Carlos IV (1778 – 1808)

Carlos IV (1778 – 1808)

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Don Francisco Gil de Taboada y Lemos. El glorioso reinado de Carlos III que murió en 1788, pareció continuarse sin contrastes en los primeros años de su hijo Carlos IV. Mas los vergonzosos desórdenes de la corte, que no tardaron en descubrirse, y la debilidad creciente de la monarquía principiaron a inspirar serios recelos de que la prosperidad de España no tardaría en verse comprometida por la formidable revolución de la Francia. La distancia dejaba al Perú por entonces al abrigo de toda violenta sacudida; y el progreso que tan notable se había hecho bajo el gobierno de Croix sin interrumpirse por el cambio de Soberano, brilló sin nubes en tiempo del virrey Gil de Taboada y Lemos, que puede considerarse la época más dichosa del virreinato.

El movimiento literario se hizo sentir por la publicación de cuatro periódicos. El Mercurio Peruano, que fue uno de ellos, mereció los elogios de los sabios en América y Europa por sus bien escritos artículos y por sus preciosos datos a cerca de la geografía e historia del Perú. San Carlos adelantaba con un buen reglamento. Principiaba a utilizarse para la enseñanza médica el anfiteatro anatómico recién restablecido en el hospital de San Andrés. El barón de Nordenflich, enviado para mejorar la explotación de las minas, establecía para los ensayos un laboratorio químico. Una expedición zoológica se encargaba de estudiar las riquezas animales del Perú. Una escuela náutica debía mejorar la educación de los marinos. Por el mar se exploraba el archipiélago de Chonos. El padre Girbal, auxiliado por el padre Sobrebiela, digno guardián de Ocopa, exploraba la pampa del Sacramento y el curso del Ucayali, daba  mucha luz para levantar el plano de las montañas, y permitía esperar la civilización de los salvajes por hábiles misioneros, que se hallaron detenidos en 1794 por la barbarie de los feroces cashibos llamados entonces carapachos.

La guía del Perú se enriquecía con importantes detalles. Según el censo formado por el plan de tributos que se reconocía muy diminuto, en las siete intendencias existía 1 076 122 personas en 1 460 poblaciones; Lima incluía en su recinto 52 627 habitantes y en los suburbios 10 283.

En su arzobispado y en los cuatro obispados del Cuzco, Arequipa, Huamanga y Trujillo había 557 curatos. El territorio conocido se calculaba en 33 628 y media leguas cuadradas. En el quinquenio de 1794 a 1798 se habían sellado en la casa de moneda 27 967 566 pesos con seis reales que corresponden por año común a 5 593 513 pesos con dos y medio reales. La minería suministraba además de este metal amonedado las pastas destinadas a otros usos y las que salían por contrabando. La entrada anual de la hacienda pasaba de 4 500 000 pesos, no llegando los gastos a cuatro millones. La importación de Europa se redujo en el quinquenio de 1790 a 1794 a 29 091 290 pesos con cinco y medio reales, la exportación a 31 889 500 pesos con seis reales y un octavo. La exportación del Callao para los puertos del Pacífico fue de 7 823 776 pesos con seis reales; la importación de los mismos 8 359 749 pesos con seis reales; la exportación de Lima a las plazas interiores del virreinato de 22 859 820 pesos con seis reales y tres cuartos y la importación 28 443 853 pesos con dos y medio reales. Las rentas del arzobispado de Lima ascendían a 904 893 pesos con dos y medio reales; las del obispado del Cuzco a 468 539 pesos con dos y medio reales; las de Arequipa a 393 901 pesos con cinco reales; de Trujillo a  034 pesos con tres y medio reales; de Huamanga a 283 575 pesos con cuatro y medio reales, formando un total de 2 194 944 pesos. Para acercarse a la verdad es necesario aumentar al menos en un tercio la mayor parte de estos datos oficiales, porque con interés o sin él había una propensión general a la ocultación y a la rebaja.

Con toda su imperfección bastan esas noticias para juzgar favorablemente de aquella situación material. También hablan en su favor las balaustradas puestas a la puerta de los templos, los depósitos de pólvora colocados a dos leguas de la ciudad, la reparación de muchas obras públicas y los cuantiosos donativos voluntarios para hacer la guerra a la Francia, en la que con el suplicio de Luis XVI parecían desencadenadas todas las pasiones revolucionarias.

