EL MILITARISMO

EL MILITARISMO

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1.1. GENERALIDADES
En los anos iniciales de la República nuestro país podía provocar desconcierto y asombro a cualquier europeo. A diferencia de Francia o Inglaterra donde las distancias se acortaban y las ciudades crecían aceleradamente (Londres tenía más de un millón de habitantes), el Perú era un país rural y Lima la ciudad más populosa con apenas 60,000 habitantes, sin faltar ejemplos como Cusco donde la urbanización por el contrario decrecía; cerca del 50% del país estaba compuesto por territorios poco conocidos: el vasto espacio amazónico; las fronteras políticas persistieron poco definidas y fueron motivo de conflicto con la Gran Colombia y con Bolivia.
Durante el período comprendido entre 1825 y 1845 disminuyó la circulación monetaria y al igual que en Abancay, según una descripción de la época, en muchos lugares el comercio fue «ridículo» y sólo se pudo hacer en «base de permuta»; las comunicaciones se tornaron muy difíciles porque a pesar de su extensa costa el Perú en 1826 sólo contaba con cinco puertos mayores (Arica, Islay, Callao, Huanchaco y Paita) y las viejas rutas que habían vinculado a Lima con Arequipa o Cusco y luego el Río de la Plata sufrían un relativo abandono; a los riesgos habituales de la geografía peruana el viajero debía añadir la amenaza persistente de los bandidos. Tal vez mostremos con mayor claridad lo peculiar del país si decimos —sin hacer ningún énfasis, que viajar era una empresa peligrosa y llena de sorpresas, por eso el viajero fue un personaje y los libros de viaje un género apasionante, con autores que supieron reunir la calidad del suizo Jacobo von Tschudi o de la francesa-peruana Flora Tristán.
Sobre este escenario una determinada sociedad se inició en la vida política con el propósito de fundar un orden pretendidamente burgués y liberal. Para los mejores intelectuales de esos años; pensemos por ejemplo en Sánchez Carrión y los redactores de La Abeja Republicana; ese proyecto significaba abolir el oscurantismo y romper con las cadenas opresoras de los tres siglos coloniales.
Tras una considerable distancia temporal, podemos sonreír ante estas ilusiones y calificarlas de utópicas. Sin embargo siempre es útil preguntarse por lo nuevo y lo viejo, por lo que cambió y lo que continuó en la “iniciación de la República”. Veremos cómo muchos acontecimientos que se originaron entonces todavía siguen gravitando sobre el Perú contemporáneo.
1.2. INESTABILIDAD POLÍTICA Y MILITARISMO
¿Qué cambios ocurrieron? El cambio más evidente, a la par que la ruptura con España, fue el abandono de los aparatos administrativos (Audiencia, Intendentes, etc.) y la consiguiente anulación de la burocracia colonial. Para culminar con la ruptura política era preciso contar con una dase social dispuesta a organizar el nuevo Estado y a dirigirlo, como lo había hecho la burguesía con el liberalismo europeo.
Pero los diversos sectores que componían la clase dominante de la época pasaban por una grave crisis. En algunos casos, como entre los hacendados y comerciantes de la costa norte peruana, esta crisis venía desde los años iniciales del siglo XVIII. En otros, como los propietarios de minas, se remontaba apenas a los inicios del siglo XIX, aunque ellos nunca habían detentado un gran poder y siempre permanecieron subordinados al capital comercial. Los grandes comerciantes limeños, cuyo poderío había sido indiscutible, se vieron afectados por el incremento del comercio vía Buenos Aires y por el amenazante desarrollo de Valparaíso. El debilitamiento de los comerciantes a su vez interfirió en la producción azucarera de los valles cercanos a Lima, intercambiada desde entonces por el trigo chileno.

 

En el conjunto de la costa central, desde Santa hasta Nasca, la producción agrícola, excepción hecha de la vid, observaba una tendencia que podríamos definir como estagnante. Posteriormente las haciendas vitivinícolas sufrieron la competencia del aguardiente de caña. En cuanto a la sierra, la crisis minera de los inicios del siglo XIX restó el escaso mercado que tenían los productos de las haciendas agrícolas y ganaderas. De esta manera, hacendados, comerciantes y mineros, a su heterogeneidad y diferenciación regional, añadieron un estado de postración que los hacía poco aptos para asumir ellos directamente el poder en el nuevo Estado, lo cual no significa que no buscaran usufructuar de mayores prerrogativas.
