Carlos II: (1665 1700)

Carlos II: (1665 1700)

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La audiencia. Carlos II nunca dejó de ser niño en un reinado de 35 años. Sin brazos ni cabeza, la gastada monarquía fue el juguete de la Francia y la víctima de ineptos favoritos. La patria del Cid, Cisneros y Cervantes parecía ya incapaz de producir capitanes, estadistas y escritores de genio. El dueño de las Américas no tenía con qué pagar, ni cómo vestir su servidumbre. Su advenimiento, anunciado al Perú en carta de 24 de octubre de 1665, no llegó a noticia de la audiencia sino el 24 de julio siguiente; su coronación y las exequias de su padre fueron celebradas en Lima con igual magnificencia; mas no se recogió el donativo que se apresuraba a pedir la Reina madre. Bastante de admirar es que en poco más de un año pudieran entrar en las cajas reales de Lima 4 657 571 pesos con uno y medio reales, de los que se remitieron al Rey 1 692 290 pesos. Las minas de Laicacota, a cuya opulencia se debían principalmente estos tesoros, eran gobernadas por los Salcedos con la tolerancia forzada de los oidores, que estaban también muy inquietos por las conspiraciones de los indios. Los de Cajamarca, denunciados por su gobernador, fueron condenados a graves penas que se conmutaron en parte. Los conspiradores de Lima, en cuyos proyectos había más embriaguez que seriedad, fueron escarmentados con el suplicio de los cabecillas y de Bohorques que los excitaba desde la prisión. Para remediar los agravios que les exasperaban, se exigió a los corregidores un juramento minucioso en el que se comprometían a cumplir estricta justicia, sin ninguna especie de restricción ni efugio.

 

Don Pedro Fernando de Castro, conde de Lemos.Las contemporizaciones cesaron con la llegada del conde de Lemos, que terminada apenas su espléndida recepción en Lima, subió al Collao, hizo ejecutar por sediciosos a José Salcedo y a otros muchos de sus amigos y destruyó el asiento fundando la villa de San Carlos de Puno. La opulenta mina que había ocasionado la muerte de su generoso dueño, se perdió con la suspensión de las labores. El pueblo creía que el cielo la había aguado para castigar la iniquidad de los tribunales. Mas no se ponía en duda la justificación del virrey cuyo celo político y religioso eran indudables.

Sabiendo que los filibusteros habían quemado a Panamá y que amenazaban al comercio del Perú en las aguas del Pacífico, armó el conde una escuadra de 12 buques y tres mil hombres de guerra que ya no encontraron enemigos. El entusiasmo de los peruanos, que improvisaban tan grandes fuerzas, se mostró igualmente en sus generosos donativos para reedificar a Panamá. Del lado de Chile inspiró algunos recelos la entrada del inglés Clerk, que apresado en Valdivia fue traído a Lima.

A estas atenciones unía el virrey el cuidado de proteger a los indios que deseó libertar de la mita, el fomento de las misiones, el castigo de los gobernadores inicuos, y sobre todo, las fundaciones piadosas. Multiplicó los templos, estableció la devoción de las tres horas y otras prácticas religiosas, ayudó a los betlemitas, hospitalarios recién venidos de Guatemala, y secundó eficazmente al padre Castillo que era su confesor, para el recogimiento de arrepentidas, la magnífica iglesia de los Desamparados y la represión de los escándalos. No faltándole sino la sotana para ser un perfecto jesuita, practicaba en obsequio de la Virgen y aun de los varones piadosos oficios muy humildes. Mas desplegaba un carácter muy enérgico contra la iniquidad de los poderosos, la mayor actividad en el servicio público y la magnificencia de un grande de España, a cuya clase pertenecía, siempre que se trataba del culto divino. Las fiestas con que solemnizó la beatificación de su abuelo San Francisco de Borja y de Santa Rosa, y sobre todo, la inauguración del templo de los Desamparados, excedieron a las más espléndidas pompas de los Incas y a los cuadros de la más rica fantasía. A la vista de los carros, arcos triunfales, altares, colgaduras, tapices y comparsas decían los hombres entusiastas que los desperdicios de Lima podían formar la opulencia de las mayores ciudades.

