Carlos V (1542 1556)

Carlos V (1542 1556)

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Establecimiento del virreinato. Consumada la conquista se hizo necesario el establecimiento del virreinato para gobernar al Perú, según exigía su grandeza, y para plantificar la reforma radical que se pensaba introducir en la administración de las colonias. Movido Carlos V por las vehementes exhortaciones del venerable Las Casas, que durante veintisiete años no había cesado de trabajar por la libertad de los indios, resolvió abolir las encomiendas que habían degenerado en intolerable servidumbre. Los encomenderos imponían servicios personales y vejaban de todos modos a los indios, que por sus méritos o por pura merced se les habían confiado para protegerlos y doctrinarlos. Mas por las ordenanzas de 1542 eran despojados de sus siervos todos los empleados, las corporaciones civiles y religiosas, los notablemente culpados en las revoluciones de Pizarro y Almagro y cuantos los poseyeran sin título o los hubieran maltratado; las encomiendas debían incorporarse a la Corona a la muerte de los actuales poseedores y sólo daban derecho a un tributo moderado; la viuda e hijos serían atendidos por la corte conforme a los servicios del encomendero. De esta suerte, la reforma que declaraba a los indios libres para hacerlos tributarios, venía a convertirse en una verdadera confiscación. De tranquilos poseedores iban a pasar casi todos los conquistadores del Perú a humildes pretendientes o desasosegados litigantes; sus herederos quedaban reducidos a mendigar el socorro de los magistrados y los favores de la lejana corte.

 

Para ejecutar las nuevas leyes se erigía la audiencia de Lima con un virrey por presidente y cuatro oidores letrados. Blasco Núñez Vela, a quien se nombró virrey del Perú, era un anciano de alma fuerte, sin doblez, de principios severos y de carácter arrebatado; los oidores fueron D. Diego Cepeda, el doctor Lisón de Tejada y los licenciados Álvarez y Zárate. Al llegar al istmo principiaron a ejecutar las ordenanzas de común acuerdo; mas conociendo la oposición que se levantaba, todos creyeron que se debía contemporizar, excepto el virrey que después de libertar a algunos siervos se embarcó sin dilaciones. En Tumbes, San Miguel y Trujillo recibió buena acogida; mas sus medidas de estricta justicia en favor de los indios y su conocida resolución de cumplir la voluntad del Emperador le hicieron pronto objeto de calumnias, odio y desaires.

 

Todo el Perú estaba conmovido, gritándose por calles, plazas y templos, que el Rey despojaba a los colonos de una propiedad adquirida a precio de sangre y que para no morir en la miseria y legar la mendicidad a sus hijos debían defender su hacienda con las espadas con que la habían adquirido. El ayuntamiento del Cuzco hizo una protesta enérgica; en Arequipa se tocaron las campanas a rebato; en Lima se pensó en suplicar, valiéndose bien de Vaca de Castro que se condujo con tanta prudencia como lealtad, bien de Blasco Núñez, cuya intempestiva severidad hizo que se vacilara sobre si se le reconocería o no en su elevado carácter. Mas prevaleciendo la opinión conciliadora, tuvo una recepción tan honrosa, como pudiera haberse hecho al Monarca, entrando bajo palio, por un hermoso arco triunfal, con las calles cubiertas de yerbas olorosas, entre repiques y músicas, y con el más lucido acompañamiento. Habiendo asegurado que no pensaba ordenar nada hasta que se instalase la audiencia, disipó muchas prevenciones; y aunque la prisión inmotivada de Vaca de Castro y algunos golpes de autoridad renovaron la efervescencia, la llegada de los oidores sostuvo por algunos días las esperanzas de paz.

 

La administración de justicia iba satisfaciendo a los oprimidos, y mejor aconsejado el virrey suspendió las ordenanzas, excepto la relativa a los funcionarios públicos. Por desgracia se declaró la más profunda discordia  entre  Blasco  Núñez  y  la  audiencia,  y  la  autoridad desprestigiada por la división fue impotente para reprimir la formidable revolución que había estallado en el Sur.

 

Guerra entre el virrey y Gonzalo Pizarro.El menor de los Pizarros, creyéndose con derechos a la sucesión de su hermano el marqués, sólo había podido ser reprimido por la hábil política de Vaca de Castro; mas ávido de poder y de honras, audaz, ofendido y solicitado de todas partes para una empresa gloriosa, no vaciló en levantarse contra las nuevas leyes y contra el encargado de ejecutarlas. Reunidos cuantiosos fondos en sus opulentas minas de Porco, se dirigió al Cuzco reforzándose en el camino con soldados y caballeros. Habiéndose hecho nombrar allí procurador general y justicia mayor tuvo en breve cuatrocientos hombres bien equipados, veinte piezas de artillería y el más importante auxilio en la persona de Francisco Carbajal. Al principiar su marcha hacia Lima, estuvo en riesgo de fracasar por la defección y fuga de importantes partidarios, y porque la mayor parte de las ciudades habían reconocido ya al virrey. Mas los consejos de su incontrastable segundo le decidieron a seguir adelante y encontró el auxiliar más poderoso en las faltas e impopularidad del gobierno. El virrey le envió para negociar una intempestiva transacción al obispo Loaysa y al provincial de los dominicos. Los oidores, encontrados en ideas y en choques frecuentes con Blasco Núñez, descendieron al rango de conspiradores. El intrigante Cepeda promovía las defecciones. La fidelidad debilitada en los pueblos ahogaba la voz del honor militar. Puelles, Gonzalo Díaz y otros jefes que debían levantar gente contra los rebeldes, la llevaban a Gonzalo.