La carencia de una clase burguesa hizo de la República sólo en apariencia un Estado burgués. La democratización de la vida pública fue obstaculizada por el militarismo y hasta por los propios legisladores, que pronto aumentan de 21 a 25 años la edad mínima de los votantes, limitando ese derecho a los alfabetos y exigiendo un cierto nivel de ingresos para poder ser elegido diputado o senador, con todo lo cual quedaba automáticamente marginada la masa campesina e indígena.
En lo que se refiere a los intelectuales que temprana o tardíamente se afiliaron al separatismo (abogados, médicos, profesores, periodistas), no tenían la solidez necesaria como para ser una real alternativa de poder. No pensaron, desde luego, en buscar el respaldo de las masas populares porque aún persistía muy vivamente el temor a esas masas indígenas que habían visto actuar cuando el movimiento de Túpac Amaru II o cuando Pumacahua.

 

Todo lo anterior condujo a una situación en la cual el poder político tendió a fragmentarse. Surgieron así tendencias regionalistas que derivan en un claro separatismo de Lima, especialmente en los departamentos del sur peruano. Arequipa y Cusco. Surgen también fenómenos de autonomía local. La debilidad del Estado central y la desaparición de la burocracia colonial, posibilitan que en las áreas apartadas; que son las más del territorio; los hacendados añadan a la propiedad de la tierra el ejercicio político dando origen a lo que José Carlos Mariátegui, recogiendo la terminología popular, denominó gamonalismo: es decir, el terrateniente más el poder local. Este es el trasfondo de la anarquía en los primeros años de la República. Se entiende así que en 1838 puedan existir hasta siete presidentes en el Perú.
En estas circunstancias sólo encontramos dos instituciones que funcionan a escala nacional: la iglesia y el ejército. En cuanto a la primera, proporcionó algunos de los más relevantes intelectuales. Pocos como Luna Pizarro tuvieron posiciones liberales. La mayoría; y el mejor ejemplo es Bartolomé Herrera con sus sermones; avalaron a las posiciones conservadoras. Pero la iglesia, aparte de una no menospreciable concentración de tierras, tenía sólo las ideas y el “poder moral” y eso, en años convulsos como los de entonces, no era suficiente.
El ejército, aparte de las ideas, definibles en la mayoría de los casos como conservadoras, autoritarias, pretendidamente aristocráticas y muchas veces chauvinistas (siendo el mejor ejemplo el Mariscal Gamarra), tenía obviamente las armas. En esos primeros veinte años de vida republicana la violencia importa más que el consenso para el control político. Se debe tener en cuenta que las clases populares, salvo cuando en 1834 protestan en Lima contra Gamarra y el militarismo en su conjunto, no intervienen activamente en las disputas de los caudillos. (Los sucesos del 28 de enero de 1834 constituyen el primer movimiento urbano y popular de envergadura en la República. Participaron heterogéneamente artesanos, comerciantes, intelectuales, además de mujeres y niños. «Por primera vez, dice Jorge Basadre, en lucha callejera, el pueblo había derrotado al ejército»).
Inicialmente el ejército tuvo como respaldo el prestigio de las guerras de la independencia. Luego se hizo indispensable por la tensión existente en las fronteras. Recordemos por ejemplo como el Perú estuvo en guerra con Solivia (1828), la Gran Colombia (1829), en cierta manera y según el punto de vista, con Bolivia, Chile y Argentina durante los años de la Confederación (1835-1839), nuevamente con Bolivia (1841 y 1842).
Además se produjeron tensiones muy fuertes con Bolivia en 1831 y con Ecuador en 1842. Todo lo relacionado con el ejército (armas, uniformes, pertrechos, sueldos de oficiales, etc.) ocupa el primer lugar en los gastos fiscales.