Atacado el virrey de una enfermedad mortal, mientras se preparaba la fiesta de la Purísima, ordenó que no se interrumpieran los espléndidos regocijos, que coincidieron con sus sentidas exequias.

 

La audiencia.La audiencia, que no podía heredar el prestigio del conde de Lemos, se encontró con apremiantes atenciones y con grandes obstáculos para el buen gobierno. El clero engreído con los favores del devoto virrey no reconocía superior, arrogándose fueros el comisario de la cruzada, disputando los canónigos de Lima a los oidores los honores regios, sobreponiéndose la inquisición a toda ley y desafiando los frailes a la autoridad civil y eclesiástica. Los esplendores del culto habían hecho desatender las necesidades civiles y aun el pago del ejército. El celo de la audiencia, favorecido por los recursos y buen espíritu del Perú, permitió pagar a la guarnición del Callao la mitad de sus haberes, asistir con fondos y armas a los puertos del virreinato, Guatemala y Cartagena y levantar en Lima seis compañías de caballería. Mas las alarmas continuas y la debilidad administrativa consumían estérilmente los recursos de la hacienda y exponían a las desastrosas consecuencias de la guerra antes de haberse experimentado los primeros amagos.

 

Don Baltazar de la Cueva, conde de Castellar.Felizmente el conde de Castellar, que entró en Lima ostentando la opulencia que solían sacar otros virreyes, era todo un hombre de gobierno. Por su asiduo despacho decían los limeños que no se habían conocido diligencia igual, ni forma semejante de administrar en ninguno de sus antecesores. A todos oía, contestaba por sí mismo los recursos, activaba con su presencia y reglamentos el trabajo de las oficinas y tribunales, vigilaba los establecimientos de beneficencia, honraba a la religión sin menoscabar los derechos del patronato, protegía con fruto las misiones, dejaba a las corporaciones y gremios la libertad del sufragio y aseguraba la policía con bandos y rondas.

Para disipar la alarma producida por el falso rumor de que los ingleses estaban poblando las costas de Patagonia, se envió una expediciónque exploró prolijamente hasta los 52° de latitud, y que lejos de grabar al fisco dejó un sobrante, habiéndose gastado sólo 84 152 pesos con cuatro reales de 87 793 suministrados por el público para tan honrosa empresa.

Al mismo tiempo se ponían los principales puertos en estado de defensa, se ofrecían auxilios al gobernador de Costa Rica, se alistaba en Lima una milicia compuesta de 8 433 plazas y se encargaba a Sevilla la compra de más armas.

La hacienda, que ofrecía un déficit anual de  446 pesos, fue por el celo inteligente del virrey mejorada de modo que en menos de cuatro años entraron en las cajas de Lima más de 12 millones de pesos y pudieron remitirse a España cerca de siete millones.

Mayores tesoros se prometía el Perú de un nuevo beneficio de los metales con el que podría obtenerse el doble o el tercio de plata con gran economía de azogue y de tiempo. Mas experiencias exactas desmintieron las esperanzas concebidas por los primeros ensayos que se habían celebrado con fiestas iguales a las más espléndidas de Lemos.

El virrey no tardó en recibir contrariedades más amargas. Un oficial real condenado a azotes y galeras por falsificador trató de asesinarle y murió en el patíbulo, no obstante las intercesiones del conde. Un terremoto ocurrido el 27 de junio de 1678 hizo mucho daño en los edificios y algunas víctimas. Cuando se trataba de conjurar la cólera divina con prácticas devotas y se concluía un brillante novenario a Santa Rosa, recibió el virrey una real cédula que sin oírle le exoneraba, dándole por sucesor interino al arzobispo de Lima don Francisco Liñán y Cisneros. Había sido acusado de haber otorgado permiso a algunos navíos para ir a Nueva España con ruina general del comercio. Sus enemigos le hicieron apurar en la residencia las amarguras de la persecución, de que no procuró defenderle el arzobispo; pero después de tres años, a la llegada de otro virrey, se le hizo justicia, habiendo dejado un buen nombre en el Perú y obteniendo en España la consideración merecida.