A fin de que no se despertasen en el Perú, se espiaban las conversaciones públicas y privadas, se tenía cuenta de las personas llegadas de Europa y entre la de otros escritos se impedía la circulación de Los derechos del hombre publicados en Nueva Granada.

 

Don Ambrosio O’Higgins, conde de Ballenar y Osorno. Bajo el nuevo virrey se presentó ya amenazadora la propaganda revolucionaria. El venezolano Miranda, que había servido a los liberales franceses, contaba con su apoyo para revolucionar a su patria. Aunque la paz con Francia alejó los temores de ese lado, la guerra con Inglaterra, que por el interés de su comercio y por vengarse del auxilio prestado antes a los Estados Unidos, quería la emancipación de la América española, ocasionó a la metrópoli riesgos más graves y más duraderos. Quedó interrumpido o muy disminuido su comercio con las colonias, que en el trato extranjero hallaron mercado más provechoso. Los cuidados de la guerra y su desordenada administración le impidieron proseguir sus planes de mejora precisamente cuando la América española, despertando del letargo colonial, principiaba a sentirse más ávida de luz, de reformas y de libertad.

Los únicos hechos memorables de este gobierno fueron la incorporación de Puno, que tan íntimas relaciones tenía con el resto del virreinato, la separación de Chile, que a la distancia no podía ser bien administrado, la refacción de algunos caminos y la mejor policía de Lima. El celo de los vigilantes llegó al extremo de prender al virrey que había salido disfrazado. O’Higgins que había traído buena reputación de la presidencia de Chile, la conservaba en el Perú por su solicitud en beneficio público; mas sorprendido por la muerte a principios de 1801 en el ejercicio de su cargo, fue sustituido por la audiencia, a la que no tardó en suceder don Gabriel Avilés, conocido por sus servicios militares desde la revolución de Tupac Amaru.

 

El marqués de Avilés.Más capaz para la guerra y para los ejercicios de devoción que para el gobierno del virreinato, siguió Avilés las rutinas establecidas sin haber influido mucho en los notables sucesos de su período, ni menos en la inminente revolución. El Perú logró que se le incorporaran por cédula real de 1802 las misiones de Maynas con todos los afluentes del Amazonas hasta el punto en que dejan de ser navegables. Este vasto territorio fue agregado en lo espiritual al obispado de Chachapoyas, cuya sede debía ser Jeberos. En 1804 se reincorporó también Guayaquil que ni política, ni militarmente podía estar bien gobernado dependiendo de otro virreinato. En 1805 se tuvo la felicidad de que prendiera el fluido vacuno que el Monarca había hecho los más loables esfuerzos por trasmitir desde España embarcando a varios jóvenes para vacunarlos sucesivamente. Este inapreciable don, con el que podían precaverse epidemias desoladoras, fue recibido con gratitud entusiasta. También obtuvo una acogida lisonjera el sabio Humboldt que venía a estudiar el nuevo mundo. Entre las obras más importantes deben contarse el parque y fortaleza de artillería principiados en Lima bajo la dirección de don Joaquín de la Pezuela, y el establecimiento de serenos.

Resto de las anteriores preocupaciones fueron el castigo de unas hechiceras y dos autos de fe sin personas relajadas. Entre los fenómenos naturales causaron mucha admiración ocho o nueve truenos que se oyeron en Lima el 19 de abril de 1803. En las provincias se hicieron notar abundantes lluvias y volcanes de agua.

Pasó casi desapercibida en el resto del virreinato una conspiración tramada en el Cuzco en favor de la Independencia. La guerra con Inglaterra, que se había suspendido a principios del siglo, se renovó a fines de 1805, ofreciendo la captura de buques enviados del Perú con ricos cargamentos, la destrucción de la escuadra española en las aguas de Trafalgar, y en América el combate de Arica y la toma de Buenos Aires por los ingleses.

 

Don Fernando Abascal.Bajo el sucesor de Avilés, el heroísmo argentino arrojó por dos veces a los invasores; y este suceso que en el Perú celebraban los realistas con entusiasmo, contribuyó poderosamente al gran levantamiento, con que en el reinado siguiente sacudió la América española el yugo de la metrópoli.

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