Pero el ejército al que nos estamos refiriendo no es, en sentido estricto, una institución profesional. Está fragmentado como lo está el país y se articula en tomo a ciertas personalidades. Esos caudillos son el resultado y la explicación de un estilo político elemental y violento. Entonces los generales; y no es una frase retórica; “sí sabían morir”. Dejemos a un lado la validez de sus ideas. Lo cierto es que luchaban efectivamente por ellas. Como ejemplo, allí están Felipe Santiago Salaverry y sus ocho compañeros de armas, ninguno de los cuales tenía más de treinticinco años, fusilados por Santa Cruz en la plaza de armas de Arequipa un 18 de febrero de 1836. Otro ejemplo, Agustín Gamarra invadiendo a la cabeza de sus tropas el territorio boliviano y muriendo en pleno campo de batalla (Ingavi, 1841). Uno más, Domingo Nieto, que no se resigna a ser expatriado por Salaverry y gracias a un ingenioso ardid se apodera de la goleta en la que era conducido y desembarca en Huanchaco, para movilizar nuevas tropas.
El ejército, sin embargo, no fue capaz de establecer un nuevo orden e iniciar una fase de estabilidad política. Uno de los gobiernos más sólidos del período, el que correspondió al Mariscal Gamarra (1829-1833); tuvo que combatir catorce actos subversivos, razón por la cual el propio Presidente debió dejar en varias ocasiones el cargo. De 1838 a 1845 se produjeron once cambios de gobierno, violentos todos ellos.
Al interior de estas circunstancias difíciles se ubica el proyecto político más ambicioso en los inicios de la República: la Confederación Perú-boliviana. Santa Cruz había intentado organizar un Estado moderno en Bolivia y aprovechando luego las luchas entre Gamarra, Qrbegoso y Salaverry, en 1835 creyó llegada la ocasión para integrar a ambos países. Tras la victoria de Socabaya (febrero de 1836) y el fusilamiento posterior de Salaverry, se gestaron las bases jurídicas de la Confederación en las asambleas de Sicuani (16 de marzo), Huara (3 de agosto) y el congreso de Tapacarí en Bolivia. Quedaron establecidos los Estados Ñor y Sur peruanos. Se podría criticar desde el inicio el carácter artificial y poco representativo de esas asambleas y el consiguiente autoritarismo de Santa Cruz, quien asumió el título de Supremo Protector, pero en contrapartida la Confederación prometía reanudar las sólidas vinculaciones del sur peruano con Bolivia, que se remontaban al siglo XVI; si no antes; y que absurdamente habían sido obstaculizadas desde la creación del Virreinato del Río de la Plata. Por eso los proyectos de Santa Cruz fueron vistos con simpatía en algunos medios de Arequipa, ciudad cuyo comercio estuvo siempre vinculado al altiplano. Menores fueron los entusiasmos en Cusco, a pesar de la política proteccionista a la artesanía local. Pero en Lima la oposición fue total. Igual en el norte.
A nivel internacional, la Confederación pudo haber decidido en favor del Perú la disputa entre Callao y Valparaíso por la hegemonía en el Pacífico sur. Pero en Chile el presidente Joaquín Prieto y su Ministro del Interior y Relaciones Exteriores Diego Portales, percibieron claramente este riesgo. Desde 1836 en carta dirigida a Blanco Encalada, jefe de las fuerzas navales y militares chilenas. Portales planteó el problema con toda claridad: “No podemos mirar sin inquietud y la mayor alarma la existencia de dos pueblos Confederados y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán como es natural, un solo núcleo. Unidos estos dos Estados aun cuando no sea más que momentáneamente, serán siempre más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias». Lógicamente Chile prestó todo el apoyo a la oposición peruana (Vivanco, Castilla y Gamarra), llegando a organizar sucesivamente dos expediciones “restauradoras”, la última de las cuales terminó poniendo fin a la Confederación.
Buenos Aires también había declarado la guerra al nuevo Estado. Conviene señalar el lugar significativo que ocuparon en la oposición a Santa Cruz intelectuales como Felipe Pardo y Aliaga, uno de los más importantes emigrados peruanos en Santiago y fundador del periódico El Intérprete (del que aparecieron hasta treinta números). Para aquella clase alta limeña a la que pertenecía Pardo, no podía omitirse la raigambre mestiza del Protector; resultado del matrimonio entre un hidalgo huamanguino y una indígena aymara; y a la par que se criticó su nacionalidad boliviana, se recurrió a la burla y a la ironía fácil, para pretender ridiculizar sus ancestros indios en un despliegue poco decoroso de racismo: «De los bolivianos/será la victoria/ ¡qué gloria, qué gloria/ para los peruanos!/ Santa Cruz propicio,/ trae cadena aciaga/ ah ¡como se paga/ tan gran beneficio!/ ¡Que la trompa suene!/ Torrón, ton, ton, ton;/que viene, que viene/el cholo jetón».