 

Don Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo de Lima.El virrey arzobispo reconoció que la parte más importante de la administración era la hacienda, la cual era necesario guardar de algunos que la guardaban y defender de algunos que la defendían. La deuda se elevaba a 3 806 663 pesos, el gasto anual a 2 100 829, y la entrada a 1 953 467, resultando un déficit de 57 392 que habían de aumentar los gastos extraordinarios y las remesas al Rey.

La situación no permitía mejorar las rentas. Mientras se preparaban expediciones más formidables, 331 filibusteros auxiliados por los salvajes del Darién atravesaron el istmo, se apoderaron de los buques surtos en el puerto de Perico y obtuvieron una sangrienta victoria sobre la armada que Panamá había enviado a su encuentro. Provistos de otras embarcaciones, armas, municiones y víveres, recorrieron los puertos del Pacífico difundiendo el terror por todas sus costas. La armada de voluntarios decididos, que se improvisó en Lima contra ellos, no tuvo la felicidad de encontrarlos. Mas en Arica, cuyas primeras trincheras habían forzado, fueron escarmentados por los valerosos habitantes, dejando en el campo 28 entre muertos y prisioneros y retirándose con 18 gravemente heridos. Este contraste, los azares de la piratería ejercida por algunos meses más y las rivalidades de unos con otros les hicieron volver al Atlántico, unos por Tierra Firme y otros por el Cabo de Hornos.

En medio de estas alarmas las disensiones del clero, que trascendían a todas las clases, traían muy divididos los ánimos de los colonos.

Los capítulos de los conventos presentaban toda la agitación de las contiendas populares. La introducción de la alternativa entre los franciscanos produjo choques gravísimos. El P. Terán, comisario general de San Francisco, que debía establecerla, fue amenazado de muerte por los religiosos de Lima, hubo de refugiarse en palacio, y habiendo vuelto al convento por súplicas de la comunidad, estuvo cerca de perecer entre las llamas que habían puesto en su celda, y con las piedras, palos y armas de fuego con que trataron de impedirle la salida. Habiendo acudido la fuerza armada al toque de arrebato, pudo contenerse el incendio; días después, al prender a los frailes más turbulentos, hubo un choque en que murió un religioso, y en la plebe se anunció un motín que se cortó con bandos severos.

En Quito se turbó también la tranquilidad porque las monjas de Santa Catalina, cuya elección quería violentar el provincial de Santo Domingo, se pusieron bajo las órdenes del obispo y se dividió la ciudad en partidarios exaltados de una y otra autoridad. Los canónigos del Cuzco entraron en reñidos debates con el obispo.

Por su doble carácter pudo el virrey arzobispo conservar la buena inteligencia con las demás autoridades eclesiásticas y allanar las principales dificultades. Los jesuitas le auxiliaron para el gobierno político enviando contra los portugueses de la colonia del Sacramento a los indios de sus reducciones, quienes pelearon con gran denuedo. En los establecimientos de piedad contó con la cooperación de varones santos, tales como el venerable Camacho, el indio Nicolás de Dios, el presbítero Riera fundador de la congregación de San Pedro y otros muchos del siglo o del clero.

La corte esperaba mucho bien de la recopilación de las leyes de indias, que se publicó en 1680. Verdaderamente este código, que ofrece un alto interés histórico, abunda en disposiciones sabias dictadas por el espíritu de orden y el amor a la justicia; pero se resiente en extremo de miras mezquinas, tendencias opresoras, vacíos, e incoherencias y presentaba un carácter de inmovilidad y uniformidad, cuando la sociedad en vía de formación exigía más movimiento y variedad. Lo peor era que la aplicación de leyes tan imperfectas pendía de una administración esencialmente viciada; sobre todo, desde que en la misma fecha se decretaba la venalidad de los destinos. Los mejores virreyes, entre quienes debe contarse al sucesor del arzobispo Liñán, no pudieron conseguir gran fruto de sus reformas.

