Carlos III: (1759 – 1788)

Carlos III: (1759 – 1788)

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Principios de este reinado. El conde de Superunda siguió gobernando bajo Carlos III durante dos años, en los que la provincia de Huamachuco fue separada del corregimiento de Cajamarca, se descubrió azogue en el mineral de Chonta, y principiaron a explotarse minas de brea en Angaraes y Parinacochas. Reemplazado por don Manuel Amat que había gobernado a Chile con inteligente actividad, fue encargado, a su tránsito para Europa, del mando militar de La Habana que atacaban los ingleses, y por la pérdida de esta plaza sufrió por mucho tiempo las amarguras de un enojoso proceso.

 

Don Manuel Amat. La guerra con Inglaterra, en que sin necesidad se mezclaba la España por su malhadado pacto de familia con la Francia, ocupó mucho al nuevo virrey sin disminuir su tenaz empeño en las reformas. Bien provistos los puertos, organizadas las fuerzas de mar y no descuidado el ejército de tierra, se cuidó mucho de la instrucción y disciplina de las milicias del virreinato que pasaban de 98 mil hombres. Entre las lucidas compañías de Lima resaltaba el brillante cuerpo formado por la nobleza que tenía al virrey por jefe. Después de preparada la defensa interior, se trató de impedir que los ingleses se establecieran en las islas de la Oceanía. Con tal objeto se envió una expedición a la de Davis y tres a las de la Sociedad, de donde volvieron los misioneros sin haber hecho prosélitos.

La policía no era menos atendida que la guerra. Una banda de diestros ladrones, que tenían alarmada la ciudad, fue apresada y castigada inflexiblemente por el virrey sin perdonar al jefe Pulido que formaba parte de su guardia. En 1772 se castigó severamente un tumulto que había estallado en la escuadra a causa de las pagas. Se crearon alcaldes de barrios para consultar mejor el orden público y la limpieza; se principió un hermoso paseo de aguas y otras obras por la orilla derecha del río, en las que tuvo parte el deseo de complacer a una persona célebre por los favores del virrey. Al mismo tiempo se edificaban la plaza de toros y el circo de gallos.

En el orden moral se iba a experimentar una transformación de inmensa trascendencia con la expulsión de los jesuitas, realizada en agosto de 1767. Ya el virrey había dado un golpe extraordinario de autoridad contra la influyente Compañía, prohibiendo el extenso comercio que ejercían sus procuradores, cuando recibió la orden de extrañamiento, que ejecutó con extraordinaria diligencia y después de haber tomado juramento de guardar secreto con pena de la vida a su secretario privado. Para la administración de las valiosas temporalidades que pasaban al fisco, se formó una dirección cuyas labores fueron creciendo de día en día. El antiguo colegio de San Martín fue convertido en convictorio de San Carlos, al que se reunió el colegio real de San Felipe y se dieron nuevas constituciones con rectores del clero secular. Un concilio, que debía reformar la disciplina eclesiástica y combatir peligrosas opiniones, se reunió en Lima y acordó algunas reformas. Se principió la de las órdenes regulares y mejoró el servicio de las doctrinas.

Todos los ramos de la administración estaban participando del vigoroso impulso que daban a la monarquía española los entendidos ministros de Carlos III. La minería se hallaba además favorecida con el descubrimiento del rico mineral de Hualgayoc; la agricultura se reanimaba con la salida creciente de los frutos coloniales; el tráfico por el Cabo cada día más activo y con menos trabas daba al Rey, a la metrópoli y a las colonias ventajas desconocidas bajo el absurdo monopolio de los galeones. De 1761 a 1772 se enviaron por esa dirección más de 37 millones de pesos, habiéndose empleado en el interior y en el comercio con los virreinatos vecinos el enorme residuo de 100 millones, que en ese período fueron acuñados en las casas de moneda de Lima y Potosí.

Algunos tumultos vinieron a turbar pasajeramente la satisfacción causada por la prosperidad creciente del virreinato. Tales fueron el de Otuzco fácilmente reprimido, y el más serio de Quito que soportó a duras penas las nuevas exacciones. El alzamiento de los indios contra los intolerables repartimientos de los corregidores fue por entonces el simple anuncio de terribles y no muy lejanas convulsiones.