¿Por qué fracasó la Confederación? El proyecto de Santa Cruz; para decirlo brevemente; implicaba enfrentar la anarquía reinante, la fuerte tendencia centrífuga, las divisiones y las fragmentaciones políticas que caracterizaban al Perú y a la América Latina durante esos años. Contra la Confederación estuvieron la clase alta peruana, los intereses regionales, los principales caudillos, y además, Chile y Argentina. En todo caso, lo que puede asombramos es que la crisis generada posteriormente no terminara fragmentando al Perú, a partir de los intereses diversos del norte y la capital, por un lado, y el sur por otro. Pero indudablemente los intereses regionales y locales tampoco alcanzaron el poderío suficiente. Existió el riesgo de asemejar la historia andina a la historia centroamericana. Pero sólo el riesgo.
Otro factor explicativo en el fracaso de la Confederación, no por último desdeñable, radicó en que el proyecto implicaba devolver una hegemonía perdida a las áreas del interior del país, a la sierra en perjuicio de la costa que había adquirido una importancia inédita luego de la independencia, al amparo de la penetración comercial británica. Aquí también Santa Cruz intentó imponer su proyecto en contra de la corriente histórica que predominaba. Pero su voluntad no bastó, sus bases sociales carecieron de solidez y quedaron relegados el pasado común y los previsibles beneficios futuros de ambos países.
1.3. BANDOLERISMO, MONTONEROS Y SOLDADOS
La entusiasta aplicación de algunos dispositivos liberales llevó a que Bolívar (1824) eliminara la protección legal que tenían las comunidades indígenas. Efectivamente, desde entonces las tierras de comunidad podían ser vendidas, lo cual, teniendo como trasfondo la debilidad del Estado y el desorden de la administración, abrió posibilidades al proceso expansivo de la gran propiedad. En algunas áreas apartadas del territorio aumentaron —es un indicador de este proceso; el número de indios tributarios sin tierras. En Abancay hacia 1826 apenas 3% de los indios tributarios no tenían tierras y en 1845 este porcentaje aumentó a 23%. Pero no en todas partes el proceso fue tan rápido. En otros lugares recién se iniciaría a la mitad del siglo y tampoco faltan casos más tardíos. En la costa, la expulsión de los españoles y la venta de las propiedades del Estado, condujo a que en muchos valles aparecieran nuevos propietarios: se trataba de criollos que de una manera u otra habían participado en la independencia o en la vida política republicana. En el valle de Chancay encontraremos como hacendados a Andrés Reyes, José Balta y Rufino Echenique. En el valle de Jequetepeque lo fueron José María Plaza y Domingo Casanova.
En los valles de la costa central las guerras de la independencia trastocaron la estructura agraria y trajeron, a partir de las levas y las movilizaciones militares, una ocasión para que los negros esclavos terminaran huyendo a los montes cercanos. Al llegar 1821 la población esclava en el Perú ascendía a más de 40,000 habitantes; entre Casma y Nasca residía la mayor parte. Desde fines del siglo XVIII estos valles habían sido persistentemente amenazados por cimarrones, que hasta incursionaban en las propias haciendas. Pero a partir de 1825 el bandolerismo recrudeció. En el camino entre Lima y Cerro de Pasco estaban apostadas varias bandas a la espera de los arrieros. Tablada de Lurín y la Legua en el límite entre Lima y Callao, eran entonces parajes difíciles frecuentados por salteadores. Chorrillos, a cuyas afueras se aventuró el cónsul británico Belford Hinton Wilson con algunos acompañantes que terminaron asaltados y obligados a regresar sin ropas, tampoco era lugar seguro para nadie.