 

Don Melchor de Navarra y Rocaful, duque de la Palata y príncipe de Massa.El nuevo virrey, que era un gran político, había formado parte del Consejo de Regencia en la minoridad de Carlos II y necesitó de todo su genio y experiencia para conjurar los riesgos de la situación. Hacia 1684 más de dos mil filibusteros sin concierto previo se pusieron en camino para el Pacífico, sea por el Cabo de Hornos, sea por el istmo del Darién. A principios de 1685 se hallaban reunidos en las aguas de Panamá unos 1 100, con diez buques al mando del flamenco Davis. El virrey aprestó contra ellos una escuadra de seis buques con 116 cañones y abundante fusilería bajo las órdenes de don Antonio de Veas y otros jefes distinguidos. Después de un combate obstinado cerca de las islas del Rey fueron puestos en dispersión y no volvieron a reunirse a causa de sus rivalidades. Mas divididos en pequeños grupos, devastaron las costas de la América Central, los puertos de Guayaquil, Paita, Pisco, Arica y otros; arruinaron el comercio marítimo y saquearon algunos pueblos interiores. Al fin dos nuevas flotas armadas por el duque permitieron el movimiento de mercaderías y caudales sin temor a sus excursiones; y una escuadra de voluntarios formada por comerciantes y otros capitalistas persiguiéndolos tenazmente les apresó siete embarcaciones, y dejaron libre el Perú. Las fuerzas reclutadas en Lima se condujeron tan bien, que en la opinión del virrey, si los del Perú tuvieran la escuela práctica de la guerra, serían tan buenos soldados como los de Cataluña, Milán y Flandes. La mayoría de los filibusteros había perecido por los combates, privaciones, fatigas y excesos. Los que existían en las cárceles de Lima fueron condenados a muerte por la irritación popular que producían sus atentados, y entre éstos pereció Enrique Clerk que llevaba ya más de trece años de residencia en Lima, y que en vano fingió ser fraile de San Francisco. Para libertarse de un golpe de mano se levantaron las murallas de Trujillo y de Lima; éstas en la extensión de 13 mil varas, cinco baluartes y seis puertas, la mayor parte con el solo costo de 400 mil pesos y el trabajo de tres años.

Aún estaban los piratas en el Pacífico, cuando fue arruinada Lima por un espantoso terremoto el 20 de octubre de 1687. Un primer estremecimiento, que quebrantó todos los edificios e hizo algunas víctimas, permitió que la mayoría de los habitantes se salvara del estrago de una segunda y más violenta sacudida. El terror producido por falsas revelaciones y por indiscretos predicadores se unió a las privaciones e influjo de la inclemencia para causar graves dolencias. Mas el celo inteligente y sereno del virrey logró restablecer la confianza y el orden habitual, aunque ocurrieron graves desavenencias con el clero.

Habiendo el duque autorizado en una ordenanza a los corregidores para que informasen extrajudicialmente de las vejaciones intolerables de los curas, clamó el arzobispo que con la violencia del brazo secular quedaría hecha piezas la túnica inconsútil de Jesucristo y que la ignorancia intentaría sentarse en el monte del testamento y exaltaría su solio sobre los astros de Dios. Hizo imprimir en Sevilla una protesta titulada Ofensa y defensa de la libertad eclesiástica y viéndola combatida en los escritos de dos oidores se permitió ataques violentos en el púlpito. El virrey procuró moderar su celo con la energía y la prudencia; mas la ordenanza quedó sin vigor y en la opinión común como un atentado contra la inmunidad eclesiástica.