 

Don Manuel de Guirior. Habiendo estado en Lima antes de ser virrey, bien acreditado ya en el virreinato de Santa Fe y tan prudente como celoso por el bien público, emprendió Guirior las reformas con no menos inteligencia y con más dulzura que Amat. Adelantose en la policía de la ciudad que por primera vez gozó de alumbrado público, en la venta de las temporalidades, en el arreglo de frailes y monjas cuyo número disminuía y las costumbres eran menos desordenadas, en la instrucción pública, aunque quedó en proyecto un nuevo reglamento de la universidad, en la marcha de los correos con gran ventaja de la correspondencia y de la renta y en otros varios ramos del servicio público.

La corte, sea deseando el bien inmediato del Perú, sea proponiéndose otras miras, adoptó grandes medidas que debían influir mucho en el porvenir del virreinato. En 1778 se separó el de Buenos Aires, formándose de todas las provincias comprendidas en la audiencia de Charcas. Un año antes se había celebrado con el Portugal un nuevo tratado de límites quedando entre el Brasil y el Perú la demarcación convenida en 1751. Los Estados Unidos, que habían proclamado su independencia de la Gran Bretaña, fueron favorecidos por la España de acuerdo con la Francia en odio a los ingleses, sin prever que la prosperidad de Norteamérica envolvía la emancipación de las colonias españolas. También habían de contribuir a ella los nuevos reglamentos llamados del libre comercio que, si distaba mucho de serlo quedando todavía cerrada la América a las naciones extranjeras, al menos se eximía de registros y de otras trabas pudiendo hacerse en todo tiempo por el Cabo de Hornos. También se esperaba mucho en favor del Perú de la expedición botánica encargada a los entendidos Ruiz y Pavón, quienes no tardaron en descubrir la valiosa cascarilla de Huánuco, la ratania y otros preciosos vegetales.

Al mismo tiempo la prosperidad de Hualgayoc, las ricas vetas de Huantajaya, el adelanto de otros minerales y el menor extravió de sus metales, hacían que se aumentase la fundición en las cajas del Perú, aunque los más ricos asientos quedaban incorporados al virreinato de Buenos Aires. Con el aumento de fundición, la negociación de oficios vendibles, mayor renta de correos, producto de las temporalidades, un nuevo impuesto sobre el aguardiente y otras entradas subieron los ingresos del erario a más de cuatro millones de pesos anuales; y hubieran crecido más, si la guerra con Inglaterra no hubiera detenido el vuelo del comercio libre, y si el nuevo impulso que se trató de dar a la hacienda nombrando un visitador y superintendente general casi rival de los virreyes, no hubiera dado lugar a ruinosas perturbaciones.

Ya las exacciones de los corregidores habían agotado la paciencia de los indios, quienes dieron muerte al de Chumbivilcas, ahuyentaron al de Urubamba y cometieron algunas muertes en Huamalíes. El establecimiento de aduanas interiores, el sistema de estancos, las tropelías de los alcabaleros, las nuevas matrículas para aumentar los tributos con cuyo objeto se creó también una contaduría general, la alarma del comercio por el nuevo sistema, todo traía agitado el espíritu público; y en las principales poblaciones amagaron serios disturbios. De la murmuración se pasó a los anónimos y pasquines amenazantes. En Arequipa fueron asaltadas una noche la aduana y casa del corregidor y en otros ataques habrían los amotinados cometido mayores insolencias, a no haber sido batidos por la milicia. Para consolidar el orden fue necesario enviar algunas fuerzas de línea y proceder con discreta tolerancia. La alteración de Moquegua, Cailloma, Huamanga, Huancavelica, Jauja, Pasco, Huaraz y otros pueblos fue también comprimida con la actividad y moderación. En el Cuzco sufrieron el último suplicio Lorenzo Farfán y otros que meditaban un general alzamiento.

