el Estado, las leyes y las costumbres, la propiedad y la industria, las penas y las fiestas formaban un vasto y armonioso conjunto.

La moral se expresaba en las máximas: no seas ladrón, no perezoso, no embustero y otras sumamente lacónicas. Los deberes del pueblo se reasumían en la obediencia absoluta.

 

Se tenían algunas ideas de los movimientos del Sol y de la Luna; se determinaba el día de los equinoccios por medio de columnas, y el de los solsticios por medio de torres. Se dividía el año (huata) en doce lunas y cada luna en cuatro semanas; los días que faltaban para el año solar, se suplían con días de otra luna.

 

En medicina se conocía el uso de las sangrías locales, algunas plantas muy activas y otros remedios simples; pero la práctica era muy rutinaria y estaba confiada a curanderos.

De las matemáticas se hicieron importantes aplicaciones a la partición de tierras, al movimiento de las aguas y sobre todo al cálculo contando por unidades, decenas, centenas, millares y decenas de millar.

 

Los grandes adelantos en literatura se manifestaban en los discursos, cánticos y obras dramáticas. Los poetas (haravec) componían relaciones en verso para recordar las hazañas de los Incas. De sus tragedias se conservan las de Ollanta y Usca Paucar, si bien se deja traslucir una refundición posterior a la conquista.

 

La música era melancólica y muy expresiva, si bien a menudo se hacía demasiado ruidosa y algo monótona. Entre los principales instrumentos se distinguían la antara y la quena.

En los dibujos se nota a veces la delicadeza de los perfiles, la verdad de la expresión y la fuerza del colorido. Las estatuas son por lo común informes, teniendo los brazos y las piernas pegados al cuerpo. Algunos bajos relieves revelan la mano de un artista.

 

 

En la arquitectura domina la línea recta, hay raras ventanas, pocas escaleras, una que otra bóveda. Los palacios, templos y otros edificios públicos se distinguen por su uniformidad, sencillez y simetría, sorprendiendo algunos por la magnitud, primorosa labor, armoniosa colocación y ajuste exacto de las piedras. Los principales materiales eran piedras labradas o brutas, adobes más o menos consistentes, cañas y maguey. Las puertas siempre pequeñas se cubrían con pieles, lienzos o cañas. Los techos se hacían con maguey, cañas, pocas veces con palos sujetos mediante cuerdas, cubriéndose de paja y poco barro. Las piezas no comunicaban entre sí; mas en los grandes edificios daban a veces a un patio común.

 

Industria.

La agricultura, sobre la que descansaba el bienestar del imperio, estaba tan adelantada como extendida. Por medio de andenes, hoyas y acueductos se avanzaba cada día más hacia los desiertos y alturas. Conocíanse los abonos del guano y anchovetas; los campos se aprovechaban bien y estaban cercados. Cultivábanse principalmente la papa, el maíz, la quinua, el camote, la yuca, el plátano, el algodón, otras muchas raíces y frutos indígenas. Labraban la tierra introduciendo a manera de arado una estaca puntiaguda con un travesaño para que un trabajador pudiese apoyar el pie y otros tirar hacia adelante. Entre los animales domesticados se distinguían los grandes rebaños de llamas y alpacas, los cuyes, los patos y ciertos perros que no sabían ladrar, llamados alccos.

 

La caza de las vicuñas estaba reglamentada; en otras cacerías y en la pesca seguía desplegándose mucha destreza.

Se reducía generalmente la minería a la extracción del oro, plata y cobre que solían tomarse en la superficie de la tierra, siendo muy raros y poco profundos los socavones. El mineral de plata se beneficiaba en hornos portátiles llamados huairas, abiertos a todo viento, que se colocaban en lugares descubiertos, y para favorecer el beneficio se hizo uso de la galena o sulfato de plomo. Aunque se conocía el estaño y el azogue, no eran objeto de la explotación mineral. También se hacían grandes trabajos para adaptar las piedras de cantería a las necesidades de la construcción.

 

Muchos y muy poderosos obstáculos se opusieron al desarrollo de las artes industriales. Los oficios estaban acumulados en todos los plebeyos, no habiendo profesiones especiales sino para la alfarería, platería, tejidos finos y fabricación de otros objetos de lujo. No se conocían los clavos, las agujas metálicas, sierras, ni otras herramientas o útiles de hierro y por lo mismo casi eran desconocidas las artes del ebanista y del carpintero. Suplían imperfectamente al hierro los útiles de piedra y cobre solo o mezclado con estaño; las espinas servían de agujas y sin embargo de ser tan imperfectos estos y otros instrumentos se hicieron algunos trabajos admirables. En los tejidos finos no se sabía qué admirar más, si la delicadeza de los hilos, los primores de la labor o el brillo de los colores. En las obras de alfarería sorprenden varios huacos por sus artificios para el movimiento de los líquidos y para que el aire saliendo por algunos agujeros imite la voz de las aves allí figuradas. Los plateros doblegaban el oro, plata y cobre a las más atrevidas concepciones. Fueron maravillosas la destreza para pulir las esmeraldas y otras piedras preciosas, la manera secreta de embalsamar los cadáveres y ciertos tintes indelebles. Los colores predominantes fueron el azul, negro, amarillo y rojo, extrayéndose la materia colorante para éste del magño o cochinilla silvestre, ciertos caracolitos marinos y la orchilla.