Con mejor éxito se sostuvieron las regalías de la Corona en otras competencias con la inquisición y algunos prelados. Los conventos de monjas, que a veces formaban repúblicas desordenadas, no pudieron reformarse. Las misiones de Maynas; aunque habían sufrido mucho por el azote de las viruelas, invasiones de portugueses y alzamiento de los neófitos, se repararon por el celo del padre Samuel Fritz, apóstol de los omaguas. La universidad, que había decaído, recibió nuevo lustre. Se estableció en Lima una casa de moneda. La audiencia pudo funcionar con mayor desembarazo. En el despacho de los asuntos generales reinó la mayor actividad. Los intereses de la hacienda fueron tan bien atendidos, que sin nuevo gravamen pudieron cubrirse enormes gastos extraordinarios, a los que contribuyó generosamente el pueblo.

La inteligencia del virrey, no bien inspirada por las órdenes vigentes, ni por los consejos de sus antecesores, se estrelló en la reintegración de la mita que pretendió hacer a Huancavelica y Potosí y que él consideraba sin razón como la obra grande de su gobierno. Superando inmensos obstáculos hizo la numeración general de los indios, que muchos tenían interés en ocultar y que quedó tan incierta como antes. Los naturales estaban muy alarmados y principiaban a huir de las reducciones previendo un aumento de mitas y tributos.

Ninguna de las nuevas disposiciones pudo ponerse en vigor, ni las encaminadas a la enseñanza y justa retribución de los indios, ni aun las ordenanzas de los anteriores virreyes que fueron publicadas en 1686. Toda reforma debía abortar en una época, en que la corte había descendido al último grado de corrupción y la monarquía estaba cerca de sucumbir con el último Rey de la dinastía austriaca. El duque murió de la fiebre amarilla en Portobelo, cuando regresaba a la Península.

 

Don Melchor Portocarrero, conde de la Monclova.Por fortuna del Perú, en circunstancias tan difíciles sucedió al duque de la Palata el conde de la Monclova que, si carecía de su genio, se había distinguido mucho en el servicio público, traía del virreinato de México un nombre popular y se hizo amar de todos por su moderación y sus virtudes. Calmó la inquietud de los indios sobreseyendo en la reintegración de la mita por la que instaban los mineros de Potosí, obsequiando a un comisionado 30 mil pesos de una vez y 200 pesos semanales a su señora durante su ausencia. Se ganó al clero con las deferencias, la reconstrucción de templos y protección de las obras piadosas. Se hizo muy popular dando cuantiosas limosnas y manifestando en una carestía que, como el pueblo tuviera que comer, poco le importaría que faltara para sí y para su familia. Contribuyó a la reedificación de Lima de modo que pudo pasar por un segundo fundador. Construyó un muelle en el Callao y una nueva armada que parecía muy necesaria por haber los franceses saqueado a Cartagena, amenazado a Buenos Aires y entrado en el Pacífico; al mismo tiempo que intentaban los escoceses, aunque sin éxito duradero, un establecimiento en el Darién. Envió en la armada de 1690 treinta millones de pesos pertenecientes al comercio y al Rey, y despachó en 1695 los galeones que debían ser los últimos en aquel siglo por la postración de la España y por la extensión del contrabando. Un solo buque empleó en el tráfico ilícito de Acapulco por valor de dos millones de pesos.

El conde de Canillas, que debía venir en dicho buque para suceder al de la Monclova, murió en el istmo y así pudo éste continuar en el gobierno, aun después de la caída de la dinastía, con satisfacción general. La inquisición le agradecía su apoyo a tres autos de fe que felizmente no fueron sangrientos; la nobleza le estaba reconocida por sus atenciones y generosidad; la corte por los funerales hechos sin gasto del erario a la Reina madre y a Carlos II; la universidad por sus consideraciones que daban mucha nombradía a los grados y cargos académicos; los misioneros por sus socorros, si bien en Amazonas no pudieron impedir que los portugueses avanzaran sus colonias; el pueblo, mineros y comerciantes por su tolerancia, cuando las leyes coloniales caían en desuso y el estado social iba a sufrir alteraciones profundas.

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