Aunque en el vecino virreinato los hermanos Catarí traían gravemente alteradas las provincias de Chayanta y Sicasica ofreciendo rebaja de tributos y otras concesiones, que Tomás Catarí decía haber alcanzado del virrey de Buenos Aires, Guirior se lisonjeaba de conservar la ya restablecida tranquilidad del Perú; pero acusado por el visitador superintendente Areche de que criticaba la reforma de hacienda; fue exonerado y murió en la corte antes de ver fenecida su causa, en la que se reconocieron su justificación y leales servicios. Sucesos dolorosos habían puesto de manifiesto las faltas de su acusador, que fue a sufrir parte del merecido castigo.

 

Don Joaquín Jáuregui. El sucesor de Guirior, que había gobernado con crédito el reino de Chile, sólo alcanzó en el Perú días de turbación y espanto. Muchos años antes el cabildo del Cuzco había hecho al Rey una franca representación sobre los enormes excesos de corregidores y curas. Los obispos del Cuzco y de La Paz, y otros varones justos habían elevado igualmente sus clamores al trono en desagravio de los indios, cuya situación era desesperante. Los corregidores, trocando la vara de justicia en vara de comerciantes, repartían a la fuerza efectos más o menos inútiles, a precios recargadísimos y cobraban con inhumanas extorsiones. Los curas despojaban a sus feligreses por la administración de sacramentos, fiestas y ofrendas forzosas o imponiéndoles sin retribución toda especie de faenas.

No eran menores los sufrimientos que estaban padeciendo los yanaconas en las haciendas, los operarios en los obrajes, los mitayos en las minas, todo tributario por el pago de la capitación y todo indio que se hallaba al alcance de las razas dominantes o de la gente de color. En realidad, los indígenas nada poseían que pudieran llamar suyo; ni disponían del fruto de sus violentos trabajos; ni aun tenían seguras de tropelía sus vidas, ni sus honras, ni las prendas más caras de su afecto.

 

Revolución de Tupac Amaru.José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tungasuca en la provincia de Tinta, que seguía en la audiencia pleito para probar su descendencia de Tupac Amaru, profundamente conmovido por la suerte de su raza y por sus propias humillaciones preparó lentamente una revolución vengadora comprando secretamente armas y buscando inteligencias en las diferentes provincias a que le llevaba su oficio de arriero. Sus planes estaban ya maduros cuando los Catarís se levantaron en Chayanta y Farfán pereció en el Cuzco. Para que la conspiración no abortara, le pareció necesario no perder tiempo. La guerra con los ingleses y el descontento general de los colonos por las nuevas exacciones ofrecían una buena oportunidad. La excomunión lanzada por el obispo del Cuzco contra don Antonio Arriaga, corregidor de Tinta, que tenía exasperada la provincia con sus enormes repartimientos, facilitaba su pérdida. José Gabriel comió con él el 4 de noviembre de 1780 en celebridad de los días del Soberano, le prendió en el camino, le formó causa y el día 10 le hizo ahorcar en la plaza pública de Tinta. Tomando resueltamente los nombres de Tupac Amaru e Inca se presentó como el reparador de todos los agravios; y los indios le proclamaron con entusiasmo libertador del reino y padre común. La revolución se propagó como la chispa eléctrica hasta el Tucumán en la distancia de 300 leguas; 600 voluntarios del Cuzco, que habían acudido apresuradamente a sofocarla en su origen, perecieron entre las llamas y a los golpes de los sublevados en la iglesia de Sangarará. Las haciendas de los españoles eran devastadas, destruidos los obrajes y perseguidos sus dueños sin misericordia.

En las provincias de Charcas se cometieron los más horribles atentados. En el pueblo de San Pedro de Buena Vista fueron muertas en la iglesia unas mil personas. En Topacari se dio muerte delante de una madre a su esposo, a sus hijos y al fruto abortado de sus entrañas, habiendo querido violentar al padre a que fuese el asesino de su prole y habiendo tratado de enterrar vivas a las mujeres de los españoles. En Oruro, por la defección de los que estaban armados para la defensa, entraron los sublevados llevando la desolación a las casas de los europeos y pocos días después amenazando a las de los demás vecinos. En el pueblo de Caracoro la sangre derramada bañó los tobillos de los asesinos. La religión no podía contener a fieras desencadenadas que llegaron a desconocer su venerado yugo; a la vista del Santo Cristo de Burgos, que se sacó en Oruro para aplacarlos, decían que no valía más que un pedazo de madera o de cualquier otra materia; en presencia de una hostia clamaba una india, que se había amasado con harina traída por ella misma al sacristán y con semejantes engaños los tenían oprimidos.