Eran riesgosos los alrededores de la capital. Una de las tareas del ejército fue combatir a estos bandidos. Pero los riesgos a veces llegaban hasta la misma ciudad. Cuando Sálaverry marchó a combatir a Santa Cruz y las tropas de Orbegoso todavía no llegaban a Lima, hizo su ingreso a la capital el negro León Escobar (enero, 1836), saqueando el domicilio del Arzobispo, casas y establecimientos comerciales. De las unidades navales extranjeras ancladas en el Callao desembarcaron 150 marineros, obligando a los bandidos a replegarse al barrio de San Lázaro. El orden fue finalmente impuesto por el general Vidal y en una escena que retrata a la época, formó a sus tropas en la plaza de armas, mandó llamar a León Escobar y ante unos 10,000 testigos luego de reprender al bandido, lo fusiló con la consiguiente estupefacción de todos. En 1842 ocurrió otro acontecimiento similar: el cadáver del bandido Pedro León, que había sido muerto a traición, fue exhibido durante tres días delante de la catedral.
No sólo en estos rasgos violentos los bandidos se confundían con el ejército. Desde las guerras de la emancipación subsistían, particularmente en la sierra central, las partidas de guerrillas, las llamadas montoneras, a medio camino entre el bandolerismo y la organización militar, y que fueron un factor importante en las guerras civiles. Los montoneros supieron hostilizar con persistencia a las tropas que dirigió Gamarra contra la Confederación en 1838.
El bandolerismo y las montoneras fueron manifestaciones elementales de la anarquía política y del malestar social en el período que nos ocupa. Es preciso comprender que el bandolerismo puede ser una forma de protesta social, aunque espontánea y poco efectiva, y no sólo un medio desesperado de subsistencia. Entre 1825 y 1845, en el ámbito rural, no se produjo ningún gran movimiento social. «A pesar de todas las alternativas del oleaje de las revoluciones y de la anarquía; citando a Jorge Basadre; nadie alzó como una bandera las tradiciones, los usos, los detalles característicos de las serranías».
Hasta aquí hemos mencionado reiteradamente al ejército. ¿Quiénes lo componían? ¿Quiénes pelearon en los conflictos internacionales y en las disputas entre los caudillos? Habría que distinguir, como es evidente, entre los oficiales y la tropa. A nivel de los oficiales, muchos de ellos provinieron del ejército realista; ingresaban siendo muy jóvenes; raros eran los que tenían procedencia popular, algunos podrían ser ubicados dentro de las capas medias y la mayoría en la clase alta, siendo considerados incluso como aristócratas. Al interior de la tropa la situación era diferente. Previamente debemos preguntamos por su número. En tiempos de paz el ejército peruano tuvo un promedio de 3,000 hombres. La cifra más alta se dio después de Paucarpata (tratado entre la Confederación y Chile que puso fin a la primera expedición Restauradora), cuando Santa Cruz movilizó 16,000 hombres, de los cuales 11,000 eran peruanos.
En la infantería predominaban los indígenas. En la caballería; lanceros, coraceros, húsares; más bien los negros. Los soldados marchaban acompañados por sus mujeres, también conocidas como rabonas, a quienes los oficiales toleraban porque eran auxiliares en el abastecimiento de la tropa y garantizaban además un menor número de deserciones. Las tropas de esa época tenían una fisonomía peculiar, porque a las rabonas debían sumarse los arrieros e indios cargadores. Aparte del armamento, los ejércitos tenían que transportar todo lo necesario para las grandes marchas, incluyendo agua y leña tan imprescindibles como escasas sobre todo en la costa. Debemos reparar en que estas tropas recorrieron por más de veinte años los parajes más contrastados del Perú. Un área especialmente estratégica por su cercanía a Lima y su riqueza agrícola, fue siempre el valle del Mantaro. Los departamentos de Ayacucho, Cusco y Arequipa estuvieron convulsionados con cierta frecuencia. El destino de la Confederación se definió primero en las afueras de Lima, entre Ancón y Portada de Guía, y luego en el callejón de Huaylas. Todo lo anterior lleva a suponer que muchas bajas eran producto de accidentes o de enfermedades.
Las tropas, como es evidente, no se conformaban de manera voluntaria. En forma imprevista y compulsiva eran reclutados los soldados. Recibían luego un sueldo “si no fantástico, al menos regular», el equipo correspondiente y los alimentos. Algunos indios preferían el trabajo en las haciendas a la milicia. Tal vez tenían razón. Desde entonces la conscripción militar se convirtió en un tópico de la crítica progresista en el Perú.

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