Civilización  colonial

Civilización  colonial

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Idea del virreinato.

Antes de haber sufrido ninguna desmembración, el virreinato del Perú se extendía por el lado del Pacífico desde los confines de Costa Rica hasta el Cabo de Hornos con una reducida interrupción en las costas del Chocó; por el lado oriental incluía además de Tierra Firme, el vastísimo territorio comprendido entre Popayán y Buenos Aires. Al erigirse el virreinato de Santa Fe se le segregaron las audiencias de Panamá y Quito. El de Buenos Aires se formó del país correspondiente a la audiencia de Charcas. Con la de Santiago se creó la capitanía general de Chile. Por la reincorporación de Puno y Maynas recobró el virreinato del Perú los límites de la república actual, habiendo incluido también en los últimos tiempos del coloniaje todo el alto Perú y los gobiernos de Atacama, Chiloé y Guayaquil.

 

Lima era la verdadera corte de la América meridional. Según cálculos preferibles a los diminutos censos, su población se elevaba desde fines del siglo diecisiete a más de 70 mil habitantes. Cada casa ocupaba ya más espacio que cuatro de los mayores palacios de Génova. Excedía a muchas antiguas cortes en pinturas de Roma y Sevilla, paños de Flandes, terciopelos de Toledo, tafetanes de Granada y adornos de la China. Era incomparable en la riqueza de oro, plata, diamantes, perlas y piedras preciosas. El común del pueblo gastaba caballo, sederías y joyas. La nobleza, en la que se contaron duques, marqueses, condes, vizcondes y caballeros de las órdenes militares, eclipsaba con el lujo a la grandeza española, con la que estaba relacionada. Los coches eran muchos y las calesas pasaron de cuatro mil. El culto, para el que se habían erigido unos cien templos, fue más esplendente que el de las ciudades santas. Abundaron las fundaciones de beneficencia. Florecieron los gremios de artesanos. La capital del virreinato era también el emporio del comercio, un foco de ilustración y el centro del movimiento religioso.

 

El Cuzco, aunque reina destronada, era rival de Lima por sus edificios, culto, población e influencia. Arequipa se distinguía por sus comodidades y escogido vecindario. Huamanga ostentaba sus construcciones. Trujillo preponderaba en el Norte. Piura crecía en bienestar y habitantes. Los puertos del Callao, Paita, Pisco y Arica sufrieron rudos contrastes, ya de los terremotos, ya de los piratas. Huancavelica estuvo pendiente del estado de sus azogues. Potosí que había contado más de cien mil habitantes nadando en la opulencia, decayó con su mineral. El de Pasco contribuyó a la prosperidad de Huánuco, Tarma y Jauja; el de Hualgayoc levantó a Cajamarca, que como Chachapoyas sólo se había sostenido con sus tejidos. Ica y Moquegua prosperaron con sus viñedos. Lambayeque heredó la prosperidad de Saña abatida por los corsarios y las inundaciones. Tacna se engrandecía lentamente con su arrieraje. Puno debió su origen y acrecentamiento a sus minas y ganados. Otras muchas poblaciones coloniales no pudieron sostener su primitivo rango. También cayeron en ruinas antiguas capitales de los Incas. Por mucho tiempo se veían de media en media legua y a veces a más cortas distancias pueblos con las calles arregladas y las casas en pie; echándose sólo de menos los habitantes y los techos bajo los que debían guarecerse. Valles que como el de Santa habían sido un hormiguero de indios, no ofrecían ya sino escombros recientes. La población del Perú actual llegó a reducirse a menos de un millón de almas, estando el mayor número de habitantes dispersos en haciendas, caseríos y estancias.

 

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