Tupac Amaru no participaba de tan feroces pasiones. Pensaba levantar su imperio sobre más sólidas bases, por lo que no quería extender la persecución sino a los europeos y aun estaba dispuesto a acoger a éstos si le eran útiles para la guerra. Mas su autoridad era impotente para refrenar el odio secular; y algunos de sus capitanes decían que era necesario exterminar a cuantos no fueran de su raza para no caer otra vez bajo el yugo; otros juraban el exterminio de cuantos llevaran camisa. Precedido de tan terribles anuncios marchó Tupac Amaru hacia el Cuzco donde pensaba establecer su capital y donde se habían concentrado los fugitivos de las provincias. Su hueste que pasaba de 60 mil hombres, se redujo a 40 mil después de un ligero choque. La ciudad entusiasmada por el obispo, que armó al clero, y dirigida por un jefe valiente, le preparaba una tenaz resistencia. No encontrando la buena acogida que había aguardado, y no contando con la constancia de su gente, se retiró cuando menos lo esperaban los sitiados. La excomunión lanzada por el prelado contra los rebeldes y las solicitaciones de los curas habían convertido en sus terribles adversarios a los principales caciques; la abolición inmediata de los repartimientos entibió a la muchedumbre; fuerzas que Jáuregui enviaba de Lima le inspiraban mucha inquietud. Mientras se alistaba para un nuevo asedio por el lado del Urubamba, se aprestaron contra él unos 17 mil soldados a las órdenes del inspector Valle. No siendo hombre de guerra, ni disponiendo de fuerzas disciplinadas, cayó en desaliento; y aunque algunos de sus capitanes murieron heroicamente en su defensa, viendo el desorden de su gente en las alturas de Tinta, huyó a caballo y fue tomado en Langui. Conducido al Cuzco y juzgado por el feroz Areche que quería suplicios tan horribles como habían sido los crímenes cometidos en la sedición, fue muerto de una manera bárbara. Después de haber visto ejecutar a su mujer, hijo, cuñado y algunos partidarios, se le cortó la lengua, y atado de brazos y piernas a las cinchas de cuatro caballos que tiraban en direcciones opuestas, fue estirado, de modo que parecía una araña suspendida en el aire. Areche puso fin a su tormento mandando que el verdugo le cortase la cabeza. El día, que había estado claro, se anubló de repente, sopló un recio viento y cayó un aguacero que ahuyentó a la concurrencia. Los indios decían que el cielo clamaba contra la muerte cruel que los españoles estaban dando al Inca.

Los sublevados, lejos de aterrarse como había esperado el visitador, pelearon desesperadamente por vengar a su libertador, despreciando los repetidos indultos y prefiriendo muchos morir antes que rendirse. La Paz, sitiada por los vengadores de Tupac Amaru, se vio en los últimos apuros. Sorata, en la que entraron derribando los muros con el ímpetu del agua que habían represado, fue tomada a saco y a sangre, pasando de 10 mil las víctimas. Puno se había salvado por la heroica resistencia de su corregidor. Las tropas de Buenos Aires conducidas por jefes esforzados sometieron a los furiosos indios del Alto Perú después de severos escarmientos. En el Cuzco se calmó la sedición, luego que se acogió al indulto Diego Tupac Amaru, hermano de Gabriel. Los vencedores no estaban tranquilos sabiendo que los sublevados conservaban algunas armas, prodigaban las atenciones a los Tupac Amaru y hablaban de alzamientos. Un pequeño motín en las inmediaciones del Cuzco y otras señales poco ciertas de conspiración bastaron para que Diego Tupac Amaru fuese ejecutado con otros, sin valerle el indulto, y para que el resto de su familia muriese en el destierro. Areche, que se lisonjeaba de haber contribuido eficazmente a la pacificación, fue llamado a la corte a responder de su bárbara conducta. El obispo del Cuzco, a quienes algunos acusaban de tupacamarista, fue recompensado con el arzobispado de Granada. El virrey hubo aún de reprimir la sublevación de Huarochirí con la persecución y suplicio del cacique don Felipe Velasco, primo de Tupac Amaru, que a las inmediaciones mismas de la capital había osado proclamar el imperio de su pariente, tomando el nombre de Tupac Inca.