 

Desconcertado el virrey y desconfiando de todos, relegó a un buque a Vaca de Castro y prendió a otros caballeros leales; por sospechas de traición e irritado con una altiva respuesta, dio muerte con sus propias manos al factor Illan Suárez de Carbajal; y después de este asesinato fue tenido por una fiera que amenazaba la existencia de todos. Hallándose poco seguro en Lima, eligió la ciudad de Trujillo para aguardar el ataque de Gonzalo. Mientras hacía sus preparativos de marcha, fue depuesto en una insurrección popular dirigida por los oidores, con entusiasmo general y sin efusión de sangre. Enviado después de grandes sufrimientos con el oidor Álvarez para que le llevase preso a la corte, fue puesto en libertad desde que entraron a bordo; y se dirigió al Norte para desembarcar en Tumbes.

 

Cepeda, que se creía ya el verdadero gobernador del Perú como presidente de la audiencia, no pudo resistir los progresos de la revolución. Gonzalo se avanzó resueltamente sin dar oídos a los mediadores, castigando a los desafectos y reforzándose de continuo. Contando con los votos del ejército y de los procuradores de los pueblos, pidió a los oidores el gobierno del Perú; y mientras deliberaban, ahorcó Francisco Carbajal a tres de los fugitivos del Cuzco. El terror de los mandatarios y las tumultuosas aclamaciones de la muchedumbre acallaron todo escrúpulo, y el nuevo gobernador del Perú hizo su entrada triunfal en Lima entre las más faustas manifestaciones de la alegría popular el 28 de octubre de 1544. Su posición no era para estar muy tranquilo. Tuvo que proceder contra partidarios muy inquietos; se alarmó por la fuga de Vaca de Castro que pudo llegar salvo a la corte; y la aparición del virrey en Tumbes le obligó a armarse contra la reacción inminente.

 

Blasco Núñez pudo ser fácilmente ahuyentado hasta Quito por el capitán Bachicao que, enviado en su persecución, fue del Callao a Panamá ejerciendo sin oposición una tiranía feroz; pero habiendo sido reforzado en Quito por Francisco Hernández Girón y otros conquistadores de Nueva Granada, bajó a San Miguel y en breve reunió unos quinientos hombres animados del mejor espíritu. Al mismo tiempo se pronunciaba en Charcas en su favor Diego Centeno, habiendo dado muerte a Francisco de Almendras que gobernaba a nombre de Pizarro. Gonzalo no dejó por mucho tiempo tranquilo a su enemigo. Emprendida la marcha para el Norte, fue reforzando su tropa hasta Lambayeque; estuvo cerca de sorprender a los realistas en las cabeceras de Cajas, y frustrada esta sorpresa, encargó la persecución a su segundo Carbajal que era de hierro para la fatiga y sin piedad con los fugitivos.

 

Sufrieron éstos en su retirada hasta Popayán penas incomparables, marchando sin descanso, sin recursos, en la mayor intemperie, por soledades escabrosas y temiendo tanto a sus feroces perseguidores, como al justiciero virrey que era inexorable con sus mismos servidores de lealtad dudosa. Gonzalo, habiendo llegado a Quito, envió a Carbajal al Sur contra Centeno, a Pedro de Hinojosa a Panamá y él se quedó en expectativa de las operaciones de Blasco Núñez.

 

Hinojosa entró a favor de hábiles negociaciones en Panamá, que estaba dispuesta a resistirle, y del otro lado del istmo tuvo que rechazar a Melchor Verdugo, que habiéndose sublevado en Trujillo, había pasado del Pacífico al través del canal de Nicaragua. Carbajal, a la edad de ochenta años, en que pocos hombres conservan el fuego de las pasiones y el vigor de los órganos, había pasado sin descanso seis veces los Andes, de Quito a San Miguel, de Lima a Huamanga, de Huamanga a Lima, de Lucanas al Cuzco; del Callao a Arequipa y de Arequipa a Charcas, siempre a caballo y haciéndose temer por su sagacidad y fiereza como el demonio de la cordillera. En su terrible persecución no sólo obligó a Centeno a esconderse en una cueva después de dispersar toda su gente, sino que dio alcance e hizo rendirse, aunque eran superiores en número, a ciertos soldados, que regresando del río de la Plata, habían levantado bandera por el Rey.

Blasco Núñez, reforzado por Benalcázar, volvió sobre Quito, de donde se había retirado Gonzalo para atraerle a una ruina inevitable. Habiendo llegado después de una marcha penosa el 18 de enero de 1546 a la ciudad que había sido desamparada por los hombres, entusiasmó a sus soldados con sentidas palabras y magníficas promesas y marchó al encuentro de los rebeldes que le aguardaron en la inmediata llanura de Añaquito con fuerzas superiores y firme resolución. El combate fue muy reñido; mas los realistas hubieron de ceder, viendo a sus principales jefes muertos o moribundos. El virrey que yacía entre otros, fue insultado atrozmente por el hermano del factor Illan Suárez de Carbajal, escuchó las amenazas con resignación cristiana y fijó su mirada en el cielo al caer sobre su cuello el sable con que le asesinó un negro. Su desfigurada cabeza después de insultos salvajes fue clavada en la picota. Mas Gonzalo dio honrosa sepultura a su cadáver y, en general, se mostró clemente con los vencidos.

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