 

El comercio fue muy reducido; para el interior había días de feria; se usaban balanzas con pesas graduadas y servían de moneda la coca, el ají, la sal u otro producto de uso general; el exterior se hacía con los pueblos situados en las costas del reino de Quito y tal vez con algunos del Chocó. Para estos y otros largos viajes marítimos se navegaba en grandes barcos a vela y a remo, reservándose para las pescas no muy distantes de la tierra la navegación en caballitos de totora, cueros de lobos marinos henchidos de aire y pequeñas canoas. El trasporte por tierra se hacía comúnmente a espaldas de hombre, siendo poquísimo el uso de la llama como bestia de carga. Los grandes caminos no tenían un destino comercial, sino que servían para los movimientos militares o las comunicaciones administrativas y para que el Inca sin salir de sus residencias pudiese comer el pescado fresco trasportado en pocas horas por relevos de chasquis de las orillas del pacífico a los puntos más distantes de la sierra.

 

Usos generales.

Entre la inmensa variedad de usos locales resaltan el apego a la rutina y a las formas, la sumisión absoluta, el espíritu de corporación, la escasa caridad para con los individuos, la falta de aspiraciones, la dulzura de costumbres, la ausencia de crímenes, la debilidad de carácter, la poca elevación de sentimientos y la afición a los placeres sensuales. El gusto por el baile era desmedido, siendo la mayor parte de las danzas monótonas y muy compasadas y distinguiéndose entre ellas la graciosa cachua. Había juegos de suerte, destreza y fuerza, por lo común inocentes y a veces muy peligrosos. La embriaguez solía mezclarse a todas las diversiones y se generalizaba con espantosa frecuencia. No obstante, la multitud de fiestas públicas que se prolongaban meses enteros, especialmente por enero y junio, y aunque fueran objeto de regocijos privados el nacimiento, el corte del primer pelo, la entrada a la pubertad, el matrimonio, la muerte, la siembra, la cosecha, la conclusión de la casa, la despedida de los amigos y cualquier otra novedad, el estado habitual de los indios era la melancolía, mezclándose el llanto a los cánticos, al baile y aun a la bebida.

 

Las comidas eran dos, la primera por la mañana y la otra al ponerse el Sol, casi siempre parcas y sencillas. La base de los alimentos estaba formada por la papa y el maíz, sirviendo de condimentos la sal y el ají y haciéndose poco uso de la carne en las comidas del pueblo; en los lugares ribereños se comía generalmente pescado; en la tierra caliente plátanos y otras frutas; los banquetes opíparos, en que podían saborearse toda clase de manjares, estaban reservados a la nobleza; mas si el pueblo conocía rara vez los goces del lujo, estaba siempre a cubierto de los rigores del hambre. También podía beber a placer la chicha, especialmente la de jora. El deseado uso de la coca sólo le era permitido bajo ciertas restricciones.

 

Los hombres vestían generalmente una camisa sin mangas llamada por los quechuas uncu y por los huancas cusma; el pañete o huara que servía de calzones; la yacolla o manta; la usuta, forma más o menos fuerte y rica de calzado y el chuco o gorro que variaba mucho en los diferentes linajes. Las mujeres traían sobre la camisa el anaco atado, con el chumpi o faja, la mantilla o lliclla prendida al pecho con el tupu (alfiler de espina o metal), la vincha al rededor de la cabeza y el cabello en dos trenzas. Las telas eran de algodón en la costa, de abasca o pelo de llama en la sierra para el pueblo y de vicuña para la nobleza. En el lujo que ésta se reservaba entraban los adornos de metales y piedras preciosas; todos podían engalanarse con plumas.

 

Las habitaciones del pueblo eran sucias, oscuras, sin ventilación, ni cómoda salida para el humo, y reducidas a una o dos piezas estrechas.

El menaje se componía de escasas provisiones, ollas de barro (manca) platos de zapallo, mates, vasijas para la chicha (puinu) pellejo o estera para acostarse (ccara) el huso de hilar (puchca) sencillo telar, batanes (cutana) espejos de pirita, peines de espinas, porongos, lana y algodón para sus labores y otros raros útiles. En los palacios de la nobleza todo revelaba la opulencia, distinguiéndose los asientos (tiana), ricos espejos, preciosas telas y otros objetos de comodidad o de lujo.

 

Tan admirables como los campos que labraron para sostener la vida son las huacas que construyeron los indios para reposar después de la muerte. Los sepulcros se encuentran siempre cerca de las poblaciones, a veces en la campiña inmediata, a veces en la misma casa, entre los floridos valles y por lo común en alguna eminencia. Los cadáveres se hallan sentados con las rodillas juntas y dobladas sobre el vientre, los brazos traídos sobre el pecho, y las manos unidas sobre el rostro; a su lado se encuentran los vestidos, útiles, maíz, chicha y objetos de lujo que les habían de servir en la vida futura.

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