Los cuidados de esta formidable sublevación no habían permitido a Jáuregui ocuparse con fruto de las reformas emprendidas por sus inmediatos antecesores, ni hacer mejoras notables en ningún ramo de la administración. Apenas la paz exterior y la tranquilidad del virreinato le permitían entregarse a esperanzas halagüeñas, cuando fue reemplazado por don Teodoro de Croix y murió pocos días después sin tener cómo costear su entierro.

 

Don Teodoro de Croix.Bajo el sucesor de Croix gozó el Perú días tranquilos y de una prosperidad creciente. Para mejorar la administración de una manera radical se dividió el virreinato en las siete intendencias de Trujillo, Tarma, Lima, Huancavelica, Huamanga, Cuzco y Arequipa que comprendieron cincuenta y dos partidos o subdelegaciones con la nuevamente creada de Chota. Los intendentes, investidos de extensas facultades, recibieron sabias instrucciones para promover el adelanto de los pueblos. En el Cuzco se estableció una audiencia entre las festivas aclamaciones de la ciudad que la recibió como recompensa de su fidelidad. Suprimido el empleo de superintendente visitador, quedó la autoridad del virrey más asegurada y su acción más expedita. En Lima se creó el destino de teniente de policía que pudo atender a la nomenclatura de las calles, numeración de las casas, buen estado de las acequias, seguridad y ornato público. Sobre el río Jequetepeque se construyó un puente de madera de 76 varas de largo y 6 de ancho con 13 arcos y con sólo el costo de 1 200 pesos por el celo del cura de Pueblo Nuevo y del subdelegado de Lambayeque. Perdido el miedo a los chunchos, volvió a poblarse el valle de Vitoc, rozándose ferocísimos terrenos para el cultivo de la caña, coca, café y frutos de montaña. En el interés de la explotación mineral se estableció el tribunal de minería con diputaciones en las provincias; y aunque la mina de Huancavelica sufrió una gran ruina por culpa de sus administradores, se trajeron los azogues necesarios de Almaden y Alemania. Para extender el comercio se formó la compañía de Filipinas; y progresando de una manera asombrosa para la época en el quinquenio de 1785 a 1789 llegó la importación de España al Perú a 42 099 313 pesos con seis reales y cinco octavos y la exportación del Perú a la Península a 35 979 339 pesos con seis reales y siete octavos, sin contar el comercio de contrabando.

Con los efectos extranjeros venían los libros franceses que estaban produciendo la más asombrosa revolución en las ideas para renovar violentamente la faz del mundo civilizado. En vano se pensó alejarlos del Perú, donde todo principiaba a favorecer el movimiento de los espíritus. Un ilustrado rector iniciaba la educación liberal en el convictorio de San Carlos. El benéfico obispo de Arequipa echaba las bases para la ilustración de sus hábiles hijos; el de Trujillo se desvelaba por la instrucción de los indios.

Sin embargo, el aislamiento conservaba tal sencillez en Lima mismo, que un cierto Figueroa, gallego de cortos alcances y antiguo soldado, pudo persuadir a muchas personas de que recibía cartas del Rey y de su tío el cardenal Patriarca por el intermedio del virrey y del arzobispo; y con esperanza de conseguirles honras y destinos les sacaba algunos vestidos viejos y otros pequeños donativos. Descubierta la impostura, fue condenado a presidio, y al mismo tiempo salió desterrado a España un fraile de la merced que le escribía las cartas. Igualmente fue enviado en partida de registro el agustino fray Juan Alcedo que había censurado con viveza en un poema la conducta de los conquistadores.

La sociedad hacía poco alto de estos golpes de autoridad, satisfecha con la situación próspera del virreinato. La entrada de la hacienda era de unos cuatro millones de pesos, los gastos de unos 35 millones, que dando un sobrante anual de más de medio millón; la deuda, que por la guerra anterior había pasado de 11 millones, estaba reducida a unos diez millones y medio y había en las cajas reales más de dos millones de existencias.

 

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